"Reto a cualquiera a demostrar que Balaguer tuvo que ver con el asesinato de Orlando Martínez". (Claudio de los Santos, en entrevista con Fausto Rosario, programa ¿Y tú qué dices?).
La afirmación pretende absolver. Pero la historia no se limpia con desafíos retóricos ni con páginas en blanco.
¿Qué puede esperarse de un régimen que gobernó con el crimen como método? Un régimen que encarceló, torturó, desapareció y asesinó opositores no necesita dejar órdenes escritas.
En esos sistemas la muerte no se decreta en papel: se sugiere, se insinúa, se sobreentiende.
Esa fue la lógica heredada de la maquinaria represiva del trujillismo: una estructura militar y policial educada para obedecer sin preguntas y para ejecutar sin remordimientos.
En ese ambiente bastaba una frase, un gesto, una insinuación. Cuando se decía: "Aquí no hay cárcel para ese hombre", todos sabían lo que significaba: la muerte. Así ocurrió con el coronel Caamaño. Y así debe entenderse también el asesinato del periodista Orlando Martínez.
No fue un "exceso", ni un "error", ni una "acción aislada". Fue la consecuencia natural de un régimen que había convertido el terror en instrumento político.
Los guardianes del poder —herederos de la brutalidad trujillista y cortesanos disciplinados— reaccionaron como siempre: eliminar al que denunciaba.
Orlando Martínez había escrito lo que muchos temían decir. Su última provocación fue este párrafo:
"Y mi recomendación final: si es inevitable que esta situación continúe, si es imposible evitar actos indignantes y miserables como el que presencié el domingo en el aeropuerto, ¿por qué, doctor Balaguer, no se decide usted a subirse en un avión o en un barco y desaparecer definitivamente de este país junto a todos los anteriormente mencionados?".
Ese desafío selló su destino. La orden no necesitó firma. No necesitó decreto. Bastó el clima político, bastó el mensaje implícito. En un régimen acostumbrado a matar, los ejecutores saben leer entre líneas. Por eso no se trató de intimidar. Se trató de eliminar.
Balaguer gobernó tres décadas apoyado en una estructura que nunca abandonó los métodos de la tiranía trujillista. Cambiaron los discursos; no cambiaron los mecanismos del poder.
EL OTRO CASO: NARCISO GONZÁLEZ
Años después, la historia volvió a repetirse. Le tocó a Narciso González, Narcisazo. Y como siempre, comenzaron a circular las versiones destinadas a confundir:
Que murió de un infarto. Que tenía problemas mentales. Que se suicidó. Que él mismo ocultó su cadáver.
La vieja fórmula de la impunidad. Pero el origen del crimen está claro. El 25 de mayo de 1994, Narcisazo pronunció un discurso en la Universidad Autónoma de Santo Domingo denunciando el fraude electoral. Señaló directamente a los jefes militares y acusó al gobierno de comprar su lealtad para mantenerse en el poder. Fue suficiente.
En aquel régimen, denunciar era ponerse en la mira. Y el que se convertía en amenaza para el poder desaparecía.
Hoy algunos intentan reescribir esa historia. Se fabrican absoluciones tardías. Se levantan defensas convenientes. Se pretende lavar la memoria de un régimen marcado por el miedo, la corrupción y la sangre. Pero la historia no se borra.
Juan Bosch lo explicó con una claridad que sigue siendo demoledora: "Detrás de los robos llega el crimen, porque se hace necesario ocultar el robo; y para ocultarlo hay que suprimir las libertades públicas; y para suprimirlas es forzoso establecer el terror; y el terror se establece matando".
No es una consigna. Es la descripción exacta de cómo funcionan los regímenes corruptos. Por eso la famosa "página en blanco" no limpia nada. Podrá exhibirse como reliquia, podrá mostrarse como símbolo de inocencia, pero seguirá siendo lo que es: una hoja arrancada de la historia. Una página que algunos rescataron para exhibirla en el museo de la mentira.
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