Durante generaciones el bosque tuvo un solo señor.

No porque fuera el más sabio.

Ni porque fuera el más justo.

Ni siquiera porque fuera siempre el más fuerte.

Era el señor porque todos creían que ningún camino podía abrirse sin pasar por su voluntad.

Cuando el León rugía, los Ciervos cambiaban de rumbo; los Lobos suspendían la caza; los Monos callaban; las Aves alteraban el vuelo.

Hasta el río parecía detener por un instante el curso de sus aguas.

Nadie discutía el rugido, tan afilado como sus colmillos.

No porque el rugido fuera verdadero, sino porque era eficaz.

Y un rugido es eficaz cuando organiza el comportamiento de quienes lo escuchan.

Pasaron los años.

El León devino centenario.

Su melena continuaba imponiendo respeto y sus zarpas seguían siendo temibles. Su guarida seguía siendo la mayor del bosque. Ningún otro animal poseía tantos recursos ni dominaba un territorio tan extenso.

Sin embargo, comenzó a rugir por cualquier.

El engreído y soberbio León, desubicado en su propio medio, incluso espantó a la blanca Paloma.

Reclamó la montaña nevada, que desde siempre pertenecía al Oso Blanco.

Exigió tributos a quienes comerciaban por los ríos.

Amenazó con impedir el paso de las aves migratorias si no seguían sus órdenes.

Cada mañana aparecía un nuevo rugido.

Al principio, todos se inquietaban.

Después comenzaron a reunirse para interpretarlo.

Más tarde dejaron de discutirlo.

Finalmente, siguieron con sus tareas como si el rugido fuera un mal augurio del clima cambiante.

El Zorro abrió un sendero que evitaba la guarida del León.

Los Castores desviaron el agua hacia otros valles.

Las Hormigas descubrieron rutas subterráneas.

Las Aves aprendieron nuevas corrientes de aire.

Los Elefantes levantaron puentes que ya no desembocaban en el antiguo camino real.

El bosque no se rebeló.

Simplemente, comenzó a organizarse de otro modo.

El León continuaba rugiendo.

Nunca había rugido tanto.

Nunca había mandado tan poco.

Intrigado, preguntó al viejo Búho:

—¿Por qué ya nadie me desafía?

El Búho respondió:

—Porque ya nadie necesita hacerlo.

El León frunció el ceño.

—¿Cómo puede perderse un reino sin una batalla?

El Búho permaneció largo rato en silencio.

Luego dijo:

—Porque los reinos no descansan sobre la fuerza.

Descansan sobre una costumbre. Mientras todos ordenaban su vida alrededor de tus rugidos, eras el centro del bosque. No gobernabas únicamente los caminos. Gobernabas la imaginación de quienes los recorrían.

El León guardó silencio.

Por primera vez comprendió que el bosque seguía existiendo sin dejar de ser bosque.

Habían cambiado los senderos.

Habían cambiado los intercambios y los parabienes.

Habían cambiado las alianzas.

Había cambiado el centro alrededor del cual giraban todas las cosas.

La noche devino día y el día noche.

El Búho continuó:

—Los animales creen que la historia cambia cuando aparece un nuevo rey. Se equivocan. La historia cambia mucho antes. Cambia cuando los demás descubren que pueden vivir sin esperar la voluntad del antiguo señor.

Entonces el viejo León preguntó:

—¿Y cuándo comenzó realmente mi decadencia?

El Búho respondió:

—No cuando perdiste fuerza. No cuando envejeciste. No cuando tus enemigos crecieron. Comenzó el día en que el bosque dejó de organizar su vida alrededor de tu rugido. Porque el poder nunca reside solamente en quien manda. Reside también en quienes esperan sus órdenes. Y cuando dejan de esperarlas, la historia ya ha cambiado, aunque el trono permanezca en pie.

Desde entonces, el León solitario siguió aullando todas las mañanas.

Los viajeros seguían oyéndolo desde muy lejos.

Pero ya nadie modificaba el camino.

Ni temía al León perdido en medio de la selva.

Dicen los animales más viejos que así terminan los grandes reinos.

No caen cuando otro los derrota, sino cuando se desacreditan y dejan de ser el horizonte dentro del cual los demás imaginan su propio porvenir.

La necesidad de descender al campo de batalla anuncia el final.

Pero el final comienza mucho antes, cuando el símbolo pierde la capacidad de ordenar el mundo con uno solo de sus rugidos.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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