A René Rodríguez Soriano (1950-2020). In Memoriam
Más que un solo de flauta, lo que Rodríguez Soriano nos ofrece en su libro es un Concierto para Flauta y Orquesta en Re(né) Mayor. Rodríguez Soriano es un poeta mayor que nos devuelve, a través de la mirada abierta del niño, un universo.
Combinar el mester de la crítica literaria y la ficción no es una ardua tarea. Lo que sí me parece difícil es escribir sobre la obra de un escritor coetáneo, amigo por demás; peor aún si es de la misma provincia y, sobre todo, si se comparten algunos rasgos estilísticos. Decía Ernesto Sabato que resulta un poco perturbador reconocer el mismo rasgo físico repetido en todos los miembros de una familia. Esto me sucede casi siempre que leo a Rodríguez Soriano. Pero, es un desasosiego que deriva en el placer de la lectura. Como mi intención en esta reseña no es hablar de mí, sino de René, de Solo de flauta (Alfaguara, 2013), su más reciente libro, me circunscribiré a comentar algunos aspectos, tales como el género literario, las instancias narrativo-poéticas y la mirada del poeta.
Dividido en 7 (¿perfección?) secciones de 13 (¿transformación, renovación?) textos cada una, Solo de flauta comprende noventa y un textos breves que denomino cuentemas. Como género híbrido, el cuentema (cuento/poema) comparte rasgos tanto del cuento como de la poesía, en cuanto a su intensidad, lirismo y economía de palabras. Los cuentemas de Solo de flauta, en su gran mayoría, están narrados en primera y segunda personas. En algunos textos se combinan la primera y tercera personas. Si la tercera persona constituye una “no-persona”, de acuerdo con Emile Benveniste, es esta instancia narrativo-poética la que designa los personajes que pueblan y se repiten en los textos: Laura, como la Beatrice de Dante, Manuelico, José, Jorge, entre otros. La segunda persona, tan de boga en los años 60 entre escritores latinoamericanos como Cortázar y Fuentes, tiene el poder de transitar entre la subjetividad del yo y la no-persona del él/ella.
Pero entre los pronombres, es el yo poético el que instaura la mirada del niño en los textos de Rodríguez Soriano. Decía Rainer María Rilke que “La verdadera patria del hombre es la infancia”. Doblemente emigrante —a Santo Domingo y a los Estados Unidos—, Rodríguez Soriano regresa en sus textos a la patria chica de Constanza, de la infancia. En “Miedo pánico”, los símpidos dan caza a los niños, descritos como “terribles diablillos que lo destruyen todo” (13). La preocupación del narrador es que los niños consigan escaparse para que no nos “contagien su extraña forma de vivir” (14). En “Grafiti”, se plantea la siguiente condición: “El sol, que es luz propicia ante los ojos, sólo podrá alumbrar el universo completo de los niños si entra en sus iris, sin mancillar sus sueños, sin mentirles” (93). Inocencia prístina, sueños inmaculados, son los que evoca el poeta en la mirada de los niños. Rodríguez Soriano nos propone la apropiación de la mirada inocente del niño, “mirada abierta” con respecto al mundo: “Veo que pasan frente a mí bandadas de palomas”, piensa el infante en “La ternura bocarriba” (102).
Lo abierto en la mirada, señala Alain Badiou siguiendo a Heidegger, es la relación inocente, sin abstracciones con relación al mundo; la mirada que capta la imagen del mundo de manera “natural” (60). La mirada “abierta” del niño y el poeta tiende a perderse con la entrada a lo Simbólico, que es también la entrada en el deseo y la carencia. Lo Simbólico significa también la adquisición de la conciencia de la muerte y con ésta la pérdida del paraíso.
La mirada del infante, que se abre “inocente” al presente, no “acumula dolor, debido a su breve pasado, ni esperanza, debido a que no tiene conciencia del futuro” (Schopenhauer 30). Lo que el poeta comparte con el niño, en esa mirada abierta, es la prefiguración de la verdad. A diferencia del niño, el poeta ha “acumulado” dolor y placer del pasado. La vuelta al pasado por parte del poeta significa entonces un intento de recuperación del paraíso perdido. Propongo que en la mirada abierta que el poeta se apropia hay una “suspensión” de la abstracción, de juicios a priori, que le permite captar los fenómenos del presente abiertamente, como el lente de la cámara.
En su ensayo “El poeta y los sueños diurnos”, Sigmund Freud plantea que tanto el niño como el poeta crean un mundo de fantasía que toman muy en serio (35). Asimismo, asegura que muchas emociones dolorosas se convierten en fuente de goce en la obra del poeta (35). Las fantasías del poeta adulto se retrotraen al recuerdo de una experiencia de la infancia en la cual ese deseo fue satisfecho (38). Esto me lleva a plantear que en la escritura de Rodríguez Soriano hay una mirada “abierta”, producto de la elaboración posterior de los textos en los que permanecen “huellas” mnémicas de la infancia como experiencias de deseos que suturan a los lectores. En algunos de estos textos, hay lo que Roland Barthes denomina un “apresamiento poético”, fuera de la articulación del lenguaje (205).
Refiere Franz Fanon que, para Nietzsche, la desgracia de todo ser humano consiste en haber sido niño (10). En mirada abierta del niño/poeta, Rodríguez Soriano propone una redención del dolor del niño que se convirtió en adulto: “nos mira y nos redime”, “nos miran a los ojos sin mirar” (“Foto fija” 131). El mundo de los adultos enturbia la mirada clara, desinteresada del niño y amenaza con destruir violentamente su “extraña forma de vivir” (14), es decir, su poesía. Y el mejor ejemplo está la cacería de niños por parte de los símpidos en “Miedo pánico”.
En los cuentemas de Rodríguez Soriano, la numinosidad surge no de conceptos abstractos huecos, sino del instante, de la imagen fugaz del ojo/lente de la cámara, del niño, del poeta. Un ejemplo de este “apresamiento poético” lo encontramos en la imagen limpia de las líneas finales en “La despedida de Pavel”: “sobre la neblina del invierno, se ciernen la oscuridad temprana de la noche, y la llovizna” (158). No en vano, la sección en la que se incluye este texto se titula “Fotos de familia”.
La mirada por parte del poeta/adulto tiene como función evocar/invocar el pasado perdido, la patria chica y la patria grande perdidas, a través de lo que denomino “nostalgemas” (unidades mínimas de la nostalgia), tales como libretas, lluvias, cuadernitos, pájaros, fotos, personajes, acuarelas, frases coloquiales, cartas, hoteles, canciones, libros, miradas, sonrisas…
Más que un solo de flauta, lo que Rodríguez Soriano nos ofrece en su libro es un Concierto para Flauta y Orquesta en Re(né) Mayor. Rodríguez Soriano es un poeta mayor que nos devuelve, a través de la mirada abierta del niño, un universo complejo que su vivir/escribir ha ido tejiendo con el paso de los años. Descubrir que en Solo de flauta la poesía está viva, fresca, y renovada debería ser de grande alegría y alivio en la República Dominicana.
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