La noticia estalló en el chat de los Puig. La Logia Restauración No. 11 de Puerto Plata estaba ardiendo. Las llamas devoraban uno de los edificios históricos más emblemáticos de la ciudad. Con él se consumían estructuras de madera centenarias, archivos, libros y documentos que guardaban una parte de la memoria puertoplateña.

Para mi esposo, aquel edificio formaba parte del paisaje de su infancia. Como muchos niños puertoplateños, lo conocía solo desde el exterior. La logia pertenecía al mundo de los adultos y conservaba ese discreto halo de misterio que rodeaba a la institución.

La noticia me produjo una tristeza inesperada. Algunos años atrás, había tenido el privilegio de cruzar una puerta que casi siempre permanecía cerrada.

Recuerdo perfectamente aquella mañana. Paseaba con mi hijo por el Malecón de Puerto Plata. A nuestra derecha, el Atlántico; a nuestra izquierda, muy cerca de la casa de mi suegra, Elvia Miller de Puig, se levantaba la antigua Logia Restauración.

Aquella mañana la puerta estaba entreabierta. Bastó un segundo para entrar.

Confieso que la masonería siempre despertó mi curiosidad. No por las controversias que con frecuencia la rodean, sino porque intuía que detrás de aquellas puertas se escondía un universo de símbolos, de historia y de pensamiento. Durante buena parte del siglo XIX y del XX, las logias en ciudades como Puerto Plata constituyeron espacios de reflexión, de solidaridad y de compromiso con la vida pública.

Lo primero que me sorprendió fue el silencio. Parecía que habíamos cruzado la frontera hacia otro tiempo. Las salas conservaban retratos de antiguos venerables maestros, grandes láminas ilustradas, muebles de madera oscurecidos por los años, libros cuidadosamente ordenados y documentos que hablaban de generaciones enteras de hombres comprometidos con un ideal.

Todo transmitía la sensación de un lugar donde el tiempo se había ido depositando lentamente, capa tras capa, durante más de un siglo.

Sabíamos que Don Willy Miller, el abuelo de mi esposo, había sido masón, alcanzando el grado 33. Precisamente por eso, recorrer aquellas salas tenía un significado especial. Aquel lugar nos permitió descubrir otra dimensión de su vida. Encontrar su retrato ocupando su lugar en la galería de honor de antiguos venerables maestros de logia rodeado de quienes habían compartido con él ideales, amistad y compromiso cívico, fue un momento muy emotivo.  Dejaba de ser únicamente el difunto patriarca para convertirse en uno de los hombres que habían participado en la vida de una institución estrechamente ligada a la historia de Puerto Plata.

Comprendí entonces que la logia no era solamente un edificio antiguo. Era uno de esos lugares donde había transcurrido una parte de la vida de quienes nos precedieron, un lugar vivo que había envejecido con dignidad.

No hacía falta compartir el ideal masónico para sentir que aquellas paredes habían sido testigo de incontables reuniones, debates y decisiones. Cada retrato, cada libro y cada documento parecía haber sido confiado por una generación a la siguiente.

Salimos de la logia con la sensación de haber descubierto un rincón desconocido de Puerto Plata. Un lugar donde la historia no se exhibía detrás de vitrinas, sino que seguía formando parte de la vida de la ciudad.

La masonería y los masones jugaron un rol importante en la preparación de la República y en su organización durante largas décadas. Fundada en 1867, poco después de la Guerra de la Restauración, la Logia Restauración No. 11 reunió a algunos de los hombres que contribuyeron a construir el Puerto Plata moderno. Entre sus fundadores figuró Gregorio Luperón, bajo el impulso del venerable maestro Pedro Eduardo Dubocq.

La Logia promovió numerosas iniciativas de beneficencia. Aquellas paredes no guardaban únicamente la historia de la masonería; conservaban una parte de la historia cívica de la ciudad.

Días después, el informe de los bomberos concluyó que el incendio pudo haberse originado en un cortocircuito provocado por un nido de palomas instalado en una vieja red eléctrica. Qué extraña ironía. En una época en la que la inteligencia artificial promete conservar toda la memoria del mundo, ciento cincuenta años de historia pudieron desaparecer por el deterioro de un viejo tendido eléctrico.

Un edificio puede reconstruirse. Pero hay algo que ninguna reconstrucción devuelve: la emoción de empujar una puerta entreabierta y descubrir un lugar donde ciento cincuenta años de historia seguían conviviendo en silencio. Eso fue lo que Puerto Plata perdió aquel día.

El mar seguirá golpeando la costa de Puerto Plata como lo ha hecho durante siglos. La Logia Restauración, en cambio, ya no estará allí para contemplarlo.

Elisabeth de Puig

Abogada

Soy dominicana por matrimonio, radicada en Santo Domingo desde el año 1972. Realicé estudios de derecho en Pantheon Assas- Paris1 y he trabajado en organismos internacionales y Relaciones Públicas. Desde hace 16 años me dedicó a la Fundación Abriendo Camino, que trabaja a favor de la niñez desfavorecida de Villas Agrícolas.

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