La angustia, el terror y el miedo se han unido en Venezuela por un terremoto insensato, en una lucha desigual entre la vida y la muerte de miles de personas. La muerte es un trauma y la vida una celebración, aunque percibida como un triunfo traumático en esta oportunidad, con un amargo sabor de dolor y ansiedad, encarnada en la esperanza.
La solidaridad humana emergió como símbolo de trascendencia, aunque las lágrimas de una perrita madre, que lloró al ser rescatada de los escombros junto con sus crías, impactaron y recorrieron el mundo, expresándose con el contenido de la plena humanización.
La impotencia, ante una realidad cruda y profunda frente a la muerte, ha tornado desgarradores los obstáculos personales y familiares, con la tentación del surgimiento de una histeria colectiva.
Pero la existencia de la muerte y de los muertos no solo se manifiesta en acontecimientos como este terremoto, ya que forma parte de la existencia humana, en una lucha permanente entre la vida y la muerte. El ciclón de San Zenón, en 1930, nos dejó más de ocho mil víctimas. Aunque sea cotidiana, la muerte siempre impacta, rompe el ritmo de la vida y da paso a la ritualización.
Entre nosotros, los muertos eran enterrados en el fondo de los patios, en las zonas urbanas, y en las propiedades o conucos, en los contextos rurales. Luego, por respeto, comenzaron a enterrarse en pequeños cementerios urbanos y, con la comercialización de estos espacios, aparecieron los cementerios privados, los cuales, aun después de la muerte, afianzan la división de las clases sociales.
Por eso, las concepciones y los rituales dependen de los contextos rurales y urbanos. Por ejemplo, en los pueblos, entre los sectores populares, cuando fallecía una persona, la noticia se difundía por todo el barrio y la costumbre era velarla durante la noche en la casa familiar, con tertulias, bebidas y comidas. Al día siguiente, el cuerpo era llevado al cementerio, mientras en la vivienda permanecían familiares y amigos para recibir el pésame.
En las zonas donde era determinante la presencia afrodescendiente se realizaban los cabos de año, en los que los difuntos eran recordados con ceremonias particulares. En Villa Mella, por ejemplo, aún se realizan cantos, gritos y bailes. De igual manera, en la ceremonia de los bancos, los difuntos eran recordados sin importar el tiempo transcurrido desde su muerte, mediante rituales y ceremonias acordes con su categoría social.
Aun así, pese a su cotidianidad, la muerte sigue siendo un tema tabú, proscrito de las discusiones, incluso entre los científicos sociales. A nivel popular, hasta los cementerios son considerados lugares sagrados que solo se visitan de día, porque persisten el miedo y el temor a hacerlo de noche. Todavía no tengo respuesta de por qué se les llama «camposantos», cuando allí entierran a sicarios, ladrones, asesinos y toda clase de delincuentes. No obstante, históricamente existen diversas explicaciones religiosas y filosóficas sobre la muerte y los muertos.
- En la teoría de la reencarnación, la muerte es un tránsito por la Tierra, un espacio de perfeccionamiento y purificación de la existencia. Al morir, el ser humano pasa a integrarse con el infinito y vuelve reencarnado a la Tierra con la misión de continuar su perfeccionamiento.
- En el catolicismo, todo se define en función del Juicio Final, donde, según las acciones personales, se iría al cielo o al infierno. Durante siglos también existió la creencia en el purgatorio, hoy sin el peso doctrinal de otros tiempos, como lugar de purificación antes del destino definitivo.
- En el marxismo, la vida es un soplo en la eternidad, un momento de la realidad que desaparece inmediatamente después de la muerte. No hay nada más. Para esta concepción, «polvo eres y en polvo te convertirás». La muerte no es un hasta luego; es para siempre.
- Para diversos pueblos africanos, la muerte constituye una nueva dimensión de la realidad. Los muertos se convierten en ancestros que velan por el bienestar de los vivos, estableciendo una relación de protección entre ambos. En México existe una excepción impactante: es uno de los pocos lugares donde se rinde homenaje a la muerte. Allí se celebra una convocatoria colectiva y satírica en la que la gente se burla de la muerte y las máscaras simbolizan ese desafío.
En nuestro país existen múltiples mitologías sobre la muerte y los muertos. Algunas personas todavía creen que es posible «vender» a los muertos y que estos residen en Haití, en un lugar conocido como «Alcallé», cuya ubicación nadie sabe precisar.
También existe la creencia popular de que, a las doce de la noche, los muertos frecuentan determinados lugares tenebrosos donde «se aparecen» a los vivos. Por miedo, muchas personas evitan pasar por esos sitios.
En realidad, quien «mata» a los muertos es el olvido. Recordarlos los revive y los hace eternos. Los muertos que entregaron su vida por la patria no mueren jamás, porque viven en las dimensiones de la historia, en la esencia de la nación y en el corazón del pueblo.
Por eso, como afirmó el sociólogo cubano Joel James:
«Impedir el olvido es una necesidad de los oprimidos».
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