Hubo un tiempo —entre 1975 y 1976— en que Juan Bosch tenía el raro privilegio de la calma. Dentro de esa calma cabían conversaciones largas, de esas que no enseñan datos sino destinos. Yo tenía apenas 26 años y más preguntas que certezas, y él —como los hombres que han visto demasiado— respondía sin prisa, como si supiera que las respuestas verdaderas no se dan: se dejan caer.

Una tarde, hablando de su familia, me explicó por qué a su padre le decían Pepe Frijoles. —Víctor —me dijo—, tu abuelo Giuseppe era tocayo y amigo de mi padre.

Yo, que todavía no entendía la importancia de los apodos, le pregunté por los frijoles. Entonces sonrió, con esa sonrisa que no explica, sino que recuerda.

—Porque en el camioncito de mi padre andábamos comprando habichuelas y guandules para revenderlos… y tu abuelo, el otro Pepe, le decía frijoles a papá. Hizo una pausa, como si mirara hacia atrás. —A mí me decía Juancito… y me parece estar viendo hoy su cara, tan parecido a ti.

Ahí comprendí —aunque tardé años en entenderlo del todo— que la historia no se escribe con fechas, sino con escenas: hombres en un camión, sacos de granos, apodos que duran más que los nombres.

Y que las familias no se construyen con genealogías, sino con decisiones.

Ya nos lo imaginábamos lo del cabaret y las putas…!!!!!

Porque incluso las historias más solemnes empiezan donde nadie las toma en serio. Y también las familias.

"Y ese Toto botando leche".

La frase me llegó primero como ritmo y mucho después como sentido. No sabía que venía de una marcha, ni que esa marcha pertenecía a la Legión, ni que detrás de ese tambor caminaba la muerte con paso ligero.

Solo sabía que aquello avanzaba.

Después entendí.

La Legión Española —fundada en 1920 por José Millán-Astray— no nació para desfilar, sino para no retroceder. Se hizo leyenda en el Rif, cuando el desastre de Annual dejó a España mirando de frente su propio miedo.

Allí, entre la arena y los nombres que no volvieron, se inventó una forma de caminar: un paso corto, rápido, casi imposible, como si el suelo no bastara.

Ese paso fue música. Y la música —como todo lo que insiste— terminó siendo traducida.

Porque el pueblo no soporta el silencio del ritmo. Donde hay tambor, pone palabras. Donde hay solemnidad, pone ironía. Donde hay tragedia, pone risa.

No para burlarse, sino para sobrevivir.

Mi abuelo, Giuseppe Grimaldi, tampoco hablaba de guerras como hablan los libros. No tenía fechas. Tenía sonidos.

Había hecho su servicio militar en Italia hacia 1910, cuando Europa todavía creía que la guerra era breve y casi elegante. Después se fue a Brasil, como tantos otros, buscando una vida que no estuviera escrita.

Pero en 1914, cuando la guerra dejó de ser noticia y se volvió destino, hizo algo que hoy parece incomprensible:

regresó.

No por obligación. No por cálculo. Por una fidelidad que no se explica.

Volvió a Italia a defender su patria.

Y en ese gesto —tan simple como definitivo— se decidió todo.

Porque hay hombres que se quedan para hacer fortuna, y otros que regresan para hacer historia.

Y la historia, aunque se admire, casi nunca paga.

Terminada la guerra, en 1920, llegó a Santo Domingo. No trajo dinero. Trajo un apellido, una memoria y un silencio que todavía resuena.

En esos mismos años —en otra línea invisible del tiempo— otras familias elegían distinto.

Entre ellas, los Corripio.

Si el padre de Pepín Corripio se hubiera quedado en España, si las guerras —la del Rif o la civil— lo hubieran alcanzado como alcanzaron a tantos, tal vez la historia habría tomado otro rumbo.

Tal vez sus hijos habrían vestido uniforme. Tal vez sus nietos habrían marchado con la Legión, cantando aquella canción que nació en un cabaret y terminó consagrada por la guerra.

Pero no fue así.

Eligieron —o les tocó— otro camino.

El del comercio. El de la empresa. El de la paciencia.

Y ese camino, a diferencia del de Giuseppe, sí paga.

Porque hay una ironía que nadie enseña:

la historia no premia el valor, no recompensa el sacrificio, no devuelve lo que se entrega.

La historia apenas recuerda. Y a veces ni siquiera eso.

Así, sin que nadie lo decidiera del todo, los destinos se separaron.

Unos —los Corripio— construyeron riqueza en la paz. Los Bosch quedaron marcados por la irrupción de Juancito en la vida pública y por su obra, que terminó siendo otra forma de permanencia. Otros —los Grimaldi— heredamos un nombre que sonaba a Mónaco pero vivía en el Caribe, con más memoria que fortuna.

Pero hay algo que no entra en las cuentas.

Porque mientras unos acumulaban bienes, otros acumulaban relatos. Mientras unos levantaban empresas, otros levantaban historias.

Y las historias —aunque no se heredan como el dinero— permanecen de una manera más obstinada.

A veces pienso que todo se reduce a un instante que nadie vio:

un hombre en Brasil que decide volver a la guerra, y otro hombre en España que decide —o puede— no hacerlo.

Ahí se bifurca el mundo.

Ahí se decide quién marcha… y quién se queda.

Y sin embargo, cada vez que suena aquella marcha —rápida, imposible, como si no tocara el suelo— uno entiende que la historia no termina de un lado ni del otro.

Porque detrás del tambor no solo van los soldados.

Van los que no fueron. Los que pudieron ser. Los que eligieron distinto.

Y entonces, entre el eco del Rif, el humo del cabaret, la memoria de los viejos y la risa del Caribe, uno termina comprendiendo algo que no enseñan los libros:

que hay familias que se hacen ricas con el tiempo, y otras que se hacen profundas con la historia.

Y que ambas —aunque parezcan opuestas— nacen del mismo lugar: una decisión tomada a tiempo… o demasiado tarde.

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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