“A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas”.
Miguel Hernández, Elegía
Durante estos días he leído varios textos sobre el Dr. William Cecil Headrick. Quienes trabajaron cerca de él han recordado al abogado, al investigador, al maestro, al hombre que contribuyó como pocos a organizar y hacer accesible la jurisprudencia dominicana. Podría agregar algo a esos perfiles, pero sería poco y seguramente innecesario. Al Dr. Headrick, en realidad, lo conocí muy poco.
Cuando ingresé como abogado asociado a Headrick Rizik Álvarez & Fernández, la firma todavía funcionaba en la antigua casa familiar de Mary Fernández, en la calle Elvira de Mendoza núm. 51, en la Zona Universitaria, no en Gascue, como he leído en algunas publicaciones recientes. Éramos apenas nueve abogados, contando a los socios, pocos para la cantidad y relevancia de los clientes y asuntos que pasaban por aquellas oficinas. El Dr. Headrick era una figura icónica dentro de la firma. Ocupaba la oficina a la que casi nadie entraba y era hombre de pocas palabras.
Apenas recuerdo haber trabajado tangencialmente con él en un expediente. Eduardo Sturla Ferrer, mi compañero de cubículo, había sido contratado unos meses antes que yo para colaborar en la recopilación jurisprudencial y trabajó directamente con el Dr. Headrick en aquel primer volumen que terminaría formando parte de una de las obras de consulta más socorridas del derecho dominicano.
Mis recuerdos de esos años son más de su presencia que de una relación personal. Estaban también los almuerzos de Acción de Gracias, celebrados invariablemente en su residencia de Gascue. Aun allí, para mí, seguía siendo el Dr. Headrick.
Pasaron los años; entre 2010 y 2012, durante mi segundo período de servicio en el Ejército de los Estados Unidos, estaba estacionado en Fort Bragg, Carolina del Norte, y vivía con mi familia en Fayetteville. Por medio de quien había sido su asistente conseguí localizarlo. Se había retirado y vivía en Durham, cerca de Duke University y de su biblioteca, donde podía continuar investigando.
Comencé a visitarlo con frecuencia los fines de semana. La casa de Durham era preciosa, aunque de una sencillez casi austera. De estructura rectangular y horizontal, estaba rodeada de jardines con pinos, tulipanes y otros árboles. Los numerosos ventanales prolongaban el interior hacia el jardín y creaban un espacio dispuesto para la contemplación: William observaba las aves; doña Inga bordaba.
Allí ya no estaban la oficina ni la distancia entre el socio y el abogado asociado. Había libros, pájaros, caminatas, niños, un perro viejo y tiempo para conversar. El Dr. Headrick comenzó, casi sin advertirlo, a ser simplemente William.
Conversábamos de filosofía y poesía, del Caribe, de Cuba y de sus investigaciones sobre inversión extranjera. También de su propia historia: sus años como abogado joven en distintos países, cómo conoció a doña Inga, México y el recorrido que finalmente lo llevó a la República Dominicana, donde trabajó en Russin Vecchi & Heredia Bonetti. Eran historias de un William anterior al Dr. Headrick que yo había conocido, contadas con la misma pausa y astucia durante largas conversaciones en Durham.
También hablábamos de cosas que difícilmente habrían aparecido en aquellas escasas conversaciones de la Elvira de Mendoza. William me contó de sus años en Yale y de su afición al remo universitario. Cuando se lo comenté a mi mentor, el profesor Oliver Houck, egresado de Harvard y también aficionado al remo, me encargó decirle que Harvard siempre le ganaba a Yale. William sonrió sin mirarme y, sin alterarse, respondió en voz muy baja: “Nunca”.
Compartíamos también el gusto por las motocicletas Harley-Davidson, especialmente por el rugido de sus motores. Una conversación podía comenzar con un libro, pasar por el remo y terminar hablando de motocicletas. Desde la casa observábamos los pájaros. William sacaba unos binoculares antiguos de un estuche de cuero y, cuando aparecía alguna especie que llamaba su atención, buscaba un libro y se la mostraba a Ramón, todavía niño.
Jimena era pequeña y bien gordita. A William le gustaba cargarla y a mí aquello me producía un temor enorme. Era una figura casi quijotesca, alto, delgado, con largas patillas completamente blancas y un ligero balanceo al caminar. Una vez se quitó sus enormes zapatos para demostrarle a Jimena que, aunque parecían inmensos, no eran tan pesados. Conservó las medias puestas. Todavía recuerdo a William sentado, los zapatos a un lado, tratando de convencer a una niña de que aquellos zapatos gigantes pesaban mucho menos de lo que ella imaginaba.
También caminábamos por el campus de Duke. William era un caminador y Bonnie, su perro ya viejo, nos acompañaba siempre. Una tarde se inclinó sobre una fuente para darle de beber y Bonnie terminó dentro del agua sin poder salir. William se desesperó. Me metí en la fuente y saqué al pobre animal. Desde entonces adquirí ante sus ojos una categoría que ninguno de mis estudios de Derecho me habría proporcionado: era el hombre que había salvado a Bonnie.
Había también una panadería alemana a la que íbamos con mi familia. Vendían un pan que a William y a mí nos encantaba. Lo comíamos en su casa con el té de doña Inga, siempre exquisita en el trato. Yo mantenía una discrepancia gastronómica con William: aquel pan me parecía mucho mejor con chocolate.
Cuando llegó el momento de decidir mis estudios de posgrado, acudí a él. Me aconsejó, revisó mi carta de intención y escribió una recomendación para mi solicitud. Siempre pensó que debí estudiar un LL.M. en Derecho Tributario, en vez del programa que finalmente completé. Ya no le pedía un favor al socio fundador de la firma donde había trabajado. Se lo pedía a William.
En 2012 dejé Fort Bragg y me mudé a New Orleans para iniciar la maestría. Terminaron las visitas de fin de semana, pero no la relación. Seguimos en contacto y volvimos a encontrarnos varias veces en República Dominicana. Ahora me apena que la noticia de su muerte me haya encontrado precisamente en New Orleans y que las urgencias de la vida me hayan alejado del amigo.
A esta ciudad llegué llevando, entre otras cosas, aquella recomendación de William; vine para estudiar y terminé quedándome mucho más de lo que habría podido imaginar. Aquí ha transcurrido desde entonces una parte importante de mi existencia. Después de su muerte he vuelto a encontrar al Dr. William Cecil Headrick en los artículos que he leído: el jurista, investigador, profesor, compilador de jurisprudencia y fundador de una de las firmas jurídicas más importantes del país. Otros pueden contar esa obra con mucha mayor autoridad que yo.
Mis recuerdos pertenecen a otro espacio; están en aquella casa de Durham, entre la luz de los ventanales y los árboles del jardín. En unos binoculares guardados en un estuche de cuero. En las patillas blancas, los zapatos enormes, Bonnie empapado después de caer en una fuente, las caminatas por Duke, el rugido de una Harley, el pan alemán y el té de doña Inga.
Al Dr. William Cecil Headrick lo he leído más de lo que llegué a conocerlo; con William, en cambio, aún tenemos que hablar de muchas cosas.
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