Hay personas que dejan huellas indelebles no por la grandilocuencia de sus expresiones, la magnitud del patrimonio creado, la extensión de la red de amigos o seguidores establecida, ni por la exposición pública constante, sino precisamente por hacer lo contrario, haberse dedicado a enriquecer su intelecto leyendo, investigando, compilando, analizando y escribiendo para así compartir con los demás lo aprendido, administrando sus planteamientos sabiamente para los momentos precisos, siendo capaces de expresar las verdades más contundentes de la forma más sencilla.
Y ese es el caso de William Cecile Headrick, jurista extraordinario y ser humano singular, que por azares del destino habiendo nacido en los Estados Unidos y estudiado en Yale y otras prestigiosas universidades, dedicó la mayor parte de su vida profesional a la República Dominicana, país en el que por su singularidad siempre resaltó como extranjero a pesar de su impecable dominio de la lengua española, manteniendo sus hábitos y costumbres que contrastaban con los nuestros, desde ir al trabajo caminando o montando bicicleta, su puntualidad británica, sus inseparables patillas, y su forma de vivir; pero al que contribuyó enormemente.
Mientras ejercía como abogado consultor en la década de los setenta en la entonces Kaplan, Russin, Vecchi & Heredia Bonetti, su curiosidad investigativa y su disciplina, pero sobre todo su profundo deseo de aportar, lo llevaron a compartir sus conocimientos con la publicación de su primer compendio jurídico de jurisprudencia, legislación y doctrina que tuvo como fuente principal las fichas que meticulosamente redactaba mientras analizaba casos y emitía consultas, que luego fue completado por dos suplementos, y coronado con la publicación en el año 2000 de la compilación del año 1970 al 1998, compendio que, en un momento en el que no habíamos dado el salto a la internet y a la era de la información, constituía un instrumento valiosísimo e indispensable para todos los abogados y estudiantes de derecho dominicanos, curiosamente redactado por un norteamericano en Santo Domingo.
Por su carácter inquebrantable, avidez intelectual y desapego a lo material, William decidió retirarse el mismo día en el que cumplió 65 años, con la puntualidad que lo caracterizaba, y se regresó a su país natal los Estados Unidos de América precisamente porque quería dedicarse de forma completa a hacer lo que más amaba, leer, investigar y escribir, confiado en que sus declaraciones y pagos de impuestos rigurosamente cumplidos durante su vida productiva le garantizaban una pensión, que sumada a sus ahorros le permitirían vivir con la frugalidad que lo caracterizaba, sin haber dudado un segundo en seguir generando recursos en la exitosa firma que fundó, y que lleva orgullosamente su apellido Headrick, pues para un hombre de su fibra humana esto no era lo más importante.
Y gracias a esa decisión de retiro a una edad temprana, legó a la comunidad jurídica dominicana importantes obras que evidencian no solo sus sólidos conocimientos del derecho dominicano que asumió como suyo, y su natal anglosajón, sino además del francés, no solo porque es la cuna del nuestro con una influencia fortísima en nuestro sistema jurídico especialmente en ese tiempo, sino porque además estaba vinculado a Francia por su ascendencia materna, y su avidez intelectual lo hizo leer religiosamente durante décadas no solo el célebre repertorio jurídico Dalloz, sino también la revista trimestral de derecho civil, que recopilaba los artículos de los más reputados juristas franceses y sus interpretaciones sobre importantes sentencias. Y no se conformó con eso, sino que además se dedicó a dar charlas e impartir cursos de forma honorífica en la Escuela Nacional de la Judicatura contribuyendo así con la formación de nuestros jueces y el fortalecimiento de la carrera judicial, y también en universidades, y así lo hizo hasta que su salud se lo permitió, retornando cada año a este país al cual amó y al que se unió indisolublemente, porque a pesar de tener dos hijos propios, decidió junto a su esposa adoptar una niña dominicana por su alto sentido humanitario.
Sin lugar a duda William Headrick no solo quedará registrado en los anales de nuestra historia jurídica como el primer norteamericano que ejerció la consultoría legal en nuestro país, sino que es y seguirá siendo un referente del derecho dominicano, y no solo por sus enormes contribuciones, sino también por su preclara inteligencia, honestidad y ética a toda prueba, aunados a una humildad y sencillez poco común que lo hacían tratar a todos exactamente igual sin importar su condición, y que retrataban el ser excepcional que era. Que su legado sirva de inspiración en una sociedad cada vez más vacua de contenido, y deslumbrada por lo material y el espectáculo.
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