Gabriel (nombre cambiado a petición del entrevistado) tenía unos 15 años cuando una discusión con su padre se salió de control. Hoy ya no recuerda qué provocó el enfrentamiento; lo que sí recuerda es que en medio fue él quien le pidió a su padre que lo golpeara. "Pégame para que te sientas mejor", señala haberle dicho.

En ese momento no lo vio como algo extraño, ya que había crecido creyendo que los golpes eran una forma de corregir, de terminar una discusión o de descargar la rabia. Solo muchos años después entendió que aquella respuesta también era una consecuencia de la forma en que había sido criado.

Años después, ya siendo adulto, su padre le pidió perdón por las veces que recurrió a la violencia creyendo que era la mejor manera de enseñarle. Aquella conversación no borró lo ocurrido durante su infancia, pero sí marcó el inicio de una relación distinta entre ambos y abrió un espacio para hablar de un dolor que durante años permaneció en silencio.

Estas experiencias siguen siendo frecuentes en los hogares dominicanos. De acuerdo con el reciente informe de la Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples y la Encuesta de Indicadores Múltiples por Conglomerados (ENHOGAR-MICS 2025), el 37.9 % de los niños y niñas de entre 1 y 14 años experimentó algún tipo de castigo físico durante el mes previo a la encuesta. Además, el informe advierte que prácticas como los golpes, las bofetadas, las amenazas, los gritos o los insultos no son métodos eficaces de disciplina y pueden provocar consecuencias perjudiciales a largo plazo.

La encuesta establece que la disciplina violenta incluye tanto el castigo físico como bofetadas, palmadas o golpes con objetos, así como la agresión psicológica, que abarca gritos, amenazas e insultos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que cada año unos 1,200 millones de niños y adolescentes de entre 0 y 18 años son sometidos a castigos físicos en sus hogares. El organismo advierte que estas prácticas no producen beneficios en la crianza y, por el contrario, perjudican la salud física y mental de los menores y aumentan los problemas de conducta con el paso del tiempo.

La evidencia científica ha demostrado que las experiencias tempranas influyen en la forma en que las personas aprenden a relacionarse consigo mismas y con los demás. Cuando la violencia forma parte de la crianza, sus efectos no siempre desaparecen al crecer.

Las heridas que no dejan moretones

La violencia durante la infancia no solo deja consecuencias emocionales. La OMS explica que el miedo constante activa los sistemas biológicos relacionados con la respuesta al estrés y puede producir cambios en la estructura y el funcionamiento del cerebro. Incluso los castigos considerados "leves", como los azotes, se han asociado con alteraciones cerebrales similares a las observadas en formas más graves de maltrato.

La psicóloga clínica, Caluz Polanco, señala que las secuelas de una crianza basada en golpes, gritos y humillaciones suelen aparecer años después, cuando la persona enfrenta conflictos en sus relaciones, en el trabajo o en la manera de gestionar sus propias emociones.

"La baja tolerancia a la frustración es una de las cosas que veo con más frecuencia. También una dificultad muy alta para gestionar las emociones de forma sana. Muchas personas llegan a la adultez con pocas herramientas, e incluso con ninguna, para autorregularse".
Caluz Polanco

La especialista señala que otro rasgo común es vivir en un estado permanente de alerta, como si el peligro nunca hubiera desaparecido.

"Son personas con un sistema nervioso mucho más delicado. Están constantemente alerta ante amenazas externas, viven a la defensiva tratando de protegerse y se sienten amenazadas con mucha facilidad", afirma.

Ese estado de vigilancia permanente, explica, puede provocar reacciones desproporcionadas incluso ante situaciones cotidianas.

"Hay personas a las que alguien las saluda por detrás y reaccionan con un sobresalto extremo, incluso de forma violenta, porque su cuerpo sigue respondiendo como si estuviera en peligro", comenta.

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Psicóloga clínica, Caluz Polanco

Polanco agrega que estas experiencias laceran profundamente la autoestima e influyen en la forma de relacionarse con los demás.

"Hay una autoestima totalmente lacerada, tanto en hombres como en mujeres. Son personas con dificultades para vincularse y para intimar de manera sana, con poca paciencia y que muchas veces repiten esos mismos patrones de forma inconsciente", sostiene.

En su experiencia clínica, estas heridas suelen manifestarse de manera particular en muchos hombres, quienes recurren al control como una forma de protegerse.

"Se da una sobrecompensación: sienten que tienen que controlar todas las situaciones para sentirse seguros. A veces utilizan el dinero o crean relaciones donde los demás dependan de ellos porque esa es su manera de sentirse protegidos", explica.

La especialista añade que muchas de estas personas tampoco aprendieron a reconocer ni expresar lo que sienten. Ven sus emociones como enemigas y no saben cómo manejarlas ni comunicarlas de forma saludable, lo que termina afectando sus relaciones.

Estas heridas no siempre son evidentes y pueden permanecer ocultas durante años. Para la psicóloga, una de las razones es que muchas personas crecieron creyendo que esa forma de crianza era completamente normal.

Cuando la violencia parece "normal"

Los datos de la ENHOGAR-MICS muestran que la exposición a la disciplina violenta comienza desde los primeros años de vida. Apenas uno de cada cuatro niños de entre 1 y 4 años recibió exclusivamente métodos de disciplina no violenta. En cambio, el 36.4 % de los niños de 1 a 2 años y el 49.5 % de los de 3 a 4 años fueron sometidos a castigos físicos, una etapa clave para el desarrollo emocional y cerebral.

La violencia tampoco desaparece conforme los menores crecen. El informe revela que el 57.9 % de los niños de entre 5 y 9 años fue disciplinado mediante algún método violento, mientras que el 45.3 % de los adolescentes de 10 a 14 años recibió agresiones psicológicas, como gritos, amenazas o insultos.

Las cifras cobran mayor relevancia si se considera lo que ocurre a largo plazo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que crecer en entornos donde predominan el castigo físico y otras formas de disciplina violenta aumenta el riesgo de desarrollar problemas de salud mental, afecta la regulación de las emociones y puede deteriorar las relaciones familiares incluso en la vida adulta.

Una de las razones por las que muchas personas tardan años, e incluso décadas, en relacionar sus dificultades emocionales con la forma en que fueron criadas es que, durante la infancia, los padres o cuidadores representan el principal modelo de referencia.

Caluz Polanco explica que los niños tienden a idealizar a las figuras de apego y, por ello, rara vez cuestionan sus formas de educar.

"Es innato entender a esas figuras de apego significativas, como papá y mamá, desde un pedestal. Ellos se convierten en el modelo de adulto que yo quiero ser y los veo como personas perfectas mientras voy creciendo", explica.

Esa idealización, señala, hace que en muchos hogares nunca exista un espacio para preguntarse cómo afectan los golpes, los gritos o las humillaciones.

"En una familia donde la violencia se ve como una forma de disciplinar, no hay espacio para el análisis. No hay espacio para preguntarte cómo te sientes o cómo te afecta lo que estás viviendo", afirma.

Polanco sostiene que, en la mayoría de los casos, quienes recurren al castigo físico también fueron criados de esa manera y simplemente repiten el modelo que aprendieron.

"Es un adulto que probablemente está emulando un patrón con el que creció. Como no tuvo otras herramientas, tampoco aprendió que existían otras formas de criar", dice.

Esa normalización también se refleja en las creencias de los propios adultos. La encuesta subraya que el 12.1 % de las madres o personas cuidadoras considera que el castigo físico es necesario para educar a los niños, pese a que el propio informe advierte que estas prácticas son ineficaces y pueden tener consecuencias perjudiciales a largo plazo.

Por eso, añade la especialista, muchas personas normalizan la violencia durante años y solo comienzan a cuestionarla cuando llegan a la adultez y enfrentan dificultades en sus propias relaciones o al momento de criar a sus hijos.

"Hay personas que descubren que aquello fue violencia cuando tienen sus propios hijos y no quieren repetir el mismo patrón. Otras empiezan a cuestionarlo porque sus dificultades para relacionarse, para sostener una pareja o para manejar sus emociones comienzan a afectar su vida", explica.

La especialista insiste en que reconocer estas experiencias no significa dejar de querer o valorar a los padres, sino comprender que muchas conductas fueron normalizadas durante generaciones.

"Si tú disciplinas con golpes, estás maltratando a tus hijos. Muchas personas no lo ven así porque crecieron creyendo que esa era la única forma de educar. Como sus padres tampoco tuvieron otras herramientas, terminan normalizando ese modelo y reproduciéndolo sin cuestionarlo."

Sanar también es posible

Aunque las experiencias de la infancia dejan huellas profundas, la psicóloga Polanco asegura que esas heridas no tienen por qué definir el resto de la vida.

"Sí, es 100 % posible sanar una infancia marcada por la violencia. El primer paso es admitir que eso fue lo que te tocó vivir y reconocer que hubo un problema. Para poder sanar, primero hay que aceptar que hubo un fallo por parte de los adultos que debían cuidarte", afirma.

La especialista explica que durante la infancia los niños intentan encontrar una explicación a todo lo que ocurre a su alrededor. Como todavía no cuentan con la capacidad emocional para comprender situaciones complejas, muchas veces terminan culpándose por aquello que en realidad escapaba de su control.

"El cerebro infantil busca entender lo que le pasa y hace sus propias conclusiones. Muchas veces el niño piensa: 'El problema soy yo, yo hice algo mal, yo tengo la culpa'. Pero esa responsabilidad nunca debió recaer sobre él", explica.

Polanco señala que una parte importante del proceso de sanación consiste en desprenderse de esa culpa y comprender que nadie elige la familia en la que nace ni la forma en que es criado.

"Tú no elegiste la familia en la que naciste. Fuiste una víctima de las situaciones que te tocaron vivir. Mientras más rápido te liberas de la responsabilidad de lo que pasó, más fácil es comenzar a sanar", sostiene.

A partir de ese reconocimiento, explica, es posible identificar las heridas que dejó la infancia como el rechazo, el abandono, la dificultad para poner límites o la falta de herramientas para regular las emociones, y comenzar a trabajarlas desde la adultez.

"La idea es dejar de pensar que 'eso soy yo' y empezar a verlo como algo que puedo trabajar. Ahí comienza un proceso que llamamos reparentalización: darle a ese niño interior aquello que necesitó y no recibió", indica.

La especialista aclara que sanar no depende de que los padres pidan perdón o reconozcan el daño causado.

"No tienes que esperar que ellos entiendan lo que pasó o que la relación cambie para empezar a sanar. La responsabilidad ahora es hacerte cargo de tus heridas y buscar tu bienestar con las herramientas que hoy tienes", sostiene.

La historia de Francisco refleja que reconocer las heridas de la infancia no significa quedarse atrapado en ellas. Para especialistas como Polanco, entender de dónde vienen es el primer paso para romper un ciclo de violencia que, durante generaciones, muchos aprendieron a llamar disciplina. 

Halley Antigua

Periodista apasionada por temas tecnológicos, salud y sociales; me gusta ponerle rostro a los datos. Disfrutar de la cultura y el turismo ecológico.

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