“¡A mí me dieron y aquí estoy!”. Frase que todavía aparece cuando se discute sobre la manera de corregir a los hijos y sirve como defensa de una práctica que ha pasado de una generación a otra. Detrás de ella permanece la idea de que una pela, un chancletazo o un grito pueden enseñar respeto y disciplina.
Datos de la Oficina Nacional de Estadística (ONE) reflejan que estas prácticas aún están presentes en los hogares dominicanos. Según la Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples (ENHOGAR-MICS) 2025, se encontró que el 54.9 % de los niños y niñas de 1 a 14 años experimentó algún método de disciplina violenta durante el mes anterior a la entrevista. El indicador incluye cualquier castigo físico y/o agresión psicológica.
La misma encuesta registró que el 43 % de los menores recibió agresión psicológica y que el 37.9 % experimentó algún tipo de castigo físico. El castigo físico severo alcanzó al 2.5 % de los niños y niñas de ese grupo de edad.
La encuesta también presenta el porcentaje de madres y personas cuidadoras que consideran que el castigo físico es necesario para criar o educar. El 12.1 % respondió que sí, y a proporción fue mayor entre quienes pertenecen al quintil de riqueza más bajo, con 16.1 %, frente al 9.4 % registrado entre los hogares del quintil más alto.
Una práctica que pasa de padres a hijos
Eileen Glass Angeles, comunicadora y psicóloga clínica, señala que la permanencia de la llamada “pela” está relacionada con las experiencias de crianza que se transmiten dentro de las familias.
“La pela se sostiene porque se ha heredado culturalmente a través de los años por las mismas familias que fueron criadas de esta manera”, explica. Glass Angeles señala que algunos padres asocian los golpes con respeto, obediencia y formación de valores, mientras otros consideran que criar sin castigos físicos equivale a criar sin reglas.
La psicóloga también cuestiona la frase “a mí me dieron y aquí estoy”, utilizada con frecuencia para defender el castigo físico. Según explica, llegar a la adultez con empleo, casa o estabilidad económica no permite medir por sí solo las consecuencias emocionales que pudo dejar una experiencia de maltrato durante la infancia.
"El “Así me criaron” describe un origen, pero no obliga a repetirlo", sostiene. Señala, también que romper con ese patrón requiere reconocer qué constituye violencia y aprender otras formas de responder ante las conductas que generan frustración en los adultos.
El “Estudio sobre los determinantes asociados al castigo físico y la violencia psicológica contra niñas, niños y adolescentes en el hogar en República Dominicana”, publicado por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), aborda las razones que contribuyen a la permanencia de estas prácticas. La investigación identifica creencias, experiencias de crianza, condiciones de vida y normas sociales arraigadas como factores que pueden hacer que la violencia continúe percibiéndose como una forma legítima de disciplina.
El estudio también identifica una disposición al cambio. El estudio señala que muchas familias buscan herramientas para criar desde el respeto, el diálogo y la protección, lo que abre espacio para intervenciones dirigidas a modificar las prácticas y las normas sociales relacionadas con la violencia en el hogar.
La Organización Mundial de la Salud (OMS), en su ficha “Castigo corporal de los niños y salud” de este año, señala que estos castigos perjudican la salud física y psíquica, aumentan los problemas de conducta con el tiempo y no producen efectos positivos. El organismo también los vincula con problemas de salud mental, dificultades en el desarrollo cognitivo y socioemocional, mayor agresividad y un mayor uso de la violencia.
La OMS estima que unos 1,200 millones de niños de 0 a 18 años sufren castigos físicos cada año en sus hogares. El organismo incluye dentro del castigo corporal prácticas como golpear con la mano o con objetos, dar bofetadas, zarandear, empujar, pellizcar o tirar del cabello; también considera incompatibles con la protección de la infancia las formas de castigo que humillan, amenazan, asustan o ridiculizan.
Una crianza con límites
Iamdra Fermín, comunicador, habla sobre la crianza respetuosa desde su experiencia como madre y resalta la importancia de reconocer al niño como persona, evitar la humillación, establecer límites claros y consistentes, validar las emociones y entender que la disciplina debe servir para enseñar y no para castigar.
También considera necesario tomar en cuenta el desarrollo neurológico. La comunicadora explica que un niño no puede responder siempre con el mismo nivel de autocontrol que un adulto y que conocer las razones detrás de una conducta puede ayudar a los padres a responder de otra manera.
Fermín señala que uno de los principales mitos sobre la crianza respetuosa es que implica permitir que los niños hagan lo que quieran o evitar cualquier tipo de disciplina. La comunicadora sostiene que los límites siguen siendo necesarios, pero deben establecerse sin golpes y de manera firme.
“No es que no se le pueda decir que no, es que se le dice de forma firme pero amable”, afirma. Como ejemplo, plantea el caso de un niño pequeño que quiere correr con una tijera en la mano: puede molestarse y llorar cuando el adulto se la retire, pero el límite no cambia. “Yo hasta la abrazo y la calmo. Pero NO va a correr con la tijera. Y punto”, dice.
La misma lógica la aplica a las consecuencias. Explica que, desde su experiencia, disciplinar significa enseñar y no golpear. Si su hijo rompe un jarrón lleno de piedras después de jugar con una pelota dentro de la casa, una conducta que ya se le había advertido que no debía realizar, la consecuencia no sería un golpe.
En ese escenario, cuenta, la pelota queda incautada y pasa a utilizarse únicamente en el patio. El niño, además, debe recoger el jarrón roto, juntar las piedras que cayeron y barrer el polvo. La consecuencia está relacionada con lo ocurrido y busca que el niño asuma responsabilidad por sus actos.
Reconoce, además, que sostener ese tipo de disciplina requiere autocontrol por parte del adulto, especialmente cuando se trata de una conducta que ya ha sido corregida varias veces. Esa dificultad, sin embargo, forma parte del proceso que describe: el adulto también debe manejar su propia frustración para poder acompañar al niño sin recurrir a la violencia.

La propuesta coincide con los principios de crianza positiva que UNICEF promueve en República Dominicana. La organización trabaja con madres, padres y cuidadores en herramientas relacionadas con la autorregulación emocional, el diálogo, el afecto y la disciplina sin violencia.
Desde 2024, UNICEF, el Instituto Nacional de Atención Integral a la Primera Infancia (INAIPI) y el Ministerio de Educación (MINERD) desarrollan un programa de fortalecimiento de prácticas de crianza. En junio de 2026, UNICEF informó que 2,216 familias completaron el proceso formativo y que la disciplina violenta disminuyó de 46 % a 32 %, mientras las prácticas basadas en el diálogo, el afecto y el respeto aumentaron hasta 87 %.
Glass Angeles señala que el cambio también requiere que los adultos aprendan a manejar sus propias emociones. “Un adulto alterado no educa, descarga”, afirma, y recomienda hacer una pausa, respirar y bajar la voz antes de corregir.
La psicóloga recomienda además conectar con el niño antes de corregirlo. Propone ponerse a su altura, reconocer lo que siente y después establecer el límite. “Un niño escuchado coopera más que un niño asustado”, sostiene.
Fermín, por su parte, expresa que en su casa aplica una fórmula que resume como “validar la emoción + poner el límite + sostener la consecuencia + acompañar”. La experiencia con sus dos hijos también le ha mostrado que cada uno puede necesitar una forma distinta de acompañamiento cuando está emocionalmente alterado. Explica que mientrás su hija busca contención en esos momentos, su hijo puede necesitar espacio. El límite, sin embargo, no cambia.
“El límite sigue siendo el mismo, aunque lloren, se ofendan, se sientan mal. La consecuencia sigue siendo la misma, aunque lloren, se ofendan, se sientan mal. Mi amor por ellos también sigue siendo el mismo”, plantea.
¿Cómo aplicar estos principios en casa?
Estas son las recomendaciones que realizan tanto Iamdra Fermín como Eileen Glass Ángeles:
Regularse antes de corregir. Se recomienda que el adulto haga una pausa cuando esté alterado. Respirar, bajar la voz y recuperar el control antes de intervenir puede evitar que la corrección termine en un grito o un golpe.
Mantener límites claros. El niño puede llorar o frustrarse ante un “no” sin que el adulto tenga que retirar el límite. La crianza respetuosa, explica, no significa ausencia de autoridad.
Validar la emoción sin aceptar la conducta. Un niño puede estar enojado, triste o frustrado y, al mismo tiempo, tener que respetar una regla. Reconocer lo que siente no significa permitir golpes, insultos o comportamientos peligrosos.
Aplicar consecuencias relacionadas con lo ocurrido. Las consecuencias deben ayudar al niño a asumir responsabilidad. Si derrama algo, puede participar en la limpieza; si rompe un objeto como consecuencia de una conducta previamente advertida, puede colaborar en recogerlo.
Asignar responsabilidades de acuerdo con la edad. Recoger juguetes, ordenar sus pertenencias, ayudar con la mesa o realizar otras tareas acordes con sus capacidades puede formar parte del aprendizaje de la responsabilidad.
Enseñar a reconocer las emociones. También se recomienda que las familias ayuden a los niños a identificar estados como tristeza, enojo o envidia y les enseñen herramientas para manejarlos.
Informarse sobre el desarrollo infantil. Es recomendable leer sobre el desarrollo del cerebro de los niños y consultar contenidos de psicología infantil. Su propia experiencia, cuenta, comenzó cuando decidió ampliar los conocimientos de crianza que había adquirido durante su infancia.
La evidencia local apunta a que el cambio es posible. El programa de UNICEF, INAIPI y MINERD logró reducir las prácticas de disciplina violenta entre las familias participantes y aumentar las estrategias basadas en diálogo, afecto y respeto.
El “Estudio sobre los determinantes asociados al castigo físico y la violencia psicológica” también plantea que modificar estas prácticas requiere trabajar sobre las creencias y normas sociales que las sostienen, además de ofrecer herramientas concretas a las familias.
Glass Angeles resume el proceso desde la experiencia de quienes intentan cambiar patrones aprendidos: “No va a salir siempre perfecto, pero sí consciente e intencional”.
Fermín expresa que respetar a los hijos no significa dejar de ejercer autoridad. Significa, en su práctica cotidiana, mantener los límites y las consecuencias mientras se acompaña al niño durante las emociones que esos límites pueden provocar.
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