La expresión llegó desde los videojuegos y se instaló en TikTok con una velocidad que los adultos apenas alcanzaron a registrar. Tener aura significa poseer una especie de magnetismo difícil de definir: presencia, seguridad, estilo, esa capacidad de resultar interesante sin parecer demasiado interesado en conseguirlo. Farmearla —cultivarla, acumularla— consiste en hacer cosas que aumenten ese capital invisible. El Cambridge Dictionary ya recoge aura farming como la práctica de realizar acciones destinadas a proyectar una personalidad atractiva o interesante.
Internet incluso inventó una contabilidad imaginaria: "+1.000 puntos de aura", "-5.000″, "aura infinita". La broma funciona porque todos entienden qué se está puntuando. La palabra es nueva; la conducta, no, registran las investigaciones de Sandra Bravo Durán, socióloga y doctora en Creatividad Aplicada (UDIT), publicado The Conversation.
Luis XIV también farmeaba
Si TikTok hubiera existido en el siglo XVII, Luis XIV habría entendido su lógica sin dificultad. En Versalles, levantarse, vestirse o comer eran ceremonias minuciosamente reguladas. La proximidad al monarca era un privilegio; participar en determinados momentos de su rutina comunicaba posición social con más precisión que cualquier título escrito.
El palacio, la ropa, las fiestas, el protocolo y hasta la administración de sus apariciones públicas fabricaban una figura excepcional. "Luis XIV no se limitaba a tener poder: lo escenificaba. Para sostener esa representación hacían falta un palacio, una corte y cientos de espectadores. Hoy basta un teléfono con cámara", destaca Bravo Durán.
La sprezzatura y el arte de no parecer que te esfuerzas
Las investigaciones de Bravo Durán también destacan que uno de los antepasados más precisos del aura farming no fue un rey sino un dandi. A comienzos del siglo XIX, George "Beau" Brummell convirtió algo aparentemente trivial —vestirse y comportarse de determinada manera— en una fuente extraordinaria de influencia social. Su verdadero talento era conseguir que nada de aquello pareciera costarle demasiado: enorme preparación con aparente despreocupación.
Brummell perfeccionó así una de las leyes fundamentales del aura: cuanto más evidente resulta el esfuerzo por parecer interesante, menos interesante parece uno.
La idea, sin embargo, era todavía más antigua, destaca la doctora en Creatividad. En 1528, Baldassare Castiglione había formulado en El cortesano el concepto de sprezzatura: la capacidad de ejecutar algo difícil haciendo que parezca fácil, ocultando el esfuerzo y el artificio detrás. Cinco siglos después seguimos premiando exactamente lo mismo. "Un video aparentemente improvisado puede necesitar treinta tomas; un estilismo "sin pensar" puede haber requerido una hora. Trabajamos muchísimo para parecer espontáneos".
Cuando el carisma se convierte en deporte
Las actuales aura battles —enfrentamientos donde dos personas compiten por ver quién domina la escena con más presencia— trasladan ese juego a una competición casi literal. Recuerdan a las batallas de breaking nacidas en el hip-hop neoyorquino de los años setenta, donde no solo contaba la dificultad técnica sino también la actitud y el carisma frente al rival.
En las aura battles contemporáneas, gestos, poses y pequeños movimientos deciden quién gana. No se compite tanto por hacer algo difícil como por hacer que algo parezca memorable. El carisma convertido en deporte de competición. "Eso revela algo importante: el aura nunca depende solo de quien la posee. Necesita alguien que la reconozca".
Bourdieu lo habría llamado capital simbólico
El sociólogo Pierre Bourdieu no habría hablado de farmear aura, pero habría reconocido el mecanismo enseguida. En La distinción explicó cómo los gustos funcionan también como formas de clasificación social, rememora Bravo Durán. La música que escuchamos, la ropa que elegimos o los restaurantes que frecuentamos no expresan solo preferencias personales: comunican familiaridad con determinados códigos.
Bourdieu llamó capital cultural a esos conocimientos y competencias. Cuando obtienen reconocimiento social se convierten en capital simbólico: prestigio, legitimidad, autoridad. O, dicho de forma bastante menos académica, aura points.
El sociólogo Georg Simmel añadió otra pieza: la moda vive de la tensión entre imitación y diferenciación. Queremos pertenecer, pero no llegar cuando ya llegó todo el mundo. El aura también tiene timing.
La performance que se sabe performance
El sociólogo Erving Goffman describió la vida social como una representación: presentamos versiones de nosotros mismos ante distintas audiencias y gestionamos la impresión que producimos. Las redes añadieron una complicación: ahora también convertimos el supuesto backstage en contenido. La foto accidental, el video "sin preparar", el libro casualmente olvidado sobre la mesa. Hasta la espontaneidad puede tener dirección artística.
Farmear aura introduce ahí una forma curiosa de sinceridad. Cuando decimos que alguien lo está haciendo, reconocemos la performance y, aun así, estamos dispuestos a premiarla si funciona.
Walter Benjamin, también citado por Bravo Durpan, usó precisamente la palabra aura para pensar aquello que hacía singular e irrepetible a una obra frente a su reproducción técnica. Vivimos en una cultura donde casi todo puede copiarse —un look, una pose, una estética— y quizá por eso valoramos todavía más aquello que parece difícil de reproducir: la presencia, el gesto, la seguridad, el timing.
Dentro de unos meses quizás nadie vuelva a decir farmear aura. El comportamiento va a sobrevivir igual. Siempre evaluamos quién tenía presencia, quién dominaba una habitación, quién necesitaba demasiado nuestra aprobación. La diferencia es que ahora esa intuición tiene nombre, meme y marcador.
TikTok no inventó el aura. Solo tuvo la cortesía de ponerle puntuación.
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