Juan Pablo Duarte tras las rejas a finales de julio de 1844, tras ser arrestado por el general Pedro Santana (Dibujo de Alberto Bass).

 3.- Vicisitudes de Duarte por su Utopía

 En su lucha permanente por hacer realidad su utopía de que la República Dominicana sea totalmente libre e independiente, Duarte padeció todo tipo de persecuciones, vejámenes y desconsideraciones, que, en diversas ocasiones, tocaron directamente a sus familiares, amigos y compañeros de ideales y trabajos patrióticos.

Esos padecimientos fueron previos y posteriores a la proclamación de la independencia el 27 de febrero de 1844 y de la Guerra Restauradora de 1863-1865, ya que tuvo que enfrentar el espíritu traidor y entreguista de personajes como Bobadilla, Santana y Báez, entre otros.

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José Martí, apóstol de la Independencia cubana, hablaba de hombres primarios y hombres secundarios, de hombres con decoro y hombres sin decoro.

A esos hombres perversos y malvados, Duarte los denominó “orcopolitas” o “ciudadanos del infierno”.  José Martí, el apóstol de la independencia cubana los denominó “hombres secundarios”, y los describe así:

Los hombres secundarios, que son aquellos en quienes el apetito del bienestar ahoga los gritos del corazón del mundo y las demandas mismas de la conciencia, pueden vivir alegres, como vasos de fango repintado, en medio de la deshonra y la vergüenza humana.[1]

En cambio, a quienes enfrentan de manera decidida a esos hombres malvados y perversos, a esos “ciudadanos del infierno”, a esos “hombres secundarios”, Duarte los llama “providencialistas”, de los que dice: “Los providencialistas son los que salvarán la Patria del infierno”. José Martí, de su lado, los denomina “hombres primarios”. A esa categoría pertenecieron tanto Duarte como Martí. Veamos cómo nos define Martí a los “hombres primarios”:

Los hombres que vienen a la vida con la semilla de lo porvenir, y luz para el camino, sólo vivirán dichosos en cuanto obedezcan a la actividad y abnegación que de fuerza fatal e incontrastable traen en sí.[2]

Resumiendo, veamos el contraste que establece Martí en su trabajo “Tres Héroes”, escrito en 1889, en homenaje a Simón Bolívar, de Venezuela; a José de San Martín, del Río de la Plata, y al padre Miguel Hidalgo, de México, a propósito de los hombres secundarios o sin decoro y los hombres primarios o con decoro, entre estos últimos caben -al igual que los tres mencionados-: Juan Pablo Duarte y el propio José Martí. Esto refleja perfectamente la situación que estamos analizando:

Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarle a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad. Esos hombres son sagrados…Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.[3]

No hay dudas de que las palabras que anteceden expresan con meridiana claridad los sacrificios realizados por Duarte en pro de la libertad y la independencia del pueblo dominicano. Su figura inmaculada e inmarcesible lleva en sí el decoro y la dignidad de miles de hombres, de todo un pueblo. Si algún error cometió lo hizo pensando plenamente en el bienestar absoluto de su Patria. Por eso, como personas agradecidas que somos los dominicanos, debemos hablar siempre de la luz que todavía irradia con su ejemplo imperecedero el Padre Fundador de la República Dominicana: Duarte.

Veamos el suplicio por el que atravesaron “los providencialistas”,  “hombres primarios” u “hombres con decoro” y sus familiares por culpa de “los ciudadanos del infierno”, “hombres secundarios” u “hombres sin decoro”, según lo describe el propio Duarte en carta enviada a su entonces compañero de ideal, Félix María del Monte:

Todo es providencial y el crimen no prescribe, ni quedará jamás impune. Un 12 de julio, del 43, entró Riviére en Santo Domingo y los buenos patricios fueron encarcelados o perseguidos hasta el destierro por haber querido salvar a su Patria, y el 12 de julio del año entrante entró el orcopolita Santana y los patriotas fueron encarcelados o lanzados a un destierro perpetuo por haber logrado salvar la Patria y no haber querido venderla al extranjero; un 27 de febrero del año siguiente el infame parricida arrastra al patíbulo a la virtud, a la inocencia misma[4], como si hubiese querido castigar en el dominicano el arrojo de haberse proclamado independiente; un 19 de marzo triunfó la Cruz y los iscariotes (malos dominicanos), escribas y fariseos proclaman triunfador a Santana[5], y el 19 de marzo del año siguiente Satanás[6] y los iscariotes arrojaron del suelo natal a una familia honrada y virtuosa[7] solo por contarse en ella hijos dignos de la Patria, crimen imperdonable por el Iscariote; finalmente esta familia infeliz llega a La Guaira, el 25 de marzo de 1845, lugar del destierro, y el 25 de marzo de 1864 salta en tierra en Montecristi el General Duarte sin odio y sin venganza en el corazón…Qué más se quiere del patriota? Se quiere que muera lejos de su Patria, él, que no pensó sino en rescatarla; y con él sus deudos, sus amigos, sus compañeros, sus compatricios que sean bastante viles para humillarse y adorar el poder satánico que adueñado del honor, de la vida, de las propiedades, de los mejores servidores de este Pueblo heroico hasta en el sufrimiento y tan digno de mejor suerte? Pues no.[8]

En carta-oficio del 7 de marzo de 1865, enviada el entonces Ministro de Relaciones Exteriores, general Rodríguez Objío, en la que Duarte informa que a partir del cambio de gobierno ocurrido en Santo Domingo, en octubre de 1864, habían cesado sus funciones como representante oficial de la República Dominicana ante el gobierno venezolano, nos recuerda el vía crucis que tuvo que enfrentar para hacer realidad su utopía:

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Duarte, cuando era conducido a la Torre del Homenaje para su posterior destierro por órdenes del general Pedro Santana, en agosto de 1844 (Dibujo de Alberto Bass).

En carta-oficio del 7 de marzo de 1865, enviada el entonces Ministro de Relaciones Exteriores, general Rodríguez Objío, en la que Duarte informa que a partir del cambio de gobierno ocurrido en Santo Domingo, en octubre de 1864, habían cesado sus funciones como representante oficial de la República Dominicana ante el gobierno venezolano, nos recuerda el vía crucis que tuvo que enfrentar para hacer realidad su utopía:

Si me pronuncié dominicano independiente, desde el 16 de julio de 1838, cuando los nombres de Patria, Libertad, Honor Nacional se hallaban proscritos como palabras infames, y por ello merecí (en el año 43) ser perseguido a muerte por esa facción entonces haitiana, y por Riviére que la protegía, y a quien engañaron; si después en el año 44 me pronuncié contra el protectorado francés ideado por esos facciosos y cesión a esta potencia de la Península de Samaná, mereciendo por ello todos los males que sobre mí han llovido; si después de veinte años de ausencia he vuelto espontáneamente a mi Patria para protestar con las armas en las manos contra la anexión a España llevada a cabo a despecho del voto nacional por la superchería de ese bando traidor y parricida, no es de esperarse que yo deje de protestar (y conmigo todo buen dominicano) cual protesto y protestaré siempre no digo solo contra la anexión de mi Patria a los Estados Unidos sino a cualquier potencia de la tierra, y al mismo tiempo contra cualquier tratado que tienda a menoscabar en lo más mínimo nuestra independencia nacional y cercenar nuestro territorio o cualquiera de los derechos del pueblo dominicano.[9]

Duarte nos hace una radiografía completa de la historia de la traición llevada a cabo por el bando entreguista encabezado por Tomás Bobadilla, Pedro Santana y Buenaventura Báez, que colaboró estrechamente con los haitianos, tanto en la gestión de Jean Pierre Boyer  como en la de Charles Riviére Hérard; pasando por la entrega de la Bahía y Península de Samaná a Francia, a través del denominado Plan Levasseur, a cambio de un protectorado que le garantizara beneficios económicos, poder político y apoyo militar, tanto en armas como en efectivos militares, lo que enfrentaron gallardamente los trinitarios a través del derrocamiento de Tomás Bobadilla y demás facciosos integrantes de la Junta Central Gubernativa, el 9 de junio de 1844.

Tomás Bobadilla, uno de los principales representantes de la corriente anexionista desde antes de la fundación de la República Dominicana, aunque al final de sus días, teniendo 80 años de edad, enfrentó la anexión del país a los Estados Unidos, propiciada por Báez entre 1868 y 1874.

Posteriormente, ese grupo procedió a entregar el país a España mediante la ejecución de una anexión perversa el 18 de marzo de 1861, sin contar con el voto espontáneo de la mayoría de la población dominicana, con el propósito expreso del General Pedro Santana y sus acólitos perpetuarse en el poder, trayéndole al país todo tipo de agravios y desventuras, incluyendo el fusilamiento del patricio Francisco del Rosario Sánchez en San Juan de la Maguana y de miles de ciudadanos dominicanos.

Sobre el ostracismo a perpetuidad que vivió el patricio Duarte en Venezuela, tras el golpe de Estado perpetrado por el general Santana el 12 de julio de 1844 contra el general Francisco del Rosario Sánchez y los trinitarios, la vida azarosa que vivió en las selvas del Orinoco del país suramericano, su retorno posterior al país tras la anexión de la República Dominicana a España y el desencadenamiento de la Guerra de la Restauración, el historiador Manuel Rodríguez Objío (2004, Tomo I: 187-188) nos expresa lo siguiente:

El Gral. Juan Pablo Duarte, alma noble y espíritu sublime; el pensamiento de la Revolución de mil ochocientos cuarenticuatro, que dio por resultado la constitución de la República Dominicana, víctima de sus principios había sido arrojado al ostracismo por la mano ruda de Santana, desde el mes de julio de aquel glorioso año. Sepultado en las selvas del Orinoco, acosado por la ingratitud y veleidad de los pueblos, como por la ceguedad de la fortuna, había jurado convertir en tumba su desgracia. Mientras la obra de su pensamiento estuvo vida, nadie pudo hacerle desistir de aquel propósito; pero diecisiete años más tarde, al leer en un periódico que por acaso le cayó en las manos, la nueva de que su país había sido anexado a España, la magnética atracción del patriotismo, le arrancó de las selvas, le atrajo a los poblados, más luego a las ciudades y por último a la Capital de Venezuela, Caracas, donde intentó reanudar sus trabajos perdidos en el 44, para dar vida a su nación, cautiva desde 1861. La Revolución Federal, que durante cinco años agitó la Patria de Bolívar, no le dio campo para hacer oír su voz, clamando a favor de una república suramericana reconquistada, y sólo al terminar aquella lucha en agosto o septiembre de 1863, pudo Duarte insinuar su proyecto. La Revolución de Capotillo dio un fuerte apoyo a sus solicitudes y secundado por el joven proscrito Manuel Rodríguez Objío, quien en su nombre pasó a la provincia de Coro a avistarse con el Mariscal Falcón, obtuviéronse promesas las más hermosas. Asociáronse en esta empresa generosa el Coronel Diez, el Comandante Oquendo y el señor Vicente Duarte, hermano del General, pero las dilatorias consiguientes a toda empresa semejante condujeron por fin nuestros patriotas a las tierras natales, sin poder llevar al Gobierno Provisorio otra cosa que fundadas y grandes esperanzas. De aquí surgió la designación del Sr. Melitón Valverde, como Embajador de la República cerca del Gobierno venezolano; de aquí surgieron también las tentativas hechas por varios expulsos refugiados en Caracas, tales como Peynado y Cestero, cerca del Estado de Maracaibo. Empresas todas estas que hicieron abortar la intriga y manejos de uno de aquellos hombres que más tarde debían ser tan funestas a la Patria del 16 de Agosto. El Gobierno Provisorio acogió con la más grande cordialidad a los señores antes mencionados, admirando la espontaneidad de sus esfuerzos, y determinó que el Gral. Duarte pasase al extranjero para secundar con su influencia al Plenipotenciario Valverde. El Coronel Diez fue destinado al Estado Mayor del Presidente; Oquendo con el nombramiento de Coronel a las fortificaciones de Monte Cristi, de donde fue retirado más tarde para pasar a Puerto Plata. Don Vicente Duarte, con despacho de Coronel, nombróse pagador en el campamento de Luperón, y Ml. R. Objío, también como Coronel, pasó a las líneas de San Juan, donde su hermano figuraba como uno de los tantos actores del drama revolucionario. Todo esto acontecía en los primeros días de la Vicepresidencia interina del Sr. Espaillat, en marzo de 1864.[10]

Regreso de Duarte el 25 de marzo de 1864 por el Puerto de Monte Cristi a luchar por la Restauración de la República, tras haber sido anexada a España por Santana.

A su arribo al país, el General Juan Pablo Duarte escribe desde la común de Guayubín una comunicación donde participa al Gobierno Provisorio de su llegada al suelo natal y se pone a sus órdenes. Veamos:

Guayubín, marzo 28 de 1864, y 21 de la Independencia.

Señores Individuos del Gobierno Provisorio.

En Santiago.

Arrojado de mi suelo natal por ese bando parricida que empezó por proscribir a perpetuidad a los fundadores de la República ha concluido por vender al extranjero la Patria, cuya independencia jurara defender a todo trance; he arrastrado durante veinte años la vida nómada del proscrito, sin que la Providencia tuviese a bien realizar la esperanza, que siempre se albergó en mi alma, de volver un día al seno de mis conciudadanos y consagrar a la defensa de sus derechos políticos cuanto aún me restase de fuerza y vida.

Pero sonó la hora de la gran traición en que el Iscariote creyó consumada su obra, y sonó también para mí la hora de la vuelta a la Patria: el Señor allanó mis caminos y a pesar de cuantas dificultades y riesgos se presentaron en mi marcha, heme al fin, con cuatro compañeros más,[11] en este heroico pueblo de Guayubín dispuesto a correr con vosotros, y del modo que tengáis a bien, todos los azares y vicisitudes que Dios tenga aún reservados a la grande obra de la Restauración Dominicana que con tanto denuedo como honra y gloria habéis emprendido.- Creo, no sin fundamento, que el Gobierno Provisorio no dejará de apreciar luego de que me comunique con él personalmente lo que he podido hacer en obsequio del triunfo de nuestra justa causa, y espero de su alta sabiduría que sacará de ello importantes y positivos resultados. Dignaos aceptar los sentimientos de la consideración y aprecio con que se pone a vuestras órdenes el Gl. Drt.[12]

El patriota Ulises Francisco Espaillat, quien era Ministro de Relaciones Exteriores, Encargado de la Vicepresidencia, a la llegada al país del patricio Juan Pablo Duarte el 25 de marzo de 1864.

A continuación observemos las muestras de júbilo expresadas por el Gobierno Provisorio con la llegada del Padre de la Patria y sus compañeros de ideal:

Dios, Patria y Libertad

REPÚBLICA DOMINICANA

GOBIERNO PROVISORIO

No. 137

Señor General Don Juan Pablo Duarte

Señor General:

El Gobierno Provisorio de la República, ve hoy con indecible júbilo la vuelta de usted y demás dominicanos al seno de su patria. Nada más satisfactorio para el pueblo dominicano, que la prontitud con que los verdaderos dominicanos responden al llamamiento de la Patria; de esa Patria sostenida con el heroísmo y la sangre de sus hijos. Por un momento llegó a desaparecer nuestra Independencia, y el pabellón de nuestra gloria se vio sumido en el olvido; más quedaba fijo en el corazón de todos los dominicanos, o al menos, en el de la mayor parte; y éstos, cuando creyeron llegada la hora oportuna lanzaron el grito de Independencia, que la tiranía y la traición habían ahogado, reanudando los lazos que los nobles soldados del 44 habían establecido entre la familia dominicana.

La historia de los padecimientos de esta Patria, es la historia de su gloria; y cada dominicano en sus propios infortunios ha recibido glorias que le han hecho llevadera su situación.- Hoy víctima de la más espantosa miseria, todo lo olvida y sólo trabaja por la consolidación de nuestra interrumpida independencia; en esta obra todos los hijos de la Patria están comprometidos, todos deben cooperar; así no duda el Gobierno que usted también y sus compañeros de viaje cooperarán con su contingente; venga, pues, General, la Patria le espera, persuadida que a la vez que luchamos por rechazar al enemigo, nos esforzamos por la unión que es lo que constituye la fuerza.

Dios guarde a usted muchos años.

Santiago, abril 1º. de 1864.

El Ministro de Relaciones Exteriores, Encargado de la Vicepresidencia,

Ulises F. Espaillat.

Refrendado: El Ministro de lo Interior, Interino,

  1. [13]

Dos semanas después el Gobierno Provisorio envió un oficio al General Duarte, donde le participaba que utilizaría sus servicios en una misión diplomática hacia la hermana República de Venezuela, donde el patricio había residido por espacio de veinte años. El oficio fue redactado en los siguientes términos:

Sección de Relaciones Exteriores.

No. 49

Señor General don Juan Pablo Duarte,

Santiago.

Habiendo aceptado mi Gobierno los servicios que de una manera espontánea se ha servido usted ofrecer, ha resuelto utilizarlos encomendándole a la República de Venezuela una misión cuyo objeto se le informará oportunamente.

En esta virtud mi Gobierno espera que usted se servirá alistarse para emprender el viaje, mientras tanto se preparan las credenciales y pliego de instrucciones del caso.

Dios guarde a usted muchos años.

Santiago 14 de abril de 1864.

El Ministro de Hacienda, Encargado de las Relaciones Exteriores,

  1. Deetjen.[14]

Al día siguiente, el patricio Duarte responde la misiva del Gobierno Provisorio Restaurador, en la que le expresa que su delicado estado de salud no le permitía acoger la propuesta que se le hizo de representarle en una misión diplomática en Venezuela. A continuación transcribimos la referida comunicación:

Señor Alfredo Deetjen,

Ministro de Hacienda, encargado de las Relaciones Exteriores.

Tengo a la vista su importante nota fecha de ayer en que me dice; que habiendo aceptado su Gobierno mis servicios, ha resuelto utilizarlos, encomendándome a la República de Venezuela una misión de cuyo objeto se me informará oportunamente, y que en esta virtud su Gobierno espera que yo me aliste para emprender viaje, mientras tanto se preparan las credenciales y pliegos de instrucciones del caso, a lo cual contesto: que el mal estado en que se encuentra mi salud no me permite aceptar por ahora el alto honor que se pretende hacerme, pues a más de exponerme a gastar en medicinas y facultativos los fondos que a mi disposición se pusiesen para el viático, no podría desempeñar el encargo con aquella regularidad, acierto y presteza que requieren las circunstancias, la dignidad del Gobierno y mi propio honor. Crea usted que a no ser por la escasez de salud no habría permanecido en la inacción los días que hace que estoy aquí, pues con la venia de su Gobierno hubiera pasado (cual pensaba) inmediatamente cerca del ilustre General Presidente José Antonio Salcedo a tener el gusto de saludarle y conocer personalmente al que tan dignamente preside a la Restauración dominicana, y hoy tuviera el placer de contestar a la nota a que me refiero de un modo más satisfactorio para todos. Al individuo que el Gobierno se sirva nombrar en mi lugar yo podré dar notas para todas aquellas personas con las cuales me he entendido y deberá entenderse en Venezuela para el buen desempeño de su comisión.

No contesté desde ayer mismo a su nota porque el deseo de corresponder a las miras del Gobierno me hacía esperar que hoy me encontraría en mejor disposición de salud, lo que por desgracia no ha sucedido con harto sentimiento de mi parte. Dios guarde a usted…

Santiago 15 de abril de 1864.[15]

Sin embargo, seis días después el Padre de la Patria envía una nueva correspondencia al Gobierno Provisorio, donde acepta la misión que se le encomendó en Venezuela, para no constituirse en elemento de discordia entre los restauradores, tal como sugirió de forma insidiosa el periódico de La Habana, Cuba, “Diario la Marina”, en uno de sus artículos. Veamos la comunicación enviada al Provisorio por el general Duarte:

Santiago, 21 de abril de 1864.

Señor General Don Ulises Espaillat,

Ministro de Relaciones Exteriores, Encargado de la Vicepresidencia.- Presente.

El deseo de participar de los riesgos y peligros que arrostran en los campos de batalla los que con las armas en la mano sostienen con tanta gloria los derechos sacrosantos de nuestra querida Patria, y la falta de salud que experimentaba al recibir la nota de fecha 14 del que cursa, por lo cual se me ordenaba alistarme para emprender viaje a ultramar, me compelieron con harto sentimiento de mi corazón a renunciar al alto honor que se me dispensaba en la importante misión que se trató de encomendarme; pero al ver el modo de expresarse, con respecto a mi vuelta al país, el Diario la Marina[16], se han modificado completamente mis ideas y estoy dispuesto a recibir vuestras órdenes si aún me juzgareis aparente para la consabida comisión, pues si he vuelto a mi patria después de tantos años de ausencia ha sido para servirla con alma, vida y corazón, siendo cual siempre fui motivo de amor entre todos los verdaderos dominicanos y jamás piedra de escándalo, ni manzana de la discordia. No tomo esta resolución porque tema que el falaz articulista logre el objeto de desunirnos, pues altas pruebas de estimación me han dado y me están dando el Gobierno y cuantos generales, jefes y oficiales he tenido la dicha de conocer, sino porque nos es necesario parar con tiempo los golpes que pueda dirigirnos el enemigo y neutralizar sus efectos.

Dios guarde a usted muchos años.[17] (Duarte, 1999: 241-242).

En su respuesta a la comunicación del general Duarte, el  Gobierno Provisorio resta importancia al contenido calumnioso del Diario la Marina, indicando que el Superior Gobierno y todos los generales y seguidores de la Revolución reciben con mucho gusto el regreso a su país de todos los buenos dominicanos, como él, y que de ninguna manera crea que su presencia pueda ser motivo de envidia ni rivalidades. Veamos inextenso el contenido de la comunicación, del Provisorio suscrita por el Vicepresidente, Ulises Francisco Espaillat:

“Dios, Patria y Libertad

REPÚBLICA DOMINICANA

No. 53.

Santiago 22 de abril de 1864.

Señor General Juan Pablo Duarte.

El Gobierno ha recibido su nota fecha 21 de los corrientes por la que se ve que se decide usted a admitir la misión que se le confiara.

Este Superior Gobierno no cree de ningún valor las razones que motivan su última resolución, puesto que tanto él como los demás generales y corifeos de la Revolución, lejos de prestar ninguna atención al calumnioso artículo del Diario de la Marina, ven con mucho gusto el regreso a su país de todos los buenos dominicanos, los que ocuparán en él el puesto a que les haga acreedor los servicios que presten a su país. Así, General, no crea usted ni un por un momento que su presencia pueda excitar envidia ni rivalidades, puesto que todos lo verían con mucho gusto prestando aquí sus buenos servicios a la Patria. Sin embargo, siendo muy urgente, como usted sabe, la misión a las repúblicas sudamericanas, y habiendo este Gobierno contado con usted para ella como lugar donde usted mayores servicios podría prestar a su Patria, aprovecha su decisión (si bien desaprobadas las razones que la motivaron) y se ocupa en mandar redactar los poderes necesarios para que mañana quede usted enteramente despachado y pueda, si gusta, salir el mismo día.

El Vicepresidente interino,

Ulises F. Espaillat.[18]

La misión que le fue encomendada al general Juan Pablo Duarte y al señor Melitón Valverde, que estaba residiendo en Saint Thomas, en la que se les otorgaron amplios poderes en calidad de ministros plenipotenciarios del Gobierno, consistía en recurrir a los países extranjeros y amigos, especialmente a las Repúblicas de Venezuela, Nueva Granada y Perú, por medio de agentes, con el propósito de celebrar negociaciones y transacciones que le permitieran al Gobierno Provisorio conseguir los recursos fundamentales para sufragar las apremiantes necesidades que tenía de dinero, pertrechos de guerra y otro tipo de provisiones, que en el país no podían conseguirse, en virtud de la situación calamitosa en que las diferentes administraciones españolas habían dejado a la República Dominicana.

Entre las instrucciones que se les dieron al general Juan Pablo Duarte y al señor Melitón Valverde, de fecha 7 de junio de 1864, en sus gestiones por las Repúblicas de Venezuela, Nueva Granada y Perú, se encuentran las siguientes:

-Procurar conseguir, ya sea con aquellos gobiernos o con casas o compañías particulares de siete a ocho mil fusiles de piedra o de pistón; de cien a ochocientos quintales de plomo; los repuestos necesarios de piedras de chispa para los fusiles; los repuestos correspondientes de pistones; cincuenta a cuatrocientos quintales de pólvora de fusil; quinientas resmas de papel para cartuchos; doce baleros del calibre los fusiles que puedan obtener.

-Ejecutar un empréstito público en aquellas repúblicas, bajo las mejores condiciones, tomando por límite hasta quinientos mil pesos fuertes.

-En caso de no poder contraer el empréstito ni aún de cincuenta mil pesos fuertes, harán lo posible de efectuarlo por suscripciones entre particulares y con los mismos Gobiernos; teniendo presente que las apremiantes circunstancias en que se encuentra el país por los incendios y completa desolación en que los españoles lo han puesto, cualquier recurso, por pequeño que sea, es bien aceptado, recomendándoles muy particularmente la premura.

-Conseguidos los objetos de guerra de que se han hecho mención, lo más oportuno es dirigirlos a Cabo Haitiano consignados al Señor A. Grimard.

-Si se logra hacer un empréstito grande o pequeño se deberá consignar, en forma de moneda de oro, al Señor A. Grimard.

-En caso de que no puedan conseguir todo lo contenido en las instrucciones dadas, se debe tener presente que el armamento y pertrechos son indispensables, y que éstos se deben tener siempre por preferencia.

-Al enviar los efectos a Cabo Haitiano se debe tener presente que en el vecino país de Haití está prohibida la introducción de municiones, armamentos y otros pertrechos, razón por la cual debe observarse la mayor prudencia y los buques deben ser despachados con otras provisiones como harina, que deben ser colocadas arriba para camuflar el cargamento, para lo cual el capitán del buque debe estar debidamente orientado.

Después de hacer múltiples gestiones principalmente ante el Gobierno venezolano, y ante el cambio constante de gobiernos en República Dominicana tras el asesinato del general José Antonio Salcedo, el general Juan Pablo Duarte expresa amargamente en comunicación del 7 de marzo de 1865 enviada al entonces Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno del General Gaspar Polanco y ampliada el 22 de marzo de 1865 al nuevo Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno del General Pedro Antonio Pimentel, Teodoro S. Heneken, lo siguiente:

Respecto a la misión de que vine encargado diré: que el General Candelario Oquendo me encontró en Coro tratando sobre el particular, el General pasó a Caracas en diciembre y yo salí más tarde, es decir el 3 de enero, creyendo de positivo que iba al fin a ver realizadas tantas promesas; ¿y por qué no lo había de creer cuando el ciudadano Gran Mariscal en presencia del General P. me despide con estas halagüeñas palabras: ‘Vaya usted con el General y le aseguro que usted quedará complacido, él lleva mis órdenes?’; pero llegamos a Caracas y el Señor Vicepresidente se niega redondamente a darle cumplimiento. No obstante, he recibido trescientos pesos sencillos de los cuales he suplido $100.00 al General Oquendo que partirá mañana para ésa siendo el portador de ésta. El General instruirá a usted en los pormenores de esa farsa y de los personajes que juegan en ella el principal papel. El dirá a ustedes que Venezuela no tiene nada que envidiarle a Santo Domingo en cuanto a intervenciones, a anexionismos, a traiciones, a divisiones, a ansiedades, a dudas, a vacilaciones, en cuanto a malestar, en fin, de todo género y de todos los calibres.[19]

Sin duda alguna, fueron muchas las circunstancias que impidieron que el general Juan Pablo Duarte y el señor Melitón Valverde, luego asistidos por el general Calendario Oquendo, pudieran cumplir cabalmente con la misión que se les encomendó. Sin embargo, la propaganda desplegada por ellos logró generar un movimiento de ciudadanos venezolanos que simpatizaban con la causa de los restauradores en la República Dominicana. En 1864 contaban con un vocero importante, El Federalista, dirigido por el Dr. Felipe Larrazábal, y se formó una junta con el objeto de recolectar fondos, de la cual formaban parte los generales José Rafael Pacheco y Aureliano Alfonso, los señores Ildefonso Riera Aguinagalde, Mariano Espinal y el Dr. Guillermo Tell Villegas, Secretario de Estado de lo Interior, Justicia y Relaciones Exteriores en el Gobierno del Mariscal Juan Crisóstomo Falcón en 1863. En San Francisco se celebraron mítines a favor de la causa dominicana, en el primero de los cuales se eligió a Guillermo Iribarren, Secretario de Estado de Hacienda y Fomento, en 1863, como Presidente; a Eduardo Calcagno, como Vicepresidente, y a Lino J. Revenga, como Secretario.

El 11 de julio de 1865 los restauradores lograron el retiro puro y  simple de las tropas españoles del territorio nacional, después de infringirles derrotas sucesivas en las diferentes acciones y batallas desplegadas, pero desde el año anterior los principales líderes se habían envuelto en luchas caudillistas que degeneraron en el asesinato del presidente José Antonio Salcedo y en otras luchas fratricidas, así como en el olvido total del patricio Duarte y la misión que le había sido encomendada en el hermano país de Venezuela.

Posteriormente, se produjeron sucesivos intentos de entregar el país a los Estados Unidos de América, primero en la figura de José María Cabral y luego en la del perenne anexionista Buenaventura Báez. Hoy, los entreguistas se disfrazan de nacionalistas, pero los resultados hablan por sí solos, ya que el país sigue bajo la tutela de los Estados Unidos, después de dos intervenciones militares que fueron combatidas por los continuadores del ideal duartiano. Todo esto evidencia que ese bando traidor, antinacional y anexionista es el que ha tenido mayoritariamente el control de las riendas del poder en nuestro país desde hace casi dos centurias.

Juan Isidro Pérez fue uno de los amigos más fieles al patricio Juan Pablo Duarte y a los ideales trinitarios.

Juan Isidro Pérez, mejor conocido en la historia dominicana como El Ilustre Loco, en carta que le enviara el 25 de diciembre de 1845, a su invariable amigo y compañero de ideal, Juan Pablo Duarte, le expresa con el alma lo siguiente:

La única fotografía que se conserva del patricio Juan Pablo Duarte fue tomada por el fotógrafo venezolano Próspero Rey en el año 1873, cuando cumplió sus 60 años de edad.

Sí, Juan Pablo, la historia dirá: que fuiste el Mentor de la juventud contemporánea de la Patria; que conspiraste a la par de sus padres, por la perfección moral de toda ella; la historia dirá: que fuiste el Apóstol de la Libertad e Independencia de tu Patria; ella dirá que no le trazaste a tus compatriotas el ejemplo de abyección e ignominia que le dieron los que te expulsaron cual a otro Arístides; y en fin, Juan Pablo, ella dirá: que fuiste el único vocal de la Junta Central Gubernativa, que con una honradez a toda prueba, se opuso a la enajenación de la Península de Samaná, cuando, tus enemigos, por cobardía, abyección e infamia, querían sacrificar el bien de la patria por su interés particular. La oposición a la enajenación de la Península de Samaná es el servicio más importante que se ha prestado al país y a la revolución. Vive, Juan Pablo, y gloríate en tu ostracismo, y que se gloríen tu santa madre y toda tu honorable familia…No puedo más. Mándame a decir, por Dios, que no se morirán ustedes de inanición: mándamelo asegurar; porque esta idea me destruye. Nada es sufrir todo género de privaciones, cuando se padece por la patria, y con una conciencia tranquila; mándame asegurar, en tu primera carta, que no perecerán de hambre!!![20]

Las palabras de Juan Isidro Pérez no tienen desperdicios. Revelan que Duarte es merecedor de todo nuestro aprecio, reconocimiento y devoción, por ser un hombre de carne y hueso que supo entregarse sin dobleces a la causa de la Patria. Igualmente, nos muestra que los demás miembros de la Junta Central Gubernativa, incluso Sánchez y Mella, en algún momento se dejaron envolver por las artimañas de ese bando traidor, pero que Duarte siempre estuvo claro sobre cuáles eran sus verdaderas intenciones, por lo cual siempre se mantuvo vigilante de sus acciones.

Eso quiere decir que el Fundador de la República fue un ejemplo de firmeza, de honestidad y de amor desmedido por la Patria; una persona que nunca abdicó de sus ideas y principios, aún en medio de la inanición más terrible que finalmente se transformó en tuberculosis y acabó con su vida, y que, cuando las circunstancias lo demandaron, se rebeló contra todos los gobiernos entreguistas y empuñó las armas para derrocarles, en aras de devolverle al pueblo dominicano su soberanía absoluta.

Una señal contundente de su fe inquebrantable en que la República Dominicana debía permanecer como Nación libre e independiente, a pesar de las múltiples vicisitudes que padeció, nos la da Duarte en el pasaje siguiente:

Yo habré nacido para no amar sino a esa Patria tan digna de mejor suerte y a sus amigos que son los míos, cuando después de tan amargas pruebas, ni siquiera he pensado en quebrantar mi Juramento[21]

Duarte murió sin ver realizada su utopía a plenitud, el 15 de julio de 1876 en Caracas, Venezuela, en virtud de las acciones de los gobiernos entreguistas que ha tenido la República Dominicana desde el momento mismo en que se proclamó la Independencia Nacional hasta el presente.

De acuerdo a lo consignado en la parte médica recogida en su acta de defunción, el patricio murió de tisis pulmonar (es decir, tuberculosis), una enfermedad fundamentalmente relacionada con el padecimiento de inanición o hambre crónica. Esta situación se debió a que después de venir a luchar con las armas en las manos al país en 1864 -con 51 años de edad y muy enfermo-, en favor de la Guerra Restauradora, fue enviado nuevamente a Venezuela en calidad de Ministro Plenipotenciario -en contra de su voluntad- para que gestionara apoyo militar para la causa revolucionaria, pero fue totalmente olvidado por los diferentes gobiernos restauradores que estuvieron en el poder hasta próximo a su muerte.

Parece mentira, pero sólo se acordó del Fundador de la República Dominicana, el presidente Ignacio María González -antiguo gobernador baecista de la provincia de Puerto Plata y uno de los principales líderes de la Revolución Unionista que derrocó a Buenaventura Báez el 25 de Noviembre de 1873-, quien el 19 de febrero de 1875 le envió una carta muy emotiva al patricio Juan Pablo Duarte, que paso a transcribir textualmente:

El Presidente de la República Dominicana

Sto. Dgo., Febrero 19, 1875.

Mi querido General y amigo:

Me había abstenido de escribir a usted, porque no quería hacerlo mientras no me fuera posible, como hoy, anunciarle la completa pacificación de la República que concibió y creó el patriotismo de usted.

La situación del país es por demás satisfactoria y si concedemos a los dominicanos la suma de juicio necesaria para establecer un paralelo entre nuestro pasado y nuestro presente, debemos confiar en que esa situación se consolidará cada día más y en que ha sonado ya la hora del progreso, para este pueblo tan heroico como desgraciado.

Mi deseo, mi querido General, es que usted vuelva a la patria, al seno de las numerosas afecciones que usted tiene en ella, a prestarle el contingente de sus importantes conocimientos, y el sello honroso de su presencia.

Al efecto se dan órdenes al señor Cónsul de la República en Curazao para que ponga a la disposición de usted los recursos que necesita para su transporte con el de su apreciable familia.

Espero confiado que usted realizará mis deseos, que son, me atrevo a asegurarlo, los de todos los buenos dominicanos.

Con mis saludos respetuosos para su apreciable familia me suscribo,

de usted muy amigo,

Ignacio Ma. González

Ciudadano General Juan Pablo Duarte, Caracas.[22]

Ignacio-Maria-Gonzalez-quien-asumio-la-Presidencia-de-la-Republica-tras-el-triunfo-de-la-Revolucion-Unionista-y-el-derrocamiento-de-Buenaventura-Baez-el-25-de-Noviembre-de-1873
Ignacio María González, quien asumió la Presidencia de la República, tras el triunfo de la Revolución Unionista y el derrocamiento de Buenaventura Báez el 25 de Noviembre de 1873.

El estado de salud en que se encontraba Duarte cuando recibió la misiva del presidente González, hacia el mes de marzo de 1875, era muy precario, razón por la cual prefirió aplazar la oferta de regresar a su país, que había recibido de su dilecto compatriota. A partir de entonces, Duarte quedó inhabilitado para trabajar, lo que implicó una drástica disminución de ingresos para su hogar. En ese mismo sentido, su estado delicado de salud demandaba mayores gastos en medicina y alimentos. Por eso, las penurias de la familia Duarte se generalizaron espantosamente a mediados del año 1875.

Hacia julio de ese año su debilidad adquirió tal dimensión que lo postró en cama de forma definitiva, hasta el 15 de julio de 1876, fecha en que le sorprendió la muerte, lejos de la patria bien amada, sin escuchar una voz amiga que le diera aliento y le expresara que los dominicanos providencialistas le darían continuidad a su obra y llevarían su ideal a la cumbre máxima, a su concreción total.

4.- Continuidad y Eclipses de la Utopía de Duarte

La utopía de Duarte, desde su génesis, ha tenido grandes enemigos -principalmente a los elementos más atrasados de las clases dominantes de cada período histórico, a pesar de los actos simbólicos que tributan en su honor-. Esto ha motivado que la misma, a pesar de mantenerse viva en el corazón de los dominicanos nobles y patriotas, haya sufrido eclipses que dan la impresión de una mortandad definitiva.

Los eclipses que ha sufrido la utopía duartiana en su desarrollo, han sido el producto de la lucha a muerte en que se han enfrascado dos corrientes políticas bien definidas: una corriente patriótica, que busca la independencia nacional plena; y otra entreguista y antipatriótica, que tiene como propósito central vendernos al mejor postor, en función de garantizar sus intereses particulares y de grupos.

Así caracteriza el escritor Federico García Godoy las dos corrientes que se han disputado históricamente la conquista y permanencia en el poder de la República Dominicana desde antes del logro de su independencia el 27 de Febrero del 1844, hasta el presente:

La primera de esas corrientes de opinión tiene su natural antecedente en el 1 de diciembre de 1821, pero parte visiblemente del establecimiento de La Trinitaria, y alcanza su punto más luminoso el 27 de febrero con la instauración de la República.  La segunda de esas corrientes data de 1843, arranca del Plan Levasseur, y en su desarrollo, metamorfoseándose curiosamente, por virtud de una serie de trabajos antipatrióticos parará en la extinción de la nacionalidad el 18 de marzo de 1861 y en la vuelta al status colonial bajo la monarquía española.[23]

García Godoy hace una caracterización correcta sobre las dos corrientes políticas que se han disputado el ejerció del poder en el país desde la Independencia Efímera -teniendo punto más trascendente la conformación de la  República Dominicana el 27 de Febrero de 1844-hasta el presente, destacando los aportes indiscutibles que ha hecho la primera corriente en beneficio del país, en tanto que los sectores antipatrióticos han hecho uso de todas las malas artes para salirse con las suyas y, de esa manera, satisfacer sus caprichos e intereses personales y grupales.

De su lado, en carta enviada a García Godoy el 5 de mayo de 1909, a propósito de la publicación de su obra Rufinito,  Pedro Henríquez Ureña (1988: 540-541), nos ofrece su idea sobre el proceso de germinación, desarrollo y perfección del proceso independentista dominicano:

Pedro Henríquez Ureña, un ícono de la lucha por una América Hispánica totalmente libre e independiente de toda dominación imperialista.

Para mí tengo que la idea de independencia germinó en Santo Domingo desde principios del XIX; pero no se hizo clara y perfecta para el pueblo hasta 1873. La primera independencia fue, sin duda alguna, la de Núñez de Cáceres; no claramente concebida, tal vez, pero independencia al fin. La de 1844 fue consciente y definida en los fundadores; pero no para todo el pueblo, ni aún para cierto grupo dirigente. Libertarse de los haitianos era justo, era lo natural; ¿pero comprendía todo el pueblo que debíamos ser absolutamente independientes? Ello es que vemos la anexión a España, y sabemos que, si para unos esta anexión pecaba por su base, para otros fracasó por sus resultados, y por ellos la combatieron. Y lo extraño, luego, es que ni ese mismo fracaso bastara a desterrar toda idea de intervención extraña, y que todavía en el gobierno Báez pensara en Estados Unidos. Sin embargo, para entonces la idea había madurado ya: y la revolución de 1873 derrocó en Báez, no sólo a Báez sino a su propio enemigo Santana; derrocó, en suma, el régimen que prevaleció en la primera República, y desterró definitivamente toda idea de anexión a un país extraño. Esa es para mí la verdadera significación del 25 de noviembre: la obra de ese movimiento anónimo, juvenil, fue fijar la conciencia de la nacionalidad. Desde entonces, la acusación más grave que entre nosotros puede lanzarse a un gobierno es la que denuncia ante el pueblo como propenso a mermar la integridad nacional; y cuenta que hasta ahora la acusación, en todos los casos, parece haber sido infundada. El año de 1873 significa para los dominicanos lo que significa en México el año de 1867: el momento en que llega a su término el proceso de intelección de la idea nacional.

Nuestro período de independencia, por tanto, nuestro proceso moral, se extiende para mí, desde 1821 hasta 1873. En ese medio siglo, el momento más heroico, el ápex, en 1844. Pero esa fecha debe considerarse como central, no como inicial. La independencia de la República como hecho, como origen creo que debe contarse desde 1821, aunque como realidad efectiva no exista hasta 1844 ni como realidad moral hasta 1873. Es lógico: independencia, para los pueblos de América, significa independencia con respecto a Europa, no con relación a otros pueblos de la misma América, aunque estos hayan sido de razas y tendencias tan contrarias a las del pueblo dominado (como ocurrió en nuestro caso) que la dominación se haya hecho sentir como tiranía. No soy yo, seguramente, el único dominicano, que se ha visto en este conflicto: cuando algún hispano-americano nos pregunta la fecha de nuestra independencia, respondemos naturalmente 1844; pero como con frecuencia surge la pregunta de si para esa época todavía tuvo España luchas en América, necesitamos explicar que de España nos habíamos separado desde 1821: con lo cual declaramos al fin, tácitamente, que esa es la fecha de la independencia dominicana. Y aunque fuera sólo por estética: es mucho mejor olvidar que nos dominaron los haitianos.

No pretendo, ni mucho menos, afirmar que 1821 sea nuestra fecha más gloriosa. No lo es: nuestra fecha simbólica debe ser siempre la que el voto popular eligió, el 27 de Febrero: no por inicial, sino por ser la que recuerda la obra más grave y hondamente pensada, la más heroicamente realizada (tanto más cuanto que el mismo pueblo no la comprendía, según lo que deja ver el propio Rufinito de Vd.) en la cincuentena de años que he llamado ‘nuestro período de independencia’. No porque Núñez de Cáceres haya aparecido como incapaz de sostener su obra hemos de considerarla nula. Y aún sobre el mérito real de Núñez de Cáceres habría algo que decir: la anexión a la Gran Colombia no implicaba, mucho menos entonces, una traición, aunque sí un error de geografía política, por desgracia no subsanable; y en cuanto a su actitud frente a los haitianos, algo han dicho ya Don Mariano A. Cestero y, si no me equivoco, el mismo Don José Gabriel García, recordando frases importantes en su discurso en el acto de entrega.

Esas razones de lógica histórica las propongo a Vd. y le agradecería que, de estimarlas justas, les prestara su ayuda con la autoridad que su opinión ha sabido conquistar, en  buena lid, en singular combate, durante los últimos años.[24]

Henríquez Ureña pone sus énfasis principales en los dos procesos que en sus respectivos momentos tuvieron como escenario común a Hispanoamérica: en primer lugar, la lucha independentista contra el decadente imperio colonial español en las primeras décadas del siglo XIX, y en segundo lugar, la lucha frente al emergente  imperialismo norteamericano que se venía configurando a la sombra de la Doctrina Monroe o del Destino Manifiesto, esbozada por el presidente de los Estados Unidos, James Monroe, en el año 1823. Pero es más que evidente de que la consumación de la Independencia de un país no es un acto simple, sino un complejo proceso que trae consigo elementos inéditos que es necesario asociar al proceder particular de cada pueblo. Este proceder distintivo es lo que ha hecho posible que surja y se desarrolle una identidad propia en lo histórico y en lo cultural, que en el caso de la República Dominicana se ha convenido en denominar dominicanidad. Ésta ha tenido una expresión más clara en las diferentes batallas y acciones políticas y militares desplegadas por los/as patriotas dominicanos/as contra todos los enemigos criollos y extranjeros que han actuado de forma mancomunada en el propósito de despojar al pueblo dominicano de su más preciado tesoro: la nacionalidad conquistada a sangre y fuego. Esta a su vez se ha ido fraguando en un no menos complejo y tortuoso proceso de afirmaciones, negaciones, contradicciones, luchas, acuerdos, prácticas autoritarias, caudillistas y anarquizantes, así como en la sustentación de propuestas libertarias, democráticas y participativas con tendencias muy definidas hacia la asunción de una cultura de la alternancia en el poder.

A los sustentadores de la segunda corriente, la anexionista, Duarte los denomina “enemigos de la Patria”, en una carta enviada a Félix María del Monte el 2 de mayo de 1865. Veamos:

Los enemigos de la Patria, por consiguiente nuestros, están todos muy acordes con estas ideas, destruir la nacionalidad aunque para ello sea preciso aniquilar a la nación entera y cerrarnos las puertas de la Patria…; en lo que no están de acuerdo nuestros libertos es en lo del amo que quieren imponerle al pueblo, pues ya tú dices (y es cierto) que Benigno Rojas[25], no es sino yanqui, y Báez[26] que no es sino haitiano-español, y Lavastida [27] y Alfaus [28] y Manueles[29] son yanquis: Báez dizque dice que Bobadilla no es sino Pandora, Melitón[30] es todo menos dominicano, dice José Portes que se haya en Saint Thomas, y añade a esto que siendo Senador, para que se callara la boca cuando la Anexión, Santana le regaló una casa. Pobre Patria!…Nunca me fue tan necesario como hoy el tener salud, corazón y juicio; hoy que hombres sin juicio y sin corazón conspiran contra la salud de la Patria. Contristan el corazón del bueno y pretenden trastornar el juicio del Pueblo, con sus planes proditorios y liberticidas, para que éste despedace a sus más fieles servidores y bañarse ellos, ¡infames¡ en la sangre de las víctimas, gozándose en el infortunio de la Patria. Procuraré conservarme bueno, conservaré mi corazón y mi cabeza, sí mi buen amigo, así lo aconsejan mis amigos, así lo exige el honor, así lo quiero yo, porque pienso que Dios ha de concederme bastante fortaleza para no descender a la tumba sin dejar a mi Patria libre, independiente y triunfante.[31]

En esta comunicación, Duarte destaca, no sólo los nombres de los más reconocidos vende patrias -Bobadilla, Santana y Báez-, sino el de aquellos que fueron miembros activos o colaboradores directos de la causa nacional entre 1838 y 1865, como son los casos de Benigno Filomeno de Rojas -quien participó en la Guerra Civil de 1857 contra Buenaventura Báez y como diputado en la elaboración de la Constitución de Moca de 1858; asumió la Vicepresidencia de la República tras el triunfo de la Guerra Restauradora y la Presidencia Provisional, al producirse el asesinato de José Antonio (Pepillo) Salcedo-, Miguel Lavastida, los hermanos Antonio Abad Alfau y Felipe Alfau, Manuel Jimenes, Manuel de Regla Mota, Manuel María Gautier y Melitón Valverde. Algunos de ellos, como son los casos de Benigno Filomeno de Rojas y Manuel Jimenes, tenidos por muchos como personas dignas y fieles a  los ideales de redención del pueblo dominicano, pero sobre quienes ya el patricio tenía serias dudas sobre su entrega inmaculada a la causa de la Patria.

Entre todos los crímenes y desmanes más resaltantes cometidos por el general Pedro Santana contra la República Dominicana y contra sus patriotas más fieles al ideal duartiano de una nación totalmente libre e independiente, caben destacar los siguientes:

1.- El fusilamiento de la inmaculada y siempre fiel a los ideales de una República Dominicana libre e independiente, María Trinidad Sánchez, y sus compañeros de armas, el 27 de febrero de 1845 -al cumplirse el primer año de la Independencia Nacional-, por reclamar el retorno al país de todos los trinitarios deportados.

El General Pedro Santana, anexionista de la República Dominicana, a quien Duarte integró junto a su hermano Ramón Santana al proceso independentista, pero luego lo traicionó, lo desterró a perpetuidad y lo declaró traidor a la Patria, junto a los demás trinitarios.

2.- El destierro de los parientes más cercanos de Duarte -su madre Manuela Diez y sus hermanos y hermanas Vicente Celestino, Manuel, Filomena, Rosa, y María Francisca, así como sus sobrinos Enrique, Vicente, María Ignacia, Romualdo Ricardo y Wenceslao, hijos de Vicente Celestino Duarte -, en el mes de marzo de 1845, con lo cual quiso darle una estocada final al fundador de la República.

 3.- El fusilamiento de los hermanos José Joaquín y Gabino Puello. Después de éstos haberle servido incondicionalmente al general Pedro Santana, fueron acusados de convictos y juzgados por una supuesta conspiración para derrocar a éste. En ese sentido, fueron sentenciados a muerte y fusilados el 23 de diciembre de 1847. 

4.- El apresamiento del una y mil veces glorioso defensor de la frontera, general Antonio Duvergé, el 9 de mayo de 1849 en Azua, por desaprobar las incitaciones del general Pedro Santana encaminadas a derrocar  al presidente general Manuel Jimenes y en su lugar colocarse él. A esto el general Duvergé respondió gallardamente, con honorabilidad y sentido patriótico, de la siguiente manera: “General: Yo sólo empleo mis armas para pelear contra el haitiano; pero nunca tomaré parte en discordias civiles; en este caso haré mucho con ser neutral.”[32]

 5.- El sometimiento del general Duvergé a un Consejo de Guerra en la ciudad del dictador, El Seybo, al ser acusado por el general Santana de ser el responsable de la derrota sufrida por las tropas dominicanas en varias batallas, como la de los días 5 y 6 de abril de 1849 en Azua, siendo descargado posteriormente por  el tribunal militar de las imputaciones que se les hicieron.

 6.- El fusilamiento en el patíbulo del general Antonio Duvergé, así como sus hijos Alcides y Daniel, los patriotas coroneles Tomás de la Concha, Juan María Albert y el ciudadano español Pedro José Dalmau, el 11 de abril de 1855, al ser acusados de planear una conspiración revolucionaria contra el gobierno del general Santana.

 7.- El fusilamiento en el patíbulo de Francisco del Rosario Sánchez y sus compañeros de lucha e infortunio, en San Juan de la Maguana, el 4 de julio de 1861.

 8.- La entrega total de la República Dominicana al imperio decadente español en la condición de provincia ultramarina, el 18 de marzo de 1861, para consumar de forma definitiva sus planes parricidas contra la patria  y contra sus mejores hombres y mujeres.

De su lado, el otro grande enemigo de la patria, Buenaventura Báez, cometió todo tipo de felonía contra la permanencia y salud de la patria y de sus mejores hijos e hijas, que podemos sintetizar en las siguientes acciones:

1.- La entrega de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo a Francia, mediante un protectorado a través del denominado Plan Levasseur en 1843 cuando aún no había nacido formalmente la República Dominicana, junto a Tomás Bobadilla, José Joaquín Delmonte y otros representantes claves de la corriente entreguista.

Buenaventura Báez, el presidente anexionista que más gobernó y desfalcó al país durante el siglo XIX.

2.- Apoyar los planes proditorios de Santana contra los fundadores de la República Dominicana en julio de 1844, cuando se ordenó su exilio a perpetuidad y se le declaró traidores a la patria. 

3.- Llevar a la quiebra a miles de productores de tabaco del Cibao con la emisión de sumas millonarias de pesos dominicanos inorgánicos para comprar la cosecha de 1857 y obtener dinero en pesos fuertes, cometiendo así uno de los mayores desfalcos realizados desde el Estado dominicano. Esta situación desembocó en una guerra civil, conocida en la historia dominicana como la Revolución del 7 de Julio de 1857, donde los sectores liberales y nacionalistas establecieron un gobierno paralelo al de Báez en la ciudad de Santiago, encabezado por el general José Desiderio Valverde e integrado por los patriotas Ulises Francisco Espaillat, Pedro Francisco Bonó, Máximo Grullón y otros abanderados de la causa nacional. 

4.- Búsqueda de reconocimiento por parte de la reina Isabel II de su fidelidad al imperio español, tras la anexión de la República Dominicana a España en 1861, lo que logró al ser condecorado con el grado de Mariscal de Campo. 

5.- Los grandes esfuerzos desplegados por su gobierno de 1868 a 1874 para obtener la anexión o el protectorado de los Estados Unidos de América durante la gestión del presidente norteamericano Ulises Grant, donde, tras el rechazo del Senado de ese país en virtud de la campaña antianexionista desplegada por el senador Charles Sumner, concluyó con el arrendamiento de la Bahía y Península de Samaná a la compañía fantasma norteamericana Samaná Bay Company por espacio de 100 años. A este período de la historia dominicana se le conoce como la Guerra de los Seis Años, donde actuó de forma protagónica el principal seguidor del ideal duartiano, general Gregorio Luperón, y logró integrar decisivamente a otros que antes habían actuado de forma vacilante, como el general José María Cabral, Ignacio María González y Tomás Bobadilla y Briones, entre otros. 

6.- Desfalco de las arcas del gobierno en su último gobierno de 1878, tras el cobro por adelantado de los impuestos que debían pagar los diferentes sectores productivos del país, y su fuga a Puerto Rico, donde moriría luego como un vulgar delincuente.

Acciones similares a ésta en contra de la patria dominicana fueron realizadas en diferentes momentos de nuestra historia por personajes tan trascendentes como Tomás Bobadilla, José María Cabral, José Joaquín Delmonte, Felipe Alfau, Antonio Abad Alfau y Eusebio Puello, entre otros.

Por otro lado, García Godoy nos habla sobre la permanencia en el tiempo de la utopía duartiana, que él define como el punto de partida de la corriente patriótica. Observemos:

Esa extinción del sentimiento nacional es solo aparente. La primera de esas dos corrientes tiene una vitalidad indestructible. Parece como que se agota del todo después de la protesta ahogada en la sangre vertida en los patíbulos de Moca y San Juan. Pero, a la manera de ciertos ríos que se hunden en la tierra, y después de correr subterráneamente, reaparecen a cierta distancia más fuertes e impetuosos, la idea de independencia surgirá de nuevo, revestida de bélica majestad, en la cumbre llameante de Capotillo, y conmoviendo y electrizando las almas, iniciará el bienio épico que termina con la gloriosa restauración de la República.[33]

Sin lugar a dudas, García Godoy muestra un conocimiento cabal de las diferentes gestas que se escenificaron en el territorio nacional tras la consumación de la anexión de la República Dominicana a España. El sentimiento nacionalista de los dominicanos tiene tal vitalidad que lo asemeja a los ríos subterráneos, que se hunden en la tierra y dan la sensación de haberse agotado, pero reaparecen a cierta distancia con un caudal arrollador.

General Gregorio Luperón, la espada más brillante y el más fiel continuador del ideal duartiano y trinitario en la Guerra de la Restauración y en la Guerra de los Seis Años contra el presidente Buenaventura Báez.

La masacre cometida por los generales Pedro Santana y Juan Suero en la ciudad de Moca en mayo de 1861 contra el Coronel José Contreras y un grupo de patriotas fieles al ideal trinitario, el asesinato vil del patricio Francisco del Rosario Sánchez y sus compañeros de armas en el juicio sumario que se le hizo en el mes de julio de 186 en San Juan de la Maguana, así como varios levantamientos fallidos que se produjeron en Neiba y Sabaneta, no fueron óbices para que se extinguiera el sentimiento nacionalista de los dominicanos.

Ese sentimiento resurgió nuevamente con el izamiento de la bandera nacional en el Cerro de Capotillo, Dajabón, el 16 de agosto de 1863, extendiéndose a todo el país a partir de la instalación del Gobierno Provisorio de Santiago de los Caballeros el 14 de septiembre de 1863, de la derrota militar del general Santana por el general Gregorio Luperón en la batalla de Arrojo Bermejo el 1º. de octubre de 1863, hasta el triunfo definitivo de la Guerra Restauradora, con la retirada de las tropas españolas el 11 de julio de 1865.

En esa misma perspectiva, en carta enviada al gran humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña, García Godoy nos habla de las características de la segunda corriente, antinacional o antipatriótica, las que describe con estas palabras:

A pesar de la lección tan dura y cruenta, la otra, la segunda corriente parece no haber perdido todavía toda su fuerza. Fundamentada en la impenitente aspiración a conseguir un protectorado o la anexión a alguna potencia por suponer erróneamente que el país carece de elementos propios para afianzar con solidez su categoría de entidad nacional, esa aspiración, bien depurada, salvo una que otra excepción, no es en realidad de verdad sino la obra de ciertos elementos  o bandos políticos que, merced a ella, explotándola a su provecho, quieren entronizar un continuismo que les permita seguir disfrutando con tranquilidad del poder y sus prebendas o por lo menos de librarse de las persecuciones y venganzas del bando contrario  dado el caso de adueñarse éste nuevamente de la dirección de la cosa pública.

Si al referirse a la anexión a España hay en esto sus más y sus menos, no sucede así ciertamente en el proyecto de incorporación a los Estados Unidos iniciado y sustentado con tenacidad a toda prueba por el penúltimo gobierno de Báez y que tuvo en un tris de convertirse en dolorosa realidad. Preciso fue que aquella administración se contentase, como único gaje de su perseverante empeño, con el convenio de arrendamiento de la bahía de Samaná.

La reacción definitiva contra todo eso, como usted bien dice, tomó cuerpo en el movimiento revolucionario del 25 de noviembre de 1873, el cual, una vez triunfante, se apresuró patrióticamente a rescindir aquel contrato de arrendamiento,[34] cerrando para siempre el período de tentativas y propósitos antinacionales comenzado en el 1843.

En lo adelante, si quedan restos vergonzantes de esas tendencias proditorias se rescatan o se esconden sin atreverse a asomar la faz. El sentimiento de nacionalidad consagrado en los campos de batalla de dos guerras gloriosas, transcurrido medio siglo, adquiere ya su relieve definitivo. Su fuerte raigambre penetra en todo el organismo nacional. La gran masa social, a veces con patente injusticia, se vuelve recelosa y en extremo desconfiada en cuanto se trata de algo que directa o indirectamente pueda lesionar la integridad del territorio o menoscabar la soberanía nacional.

Después del 25 de Noviembre, como afirma usted con alto y sereno sentido de la realidad, nada antinacional puede señalarse que repose sobre un hecho o un documento dignos de tomarse en cuenta. El pueblo se mantiene con ojo avizor presto a atajar pronto el paso a cualquier intento de ese género, hoy punto menos que imposible. Aún la misma Convención con los Estados Unidos, instrumento de alcance puramente económico y en mucha parte justificado por una herencia acumulada de errores, motivó en todas las clases sociales alarmas y azoramientos, y estoy en la creencia de que si para su aceptación se hubiera recurrido a la forma plebiscitaria sin influencia ni coacciones de lo alto, una gran mayoría, resultare lo que resultare, se hubiera pronunciado por la más rotunda negativa.[35]

Es evidente que tanto Henríquez Ureña como García Godoy erraron en su análisis, al expresar que la corriente antinacional ya había sido vencida de forma definitiva o, por lo menos, no se atrevería a dar la cara después del 25 de noviembre de 1873, por la firme decisión que, a su entender,  tenía la población en cuanto a enfrentar cualquier intento de lesión de la soberanía nacional.

García Godoy, incluso, fue muy severo con el pueblo dominicano al expresar que en todas las clases sociales hubo alarmas y azoramientos injustificados por la aprobación de la Convención Dominico-Americana del año 1907, por tratarse de un mero instrumento económico, con lo cual evidenciaba ignorar que esa era la primera fase del proceso de intromisión de los Estados Unidos en los asuntos internos de la República Dominicana, con la anuencia del gobierno entreguista del general Ramón Cáceres.

En lo que sí tuvo enteramente la razón García Godoy fue en la afirmación de que si para la aprobación de la Convención se hubiera utilizado el plebiscito para consultar al pueblo, éste hubiese respondido con un ¡NO! rotundo, por entender que esa era una forma sutil de disminuir nuestra soberanía nacional, tomando como excusa el aspecto financiero.

Al producirse la primera intervención militar norteamericana el 29 de noviembre de 1916, reclamada y apoyada por los sustentantes de la corriente antipatriótica y anexionista, García Godoy rectifica parte de la afirmación que hiciera en la carta que había intercambiado con Henríquez Ureña en 1909, cuando en su texto El Derrumbe nos dice:

En mi teoría de las dos corrientes, la nacionalista y la anexionista, que constituyen puede decirse la urdimbre de nuestra vida histórica observada en una sintética visión de conjunto, afirmé erróneamente que la última estaba extinguida o cosa parecida. Me equivoqué por entero. Aspectos superficiales y muy llamativos de las cosas se me figuraron las cosas mismas. Merced a nuestro personalismo torpe y corrompido, esa corriente anexionista que yo daba por agotada o desaparecida iba, al contrario, tornándose en hilito de agua apenas visible en riachuelo que bajo la acción incesante de ciertos elementos amenazaba convertirse en líquido caudal arrollador e impetuoso.

Ese anexionismo era como yerba nociva que, apenas extirpada, retoñaba de nuevo, para vergüenza nuestra, más rápida y más copiosa. Algunas voces, muy pocas, rebosantes de indignación, se han alzado en medio del tumulto de las banderas enfurecidas, poniendo el grito de desaprobación y de protesta en el cielo. El mayor número, casi la totalidad, permanecía como si tal cosa. Parecía no ver ni oír nada.[36]

La honestidad intelectual de García Godoy asombra, puesto que en un libro de tanta trascendencia como El Derrumbe, reconoce que se había equivocado, cuando afirmó, en carta enviada a Henríquez Ureña, que la corriente antinacional y anexionista se había extinguido y ya había cesado en sus afanes por mantener a la República Dominicana bajo la tutela de una potencia extranjera, con el propósito claro de sus integrantes beneficiarse del disfrute del poder, sin importarle, en lo más mínimo, los desmanes y atropellos cometidos contra sus hermanos y compatriotas por parte de personas totalmente extrañas a su nacionalidad, cultura e idiosincrasia.

Al mismo tiempo, García Godoy se queja de que sólo algunas voces alzaron su grito de protesta e indignación por la consumación de los planes proditorios llevados a cabo por los malos dominicanos, bajo los auspicios de los Estados Unidos de América. Pero, años después, se derrama en elogios hacia el pueblo dominicano, por su dignidad a toda prueba y por la actitud viril que asumió frente a los despropósitos desnacionalizantes del sector anexionista. Estas fueron sus palabras:

En medio de todos estos desencantos y amarguras, consuela y regocija la idea de que el pueblo dominicano ni se ha humillado ni se ha envilecido. Ha mantenido altiva y enhiesta su dignidad colectiva. Han existido excepciones, ya lo creo, pero lo raro es que no la hubiese habido. Las hubo cuando Haití y la anexión española. Y la consoladora verdad es que el pueblo dominicano, en estas horas de incertidumbre, se mantiene irreductible y con viril firmeza unido y cohesionado, en el propósito de no cejar ni un ápice en su empeño de restaurar la suprimida república sin mutilaciones ningunas de la soberanía nacional.[37]

García Godoy expresa palabras de gran satisfacción y regocijo por la firme actitud de defensa de la soberanía nacional puesta de manifiesto por diferentes sectores del pueblo dominicano, tanto de forma cívica como mediante la acción militar coordinada, frente a las fuerzas de ocupación norteamericanas que mancillaron nuestro territorio formalmente a partir del 29 de noviembre de 1916, mediante la acción combinada de fuerzas terrestres provenientes de Haití, a través de los pueblos de la Línea Noroeste y Santiago, y de las fuerzas marítimas que desembarcaron por los puertos de Santo Domingo y San Pedro de Macorís.

El intelectual nacionalista García Godoy, tratando de analizar el panorama que se avizoraba para la República Dominicana con la primera ocupación militar norteamericana de 1916 nos dice lo siguiente:

Tengo para mí que en el estado actual de las cosas, amenazados de ser convertidos en una colonia o en un protectorado yanqui, la tendencia general de nuestros esfuerzos debería encaminarse, en primer término, a establecer un deslinde radical de campos, de manera que en él no hubiese más que dos agrupaciones definidas con sus respectivos principios: dominicanos ayanquizados de un lado y dominicanos febreristas o nacionalistas del otro. Los primeros con sus ideas de adhesión a una especie de protectorado que nos ordenase y disciplinase a su guisa, aún si fuere preciso, sin tener en cuenta modalidades muy íntimas de nuestra existencia colectiva, y los segundos con su acendrada y firme devoción a los ideales de una patria en absoluto independiente y libre, tal como la concibieron los gloriosos y abnegados fundadores de la República.[38]

El patriota Federico García Godoy quien luchó firmemente contra la intervención militar norteamericana de 1916 a 1924.

García Godoy deslinda campos de forma radical entre los dos bandos que se han disputado el poder político en la República Dominicana desde finales del siglo XIX, durante el siglo XX y lo que va de siglo XXI: por un lado, los dominicanos ayanquizados, que no creen que el país tiene la capacidad necesaria para trillar su propio camino independiente y viven siempre tras la caza de una anexión o protectorado a como dé lugar; y, por el otro, los dominicanos febreristas o nacionalistas, quienes confían plenamente en la posibilidad de una patria libre e independiente de toda dominación extranjera, donde prime la democracia participativa, la justicia social, la equidad y la libertad.

En las siguientes palabras, García Godoy nos expresa el tipo de República Dominicana restaurada a que aspiraba:

Hay que restaurar a todo trance la República, pero en condiciones de un gobierno propio, absolutamente independiente, que responda a imperiosas necesidades y exigencias que hasta ayer hemos descuidado o menospreciado, sin conocer y olvidando que, en la actualidad no es posible para ningún pueblo, grande o chico, vivir de una manera desacorde con determinadas finalidades de orden interior y de administración pública de reconocida probidad y positivo adelanto.

Creo firmemente, que al restaurarse la república, poniendo cada uno de nosotros algo de su parte en ese alto y bienhechor empeño, pronto nos sería dable tocar los anhelados resultados. La república del porvenir, estructurada jurídicamente, sin personalismos aviesos y perturbadores, sin humillantes intervenciones extranjeras, con partidos de principios bien definidos, ha de ser, y así hay que esperarlo, muy capaz de hombrearse con otras americanas de cultura ibérica que se enorgullecen de su existencia libérrima y floreciente.[39]

García Godoy aspiraba a una República Dominicana absolutamente libre e independiente de toda dominación extranjera, con capacidad para mantener el orden interior, lograr una administración pública de reconocida probidad y positivo adelanto, exenta de los personalismos aviesos y perturbadores, sin humillantes intervenciones extranjeras, con partidos políticos con principios bien definidos en el plano de la ética y la moral y con capacidad para entrar en una competencia sana, en el plano de la cultura, con todas las naciones iberoamericanas que viven orgullosas de su existencia libre y de su gran pujanza material y espiritual.

Emiliano-Tejera
Emiliano Tejera y Américo Lugo, los dos principales líderes de la sociedad patriótica Unión Nacional Dominicana, fundada en marzo de 1920 contra la ocupación militar norteamericana de 1916 a 1924.

Las personas que dieron continuidad al ideal utópico duartiano durante la primera ocupación militar norteamericana fueron: Américo Lugo, Emiliano Tejera, Fabio Fiallo, Ercilia Pepín, Félix Evaristo Mejía, Federico García Godoy, Rafael Justino Castillo, Francisco Henríquez y Carvajal, Federico Henríquez y Carvajal, Pedro Henríquez, Ureña, Max Henríquez Ureña, Tulio Manuel Cestero, los guerrilleros del Este y los combatientes de la Barranquita, Desiderio Arias, Gregorio Urbano Gilbert y otros, junto al valeroso pueblo dominicano, que mantuvo la resistencia tanto cívica como militar al más alto nivel y sin claudicaciones.

La continuidad del ideal utópico duartiano antes, durante y después de la segunda intervención militar norteamericana de abril de 1965, la encontramos en los héroes y mártires del 14 de junio de 1959, encabezados por el comandante Enrique Jiménez Moya; en la generación de la luz encabezada por Manolo Tavárez Justo y las hermanas Mirabal; en las acciones nacionalistas y responsables del profesor Juan Bosch en su gobierno constitucional de 1963; en los militares constitucionalistas de abril de 1965, encabezados por los coroneles Rafael Tomás Fernández Domínguez y Francisco Alberto Caamaño Deñó, así como en el pueblo humilde que se lanzó a las calles de Santo Domingo a pelear con el pecho, con el corazón y con las armas que logró quitarle a un enemigo evidentemente superior en términos tecnológicos.

Manolo Tavárez Justo y Minerva Mirabal, símbolos de la lucha antitrujillista y antiimperialista en la República Dominicana.

Veamos ahora una muestra de la continuación del ideal duartiano de independencia nacional absoluta en la persona del coronel Caamaño Deñó, máximo líder de la Revolución Constitucionalista de Abril de 1965, quien enfrentó con gallardía la segunda intervención militar norteamericana junto al heroico pueblo dominicano, cuando nos dice:

Si hemos tenido que resistir heroicamente todo este tiempo, no ha sido porque el grupito de dominicanos que desobedece la voluntad del pueblo nos ha obligado a ello. Ha sido porque los Estados Unidos, violando todos los principios, abusando de su fuerza militar, invadieron con sus tropas nuestra tierra y detuvieron momentáneamente el triunfo del movimiento constitucionalista. Esa intervención norteamericana no tiene excusas, ni frente a los dominicanos demócratas ni frente a las naciones democráticas.

El gobierno de los Estados Unidos no ha respetado nuestra soberanía, nuestra dignidad de país libre. Y esa forma de proceder ha ofendido y llenado de temor a todos los pueblos pequeños, a toda América y al mundo.

Creo firmemente que el pueblo dominicano terminará por lograr su felicidad, y el 24 de abril será siempre un símbolo estimulante hacia la consecución definitiva de ella.[40] (Coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, 2006: 38).

El coronel Caamaño Deñó representa la continuidad inmarcesible del pensamiento duartiano de independencia absoluta de la Nación Dominicana frente a los malos dominicanos que la entregaron al mejor postor y frente a las grandes potencias que, como los Estados Unidos de América, abusan de su condición de país todopoderoso. Al mismo tiempo destaca la indignación del pueblo dominicano y de los pueblos pequeños de toda América y del mundo frente a la violación grosera del principio de no intervención proclamado por la Organización de los Estados Americanos (OEA). Sin embargo, confía en que el pueblo dominicano logrará la consecución definitiva de su felicidad. A seguidas, en ocasión de conmemorar un nuevo aniversario de la salida de las tropas norteamericanas el 12 de julio de 1924, el coronel Caamaño Deñó nos recuerda que la Revolución Constitucionalista es la continuidad del ideal duartiano, con las siguientes palabras:

Francisco Alberto Caamaño Deñó, el más destacado líder antiimperialista de la República Dominicana en el siglo XX.

Hoy, como en las gloriosas etapas de la Independencia, la Restauración y la lucha nacionalista contra el ocupante norteamericano de 1916 y 1924, ha de mantenerse inconmovible la unidad popular. Esa unidad, que ha mantenido la lucha constitucionalista a niveles de patriotismo y valentía sin paralelo, ha sido y sigue siendo la más firme garantía de la victoria.[41]

El coronel Caamaño Deñó fue un adalid de la unidad del pueblo para lograr el triunfo frente a un enemigo excesivamente poderoso y para mantener a la República Dominicana fiel al ideal de una patria libre e independiente de toda dominación extranjera, tal como la concibieron los fundadores de la República, los restauradores de la República y los defensores a ultranza del ideal nacionalista entre 1916 y 1924.

Igualmente, en ocasión de conmemorarse el 102 aniversario de la Restauración de la República, el presidente Caamaño Deñó nos recuerda el hilo conductor que nos mantiene unido con el ideal de nuestro Padre Fundador, Juan Pablo Duarte, cuando expresa:

Estimo que en este día en que festejamos el 102 aniversario de la Restauración Dominicana, debe servir de norte y guía, de faro y brújula a la dominicanidad, hoy mancillada y pisoteada en sus atributos de Nación independiente, para lograr en forma unitaria y decidida la total evacuación de las tropas extranjeras que invaden nuestro suelo, y la solución del problema vital y fundamental de rescatar nuestra soberanía, hoy nuevamente pisoteada como consecuencia de la nefasta acción de un pequeño grupo de malos dominicanos. Y nosotros, los que en 1965 nos enorgullecemos de llamarnos descendientes de Duarte y Luperón, volvemos a insistir -esta vez con el ejemplo de nuestros abuelos patriotas, de nuestros antepasados dignos y de nuestros predecesores restauradores-, en que el pueblo dominicano unido hoy como ayer, en una masa compacta y sin resquebrajaduras logrará el triunfo final en esta lucha tremenda que le han impuesto los invasores extranjeros y el pequeño grupo de sus servidores criollos.[42]

En ese discurso, el coronel Caamaño Deñó pone de manifiesto una vez más la continuidad de la Revolución Constitucionalista de Abril de 1965 con respecto a la Independencia Nacional auspiciada por el patricio Juan Pablo Duarte y la Guerra Restauradora representada por el Gral. Gregorio Luperón, ya que estos son los tres acontecimientos más trascendentes desarrollados por el pueblo dominicano en aras de la reafirmación de su disposición a configurarse como Nación libre e independiente de toda potencia o dominación extranjera.

Aunque militarmente no hubo vencidos ni vencedores en la Guerra de Abril de 1965, ya que ambas partes se vieron obligadas a sentarse en la mesa de las negociaciones para lograr un acuerdo razonable, lo cierto es que en los hechos triunfó la contrarrevolución capitaneada por el imperialismo norteamericano, los militares entreguistas dirigidos por Elías Wessin y Wessin, Antonio Imbert Barreras y Pedro Benoit.

De esa manera, lograron imponer como presidente provisional a Héctor García Godoy y garantizaron a partir de entonces el ascenso al poder de presidentes entreguistas, comenzando por el doctor Joaquín Balaguer, quien le fue impuesto al pueblo dominicano por las tropas norteamericanas y respondió fielmente a los intereses de los Estados Unidos durante sus funestos doce años y durante sus últimos diez años, pasando a convertir nuestro país en una neocolonia enteramente a su servicio.

En ese período es justo destacar como continuadores del ideal duartiano a los patriotas y revolucionarios Francisco Alberto Caamaño y los héroes y mártires de Playa Caracoles, Amaury Germán Aristy y Los Palmeros, Guido Gil, Orlando Mazara, Henry Segarra, Amín Abel Hasbún, Maximiliano Gómez, Orlando Martínez, Narciso González (Narcisazo) y miles de hombres y mujeres del pueblo que lucharon contra la dictadura balaguerista y sus despropósitos antinacionales.

Amaury Germán Aristy, quien sería la contraparte urbana junto a Los Palmeros del desembarco de Francisco Alberto Caamaño contra el régimen de Balaguer, fue fusilado junto a tres compañeros más el 12 de enero de 1972 en una cueva del kilómetro 14 de la Autopista Las Américas.

Preciso es que los dominicanos con sentimientos patrióticos completemos la obra iniciada por Duarte y los trinitarios y continuada por Gregorio Luperón y los restauradores, por los patriotas antiyanquis de 1916 a 1924, por el coronel Caamaño Deñó y los constitucionalistas de 1965 y por todos aquellos patriotas, revolucionarios y ciudadanos dominicanos que han ofrendado sus vidas y bienes en procura de una República Dominicana plenamente libre y soberana.

Con estas gestas patrióticas y heroicas, el pueblo dominicano  contravenía clara y abiertamente el interés perverso de un grupo de malos dominicanos que no confiaban en las potencialidades que tenemos para lograr un desarrollo integral autosustentable, donde impere la justicia social, la equidad, la libertad, la democracia participativa plena, el desarrollo cultural, así como el reconocimiento y el respeto de la diversidad social, cultural y de género que existe en este terruño hermoso y bendito por la gracia de Dios.

A la desesperanza que hoy se adueña de muchos dominicanos, debemos oponerle la utopía duartiana de independencia y soberanía absoluta, en procura de una Nación democrática, participativa, fecunda en bienes, libre, transparente y donde prime la equidad y la justicia social, como única forma de devolver la esperanza a todos los que habitamos esta media Isla.

Para que observemos en quien el patricio depositaba toda su confianza para ver realizada su utopía, dejemos que sea el propio Juan Pablo Duarte que nos lo diga:

Seguid jóvenes amigos, dulce esperanza de la patria mía, seguid con tesón y ardor en la hermosa carrera que habéis emprendido y alcanzad la gloria de dar cima a la grandiosa obra de nuestra regeneración política, de nuestra independencia nacional, única garantía de nuestras libertades patrias.[43]

[1] José Martí. Obras Completas, Tomo 4. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975, p. 473.

[2]  Ibidem, p. 474.

[3] José Martí. Ideario. Selección de Cintio Vitier y Fina García Marruz. Managua: Editorial Nueva Nicaragua, 1987, p. 400.

[4] Se refiere al asesinato en el patíbulo de María Trinidad Sánchez y demás compañeros de infortunio el 27 de febrero de 1845.

[5] Se refiere al triunfo del ejército dominicano en la Batalla del 19 de Marzo de 1844 en Azua, ocasión que aprovechó Santana para atribuirse la victoria, relegando a un plano secundario a los verdaderos héroes de esa contienda: Antonio Duvergé, Francisco Soñé, Vicente Noble, Lucas Díaz y otros.

[6] Así denominaba el patricio Juan Pablo Duarte a Pedro Santana, además de orcopolita, ciudadano del infierno e Iscariote.

 [7] Aquí el patricio Juan Pablo Duarte se refiere a su madre Manuela Diez y hermanas, desterradas injustamente por Pedro Santana en el mes de marzo de 1845.

[8]  Rosa Duarte y Juan Pablo Duarte. Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y Versos de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo: Instituto Duartiano, 1999, pp. 282-283.

[9]  Ibidem, pp. 275-276.

[10] Manuel Rodríguez Objío. Gregorio Luperón e Historia de la Restauración (2 tomos), Santo Domingo: Editora de la UASD, 2004, pp. 187-188.

[11] Estos cuatro compañeros fueron, como se ha dicho ya: Mariano Diez, tío del Padre de la Patria, quien para entonces tenía 70 años; Vicente Celestino Duarte, hermano mayor de Duarte y quien, en ausencia de éste, junto a Francisco del Rosario Sánchez, Manuel Jimenes y Ramón Matías Mella, le dio continuidad a La Trinitaria; el poeta e historiador Manuel Rodríguez Objío, quien era Jefe de Estado Mayor y Secretario del patricio Duarte, y el venezolano Candelario Oquendo.

[12] Rosa Duarte y Juan Pablo Duarte. Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y Versos de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo: Instituto Duartiano, 1999, pp. 236-237.

[13] Ibidem, pp. 237-238

[14] Ibidem, pp. 239-240.

[15] Ibidem, pp. 240-241.

[16] A continuación reproducimos, por ser prácticamente desconocido, el contenido calumnioso y avieso del artículo infamante aparecido en la edición del 28 de marzo de 1864 del periódico cubano “Diario la Marina”, cuyo autor irresponsable sólo lo calzaba con la letra G, pero que se supone fue escrito por el corresponsal español en Santo Domingo, periodista J.M. Gafas, que por entonces se encontraba en el país:

“Hay noticias dignas de crédito de que el General Duarte ha venido a cooperar activamente con los rebeldes. Este Duarte, de nombre Don Juan Pablo, es sujeto que hizo gran papel en 1844, cuando se formó la República Dominicana, habiendo sido proclamado entonces como su primer Presidente en el Cibao. Pero careciendo de tacto para saber manejar sus negocios, o sobradamente presuntuoso para contar con el apoyo de otras influencias que las de sus vaporosos satélites, se malquistó desde el primer instante con el General Santana, quien estrenó combatiéndole las fuerzas y el prestigio que alcanzara en sus primeras victorias, sobre los haitianos. Duarte sucumbió fácilmente, y salió proscrito para Venezuela, donde hasta el día se había obstinado en permanecer oscuramente, sin embargo de que varias veces ha tenido (y bajo el gobierno de S. M. con mayor razón) abiertas las puertas de su país. Es donde las nulidades políticas salir de la inactividad para consumar su descrédito, y el paso que da hoy D. Pablo Duarte uniéndose a la pésima causa de la rebelión, merece desde luego la calificación de disparate, y tal, que por ser capaz de cometerle se necesita un cerebro desorganizado. Precisamente habrán querido Benigno Rojas y los dos o tres jefes menos ignorantes de la rebelión sacar gran partido para con los suyos de este incidente personal, y se pretenderá dar a Duarte la significación de un gran hombre capaz de hacer milagros.

Resultado indefectible: que el Presidente Pepillo Salcedo, Polanco, el generalísimo, y los no generalísimos Luperón y Monción, no querrán ceder la preeminencia que hoy tienen entre los suyos, y verán de reojos al recién venido, a quien considerarán como a un zángano perezoso que viene a libar la miel elaborada por ellos. Verdad es que la miel y la colmena no valen gran cosa; pero esos señores no las han visto más gordas, y las tienen en tanto aprecio que entre riñen por ellas, como César y Pompeyo por el imperio del mundo. Dígalo si no el imperio de Florentino asesinado por Juan Rondón, a causa de rencillas anteriores sobre lo mío y lo tuyo en los saqueos de Azua, San Juan, etc.

La llegada de Duarte entre esta clase de gente puede asegurarse, por consiguiente, como una nueva causa de complicación y disolución que surge entre los rebeldes, ya profundamente desmoralizados por sus propios desórdenes. G”. Ibidem, pp. 115-117.

[17]  Ibidem, pp. 241-242.

[18] Ibidem, pp. 242-243.

[19] Ibidem, p. 273.

[20] Ibidem, p. 139.

[21] Pedro Troncoso Sánchez. Vida de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo: Instituto Duartiano, 2002, p. 241. Se refiere al Juramento firmado con sangre por los nueve fundadores de la Sociedad Secreta La Trinitaria el 16 de julio de 1838, con la firme determinación de hacer de la República Dominicana una Nación libre e independiente de toda potencia extranjera.

[22]   Pedro Troncoso Sánchez. Vida de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo: Instituto Duartiano, 2002, pp. 511-512.

[23] Emilio Rodríguez Demorizi. “Archivo Literario de Hispanoamérica”, Revista Dominicana de Cultura 2. Ciudad Trujillo: Editora Montalvo, 1955, p. 282.

[24] Pedro Henríquez Ureña. Obra Dominicana. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1988, pp. 540-541.

[25] Se refiere al insigne a Benigno Filomeno de Rojas.

[26]  Se refiere a Buenaventura Báez.

[27] Se refiere a Miguel Lavastida.

[28] Se refiere a los hermanos Antonio Abad y Felipe Alfau.

[29] Se refiere a Manuel Jimenes, Manuel de Regla Mota y Manuel María Gautier.

[30] Se refiere a Melitón Valverde.

[31] Rosa Duarte y Juan Pablo Duarte. Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y Versos de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo: Instituto Duartiano, 1999, pp. 280-284.

[32] Joaquín Balaguer. El centinela de la frontera. Vida y hazañas de Antonio Duvergé. Santo Domingo: Editora Corripio, 1995, p. 134.

[33] Emilio Rodríguez Demorizi. “Archivo Literario de Hispanoamérica”, Revista Dominicana de Cultura 2. Ciudad Trujillo: Editora Montalvo, 1955, pp. 282-283.

[34] Se refiere al contrato de arrendamiento de la Bahía y Península de Samaná a la compañía fantasma norteamericana Samaná Bay Company, el cual fue propiciado por el presidente Buenaventura Báez en el año 1873 tras el fracaso ruidoso del intento de anexión de la República Dominicana a los Estados Unidos de América, en la gestión del presidente Ulises Grant, en virtud de la firme oposición generada por el senador Charles Sumner a partir  del Informe de 1871 rendido por una Comisión creada al efecto por el Senado Norteamericano.

[35] Emilio Rodríguez Demorizi. “Archivo Literario de Hispanoamérica”, Revista Dominicana de Cultura 2. Ciudad Trujillo: Editora Montalvo, 1955, pp. 283-284.

[36] Federico García Godoy. El Derrumbe. Prólogo de Juan Bosch. Santo Domingo: Editora de la UASD, 1975, pp. 160-161.

[37] Ibidem, p. 42.

[38] Ibidem, p. 164.

[39] Ibidem, pp. 37-38.

[40] Coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó. El Presidente Caamaño. Discursos y Documentos, Santo Domingo: Comisión Permanente de Efemérides Patrias -CPEP-, 2006, p. 38.

[41] Ibidem, p. 58.

[42] Ibidem, pp. 65-66.

[43] Rosa Duarte y Juan Pablo Duarte. Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y Versos de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo: Instituto Duartiano, 1999, p. 149.

Juan De la Cruz

Historiador y profesor universitario

Juan de la Cruz. Doctor en Historia Contemporánea y Máster Universitario en Filosofía en el Mundo Global, Universidad del País Vasco, España. Doctorado en Ciencias de la Educación, Universidad de Ciencias Pedagógicas “Enrique José Varona” de Cuba y Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Maestría en Educación Superior, Universidad Iberoamericana (UNIBE). Licenciado en Historia, Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Docente de la Escuela de Historia y Antropología de la UASD. Comunicador Social. Premio Anual de Historia 2017 “José Gabriel García”, Ministerio de Cultura de la República Dominicana. Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Autor de más de una docena obras de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía. delacruzjuan508@gmail.com

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