La geopolítica moderna se comprende mejor cuando se analiza el papel del lenguaje como instrumento de poder. Las intervenciones militares, las sanciones y las ocupaciones territoriales han estado acompañadas por discursos que orientan la interpretación colectiva. Desde la teoría del lenguaje formulada por el lingüísta francés Oswald Ducrot, expuesta en su obra "Decir y no decir", el poder no reside sólo en lo que se afirma de forma explícita, sino en lo que se presupone, se sugiere o se omite (Ducrot, 1985).
Ducrot afirma que hablar implica conducir al interlocutor hacia determinadas conclusiones y que el sentido no se agota en la frase pronunciada, sino en la orientación argumentativa que esta impone al oyente (Ducrot, 1985). Esta noción resulta clave para comprender la eficacia del discurso imperialista, incluso cuando omite datos esenciales o recurre a eufemismos cuidadosamente seleccionados.
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, materializada en la madrugada del tres (03) de enero de 2026, ofrece un ejemplo revelador. Cuando el presidente Donald Trump declaró en su primera alocución que no hubo bajas del ejército estadounidense, el enunciado pareció descriptivo y técnico. Sin embargo, ese decir produjo un no decir cargado de sentido. El silencio sobre la muerte de soldados cubanos y venezolanos que custodiaban a Maduro excluyó esas vidas del campo de lo relevante. El discurso orientó al público hacia una conclusión implícita. La operación fue exitosa, legítima y moralmente aceptable. La omisión convirtió el silencio en una forma de argumentación.
Algo semejante ocurrió con la acusación de que Maduro lideraba el llamado Cártel de los Soles. Durante años, ese rótulo circuló como verdad discursiva y fusionó narcotráfico y poder estatal. De ese modo, la intervención dejó de percibirse como violación de soberanía y pasó a leerse como acción de justicia internacional. Una vez capturado Maduro, la acusación desapareció del discurso jurídico. El término cumplió su función persuasiva y fue descartado. El lenguaje priorizó la eficacia sobre la coherencia.
Este mecanismo no es nuevo. Durante la Segunda Guerra Mundial, las potencias aliadas hablaron de bombardeos estratégicos para evitar la referencia directa a la muerte masiva de civiles. 'Dresden, Hamburgo y Tokio quedaron inscritos como objetivos militares'. En Hiroshima y Nagasaki se habló de un recurso necesario para acelerar el fin de la guerra, no de exterminio instantáneo. El eufemismo orientó la conclusión deseada y la destrucción se volvió aceptable en el marco discursivo (Hobsbawm, 1995).
Tras la segunda gran guerra, el mismo patrón persistió y durante la Guerra Fría, Estados Unidos habló de contención para encubrir intervenciones directas e indirectas. En Vietnam se usó el término pacificación, en América Latina se habló de estabilización, de gobiernos amigos, de transiciones necesarias. Los golpes de Estado apoyados por potencias occidentales fueron narrados como correcciones del orden político. El léxico suavizó la violencia, la omisión ocultó la tortura y el silencio borró a los desaparecidos (Chomsky, 2003).
En Irak, la expresión armas de destrucción masiva funcionó como argumento previo a la invasión. Cuando la premisa se reveló falsa, la ocupación ya estaba consumada. En Afganistán se habló de exportación de democracia, en Libia de protección humanitaria. En todos estos casos, el lenguaje construyó un marco interpretativo que condujo a una conclusión favorable a la expansión del poder.
Desde la perspectiva de Ducrot, estos discursos operan mediante presuposiciones ideológicas. Al hablar de seguridad global se presupone una amenaza, al hablar de orden internacional se presupone un caos previo y al hablar de intervención preventiva se presupone una culpa anticipada. El oyente acepta estas premisas sin que sean demostradas de manera explícita, por lo que, el sentido se impone como conclusión natural.
El lenguaje no verbal refuerza esta orientación. Verbigratia, las comparecencias solemnes, banderas, mapas estratégicos, tonos graves y la ausencia de imágenes del sufrimiento ajeno constituyen un sistema semiótico coherente, sobre todo, porque lo que no se muestra no existe en el relato dominante. El silencio visual acompaña al silencio verbal y ambos cumplen una función política.
Este análisis también se extiende a las dictaduras que se presentan como proyectos emancipadores. Muchos regímenes autoritarios invocan al comunismo o a la revolución, mientras mantienen a sus pueblos en pobreza extrema y aislados del resto mundo. Suelen invocar los sintagmas: "soberanía de los pueblos, inmunidad y bloqueo", etcétera, para legítimar la represión, la corrupción y los privilegios de que disfruta su grupo, al estilo de Luis XVI y María Antonieta de Austria. En estos casos también actúa el decir y el no decir formulado por Ducrot. El enemigo externo justifica el fracaso interno y el discurso encubre la miseria cotidiana.
La coincidencia entre imperialismo y autoritarismo revela una constante. Ambos se sostienen en manipulaciones del lenguaje. Uno disfraza la dominación mediante eufemismos civilizatorios, el otro disfraza la opresión mediante retórica ideológica. En ambos casos, el pueblo recibe discursos orientados y silencios estratégicos.
Ducrot advierte que el sentido no reside en la frase aislada, sino en las conclusiones que el discurso induce (Ducrot, 1985). En la geopolítica contemporánea, las superpotencias no sólo compiten por territorios o recursos. Compiten por imponer marcos de interpretación, definir qué cuenta como amenaza, decidir qué muerte merece ser nombrada y cuál puede ser omitida.
El lenguaje se convierte así en un campo de batalla decisivo. Quien controla lo decible controla lo pensable. Mientras no aprendamos a escuchar los silencios y a interrogar los eufemismos, seguiremos aceptando como inevitables actos que el lenguaje ha vuelto normales.
En definitiva, el imperialismo es por naturaleza despiadado, usurpador, depredador y abusador. Para lograr sus objetivos no avanza sólo con ejércitos. También avanza con palabras, con omisiones y con la fuerza política del no decir.
Para profundizar, se sugiere leer:
Chomsky, N. (2003). Hegemonía o supervivencia. Barcelona, España: Ediciones B.
Ducrot, O. (1985). Decir y no decir. Barcelona, España: Anagrama.
Hobsbawm, E. (1995). Historia del siglo XX. Barcelona, España: Crítica.
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