Acompañado de su Estado Mayor, integrado por los coroneles Norberto Tiburcio, Enrique Abreu y Juan Bautista Tejera, y por cientos de patriotas procedentes del Suroeste, La Vega, Baní y San Cristóbal, el general Gregorio Luperón logró capturar al capitán Santiago Pérez, abrir las comunicaciones con El Maniel y rechazar hasta la ciudad de San Cristóbal la columna del general Eusebio Puello, que había llegado hasta las inmediaciones de Baní. Una vez llegó a la común de Yaguate, procedió a organizar las guerrillas de Haina, Sainaguá, Boca de Nigua, Paya, Yaguate, Pizarrete, Nizao, Cambita, Pedregal, Hatillo, Pontón, Sabana del Toro, Guayabal, Cruz de Santiago, Samangola, Manomatuey, Estancia Nueva y Manoguayabo, con la inestimable ayuda del general Eusebio Pereyra, los coroneles Rudecindo Suero, Luis Franco, Cayetano Velázquez, José Valera, José Antonio Santamaría y José de las Mercedes; lo comandantes Ciprián de Mena, Pedro Martí, Alejo Campusano, Facundo Mata y Lucas Gómez; el teniente Francisco Guerra y otros arrojados oficiales y soldados, con quienes avanzó hacia la plaza de San Cristóbal, logrando ocuparla triunfalmente.
Las operaciones de las fuerzas restauradoras en el Frente Sur estuvieron comandadas por el general Gregorio Luperón, quien ocupó al mismo tiempo la Comandancia General de las Líneas del Este y del Sur, y, bajo su mando, estaba el general José Durán, quien procedió a ocupar la común de San Juan de la Maguana en los primeros días de octubre de 1863.
El general Durán pudo realizar esta acción con el apoyo de las fuerzas de las comunes de Tavera y Jarabacoa, así como también con el refuerzo de algunas compañías militares de La Vega, Moca y San Francisco de Macorís, a través del camino de Constanza. Una vez en San Juan, Durán logró incorporar a la causa de la revolución a los primeros generales de aquella comarca y envió, en calidad de prisioneros, a los generales José del Carmen Rosario y Eugenio Comas.
Asimismo, el general Luperón envió al coronel Pedro Antonio Casimiro con una columna sobre la ciudad de San Cristóbal, logrando derrotar a las tropas españolas y luego ocupó esta importante Común del Sur, puerta de entrada principal a Santo Domingo.
Cuando el presidente general, José Antonio Salcedo, asumió el cargo de Jefe de Operaciones del Frente Este y del Frente Sur, Luperón fue sustituido de esas funciones. Ahora bien, cuando el general Salcedo sufrió importantes derrotas en ambos frentes, el general Luperón fue designado nuevamente por el Gobierno Provisorio como General en Jefe Adjunto de las Fuerzas del Sur, con cuyo encargo salió con su Estado Mayor hacia La Vega.
A continuación se reproduce la comunicación enviada por el Gobierno de Santiago al general Gregorio Luperón, en fecha 8 de octubre de 1863:
“Dios, Patria y Libertad.
República Dominicana.
Gobierno Provisorio.
Señor General don Gregorio Luperón.
Señor General:
Necesitando este Gobierno apoyar inmediatamente con la presencia de un jefe activo, enérgico e inteligente en los asuntos de Piedra Blanca y San José de Ocoa, las operaciones militares de los Generales en Jefe José A. Salcedo y Pedro Florentino, como igualmente dar el apoyo más pronto al pronunciamiento de San Cristóbal, Ud. se pondrá en camino para aquellos puntos, obrando en todo de acuerdo con los generales José A. Salcedo y Pedro Florentino, con quienes se pondrá Ud. en comunicación a la mayor brevedad.
Al mandarlo el Gobierno a esos puntos es por considerarlos de la más grande importancia estratégica, y ser allí la presencia de un jefe de las cualidades de Ud. de vital necesidad. Por la posición geográfica y militar de ambos puntos necesita Ud. saber con frecuencia de ambas líneas. Ud. se trasladará sin pérdida de tiempo y con los recursos que ponga a su disposición el Gobierno Civil y Militar de La Vega, y a los que están ya aglomerados en Piedra Blanca y de tránsito a San José de Ocoa (Maniel) facilite Ud. las operaciones de los Generales indicados y el pronunciamiento de los pueblos colindantes, como San Cristóbal, Baní, Azua, para lo cual es indispensable ocupar con toda plenitud a San José de Ocoa (punto céntrico e intermediario).
Una vez puesto en comunicación con uno de los generales se guiará Ud. en sus operaciones con las instrucciones que ellos les den, o que Ud. combine con ellos. Dios guarde a Ud. muchos años. Santiago, octubre 9 de 1863. El Vicepresidente Benigno F. de Rojas. Refrendado: la Comisión de Guerra P. F. Bonó.”[1]
Al llegar a la provincia de La Vega, Luperón reunió algunas compañías y despachó al general José Durán con órdenes expresas de avanzar sobre la ciudad de Azua, al tiempo que mandó al coronel Norberto Tiburcio con cinco compañías a Bonao, para que, incorporadas a las fuerzas de Moca, que ocupaban a Piedra Blanca, emprendieran el camino del Maniel o San José de Ocoa, a donde Luperón se proponía alcanzarlo con la caballería antes de que llegaran.
Cuando el coronel Tiburcio se encontraba en Bonao, llegó el general Perico Salcedo –confinado en esa común por turbulento, arbitrario, desobediente, bandido y parrandero-, quien se puso a su disposición y se incorporó como parte de la tropa. Al día siguiente, tras salir las tropas de Piedra Blanca, Perico le reclamó a Tiburcio que él era el general y a quien le correspondía tener el mando. Inmediatamente procedió a arengar las tropas, expresándole que de allí en adelante a todos los que encontrarían en el camino eran españoles, enemigos, a quienes debían matar, confiscar sus propiedades y que todo aquel que se les opusiera debía ser fusilado. De igual modo, manifestó que el pillaje con él era libre, y si estaban haciendo sacrificios por la patria, con algo debían ser recompensados sus trabajos y sufrimientos. La tropa lo vitoreó y el coronel Tiburcio quedó sin poder y sin los despachos, ya que Perico se los arranco, quedando expuesto el oficial a perder hasta su vida.
Cuando el general Luperón llegó a Bonao y se enteró de que Perico se había hecho cargo de la columna, pensó que la misma estaba pérdida tanto para el coronel Tiburcio como para la revolución. Al día siguiente temprano salió con la caballería y encontró una escolta que traía en calidad de prisioneros al general Modesto Díaz y a los coroneles José Valera y Demetrio Álvarez, enviados desde San Cristóbal por el coronel Pedro Antonio Casimiro. Luperón se los llevo como hombres respetables y como personas emparentadas con familias importantes del Maniel (San José de Ocoa) y Bani, procediendo a escribirle al Gobierno, donde le indicaba las razones que le llevaban a proceder de esa manera.
Después de haber pasado muchísimo trabajo como consecuencia de un temporal de agua en aquellos caminos maltrechos, llegaron al Maniel algunas horas después de que Perico llegara con la tropa a la plaza, la cual ya se había pronunciado el 6 de octubre de 1863, conocedora de que avanzaban las tropas del Cibao. Al ver Perico a Luperón, mandó a formar la tropa para abrirle fuego, pero el patriota al darse cuenta del movimiento y comprender la intención del malvado general, con gran rapidez, y seguido de su caballería, se le presentó a la tropa, previniendo su propósito y confundiendo a Perico Salcedo de tal manera, que tuvo tiempo suficiente para evitar la catástrofe.
Tras escribir al Gobierno, haber restablecido el orden en la tropa y establecer comunicación con el general José Durán en San Juan de la Maguana, Luperón se dirigió a Baní, que se había pronunciado el 7 de octubre de 1863, en cuya plaza fue muy bien recibido. Organizó una columna, para, en combinación con el general Durán, enviarla sobre Azua. Cuando esta columna estaba lista para marchar, llegó el parte de guerra de Azua de que los españoles habían abandonado la ciudad, procediendo a embarcarse para Santo Domingo, después de la Batalla del Jura del 1°. de Octubre de 1863, donde los patriotas a golpes de heroísmo habían derrotado al enemigo.
Al general Durán se les habían unido todos los generales del Sur, y predominaba entre los demás el general Pedro Florentino, quien era considerado un partidario intransigente del baecismo, y, que, por su audacia y su posición superior influía de forma considerable en los demás. El general Durán que era leal, honrado y valiente, al tomar la ciudad de Azua, hizo respetar las propiedades y las personas, pero con la fatigas de las campañas había enfermado, razón por la cual solicitó un permiso al general Luperón para regresar a La Vega, que inmediatamente le fue concedido. Entonces Luperón encargó al general Florentino al frente de la tropa, ordenándole que saliera de Azua para Baní con todas las fuerzas del Sur. Este general desobedeció las órdenes, ya que tenía la decisión de pillar las propiedades de Azua, razón por la cual envío a Baní al general Aniceto Martínez con los coroneles Juan Rondón, Cabuya, Marcoté, José Antonio Santamaría y Cayetano Velázquez, quedándose en aquella ciudad bajo el pretexto de que los españoles venían a atacarla, pero con la verdadera intención de saquearla a sus anchas.
Mientras tanto, el Capitán General Carlos de Vargas, que el 23 de Octubre de 1863 había sustituido en el Gobierno al general Felipe Rivero, reconcentraba todas sus fuerzas en Santo Domingo y a otras que les llegaron desde Cuba, Puerto Rico y España. Como parte de su nueva táctica de guerra, procedió a reforzar los campamentos del Este. El 15 de noviembre envío desde la Capital, al frente del general José de la Gándara, un contingente de tres mil hombres, acompañado del general Eusebio Puello, sobre la ciudad de San Cristóbal, procediendo a ocupar esta población y alejando a los patriotas de la común, los cuales en su gran mayoría fueron a parar a Baní.
Ante estas circunstancias, Luperón ordenó al general Perico Salcedo formar la tropa para que marchará sobre San Cristóbal, pero luego de formada el miserable general puso como condición el pillaje de Baní, a lo que el General en Jefe de Sur se niega. Ante esta negativa, Perico se marchó con la tropa, huyendo al Maniel, desde donde, después de haber saqueado y ultrajado a los pueblos y a las personas, se fue al Cibao con la vil propaganda de que Luperón se había pasado a las columnas españolas, lo que dio lugar a una acción desfavorable tanto en Baní como en el Maniel. Luperón se encontró en Baní sitiado por mar y tierra, cortadas sus comunicaciones con el Cibao, Azua y Yamasá, lo que pudo enfrentar gracias a su energía, actividad y decisión, ya que tenía plena confianza en el cumplimiento del deber para con la Patria.
Acompañado de su Estado Mayor, integrado por los coroneles Norberto Tiburcio, Enrique Abreu y Juan Bautista Tejera, por más de un ciento de patriotas procedentes de La Vega, Baní y San Cristóbal, así como de cuatrocientos soldados de las diferentes comunidades del Suroeste, al mando de valiente general Aniceto Martínez, a través de acciones rápidas acometidas contra los enemigos -tanto de día como de noche-, Luperón logró capturar al capitán Santiago Pérez y abrir las comunicaciones con El Maniel. Del mismo modo, obligó a las fuerzas que ocupaban a Sabana Buey a reembarcarse y procedió a capturar, a través del coronel José de las Mercedes, las tropas reaccionarias sublevadas en Cambita Garabito, San Cristóbal.
Del mismo modo, el general Gregorio Luperón rechazó hasta la ciudad de San Cristóbal a la columna del general Eusebio Puello, que había llegado hasta las inmediaciones de Baní. Una vez llegó a la común de Yaguate, procedió a organizar las guerrillas de Haina, Sainaguá, Boca de Nigua, Paya, Yaguate, Pizarrete, Nizao, Cambita, Pedregal, Hatillo, Pontón, Sabana del Toro, Guayabal, Cruz de Santiago, Samangola, Manomatuey, Estancia Nueva y Manoguayabo, con la inestimable ayuda del general Eusebio Pereyra, los coroneles Rudecindo Suero, Luis Franco, Cayetano Velázquez, José Valera, José Antonio Santamaría y José de las Mercedes; lo comandantes Ciprián de Mena, Pedro Martí, Alejo Campusano, Facundo Mata y Lucas Gómez; el teniente Francisco Guerra y otros arrojados oficiales y soldados, con quienes avanzó hacia la plaza de San Cristóbal, logrando ocuparla triunfalmente.
Los Generales José de la Gándara y Eusebio Puello se replegaron a San Carlos, y cuando estaba en marcha para perseguirlos, Luperón recibió un oficio del general Pedro Florentino, quien con una tropa numerosa había llegado a Baní, recomendándole que regresara inmediatamente a esta plaza, ya que él había recibido oficios del Gobierno y del Presidente Salcedo respecto a sucesos graves que habían ocurrido en el Cibao, siendo su presencia indispensable en Baní.
Luperón que hacía más de un mes no recibía comunicaciones del Gobierno e ignoraba totalmente lo que pasaba en el Cibao, encargó el mando de las tropas a los generales Aniceto Martínez y Eusebio Pereyra, y con su Estado Mayor salió para Baní.
El general Florentino le presentó los despachos que había recibido del Gobierno y de Salcedo, nombrándole General en Jefe del Sur y ordenándole arrestar y fusilar a Luperón, por haber dejado escapar al general Modesto Díaz, a los coroneles José Valera, Demetrio Álvarez, los Motas, Marcano y demás oficiales que se fugaron a las filas de los españoles. Estos oficiales habían ofrecido un gran servicio a la patria, pero por intrigas de los baecistas, el presidente Salcedo y el general Florentino, habían sido requeridos mediante oficios del Gobierno y se le había ordenado a Luperón entregarlos a este último. Pero al enviarlos con los coroneles Juan Rondón y Santiago Jiménez desde Baní hasta Azua, los arrestados embriagaron a los custodias, les amarraron, les quitaron las armas y se pasaron a las filas enemigas, debido a las desconsideraciones recibidas de parte de la revolución.
La orden del fusilamiento de Luperón estaba firmada, de un lado, por el Presidente Salcedo y, del otro, por el vicepresidente Benigno Filomeno de Rojas y el Ministro de Guerra, Belisario Curiel, con lo cual se despejaba toda duda respecto a la decisión del Gobierno para con su persona. Entonces, Luperón le dijo a Florentino que estaba a sus órdenes, que cumpliera con su deber. Pero Florentino, sabiendo que era un hombre recto, honorable y cumplidor, le expresó que él había sido su superior, que sentía mucho tener que cumplir esas órdenes con el mejor jefe que había tenido, que se retirara a la casa en que estaba alojado, que más tarde enviaría una patrulla para que lo custodiara. Luperón sin responder, se retiró.
Luego de esta arbitraria e inexplicable orden, Luperón procedió a comunicarse con la Junta de Gobierno de Baní y con personas notables de esta común para que dieran testimonio de alguna inconducta que hubiese mostrado mientras estuvo en la misma. La comunicación enviada por Luperón fue la siguiente:
“Dios, Patria y Libertad.
República Dominicana.
Gregorio Luperón, General de los Ejércitos Libertadores.
Señores Miembros de la Junta y demás personas notables de esta Común:
Señores:
Obligado por las circunstancias, quiero que me certifiquen al pie de esta solicitud, si desde que pisé el suelo de tan honrada población, es cierto que he hecho todos mis esfuerzos para hacerle comprender los principios de nuestra Regeneración política; si he respetado y hecho respetar con mis órdenes las propiedades; si impedí enérgicamente que el General Perico Salcedo pillase este punto, lo que motivó su deserción y la de su columna, dejándome aquí desprovisto de gentes y recursos para afrontar al enemigo. Todo lo que espero me certifiquen. (Firmado:) Gregorio Luperón.”[2]
La respuesta de la Junta de Gobierno de Baní y de las personas notables de esta común, al pie de la comunicación de Luperón no se hizo esperar. Observemos:
“La Junta de Gobierno de Baní.
Certificamos en debida forma que todo lo expuesto por el General suscrito es cierto y verdadero, noviembre de 1863. El Presidente de la Junta, (firmado) J. B. Tejera. Miembros (firmados) M. Billini, Juan. E. Jiménez, Basilio Echavarría, Alejandro Guzmán, Juan José Cruz, Manuel María Saldaña, Secretario. Personas notables: Enrique Abreu, Capitán José M. Pérez, Coronel Juan Francisco Guerrero, Capitán Matías Arias, R. Sánchez, José Mota, Pablo Brea, Manuel de R. Pérez, Ezequiel Mota, Damián Lugo, Gerónimo de Castro, Gerónimo Báez, Carlos Mejía, Manuel R. Suazo, J. V Báez, Hipólito Caro, José Ramón del Villar, el Coronel en Misión, J. Epifanio Marque, José V. de Valera, José Lluberes, Domingo de Valera, Aniceto de Lara, José María Guridi, Santiago Jiménez, M. M. Morillo, A. Contreras, Santiago Núñez, Manuel Mota, Gregorio García, Norberto Tiburcio, J. de la Cruz Alfau.”[3]
De igual manera, el Comandante de la Plaza de Armas de San José de Ocoa y otras personas notables de esa común, emitieron una certificación, donde dan cuenta del comportamiento del general Luperón. Veamos:
“Dios, Patria y Libertad.
República Dominicana.
Vicente (alias Blanco) Casado, Comandante de Armas de esta Común de San José de Ocoa, certifico: Que el día 18 del pasado octubre llegó a este pueblo el General Gregorio Luperón, y durante su corta permanencia en él, su comportamiento fue sin tacha, cual corresponde a un hombre de honor, sin que ni en general, ni en particular, ningún ciudadano haya sido inquietado por su causa. Antes bien, sus disposiciones produjeron el orden y la unión y ventajoso resultado en las operaciones militares. Debo añadir que durante su permanencia en Baní ha estimulado y participado con sus medidas el triunfo de la causa de la República. Y a pedimento del interesado, firmó la presente en San José de Ocoa, a los 15 días del mes de noviembre de 1863. El Comandante de Armas (firmado) Vicente Casado. Notables: Coronel R. Pimentel, Joaquín Brea, Juan R. Colón.”[4]
Cuatro horas después llegó la patrulla, y Luperón quedó incomunicado. Cuando se supo esa noticia en Baní, El Maniel (San José de Ocoa) y San Cristóbal se produjo una conmoción en las diferentes tropas, queriendo sublevarse contra el general Florentino, a quien suponían autor de la trama. En seguida salió una comisión de los coroneles Velásquez, Santamaría y varios oficiales para pedirle cuenta del apareamiento de Luperón. De igual manera, las diferentes familias, con la misma actitud de las tropas, reclamaron la libertad del general Luperón. Fue entonces cuando Florentino, que tenía todo listo para el fusilamiento de este gran patriota, se presentó ante Luperón y le expresó que iba a mandarle un oficio para que saliera inmediatamente con su Estado Mayor por el camino del Maniel hacia el Cibao, para que fuera el Gobierno que lo fusilara allá, porque él no podía cargar con la responsabilidad de ese crimen.
Una vez Luperón se fue para el Cibao, el general Pedro Florentino, acompañado de tres mil hombres del Sur, salió el 13 de noviembre de 1863 para San Cristóbal, con la intención de sitiar la ciudad de Santo Domingo, ingresar a ella primero que el general José Antonio Salcedo y proclamarse Jefe Supremo de la República.
Los generales José de la Gándara y Eusebio Puello, quienes habían sido rechazados en San Cristóbal, en las cercanías de Baní y en las puertas de Santo Domingo, por las bien organizadas tropas de Luperón, reforzaron sus columnas con algunos batallones, avanzaron y derrotaron al general Florentino en San Cristóbal y Baní, procedieron a entrar el 18 de noviembre de 1863, cinco días después de la salida de Luperón.
Los generales De la Gándara y Puello ocuparon todos los pueblos del Frente Sur, menos a San Cristóbal, cuyos heroicos habitantes volvieron a reconquistarlo en favor de la causa restauradora. El general Aniceto Martínez y los coroneles Santamaría, Mariano Rodríguez y Sosa, después de librar una tesonera lucha en Baní, se vieron obligados a replegarse al Cibao por el camino del Maniel (San José de Ocoa).
En Azua, el valiente coronel Francisco Moreno se presentó ante el enemigo con tan solo ochenta hombres en Salado, logrando detener por varias horas la marcha de la columna de los generales Puello y De la Gándara. Pero la superioridad numérica del enemigo le obligaba a retirarse. El general Florentino con toda su fuerza iba lejos, cayendo bajo el dominio de las tropas españolas los pueblos de Baní, San José de Ocoa, Azua, San Juan de la Maguana, las Matas de Farfán y los pueblos colindantes con Haití. Todas las posiciones del Sur cayeron en poder de los españoles, quienes hicieron ondear su pabellón triunfante.
Después que el general Florentino asesinó y fusiló a los ciudadanos más notables y pudientes de aquellos pueblos y los saqueó de la manera más vil e inhumana, murió asesinado a mano del coronel Juan Rondón, uno de los oficiales de su mayor confianza, hastiado por la inconducta de su Jefe.
Al llegar Luperón a Santiago, se presentó ante el Gobierno con el despacho del general Florentino y pidió se les explicaran los motivos de las desconsideraciones y los atropellos de que había sido objeto. Los miembros del Gobierno Provisorio no sabiendo qué decirle, le entregaron un despacho para que pasará al cuartel de Sabaneta con un sueldo de treinta pesos mensuales, para evitar que el presidente Salcedo regresara y lo encontrara en Santiago, ya que este había jurado que si el general Florentino no lo fusilaba, él lo fusilaría de cualquier manera.
A finales de noviembre y principios de diciembre de 1863 se operaron cambios en el Gobierno y para entonces el patricio Ramón Matías Mella fue nombrado Ministro de la Guerra, y este valioso general, apoyado por Ulises Francisco Espaillat y otros importantes miembros del Gabinete Restaurador, pidió la libertad del general Luperón. Del mismo modo lo responsabilizó del Mando en Jefe del Sur y el Este, teniendo como fundamento las comunicaciones de las comunes de Baní y San José de Ocoa, así como una explicación pormenorizada de las acciones de guerra desplegadas por el patriota puertoplateño en la Campaña del Sur, que transcribimos a continuación:
“Señor General Don Ramón Mella, Miembro de la Comisión de Guerra.
Santiago.
Señor General:
Acogiendo la indicación que Ud. ha tenido la bondad de hacerme en su oficio de fecha 24 del mes pasado, y contando con su amistad e influencia, cuya intervención Ud. me ofrece, empezaré por aceptar de lleno esa honra dándole mil gracias por tan caballeroso procedimiento. Mis desgracias me aflige en verdad poco, porque ellas emanan de mis sacrificios como patriota, y la conciencia, que como se dice es en el hombre testigo, fiscal y juez, no me reprocha ningún acto; así pues, no me inquieto nada de los tiros que me dirijan las malas pasiones o el genio fatal de las rivalidades políticas, de las precipitadas y extemporáneas ambiciones. Ud. quiere un relato de mis operaciones en la última campaña, y voy a hacerlo, aunque privado de mis más importantes documentos, como también de un secretario apto para la redacción. Sin embargo, ensayaré por mí mismo, suplicándole de antemano excuse las miles faltas que deben ser consiguientes a una relación de hechos embrollados de por sí.
El día ocho de octubre me hallaba en Santiago, de regreso de San Pedro, acatando una orden superior. Comprendiendo las prevenciones que contra mí existían, solicité una licencia para retirarme a Jamao, con el propósito de oscurecerme totalmente. Mi patriotismo se resentía, a la verdad, de tal resolución, pero mi voluntad lo dominaba, la licencia fue acordada, y partí para Moca, donde debía tomar el camino de la costa: aquí me alcanzó un oficio del Gobierno, en que se me ordenaba terminantemente pasar a la Vega, organizar una pequeña fuerza, tomar el mando de la avanzada de Piedra Blanca, destacada por mi orden y operar con toda brevedad sobre el Maniel (San José de Ocoa) y Baní, a fin de secundar por la izquierda al General Florentino, que avanzaba hacia Azua, y por la derecha al General Salcedo que prometía ocupar San Cristóbal.
Se me ordenaba que una vez en Baní me pusiese en comunicación con ambos jefes para asegurar el pronto y seguro triunfo de nuestra revolución, dejando a mi cargo las providencias que debiesen tomarse para el mejor resultado de la operación. Sin más recursos que mi patriotismo y buen deseo, después de dos horas de reposo me puse en camino y llegué a La Vega de noche; al siguiente día, después de conferenciar con el General Mejía, oficié al Comandante de Armas del Bonao, Coronel Paredes, y al Coronel Norberto Tiburcio, jefe del puesto avanzado, para que emprendiesen marcha con todas sus fuerzas por el camino del Maniel, acompañándole las necesarias instrucciones. Ordenábales que una vez en Rancho Arriba, si yo no me le hubiese incorporado, hiciesen alto hasta mi llegada. No me fue posible durante dos días que me detuve en La Vega obtener más auxilio que cuarenta jinetes del Macorís, Moca y Santiago, con los que formé mi Estado Mayor, poniéndome en marcha para el Bonao, donde llegué el día 12. Aquí fui informado de que el benemérito Coronel P. A. Casimiro, con el mayor número de hombres, por orden del General Salcedo, había marchado sobre San Cristóbal, que el Coronel Tiburcio, acatando mis órdenes marchaba por el camino del Maniel, con trescientos noventa y cinco hombres, mocanos en su mayor número, y que el General Pedro Pablo Salcedo (Perico), que se hallaba allí detenido por orden superior, a consecuencia de la fuga que efectuó en Cotuí, marchóse en compañía de Tiburcio, a despecho de las amonestaciones del Comandante de Armas.
Esa misma tarde llegó el General Modesto Díaz acompañado de otro oficial que le custodiaba; dicho General había sido arrestado en San Cristóbal, común que estaba bajo el mando del Gobierno español; pero habiéndoseme informado que no pesaba cargo sobre aquel oficial superior, sino el de su excesiva influencia en aquella común, le hice venir a mi presencia y juzgándole como hombre de orden y útil a nuestra causa, le permití acompañarme al Maniel y a Baní para poner a prueba su ascendiente, siempre a reserva de acatar lo que el Gobierno en último resorte acordase sobre el particular.
Mi salida del Bonao tuvo lugar el día siguiente 13, a las seis de la mañana; llegué a Piedra Blanca, donde de 160 hombres que estaban al mando del Coronel Monegro, dispuse que 60 quedasen fijos en aquel punto, bajo las órdenes de dicho Coronel, y despaché los 100 restantes a incorporarse a las filas del Coronel Casimiro. A los dos días, después de vencer las mil dificultades que ofrece aquel camino, y contrariado por las lluvias, llegué a Rancho Arriba, donde supe que el día anterior, noticióse el heroico Coronel Tiburcio de la adhesión del Maniel a las intimaciones del Coronel Casimiro, y que Florentino ocupaba Azua, precipitó su marcha.
Llegué al Maniel el 16 a las tres del día; el Coronel Tiburcio lo había efectuado a las ocho de la mañana. La tropa presentaba al aspecto de la mayor desorganización y descubría tendencias perniciosas. Resultaba ello de que el General Perico, desde la salida de Piedra Blanca, les había arengado en estos términos, ‘Muchachos, después de Dios yo, que soy el jefe de la Revolución. De este punto en adelante todos son españoles, si ellos se han de llevar lo que encontremos, mejor es que lo utilicemos nosotros. La mitad me corresponde a mí’.
El Coronel Tiburcio, a pesar de su honradez y rectitud, no tuvo fuerza para contrarrestar aquel desbordamiento, y no teniendo la conciencia de su deber como soldado, hubo de abdicar en el hecho de su autoridad. A mi aparición en el Maniel, mando batir llamada a sus forajidos, y pretendió fusilarme el citado Perico; aquello fue una verdadera rebelión. A fuerza de energía y afrontando la muerte a cada paso, logré aplacar el motín a las dos de la mañana; había sostenido una lucha de nueve horas. El General Díaz, el Coronel Norberto Tiburcio y el Comandante Tiburcio Abad, me secundaron poderosamente en este grave embarazo. Manifesté mis poderes a los habitantes y autoridades locales y por fin se restableció la confianza. Ese mismo día llegó un parte de Baní anunciando que Puello y la Gándara, al frente de fuertes columnas españolas amenazaban a San Cristóbal, y exigiendo el envío de los refuerzos cibaeños que hubiese en el Maniel. Con tal motivo levanté la marcha a paso de carga.
Debo decir a Ud. que las circunstancias me obligaron a reconocer a Perico como jefe de aquella turba insurrecta para lograr subordinarla. Llegado a Baní el siguiente día, hallé la población casi desierta y percibí una inquietud de mal agüero. Infórmeme acto continuo del estado de las fuerzas, y de los espíritus, acuartelé mi gente en la Comandancia, mostré mis instrucciones a la Junta Auxiliar de la Comandancia, creada por el Coronel Casimiro; noticióme de la posición topográfica de San Cristóbal y de los puntos que ocupaba el enemigo, y oficié a los Generales Salcedo y Florentino, dándoles parte de todo, y pidiendo refuerzo al segundo.
Oficié igualmente al Jefe Local de San Cristóbal, prometiéndole auxilio y ordenándole defender su posición. Durante mi permanencia en Baní, he aquí lo que acontecía; la Comandancia solo contaba con una guardia de veinte hombres; algunos vecinos patrullaban de noche; como cien militares del lugar cubrían el litoral; en este estado y al día siguiente de mi llegada se recibió el parte de la ocupación de San Cristóbal por cinco mil hombres al mando de Puello y la derrota total de nuestras tropas. Inmediatamente pasé orden al General Perico para movilizar su gente, racionarla de comida y municiones y marchar sobre el punto invadido. Dicho General estaba muy preocupado, aumentóse su turbación con la presencia de dos vapores españoles en el puerto de Baní ‘Agua de la Estancia’, y el poco conocimiento que tenía de los lugares, así fue que en vez de acatar mi orden formó su tropa en batalla y le arengó de este modo: ‘Muchachos, aquí todos son españoles; si Luperón no nos da el pillaje libre nos volveremos a Moca en donde no hay españoles’. La tropa aplaudió esa arenga y el audaz General me hizo formalmente la propuesta de acceder a sus ideas. Díjele que mi misión era de combatir el enemigo y expulsarle del territorio dominicano, pero en ningún modo las propiedades y las familias; que antes bien mi objeto era conquistar las voluntades de todos nuestros compatriotas a la causa de la independencia. Oyendo esta respuesta ordenó el desfile y despertó del campamento con su columna.
Desde aquel instante solo sesenta infantes me quedaron, con los cuales hice frente a numerosas eventualidades. La situación se agravó mucho más; el enemigo avanzó hasta Nizao, 12 millas de Baní, los vapores amenazaban el litoral; en Pizarrete el General Regla Mota alzó la bandera de la reacción; a inmediaciones del Maniel el Comandante Máximo Gómez y el Capitán Santiago Pérez, formaron un cantón reaccionario que interceptaba todas mis comunicaciones. Sabana Buey, camino a Azua, reaccionó también, y el Aguacate fue el cuartel general de Puello y la Gándara.
El general Florentino, que había aglomerado en su cuartel general de Azua todas las fuerzas de la provincia en número de cuatro mil hombres, no quiso mandarme auxilio pretextando que Azua era un punto muy importante y muy amenazado por mar. Al cabo envíame un batallón al mando del Coronel Marcolé, otro al mando de Rondón y otro al mando de Antonio Blas, pero con todos, estos cuerpos no excedían los trescientos hombres, y sin duda había escogido Florentino las gentes más inútiles y rapaces. No fueron pocas las dificultades que hube de vencer para darles una ligera organización y encarrillarlas por el sendero del orden y obediencia militar. Con ellas principié a desalojar al enemigo de la común, que estaba literalmente circunvalada.
Carecía de municiones, pues Florentino no me enviaba; destapé una pieza vieja que hallé abandonada, montéla e hice en este mueble el espantajo de la playa, impidiendo con aquel cañón, apoyado de algunas guerrillas, que tuviese lugar un desembarque, varias veces intentado. Las gentes de San Cristóbal, siempre patriotas, a medida que se le presentaba la ocasión, corrían a engrosar mis filas. Desde entonces el enemigo fue batido donde quiera que asomaba. En tanto, el General Perico se entregaba en el Maniel a toda la brutalidad de sus instintos y me vi precisado a comisionar cerca de dicha común al Coronel Pedro A. Casimiro, que logró hacer respetar los habitantes de ella.
Más aún: mis reiterados oficios al General Salcedo, no tuvieron ninguna contestación y estuve un mes sin recibir noticias del Cibao, ni de San Pedro; el General Florentino, mientras hubo en Azua una caja de jabón y una pieza de lienzo, no se resolvió a moverse. Felizmente, el enemigo se reconcentró en San Cristóbal, acosado por diversos canes que hice formar en el Haina, Sainaguá, Boca Nigua, Paya, Yaguate, Nizao, Pizarrete, Cambita, etc., y el día que por fin, con todas mis fuerzas a duras penas organizadas, hice desalojar al enemigo de San Cristóbal, recibí un oficio del General Florentino, por el cual me ordenaba pasar a Baní sin demora, donde comunicaría órdenes del Provisorio, concernientes al bien de la patria. Creí en el primer instante de impresión que el Cibao se había perdido; encomendé el Mando al General Aniceto Martínez y pasé a Baní, dejando ya a San Cristóbal libre de españoles.
El General Florentino no llegó hasta el día siguiente, y después de una larga entrevista, comunicóme que tenía órdenes, así del Provisorio como del General Salcedo, para enjuiciarme y ejecutarme, mostrándome efectivamente las mencionadas órdenes, y un oficio en que se le encomendaba del mando superior de toda la línea. Púseme a su disposición para que llenara aquel triste cometido, arrestóme, privóseme de comunicación y por último, no sé por qué motivos se me dio un pasaporte para pasar a Santiago y presentarme al Provisorio. Así lo hice, pero el Gobierno tampoco quiso juzgarme y se limitaron a expedirme una orden de cuartel en esa común. Y aquí me tiene Ud., General, esperando un juicio que decida mi suerte. Si Ud. puede activarlo o desenmascarar la intriga que me persigue, yo le quedaré profundamente reconocido. Sabaneta, diciembre 15 de 1863. G. Luperón.”[5]
Salcedo, entonces, compelido por las exigencias de Mella y de la opinión pública, se vio obligado a ceder, y llamó a una entrevista al general Luperón en Monte Cristi, donde le planteó la necesidad que tenía de utilizar sus servicios, ya que proyectaba pasar a San Juan de la Maguana por Jarabacoa y Constanza y abrir nuevamente la campaña del Sur. Luperón no tuvo nada que objetar y se limitó a pedir permiso para desviarse del Presidente en Guayubín y pasar a Sabaneta a recoger sus efectos.
Posteriormente Luperón partió para Santiago, llegando a esta ciudad el 2 de enero de 1864. En coordinación con el Gobierno, escribió a todos los pueblos de la provincia de La Vega para reunir en esta ciudad todas las fuerzas activas. Luego pasó a Puerto Plata a ver su madre, sus hermanas y su hermano, que hacía dos años no veía.
Tras haber pasado tres días en Puerto Plata, en el camino hacia La Vega recibió varias comunicaciones del gobernador de esta común y del Gobierno Provisorio en que le pedían apresurar su marcha, ya que su presencia era urgente. Al día siguiente llegó el presidente Salcedo, acompañado de los generales Domingo Lazala, Eugenio Comas, José del Carmen Reynoso, Juan de Jesús Salcedo, varios oficiales más, y los cazadores de Santiago, algunas compañías de Moca, la caballería, un batallón de Jarabacoa y algunos de La Vega. De inmediato el presidente Salcedo convocó un consejo de generales, donde explicó el estado de los frentes Sur y Este y solicitó la opinión de los presentes. Todos fijaron su mirada en el general Luperón para que tomara la palabra, suponiéndolo más autorizado que los demás, ya que había sido General en Jefe de ambos frentes y porque a él era que lo estaban pidiendo tanto las tropas del Sur como del Este.
Luperón expresó que se debía mandar al general José Durán con una columna, acompañado de los generales y oficiales del Sur que estaban en La Vega, con el objetivo de reconquistar las diferentes comunidades del frente Sur, garantizando con cordura y acierto las propiedades, la libertad y la vida de todos los habitantes, mientras que las demás fuerzas, al mando del general que se considerara más capaz, marchara sobre el Este a recuperar las posiciones perdidas y avanzara hasta vencer.
El presidente Salcedo no estuvo de acuerdo con lo planteado por Luperón y entonces quiso que los demás generales dieran su parecer, pero todos dijeron que pensaban lo mismo que Luperón y se retiraron. Al otro día el Presidente despachó para el Sur como General en Jefe al general Juan de Jesús Salcedo y no al general Durán, porque lo consideraba muy amigo de Luperón. De igual modo, puso en marcha las demás tropas hacia San Francisco de Macorís, en cuya plaza Luperón pudo evitar un conflicto, al impedir una injusticia del Presidente con el Comandante de Armas, general Cayetano de la Cruz, que cumplía adecuadamente con su deber.
Después de la última derrota del presidente Salcedo, en San Pedro, el Gobierno designó en la Jefatura del Este al general Pedro Antonio Pimentel, en compañía del general Manuel Rodríguez (a) El Chivo, quienes volvieron a ocupar a San Pedro, sin grandes consecuencias. Pero habiendo sido herido el general Pimentel por uno de los soldados en persecución de un novillo, regresó a Guayubín, quedando encargado del campamento el general Rodríguez, quien si bien era valiente, era muy jugador y parrandero, dejando muchas veces el cantón a cargo de oficiales de menor competencia que para irse a Cotuí a mujerear.
Al llegar con las tropas a Cevicos, el presidente Salcedo hizo un alto para descansar y permitir que los caballos pastaran, cuando en ese momento se presentó el general Rodríguez que venía de Cotuí sin permiso del Gobierno. El presidente mandó a llamarlo y no quiso obedecer a su llamamiento; entonces ordenó a Luperón que lo arrestara. En esas circunstancias el presidente Salcedo expidió el nombramiento del general Luperón como General en Jefe de las tropas del Este.
El 31 de Enero de 1864, después del azote del general Eusebio Puello en toda la línea del Sur, salió de Azua junto a este el general José de la Gándara con una columna de más de tres mil hombres, con el objetivo de recorrer nuevamente las diferentes comarcas del Sur. En esta ocasión, al empuje del oficial Francisco Moreno, junto a sus valerosas tropas, la revolución logra recuperar todas las posiciones del Sur ubicadas al Oeste del río Yaque del Sur.
El 2 de Febrero las tropas de los generales Puello y De la Gándara tuvieron su primer enfrentamiento con la avanzada del general restaurador Ángel Félix, en el paso del río Yaque del Sur, teniendo como saldo varios muertos y heridos en ambas partes, pero terminando con la derrota de los patriotas dominicanos.
El día 4 de Febrero, en la Cabeza de las Marías, tuvo lugar un segundo choque, donde la columna española recibió como saldo varios oficiales y soldados muertos y heridos. Entraron a Neiba, hostigados por el fuego pertinaz de las guerrillas de Ángel Félix, procediendo a dejar el general De la Gándara un destacamento en la plaza, el cual recibió fuego por todas partes. Este salió para Barahona el 5 de Febrero por la mañana, siendo el grueso de la columna permanentemente atacada por el fuego de los patriotas.
El 6 de Febrero de 1864, la columna del general De la Gándara tuvo un saldo fatal en La Salina de varios muertos y heridos. El 7 de Febrero, al salir de La Salina, un disparo de cañón de los restauradores le mató doce, entre los cuales se encontraba el teniente Martínez del batallón Isabel II, y varios resultaron heridos. El día 8 de Febrero hubo varios combates, en los cuales tuvieron bajas considerables, entre los que destaca el Marqués de la Concordancia, oficial de artillería. En la tarde, después de sufrir la baja de otros tantos muertos y heridos, entraron a la ciudad de Barahona, donde los patriotas le hicieron cuatro muertos y algunos heridos al vapor de guerra ¨Isabel La Católica¨. El 9 de Febrero, el general De la Gándara salió para Santo Domingo por mar, dejando al general Puello como jefe de la columna, ya que días antes éste había recibido del despacho de la Reina Isabel II el grado de Mariscal de Campo, como premio a su traición a la patria.
Entre tanto, el general Juan de Jesús Salcedo, designado por el presidente Salcedo como Jefe del Sur con todos los generales y oficiales de este valeroso y sufrido departamento de la República, llegó sin estorbo a San Juan de la Maguana, donde estableció su cuartel general. En ese momento aquellas comunidades acababan de ser saqueadas y ultrajadas por el general Pedro Florentino, bajo el pretexto de una requisa de animales y dinero para la guerra, al tiempo que eran castigadas por los españoles, lo que causó el mayor horror y espanto entre la población empobrecida de aquellas comarcas.
Los lugareños, errantes por todas partes, habían perdido la confianza en el triunfo de la revolución y la fe en sus hombres. Pero el general Juan de Jesús Salcedo, que debió implementar una política honrada, conciliatoria y prudente para ganar nuevamente la confianza de las personas y formar con ellos una base de operaciones capaz de hacer posible el triunfo de la revolución, hizo todo lo contrario: destacó partidas de bandidos para recorrer las comarcas y exigirles sumas de dinero, allanar sus casas, quitarles los caballos y entregar aquellos ricos campos al pillaje más vil. Ni los bandidos del general Pedro Florentino se atrevieron a tanto como éstos.
El Gobierno Provisorio se vio obligado a mandar al Ministro de la Guerra, Ramón Matías Mella, para que pusiera fin a toda esa villanía. El general Juan de Jesús Salcedo se negó a entregarle el mando, poniendo en peligro la vida de Mella y de quienes le acompañaban. Mella tuvo que retirarse por Bánica para poder regresar a Santiago. Entonces, el Gobierno envió al general Manuel María Castillo, junto a los coroneles José Nazario Brea y Eugenio Contreras, quienes mostraron más astucia que el general Mella, logrando reducir a prisión al general Juan de Jesús Salcedo, y posteriormente enviándolo a Santiago. Esto permitió que la credibilidad en la revolución volviera a ser un hecho irrefutable en las diferentes comunidades del Sur profundo.
Batalla de La Canela
Tras regresar del exilio con sus amigos, el general José María Cabral y Luna ofreció al Gobierno Provisorio Restaurador sus servicios inestimables en pos del triunfo definitivo de la causa nacional en la región sur. La batalla de La Canela, que tuvo lugar el 4 de diciembre de 1864, fue un combate clave de la Guerra de la Restauración en la región sur de la República Dominicana. Las tropas dominicanas, al mando del General de División José María Cabral y Luna, emboscaron con éxito a las fuerzas españolas en el paraje La Canela, lugar que actualmente forma parte del municipio de Galván.
Los dominicanos aprovecharon la ventaja del terreno elevado en la zona montañosa de La Canela para tender una emboscada a un convoy español que iba cargado con "3000 raciones completas de etapas y quinientas más de galletas”[6], con varias acémilas que las cargaban, procedente de Barranca. En logística militar, esto se refiere a suministros exactos de alimentos empacados para alimentar a 3,000 personas, más quinientas raciones de galletas para completar la alimentación de las tropas españolas que estaban en la ciudad de Neiba, al mando del coronel Tomás Bobadilla, hijo de Tomás Bobadilla y Briones.
En un parte de guerra del 5 de diciembre de 1864, firmado y enviado por R. Ramírez desde Fondo Negro, Barahona, al General de División Eusebio Puello, Mariscal de Campo y Comandante General de la Columna de Operaciones de Azua, se le informaba lo siguiente:
“En este momento, que son las cuatro y media de la tarde, acaba de llegar el señor Esquisano Medina, Capitán de las Reservas, el que, de parte del Señor Coronel Don Tomás Bobadilla que se encuentra en el Espargatar, viene a comunicarme lo siguiente: que ayer a las tres de la tarde, viniendo el convoy en busca de las acémilas conducidas por ochenta peninsulares y treinta del país al mando del Coronel Heredia, se han encontrado con una fuerza superior del enemigo en el monte de la Canela, que poniéndose en defensa han sido completamente derrotados, ignorándose el número de bajas que han tenido, pues pocos han sido los que han salido, los cuales se han reunido con el Coronel Bobadilla. Parece que esto ha dado por resultado que, al ver el Coronel Bobadilla que el enemigo eran fuerzas superiores, se vio en la necesidad de desocupar la población, dirigiéndose al Espargatar, donde se encuentra, y que, según él mismo expresó, se dirige a unirse con nosotros. El enemigo se encuentra posesionado en la población de Neiba; el Gral. Cabral lo manda.”[7]
Las tropas españolas y las fuerzas aliadas, interceptadas por las tropas dominicanas, al mando del coronel Heredia, sufrieron grandes bajas, ascendentes a más de una docena de muertos, heridos y prisioneros, además de la confiscación de armas y suministros, mientras que las bajas dominicanas fueron mínimas. Este enfrentamiento frenó de manera definitiva el avance y dominio militar que tenían las fuerzas realistas en la región sur de la República Dominicana.
Un detalle pormenorizado de las acémilas que perdieron los españoles en el combate de La Canela, la proporciona el coronel Heredia al Comisionado Habilitado de Guerra, Joaquín Fideli, en carta fechada el 9 de diciembre de 1864, en la que se consigna:
“El Oficial encargado de la brigada de acémilas me da en este momento el parte siguiente: ´Al Señor Comisario de Guerra habilitado, da parte el oficial encargado de la Brigada de acémilas como sigue: El día cuatro, en el sitio llamado la Canela, en las inmediaciones de Neiba, en la acción que tuvo lugar en aquella tarde a las cuatro y media de la misma, quedaron en poder del enemigo cuatro mulas, siete mulos, dos burros con sus completos aparejos y encerados; lo mismo extraviados los acemileros José Gómez Campa del Regimiento de Nápoles, Gabriel Sifre y Salvador Pellicer del primero provisional, no pudiendo salvar solo una mula con el acemilero Antonio Gracia. Todo lo que tengo el disgusto de participar a V. para los fines de justicia´.”[8]
Como se puede observar, en este parte de guerra, Heredia indica que quedaron en poder de los patriotas dominicanos cuatro mulas, siete mulos, dos burros con sus completos aparejos y encerados; así como los acemileros José Gómez Campa del Regimiento de Nápoles, Gabriel Sifre y Salvador Pellicer del primero provisional, además de las bajas que sufrieron en combate y las pérdidas logísticas y de armamentos, referidas en la cita anterior.
Los españoles conservaron en su poder, hasta el momento de la retirada de sus tropas del país en los primeros días de julio de 1865, en las ciudades sureñas de Azua –donde el general Puello estableció su cuartel general-, Baní y San José de Ocoa. Sin embargo, los patriotas dominicanos lograron disputarles las comunidades de San Cristóbal, San Juan de la Maguana, Las Matas de Farfán, Elías Piña, Neiba, Jimaní, Barahona y Pedernales, entre otras, donde jugó un papel extraordinario el general José María Cabral, quien se había destacado durante la Primera República en las determinantes batallas de El Número y Santomé contra las huestes haitianas y había encabezado el batallón que se dirigía hacia Las Matas de Farfán cuando entró por el vecino país de Haití el general Francisco del Rosario Sánchez en la gesta de la Regeneración Dominicana entre junio-julio de 1861.
Triunfo de los restauradores y capitulación de los españoles
La presencia –aunque fugaz, en marzo de 1864- del patricio general Juan Pablo Duarte en el proceso restaurador evidenció la identificación del Padre Fundador de la República Dominicana con esta acción redentora de la soberanía nacional; la sangre que abonó a la causa de la Patria con su inmolación el patricio general Francisco del Rosario Sánchez sirvió de bandera de lucha para el pueblo dominicana; la participación destacada del patricio general Ramón Matías Mella en la elaboración de un manual de guerra de guerrillas para los oficiales y soldados del Ejército Restaurador y en la asunción de la dirección del Ministerio de Guerra, así como la participación luminosa de patriotas abanderados del ideal redentorista nacional, como el general Gregorio Luperón y los intelectuales liberales Ulises Francisco Espaillat, Pedro Francisco Bono y Fernando Arturo de Meriño, entre otros, son una clara evidencia de que la Revolución Restauradora era la continuidad, en su esencia, de la revolución de febrero de 1844 y de los ideales trinitarios.
El uso adecuado de la táctica de guerra de guerrillas, del incendio y de otras tácticas de guerra fue lo que le permitió al Ejército Libertador del Pueblo Dominicano o ejército restaurador causarle al ejército español más de 11,000 bajas entre definitivas y accidentales: muertos por armas de fuego o armas blancas y enfermedades, prisioneros, heridos y extraviados, de acuerdo a los datos suministrados por el capitán general y último gobernador español en Santo Domingo, José de la Gándara y Navarro;[9] 18,000 muertes de peninsulares, sin contar los refuerzos provenientes de Cuba, Puerto Rico y de las fuerzas de las reservas del ejército dominicano pro-español, según Gregorio Luperón,[10] o 16,000 bajas, conforme a cifras suministradas por los autores españoles Eduardo González Calleja y Antonio Fontecha Pedraza.[11]
De igual manera, se produjo la muerte de seis generales caídos en las filas españolas (Juan Contreras en Maluco, Monte Plata; Reyes en Guayubín; Juan Suero en Yabacao, Guerra; Pascual Ferrer en Samaná; José María Pérez en Guanuma y Garrido en la común de Yamasá, Monte Plata) y dos generales heridos (el general Pedro Santana en Yamasá y el brigadier Primo de Rivera en Montecristi), así como pérdidas económicas que Luperón[12] consigna en 35 millones de pesos, a partir de datos suministrados por el Gobierno español a las Cortes, mientras que González Calleja y Fontecha Pedraza[13] las estiman en 392 millones de reales.
Con las diferentes acciones desplegadas a lo largo y ancho del territorio nacional, los restauradores lograron conquistar toda la Línea Noroeste, el Cibao Central, el Nordeste, gran parte del Suroeste y todo el Este, con la sola excepción de las comunes de Puerto Plata y Santo Domingo, las cuales serían ocupadas tras la capitulación de las tropas españolas.
El triunfo de los revolucionarios restauradores sobre las tropas realistas españolas entre los años 1863 y 1865 contribuyó a que la reina Isabel II promulgara la ley de retiro del ejército español de Santo Domingo el 1º. de mayo de 1865, la cual se hizo efectiva con la salida de sus últimos reductos el 11 de julio de 1865. Este hecho puso de manifiesto una vez más que no existe fuerza en el mundo, por más poderosa que sea, que pueda detener a un pueblo cuando está decidido a romper las cadenas de la opresión y a luchar de forma decidida por la libertad, la independencia y la soberanía nacional absoluta de su patria.
El proceso de evacuación en el Sur se inició en Baní, con el envío por el Puerto de la Caldera de todos los enfermos, así como todo el material bélico y de oficina de las diferentes dependencias del Estado. Inmediatamente después se procedió a embarcar a todas las tropas. Las disposiciones indicaban que, si ese proceso no se podía realizar en las primeras veinticuatro horas, entonces las tropas que quedaran en tierra se acantonarían en el pueblo continuo de Sabana Buey, hasta el momento de embarcarse.
En Azua se dispuso la reconcentración de las fuerzas que estaban en San José de Ocoa. Mientras esta acción se realizaba, se procedió a transportar a la playa los efectos del Estado, ya que los enfermos habían sido conducidos a Cuba en el vapor del mismo nombre. Las milicias españolas debían ser las últimas en abandonar la población, tal como se había dispuesto en Baní.
En la región norte del país se realizó en primer lugar la evacuación de Montecristi y Puerto Plata. Solo en Montecristi se procedió a volar los fuertes de San Francisco y San Pedro, los cuales produjeron una gran trepidación, al explotar casi simultáneamente dos hornillos que contenían cuarenta y tres quintales de pólvora. Posteriormente, se produjo la evacuación de las tropas acantonadas en la Bahía de Samaná, que era considerada estratégica por parte de los españoles por la gran cantidad de carbón mineral que poseía y por su ubicación geopolítica y militar.
Se dispuso que las personas y familias dominicanas que salieran de aquellos pueblos protegidos por los españoles, debían ser transportadas a Santo Domingo con toda la comodidad posible para embarcarlas a los lugares de destino, que serían preferentemente Puerto Rico, España, Filipinas y en menor medida Cuba, por la situación de esclavitud de los negros que allí estaba vigente, conforme a las disposiciones del Gobierno español y del hasta entonces Capitán General y Gobernador español en Santo Domingo, José de la Gándara y Navarro.
Tras producirse el embarque de todas las tropas de aquellos puntos con presencia española, el 11 de julio de 1865 se produjo la evacuación de la Plaza de Armas de Santo Domingo, dirigiéndose la expedición hacia Cuba, su lugar de destino, excepto para el batallón de cazadores de la Unión, que debía desembarcar en Guantánamo para acantonarse en Santa Catalina.
El canje final de los prisioneros que el Gobierno del general José de la Gándara tenía como rehenes en la vecina isla de Puerto Rico por los rehenes que tenían en su poder los patriotas restauradores dominicanos, que se produjo en la ciudad de Puerto Plata el 22 de julio de 1865, sin ningún tipo de restricciones y en el marco del más completo orden.
Es importante destacar que la Guerra Restauradora sirvió de modelo a los demás países del Caribe que aún estaban bajo el dominio colonial español, como fueron los casos de Puerto Rico y Cuba, al demostrarles de forma convincente que era posible combatir y vencer al Ejército Realista Español. Fue así como el 23 de septiembre de 1868 se produjo el Grito de Lares por la independencia de Puerto Rico e inmediatamente después se desencadenó el Grito de Yara el 10 de octubre de 1868 por el logro de la independencia de Cuba frente al gobierno colonial de la metrópolis España.
El Grito de Lares se sitúa como parte del sentimiento anticolonialista que abrazó al Caribe hispano, interrumpido tan sólo por la Guerra desatada entre Estados Unidos y España por el control de las colonias que poseía esta última, logrando el Coloso del Norte derrotarla y apoderarse de las islas de Puerto Rico y Cuba. El Grito de Yara fue iniciado por Carlos Manuel de Céspedes y dio origen en Cuba a lo que luego se denominó la Guerra de los Diez Años, entre los años de 1868-1878.
La Guerra de los Diez Años trajo consigo la participación decidida en las filas de la revolución de 14 dominicanos que habían militado del lado de los españoles durante la Guerra de la Restauración. Fueron ellos: Modesto Díaz Álvarez, José Ignacio Díaz Álvarez, Luis Marcano Álvarez, Félix Marcano Álvarez, Francisco Marcano Álvarez, Francisco Javier Heredia Solá, Manuel Javier Abreu Romero, Carlos de Soto Araujo, Juan Gómez Báez, Rufino Martínez, Máximo Gómez Báez, Santiago Pérez Tejeda, Toribio Yépez Mendoza y Manuel María Frómeta Arias.[14]
[1] Manuel Rodríguez Objío. Gregorio Luperón e Historia de la Restauración (Tomo I), Santo Domingo: Editora de la UASD, 2004, pp. 121-122.
[2] Ibidem, p. 136.
[3] Ibidem, pp. 136-137.
[4] Ibidem, p. 137.
[5] Ibidem, pp. 152-158.
[6] Archivo General de Indias, Cuba 1031 B. – pp. 22-23, 1864, Documento -7 (1649).
[7] Archivo General de Indias. Cuba 1031 A., p. 2. Documento -2 (1660).
[8] Archivo General de Indias. Cuba 1028 A, p. 19. 1864, Documento -8 (1669).
[9] Gral. José de la Gándara. Anexión y Guerra en Santo Domingo (Tomo II). Madrid: Imprenta de El Correo Militar, 1884, p. 625.
[10] Gral. Gregorio Luperón. Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos (Tomo I), Santo Domingo: Central de Libros C. por A. 1992, p. 80.
[11] Eduardo González Calleja & Antonio Fontecha Pedraza. Una Cuestión de Honor. La polémica de la Anexión Vista de España (1861-1865), Santo Domingo: Fundación García Arévalo, 2005, pp. 134-135.
[12] Gral. Gregorio Luperón. Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos (Tomo I), Santo Domingo: Central de Libros C. por A. 1992, pp. 290-291.
[13] Eduardo González Calleja & Antonio Fontecha Pedraza. Una Cuestión de Honor. La polémica de la Anexión Vista de España (1861-1865), Santo Domingo: Fundación García Arévalo, 2005, p. 226.
[14] Acosta Matos, Eliades. El proceso restaurador visto desde Cuba. Su impacto político y en la guerra de Independencia cubana (1868-1878), Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2016, p. 35.
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