Resumen

La coexistencia actual de los nombres castellano y español constituye uno de los fenómenos más interesantes de la historia contemporánea de la lengua hispánica. Ambos términos no designan idiomas diferentes; sino, una misma realidad lingüística cuya evolución histórica ha generado diversas formas de identificación cultural, política e institucional. Este artículo analiza las razones que explican la permanencia de ambos glotónimos en el siglo XXI, considerando sus relaciones con la filología histórica, la sociolingüística, las academias de la lengua, la legislación, la educación y la proyección internacional de la lengua. Desde la perspectiva de Amado Alonso, los nombres de una lengua no son simples etiquetas; sino, expresiones de procesos históricos y culturales. En consecuencia, la convivencia entre castellano y español debe comprenderse como una manifestación de la riqueza histórica de una lengua compartida por múltiples pueblos y no como una división lingüística. Se sostiene que la unidad del español no depende de la existencia de un único nombre; sino, de la existencia de una comunidad histórica de hablantes que reconoce una lengua común.

Introducción

Cuando una persona pregunta si debe decir castellano o español, aparentemente plantea una duda terminológica; sin embargo, detrás de esa pregunta existe una compleja historia lingüística, cultural y política. El nombre de una lengua no constituye únicamente una identificación técnica de un sistema de comunicación; también refleja procesos históricos, memorias colectivas y formas de pertenencia cultural.

A lo largo de esta serie hemos demostrado que el camino seguido por la lengua desde el romance medieval hasta el español contemporáneo no fue una evolución simple ni lineal. La aparición de los nombres castellano y español respondió a diferentes momentos históricos y a distintas necesidades de representación cultural. Como explica Amado Alonso (1968), la historia de estos nombres revela una dimensión espiritual y cultural de la lengua, pues cada denominación está relacionada con las circunstancias históricas en las que adquiere significado.

La pregunta fundamental del presente artículo, por tanto, no es cuál de los dos nombres debe imponerse; sino; comprender por qué ambos continúan vigentes en el siglo XXI. Para responderla es necesario analizar cómo la lengua ha pasado de ser una realidad vinculada inicialmente al territorio castellano a convertirse en patrimonio compartido por numerosos países y comunidades.

Desarrollo

  1. Del debate histórico al consenso científico

Durante mucho tiempo, la discusión entre castellano y español estuvo marcada por interpretaciones políticas e identitarias. En algunos contextos se presentó como si ambos nombres representaran posiciones enfrentadas: uno vinculado al origen histórico de la lengua y otro asociado a su expansión nacional e internacional.

Rafael Lapesa.

La lingüística histórica contemporánea ha permitido superar esa visión simplificada. Hoy existe un amplio consenso en que castellano y español designan el mismo sistema lingüístico, aunque cada denominación conserva valores históricos diferentes.

Rafael Lapesa (1981) mostró que el castellano surgió como una variedad romance localizada en un territorio específico; pero, posteriormente experimentó un proceso de expansión política, cultural y social que favoreció su transformación en lengua común de amplios espacios hispánicos. Esa evolución explica que una denominación originalmente territorial pudiera adquirir posteriormente una dimensión internacional.

Desde esta perspectiva, el término castellano conserva la memoria histórica del origen medieval de la lengua, mientras que español expresa la consolidación de una lengua que trascendió las fronteras de Castilla y España para convertirse en patrimonio de una comunidad lingüística mucho más extensa.

Amado Alonso (1968) explicó precisamente que los nombres de la lengua no deben estudiarse como simples sustituciones cronológicas; sino, como fenómenos históricos cargados de significados culturales. El paso de una denominación a otra no implica necesariamente la desaparición de la anterior; muchas veces ambas permanecen porque responden a necesidades diferentes.

La interpretación permite comprender la situación actual: la existencia simultánea de castellano y español no representa una contradicción; sino, la consecuencia de una historia lingüística compleja en la que una misma lengua ha acumulado diversas formas de nombrarse.

  1. Las academias de la lengua y la construcción del panhispanismo

Uno de los ámbitos donde mejor puede observarse la transformación contemporánea de la lengua española es el de las instituciones académicas encargadas de su estudio, descripción y orientación. Durante mucho tiempo, la reflexión sobre la lengua estuvo asociada principalmente a la tradición peninsular; sin embargo, la expansión internacional del español hizo necesario reconocer que la lengua ya no podía comprenderse desde un único centro cultural.

La creación y consolidación de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) representó un cambio fundamental en esta perspectiva. La lengua comenzó a ser entendida como un patrimonio compartido por diversas comunidades nacionales que participan activamente en su conservación, descripción y desarrollo.

La nueva visión se expresa en las obras académicas contemporáneas. La Nueva gramática de la lengua española, elaborada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, declara que su propósito es describir una lengua común que pertenece a una amplia comunidad internacional de hablantes, atendiendo tanto a sus rasgos compartidos como a su diversidad interna (RAE y ASALE, 2009).

La concepción resulta fundamental para comprender la relación entre castellano y español. Desde la perspectiva académica actual, ambos términos no representan dos lenguas diferentes; sino, denominaciones históricas de una misma realidad lingüística.

El término castellano conserva el vínculo con el origen histórico de la lengua. Recuerda la variedad romance surgida en el antiguo territorio de Castilla y su posterior expansión dentro de la Península Ibérica. El término español, en cambio, destaca la dimensión más amplia de una lengua que trascendió sus límites iniciales y se convirtió en patrimonio de numerosos países.  Por esta razón, la política lingüística panhispánica no busca imponer una denominación única eliminando las demás; sino, favorecer la comprensión de la lengua como una realidad común y diversa.

La unidad del español actual no se basa en la desaparición de las diferencias regionales ni en la imposición de una única tradición cultural. Se fundamenta en la existencia de una comunidad lingüística que comparte una historia, una estructura gramatical común y una extensa tradición literaria.

Desde esta perspectiva, la convivencia de castellano y español puede interpretarse como una manifestación de la riqueza histórica de la lengua. Una lengua con más de quinientos millones de hablantes no puede reducirse a una única experiencia nacional; sino, que debe comprenderse como resultado de múltiples aportaciones culturales.

  1. Castellano y español en la educación y en la legislación

El ámbito educativo constituye uno de los espacios donde más claramente se observa la convivencia de las dos denominaciones. Las instituciones escolares no solamente enseñan una lengua; también transmiten una determinada interpretación histórica y cultural de esa lengua.  Por ello, la elección entre las expresiones lengua castellana y lengua española suele estar relacionada con tradiciones nacionales, decisiones institucionales y procesos históricos particulares.

En España, la denominación   castellano posee una importante presencia jurídica. La Constitución Española establece: “El castellano es la lengua española oficial del Estado” (Constitución Española, 1978, art. 3.1).   Esta formulación constitucional resulta especialmente significativa porque utiliza ambos términos dentro de una misma disposición. El texto no presenta castellano y español como realidades opuestas, sino como expresiones relacionadas dentro de una misma lengua.

En la República Dominicana ocurre algo semejante desde otra tradición histórica. La Constitución establece: “El idioma oficial de la República Dominicana es el español” (Constitución de la República Dominicana, 2024, art. 29).

La diferencia terminológica entre ambos textos constitucionales no implica una diferencia lingüística. Ambos países reconocen jurídicamente la misma lengua, aunque emplean denominaciones vinculadas a sus propias historias culturales.

Manuel Alvar ha señalado que la relación entre lengua y nación debe comprenderse como un fenómeno complejo en el que intervienen factores históricos, sociales y políticos. Las denominaciones lingüísticas presentes en los textos oficiales reflejan no solamente características del idioma; sino, también, formas en que las comunidades políticas construyen su identidad colectiva.  Esta perspectiva permite comprender por qué en algunos países se conserva con mayor fuerza la denominación   castellano, mientras que en otros predomina español. La elección responde a procesos históricos acumulados y no a una diferencia estructural entre dos lenguas.

En el ámbito educativo, por tanto, resulta fundamental superar interpretaciones reduccionistas. Enseñar “Lengua Castellana” o “Lengua Española” no significa enseñar lenguas diferentes; significa utilizar denominaciones que reflejan distintas tradiciones históricas para referirse a una misma lengua.

La educación lingüística del siglo XXI debe transmitir precisamente esta idea: la diversidad denominativa no constituye una amenaza para la unidad de la lengua; sino, una expresión de su trayectoria histórica.

  1. La dimensión internacional del español: lengua global y proyección cultural

La expansión mundial del español ha favorecido que esta denominación alcance una presencia predominante en los ámbitos internacionales.
En universidades extranjeras, organismos culturales, programas de enseñanza de lenguas y espacios diplomáticos, el término español funciona generalmente como la denominación internacional de la lengua. Esta realidad responde a una necesidad práctica: una lengua hablada en numerosos países requiere un nombre común que facilite su identificación fuera de sus territorios tradicionales.

El Instituto Cervantes constituye un ejemplo representativo de esta proyección internacional. Su labor de difusión y enseñanza utiliza el término español para presentar la lengua en el ámbito mundial, promoviendo al mismo tiempo el conocimiento de la diversidad cultural de sus comunidades hablantes.  Sin embargo, la consolidación internacional de español no implica la desaparición de castellano. La historia lingüística demuestra que los nombres de las lenguas pueden coexistir y cumplir funciones diferentes.
Una lengua puede tener: un nombre histórico relacionado con su origen; un nombre internacional relacionado con su expansión; y denominaciones nacionales relacionadas con tradiciones particulares.
El caso del español constituye precisamente un ejemplo de esta complejidad.

  1. Unidad lingüística y diversidad denominativa: una misma lengua, diferentes memorias históricas

La convivencia de los términos castellano y español constituye una prueba de que la historia de una lengua no puede reducirse a una sucesión de nombres que sustituyen completamente a los anteriores. Las denominaciones lingüísticas permanecen porque conservan memorias históricas, valores culturales y formas particulares de relación entre los hablantes y su lengua.

Una lengua no es únicamente un conjunto organizado de sonidos, palabras y reglas gramaticales. También es una construcción histórica donde se acumulan experiencias colectivas. Por ello, los nombres con los que una comunidad identifica su lengua forman parte del patrimonio cultural de esa comunidad.

Desde esta perspectiva, castellano y español representan dos miradas complementarias sobre una misma realidad lingüística. El primero recuerda el origen histórico de la lengua en el espacio castellano medieval; el segundo expresa su expansión posterior y su transformación en una lengua compartida por numerosos pueblos.

Amado Alonso (1968) mostró que la historia de estas denominaciones no puede comprenderse como una simple sustitución de un nombre por otro. Cada denominación surgió dentro de circunstancias históricas concretas y adquirió significados relacionados con procesos sociales, políticos y culturales.

La interpretación permite superar una visión simplificada del problema. No se trata de decidir cuál nombre es absolutamente correcto y cuál incorrecto; sino, de comprender qué historia representa cada uno.

Ennis (2021) ha señalado que el nombre de una lengua constituye también una forma de interpretar su trayectoria histórica. Los glotónimos no son elementos neutrales; expresan relaciones entre lengua, sociedad y memoria cultural.  Por ello, la pregunta fundamental no debería ser:
¿Debe decirse castellano o español?
La pregunta más profunda sería:
¿Qué dimensiones históricas expresa cada uno de estos nombres dentro de una misma comunidad lingüística?
La respuesta permite reconocer que ambos términos pueden coexistir sin afectar la unidad del idioma.

La lengua española del siglo XXI demuestra que una comunidad lingüística puede compartir una misma estructura comunicativa y, al mismo tiempo, conservar diversas formas históricas de nombrarla.

La unidad del español no depende de la imposición de un único glotónimo. Depende de la existencia de una tradición lingüística común, una extensa producción cultural compartida y una comunidad internacional de hablantes que continúa desarrollándola.

Conclusión

El análisis realizado permite concluir que la coexistencia de los glotónimos castellano y español constituye un fenómeno histórico normal dentro de la evolución de las lenguas. Ambos nombres forman parte de la trayectoria de un mismo sistema lingüístico que ha pasado de ser una variedad romance medieval a convertirse en una lengua internacional.

El término castellano mantiene viva la memoria del origen histórico de la lengua y recuerda el territorio donde comenzó su formación. El término español, por su parte, expresa la dimensión amplia de una lengua que actualmente pertenece a múltiples pueblos y naciones.

Comprender esta relación permite superar debates reduccionistas. La historia lingüística demuestra que una lengua puede conservar varios nombres sin perder su identidad. La diversidad denominativa no significa fragmentación; en muchos casos, representa precisamente la riqueza histórica de una lengua.

El español contemporáneo es una realidad plural: posee diferentes variedades, diferentes tradiciones culturales y diferentes formas de nombrarse. Esa diversidad no debilita su unidad; sino, que confirma la profundidad histórica de una lengua viva que continúa evolucionando mediante sus millones de hablantes.

Referencias bibliográficas

Alonso, A. (1968). Castellano, español, idioma nacional: Historia espiritual de tres nombres (4.ª ed.). Losada.

Alvar, M. (1982). Lengua nacional y sociolingüística: Las constituciones de América. Bulletin Hispanique, 84(3-4), 347-414.

Alvar, M. (1992). Del castellano al español. Cuadernos Hispanoamericanos, (500), 7-40.

Asociación de Academias de la Lengua Española y Real Academia Española. (2009). Nueva gramática de la lengua española. Espasa.

Constitución de la República Dominicana. (2024). Tribunal Constitucional de la República Dominicana.

Constitución Española. (1978). Boletín Oficial del Estado.

Ennis, J. A. (2021). El nombre de la lengua y las formas de la historia: La cuña castellana y la propiedad del español. Anthropos, (259).

Instituto Cervantes. (2024). El español en el mundo: Anuario del Instituto Cervantes.

Lapesa, R. (1981). Historia de la lengua española (9.ª ed.). Gredos.

Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. (2010). Nueva gramática de la lengua española: Manual. Espasa.

Glosario del Artículo

Castellano
Glotónimo utilizado para identificar históricamente la lengua romance surgida en Castilla y posteriormente expandida hacia otros territorios.

Español
Glotónimo que designa la misma lengua desde una perspectiva relacionada con su expansión histórica, internacionalización y pertenencia a una comunidad lingüística amplia.

Glotónimo
Nombre mediante el cual una comunidad identifica una lengua determinada.

Panhispanismo
Perspectiva lingüística y cultural que entiende el español como patrimonio compartido por todos sus hablantes, reconociendo la diversidad de sus variedades.

Unidad lingüística
Conjunto de elementos históricos, gramaticales y comunicativos que permiten reconocer una lengua como sistema común.

Diversidad denominativa
Existencia de diferentes nombres históricamente legítimos para designar una misma realidad lingüística.

Política lingüística
Conjunto de decisiones institucionales relacionadas con el reconocimiento, enseñanza, regulación y promoción de una lengua.

Lengua internacional
Lengua cuya presencia supera el territorio donde surgió históricamente y adquiere funciones de comunicación entre diferentes comunidades del mundo.

Virgilio Hernández Pichardo

Educador, promotor cultural y escritor

Virgilio Hernández Pichardo. Es educador, promotor cultural y escritor. Doctor en Humanidades, en Estudios Sociales y Culturales del Caribe. Maestrías en Educación, Mención Planificación Educativa y en Lingüística Aplicada. Especialidades en Promoción de la lectura y la Literatura Infantil y en Lingüística Aplicada. Licenciado en educación, Mención Letras Modernas y Maestro Normal Primario. En el área cultural miembro fundador de los talleres literarios: “Líttera” de la Alianza Cibaeña. “2001” de la UTESA y “Letras Unidas” de Santiago. Ha sido expositor de trabajos en varias instituciones de Santiago y en Ferias del Libro. En el plano escritural ha escrito y publicado artículos y ensayos sobre el idioma español y literarios. Así como libros de poemas para niños y adultos. Ha desarrollado una propuesta teórica, práctica, espiritual, poética, educativa, antropológica, filosófica, lingüística, idiomática, literaria y cultural, llamada, Virgilioamaramorismo.

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