Basilio Rodríguez tiene la estampa de un caballero de los de antes y la facultad del buen decir. Sabe cuándo hay que callar y conoce el valor de la palabra exacta. Por momentos, se levanta de su asiento en el stand de su editorial y, con un sombrero blanco que siempre guarda sobre sus libros, sale a caminar y a escuchar los susurros del viento que entra por un costado de la plaza.
Hoy, con el aire académico que trae de las aulas, se puso a contar su historia, la de su editorial y la de los libros que ha escrito. Entre estos le emociona hablar de Cuaderno caribe, una obra que trajo del otro lado del mar y que, según cuenta, habla de mestizaje y de historias olvidadas.
Y eso es lo que a mí me gusta, buscar y encontrar. Por eso he escrito también un libro en el que recojo historias en que intento plasmar esa interacción, esa fusión y ese mestizaje. Lo he traído a esta feria como un regalo para los lectores dominicanos, Cuaderno caribe, relatos para descifrar un mar de palabras, un mar de sentimientos y un mar de emociones.
Pasa junto a los libros y le brilla la mirada. En el camino tomó el nombre de una diosa de la Antigüedad que se convirtió en mortal.
¿Cómo nació Pigmalión y de qué emociones, sentimientos y necesidades surgió?
Tenemos que retrotraernos treinta años atrás y desplazarnos al contexto universitario madrileño, donde un grupo de estudiantes sintió la necesidad de crear una estructura para publicar sus propios textos o los de aquellos autores que eran amigos, conocidos o autores de referencia. En la década de referencia en España existía un cuello de botella que impedía a la mayor parte de los autores jóvenes poder publicar. Los que decidían quién publicaba eran unos mandarines, gente que destacaban a críticos literarios, editores o autores que intentaban marcar la línea de lo venidero. Por eso un grupo de estudiantes que queríamos ver publicados nuestros libros o ayudar a otros colegas decidimos poner en marcha un proyecto que inicialmente tenía un nombre muy rimbombante: Sociedad Internacional de Amigos de la Literatura. Como eso para el marketing editorial era un pésimo título, adoptamos el acrónimo de ese largo nombre y nos quedamos con SIAL Ediciones. Ese fue el primer sello editorial que fundamos. Años después, concretamente tres lustros, yo sentí la necesidad de crear un proyecto personal y exclusivo. Es cuando decido crear Pigmalión Ediciones, de alguna forma recreando el mito de Pigmalión, el buscador inagotable de belleza que, al no encontrar en su reino a una mujer de la que enamorarse, terminó esculpiéndola con sus manos y creó a Galatea, que, gracias a una diosa, en una noche se convirtió en una mujer de carne y hueso. Ese deseo de buscar la belleza nos hizo acuñar, por un lado, esa idea de que si no existe la belleza hay que crearla y, por otro lado, transmitir la idea de perseverancia. Y el primer lema que tuvimos es algo muy sencillo: si crees en algo de veras se puede convertir en realidad. Treinta años después el proyecto que comenzó en un contexto universitario es una realidad contundente, con más de doscientos cincuenta títulos publicados y una nómina de autores que supera los 2.750 de cuatro continentes. Ahora, esos dos sellos editoriales se han fusionado en uno solo, que es el grupo editorial SIAL Pigmalión. Y, efectivamente, surgió por necesidad, por amor al mundo de las letras y porque todos nosotros éramos escritores. Pero preservamos ese mismo ideal de intentar luchar por aquello que merece la pena y, sobre todo, intentar trabajar con dignidad, es decir, ofrecer dignidad a los autores que publican con nosotros.
¿Editar un libro es un proceso técnico o es un acto de amor?
Las dos cosas. Es algo inseparable. Por supuesto, editar un libro actualmente se ha convertido en un proceso técnico muy diferente a ese proceso artesanal de antaño. Ahora mismo estamos asistidos por la técnica y utilizamos una serie de programas informáticos que facilitan mucho la tarea del editor y del impresor. Pero sigue siendo un acto de amor. Porque, primero, aunque llevamos casi treinta años, yo sigo diciendo que soy un editor en vilo porque hay una gran incertidumbre dentro del mundo del libro. Los autores, porque no saben si les publicarán; los editores, porque no sabemos si venderemos los libros que publicamos. Ese acto de incertidumbre hace que, efectivamente, el acto de publicar sea un acto de riesgo también. Pero se asume porque entendemos que el libro, entre sus muchos valores, tiene el de la permanencia. Dentro de cincuenta, cien años, cuando no estemos aquí ninguno de nosotros, en cualquier librería, en cualquier biblioteca o anaquel o en algún lugar olvidado quizás pueda aparecer cualquiera de los miles de libros que hemos publicado. Y ese libro nos hablará de una época, de un autor, de un editor, de una colaboración para intentar que surgiese un paralelepípedo que parece muy frágil, pero que tiene la virtualidad de ser muy resistente y de sobrevivir y permanecer decenas de años o cientos de años.
¿Más allá de sus procesos técnicos editar es un arte?
Absolutamente. Yo creo que la edición, efectivamente, invita a hacer un trabajo pulcro, aunque estemos manejando herramientas informáticas. Es un arte indiscutiblemente porque intervienen distintos elementos y personas que tienen que mostrar sus habilidades para convertir un manuscrito o un conjunto de folios en un objeto que va a suscitar el interés de muchísimas personas, y que, de alguna forma, va a permanecer, a pesar de que se altere su estructura externa, a pesar de que se moje, que pierda alguna página, de que se estropee la cubierta. Pero va a albergar un contenido que ningún programa informático podría asegurar a ciencia cierta qué podría ofrecer dentro de un centenar o dos centenares de años.
¿Un editor siempre tiene que conocer el libro que edita?
Totalmente. Yo creo que un editor que no lea los libros que publica está traicionándose a sí mismo.
El legado de un editor es su catálogo editorial, y en ese catálogo podrá haber variedad o uniformidad, depende de la filosofía que adopte, pero si no conoce el producto que está elaborando no puede defenderlo. Esa es la primera cuestión. La defensa de ese producto es esencial y requiere la alianza entre el autor y el editor para buscar ese primer lector que otorgue carta de naturaleza a ambos, como editor y como escritor. Por supuesto, no nos podemos conformar con un solo lector, hay que buscar muchos más. Pero ese primer lector tiene un valor simbólico muy importante, y es una labor de editores y autores intentar cazarlos uno a uno e intentar que permanezcan fieles a las siguientes propuestas que hagan unos a otros. Yo creo que eso es un arte artesanal porque, aunque manejemos las más modernas tecnologías, hay un manipulado, hay una elaboración muy personal, hay un arte para transformar ese manuscrito en un objeto bello y sugerente por fuera y por dentro.
¿Cuál es la clave de una buena edición?
Para que un libro se convierta en una obra de referencia, en un objeto de consulta, se disfrute, lo que hay que hacer, especialmente, es manejar la mejor calidad de los manuscritos. Esa es la primera tarea de un editor. Rastrear, buscar autores y manuscritos especiales o que tengan un valor literario. O, si se desea, una estética concreta. Hay algunos editores que publican únicamente un género o una estética determinada. Otros abogan, como es nuestro caso, por la diversidad. Pero esa primera elección es fundamental. Si tú lo que haces es seleccionar la mejor uva cuando haces la vendimia puedes obtener el mejor vino. Si tú te buscas una uva, un racimo de uva que están pasados, que están agrios, nunca vas a poder destilar un vino agradable, que pueda envejecer durante años. Por tanto, lo primero es la selección. Hay que buscar esos manuscritos que nosotros queremos incorporar a nuestros temas. Yo entiendo que hay muchos autores que publican lo que pueden porque lo que pretenden es sobrevivir. Pero realmente si lo que quieres es permanecer no puedes conformarte con libros efímeros, libros que te puedan ofrecer una cierta rentabilidad momentánea, pero que al día de mañana te puedas arrepentir de haberlos incorporados a tu catálogo. Yo creo que esa es una decisión fundamental. Una vez tú has hecho esa primera decisión para que el libro se convierta en un objeto sugerente, atractivo, necesario, hay que trabajarlo. Cuando un autor me dice «no me toques ni una coma de mi manuscrito», le digo: «no, no, no te voy a tocar ni una coma porque no lo quiero». Un editor tiene que intervenir el texto, tiene que analizarlo, tiene que depurarlo, tiene que corregirlo porque si no, no tiene sentido. Que se lo autoedite el autor en cualquiera de las plataformas que existen y que les van a cobrar un dinero y a publicarlo tal como lo envíen ellos. Un editor debe intervenir el texto para dignificarlo, para convertirlo en una obra especial. Por otro lado, una vez esté editado, deberá intentar difundirlo para que llegue a un público lo más amplio y diverso posible, y tendrá, incluso, que difundirlo en foros internacionales para que trascienda barreras geográficas y lingüísticas.
¿Cuál es la dignidad de un libro?
Yo creo que la dignidad la ostenta la persona, pero a través de su trabajo pueden compartir esa dignidad. Me explico. Un libro dignamente publicado es aquel que, por un lado, ha respetado la esencia que el autor quería transmitir. Pero por otro lado se ha buscado la perfección puliéndolo, trabajándolo, corrigiéndolo para que lo diga de la mejor manera. De esa forma se logra la excelencia, no la perfección, porque existe el vituperio y el elogio de la errata. Algunos las atacan y otros dicen que puede mejorar el original. Pero lo cierto es que hay que trabajar el libro para otorgarle esa dignidad. Y quien puede hacerlo, en primer lugar, por supuesto, es el autor. No debe dar a las prensas cualquier cosa. Debe haber corregido previamente todo lo posible y necesario su obra. Y, en segundo lugar, quien ha intervenido es quien tiene la responsabilidad de que salga sin mácula.
¿Dónde reside la elegancia de un libro?
¿Qué es lo que define la elegancia de un libro? A mí me gusta decir que los libros son nuestros hijos de tinta y papel y a nuestros hijos consanguíneos les transmitimos su rostro y su imagen corporal a través de la genética. A los libros tenemos que otorgarles esa apariencia, esa elegancia a través de nuestro gusto estético, y procurando buscar ese rostro, esa imagen, esa cubierta que defina de la mejor manera el contenido de cada uno.
¿Cómo ha sido la relación de Pigmalión con la literatura dominicana y cuál fue su primer libro dominicano?
La relación del grupo editorial SIAL Pigmalión con la literatura dominicana se remonta hasta sus comienzos y no es metáfora. Entre los primeros libros publicados, las primeras decenas, existían dos libros de autores dominicanos. En ese momento uno de ellos se encontraba en Madrid y formaba parte de los universitarios a los que me refería cuando hablé de la fundación del grupo. Era un joven informático llamado Martín Santos Casado, que luego terminó retornando a República Dominicana y dejando de escribir. Pero su primer libro, su primer poemario, nos trajo ese ritmo, ese lenguaje y esa riqueza a nuestras colecciones y a nuestro proyecto. Poco después publicamos a otro joven poeta, que ahora ostenta responsabilidades sociales importantes, José Alejandro Ayuso. Ambos fueron publicados en las primeras etapas de nuestra singladura editorial. Tuvieron que pasar unos años hasta que volvimos a otro autor dominicano, José Enrique Delmonte, arquitecto, escritor y profesor que nos invitó a República Dominicana para participar en un congreso universitario. Cuando leímos su obra nos interesó. Le publicamos un primer libro e intentamos ver en ese momento si en República Dominicana se podría gestar un proyecto editorial o podíamos proyectar nuestro proyecto editorial.
Nos dimos cuenta de que era muy complicado, que no existía una distribución reglada, y que únicamente había un comercio en la superficie que tenía libros, que importaba libros, y editoriales y pequeñas librerías, pero sin capacidad para trascender las barreras que imponía el mercado. Sin existir una distribución es muy difícil llegar y distribuir a nivel nacional, no ya internacional. Por tanto, desechamos la posibilidad de proyectar nuestra editorial a través de República Dominicana. Buscamos otros países donde fuese más fácil, donde nos permitiese desarrollar nuestra labor. No vimos en el año 2002, 2003, un mercado que nos permitiese ubicarnos aquí y buscamos otros mercados más propicios. Nos planteamos en el primer momento el mercado más grande del mundo del libro en Hispanoamérica, México, pero nos pareció demasiado inabarcable. Lo desechamos. Buscamos en segundo lugar el que había sido la meca de la edición en América, Argentina. Pero con sus consecutivas crisis económicas nos pareció que invertir en Argentina era un riesgo considerable. Y el tercero que teníamos en nuestra lista era Colombia, un país —hay que retrotraerse a esos años, y todavía en los últimos años— de plomo. Pero siempre que habíamos ido nos habían acogido de una forma muy positiva y habían suscitado interés con nuestras publicaciones. Decidimos poner en Colombia nuestra cabeza de puente en América y empezamos a publicar autores colombianos e hispanoamericanos. Hoy día el grupo editorial SIAL-Pigmalión es el grupo editorial que más autores y libros de autores colombianos hemos publicado fuera de Colombia, no en España. De tal manera que estamos muy por delante de los grandes grupos editoriales internacionales en cuanto a publicaciones de autores colombianos. Estamos imprimiendo allí desde hace una década y desde hace cuatro años lo estamos haciendo en México, porque nos parecía un mercado más asequible. Tenemos también un buen número de autores mexicanos y de otros países, como Bolivia, como República Dominicana, Perú y otros. La primera idea para ubicarnos en América fue Santo Domingo. Ahora estamos intentando volver publicando autores dominicanos para tener un catálogo que nos permita quizás plantearnos la aventura de ayudar a configurar un mercado interior de libros en República Dominicana, algo que sigue sin existir como tal. Que exista una distribución que permita que un lector de cualquier parte del país pueda encargar un libro y que se lo manden a casa, como hacen algunas plataformas internacionales, pero con un costo menor. Estamos llevando los autores dominicanos a las principales ferias del mundo, a la feria más importante del ámbito hispánico, que es Guadalajara, México, también a la de Madrid, que es la segunda, a la de Bogotá. Venimos desde hace tres años a la de Santo Domingo, y también estamos yendo a la de Frankfurt, a la de Rumanía, a la de Marruecos y a la de otros muchos lugares. Estamos intentando establecer puentes entre Europa y América, entre España y República Dominicana y otros países, pero ya que estamos aquí tenemos mucho interés por eso. Actualmente, la relación de autores dominicanos que hemos publicado supera la treintena. Estamos todavía lejos de esos 240 autores colombianos que hemos publicado, de esos cincuenta y tantos autores mexicanos, pero todo es cuestión de tiempo.

¿En República Dominicana ha encontrado más poetas que narradores o viceversa?
Lo que he encontrado es una serie de poetas interesantes que, al menos, a mí me interesan, porque una de las líneas de trabajo es el tema de la literatura afrodescendiente. Y aquí hay muchos poetas afrodescendientes que todavía, sin saberlo ellos, guardan la esencia de la poesía, del ritmo, de la literatura. De las literaturas afro, hay que pluralizar, de forma muy muy muy nítida. He especificado porque hay elementos culturales, incluso lingüísticos, que posiblemente los estén arrastrando sin saber su procedencia. Pero están ahí y están vivos. Y me interesa mucho esa convivencia del legado afro, del legado indígena con el legado occidental, europeo, incluso norteamericano, que es muy importante. Yo creo que esa convivencia, ese mestizaje, ofrece a la literatura, y a la poesía en especial, una peculiaridad que hace que resulte sugerente, la misma o las mismas peculiaridades que yo percibí hace treinta años cuando yo publiqué esos dos primeros autores de los que hemos hablado. En su poesía había un ritmo especial, distinto, que será una transmisión de esos ritmos musicales caribeños. O simplemente, el reflejo de la forma musical de hablar de los caribeños. Y eso es lo que a mí me gusta, buscar y encontrar. Por eso he escrito también un libro en el que recojo historias en que intento plasmar esa interacción, esa fusión y ese mestizaje. Lo he traído a esta feria como un regalo para los lectores dominicanos, Cuaderno caribe, relatos para descifrar un mar de palabras, un mar de sentimientos y un mar de emociones.
¿El ritmo que usted percibe en el habla caribeña lo percibe también en la literatura?
Totalmente, totalmente. Y especialmente en la poesía. Porque la poesía es ese ejercicio sincrético que intenta destilar lo fundamental, es una composición que muchas veces es una composición o una estrofa o un verso breve, es el que transmite de forma más nítida ese ritmo.
¿Cuándo les llega un texto para ustedes es importante escuchar la música de las palabras?
Las condiciones que tenemos para recibir un manuscrito son, primero, que nos lo entreguen impreso. ¡Me dirás que en un mundo digitalizado como este para qué queréis algo impreso! Pues muchas veces no saben los autores ni qué libro ni qué versión está viendo de un libro. Se hacen muchas correcciones, se hacen versiones, y yo necesito saber cuál es la última versión para decidir si la publico o no. Por otro lado, hay autores que dicen: «yo te mando todo lo que tengo, siete, ocho, diez libros». No, yo tengo que hacer una lectura y tengo que hacer un informe de esa lectura. Eso requiere tiempo, eso requiere recursos, tengo que tener una persona para que vea el libro, para que me haga una sinopsis, para que me lo analice. Porque nosotros hacemos siempre una triple lectura. Si está bien o mal escrito. Por otro lado, la temática, qué género, qué temática, cómo lo enfoca. Y, en tercer lugar, si creemos que se puede vender mucho, poco, regular o nada y en qué mercado. Ese triple informe, esa triple lectura, requiere tiempo. Por eso decimos: mándame tu primer libro, tu mejor obra, la que quieres que analicemos. No me mandes toda tu producción porque no tengo tiempo ni interés en conocerla. Si yo te publico un libro y es un éxito, seré yo el que intente publicarte una segunda obra. Si no es un éxito, lamentablemente, no voy a intentar publicarla. Todo esto supone un trabajo, una planificación y, por supuesto, que sí, que editar es un acto de amor, de amor a tu vocación de editor. Quiero seguir encontrando obras que merezcan la pena, autores que yo pueda ayudar a convertir en autores de referencia. Y quiero seguir editando con dignidad, con belleza por fuera y con contenido por dentro. Y, especialmente, lo que quiero es incrementar esa familia. Hemos dicho antes que los libros son hijos de tinta y papel. Para mí, los autores son parte de una gran familia literaria y lo que yo quiero es que esa familia siga creciendo, pero no solo en números, sino en calidad también.

¿Qué le da América Latina a Pigmalión y a las editoriales españolas como mercado literario y como escenario literario?
Lo que Latinoamérica le da al editor español son lectores. Todo proyecto editorial español que se digne, que haya tenido importancia en la historia, ha tenido que contar obligatoriamente con el mercado hispanoamericano. Porque aquí va a encontrar esos lectores no solo en cuanto a números necesarios, sino también en cuanto a calidad. Aquí hay lectores que pueden apreciar la calidad de las obras, porque el lector latinoamericano, aunque siempre nos quejamos en todos los países de que se lee poco, es un lector experto, es un lector que ha podido disfrutar de obras y autores muy significativos. Y el hecho de que contemos con su respaldo, con su aquiescencia, supone que vamos por el buen camino. Y en cuanto a escenario —y ahora te hablo como autor— para mí Hispanoamérica es y será el escenario de mis principales obras.
Escribí un Cuaderno atlántico, historias, mitos, leyendas y canciones, como tributo, como reconocimiento a esos mitos tan desconocidos incluso para los propios habitantes actuales de los distintos países de Hispanoamérica, mitos de los pueblos indígenas, mitos de los afrodesplazados, mitos también de los europeos que vinieron acá, que en mi caso me han permitido construir, publicar obras como la que vamos a presentar en esta feria, Cuaderno caribe, como esta a la que me he referido antes, como un libro que estoy a punto de publicar, que es sobre Hernán Cortés y la Malinche, donde hablo de ese mestizaje. Se llama Lenguas de conquista, y otras muchas composiciones, relatos, novelas o poemas, que están inspirados y desarrollados en distintos lugares y países, ciudades de Hispanoamérica.
¿En el tiempo que tiene trabajando la literatura dominicana usted percibe una República Dominicana que lee?
Insisto. En todos los países nos quejamos de que hay pocos lectores, pero yo aquí lo que percibo es que hay interés por parte de los jóvenes. Yo veo aquí muchos jóvenes. Unos pueden comprar, otros no tienen poder adquisitivo para adquirir libros de los que traemos de Europa o de otros países. Pero los veo cómo buscan afanosos en las librerías de segunda mano, las librerías de saldo porque quizás son los únicos que pueden comprar. Mientras haya jóvenes lectores hay futuro para los editores y para los escritores, y también hay futuro para la sociedad. Por tanto, aunque digan que los dominicanos no leen, que leen poco, yo lo que veo es que hay supralectores, lectores que no se conforman con leer un libro al cabo del año, sino que leen periódicamente. Y entre esos supralectores veo a muchos jóvenes.

¿Cuál es la importancia y el peso que tienen las editoriales pequeñas?
En España solemos decir que la economía no está sostenida por los grandes grupos empresariales, que son multinacionales y que muchas veces guardan sus beneficios en paraísos fiscales o en otros países, sino que el tejido económico y empresarial español, y yo creo que, por extensión, las pequeñas y medianas editoriales y los trabajadores autónomos. Eso ocurre dentro del tejido económico y social. En el tejido editorial ocurre lo mismo. Hay grandes grupos editoriales que tienen una proyección internacional, una macroestructura, pero si no fuese por la red de editores independientes, el mundo editorial no tendría la vitalidad que tiene actualmente. Eso lo podemos comprobar también aquí, en este país, viendo que hay muchas pequeñas editoriales, que seguro que son unipersonales o de dos personas como mucho y que hacen malabarismos para sobrevivir, pero que publican sus novedades editoriales, que dan salida a esos manuscritos de los poetas, novelistas y narradores dominicanos. Aunque no tienen esa proyección internacional que decíamos antes, al menos hacen que esos autores dejen de tiritar y empiecen a enfrentarse a los lectores. Y eso es lo que debería hacerles tiritar y temblar porque en el momento en que uno publica una obra ya no le pertenece. Aunque aparezca su nombre en la cubierta, aunque aparezca su fotografía en la solapa, ya pertenece a los lectores. Y, como dije antes, hay que encontrar ese primer lector que nos entregue certificado de creador, de narrador, de poeta, de ensayista.
Yo creo que en República Dominicana, al igual que en muchos países de Hispanoamérica y de África, lo que te dice es el valor de la juventud. Las sociedades europeas son sociedades envejecidas. Aunque hay buenos lectores o supralectores, no implican una continuidad. Cuando se mueran dejarán de ser sujetos activos dentro del mundo editorial.
En cambio, si hay relevo, si hay jóvenes que toman la batuta, podremos seguir pensando que editar es una labor, una tarea de futuro.

¿El ojo de la editorial pequeña ve cosas que la grande no ve?
Los grandes grupos editoriales no arriesgan, van sobre seguro, apuestan sobre seguro. Es decir, si el autor o la autora de turno no ha vendido previamente un número de ejemplares que ellos consideren suficiente, no les van a publicar.
Eso hace que haya ahora más que nunca autores y obras de calidad en mercados a los que pueden acceder los pequeños y medianos editores, por desprecio o desecho de los grandes grupos editoriales. Esos pequeños y medianos editores pueden configurar, pueden considerar un catálogo, o específico o diverso, y construir un género, una estética, o de distintos géneros y estéticas. Eso supone que todavía es posible hacerse un hueco en el mundo editorial por los pequeños editores que se estén planteando crear una empresa, una pequeña empresa editorial. Eso nos asegura la diversidad.
No es que sepan ver lo que los grandes no ven, sino que van a lo que los grandes desprecian, y muchas veces consiguen que eso que fue despreciado porque no vendía, luego se convierte en un producto que vende porque se lo ha tratado con mimo, con respeto, con ilusión y con arte. Muchas veces nos quejamos los pequeños y medianos editores de que somos un semillero al que vienen a pescar, a cazar, los grandes grupos. Dentro de nuestros autores, cuando alguno destaca, inmediatamente vienen los grandes grupos a hacerles propuestas que nosotros no podemos igualar. Y es lógico que un autor quiera ponerse a prueba y saber hasta dónde puede llegar. Por eso es difícil que un autor que vende permanezca en una editorial pequeña o mediana. Tiende, como es lógico, a intentar jugar en las grandes ligas. Pero no habría grandes ligas si no hubiese quien descubriese a los jugadores de élite. Y ese es, de alguna forma, nuestro cometido.
Eso nos lleva a la vieja frase: «la piedra que muchos rechazaron se convirtió en la piedra filosofal».
Pues sí. Esas piedras que los viajeros antiguos despreciaban cuando iban a Egipto porque eran muchas, verdaderamente se convirtieron en la piedra filosofal.
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