Sin duda, el acto de peregrinación va fraguando al poeta, al poeta del haiku. En nuestro caminar en busca de este arte en Quisqueya, nos detenemos silenciosamente en la mirada de un artífice forjado por el temblar del horizonte, a pocas leguas del asombro. Su nombre: Rafael García Bidó, nacido en la ciudad de los poetas, en la Macorís del Mar.
Ingeniero electricista, licenciado en literatura comparada, poeta, gestor cultural, investigador de la cultura taína y, sobre todo, un amante y defensor de la naturaleza. Buscando y buscando en su andar por los senderos del haiku, nos encontramos con una silenciosa pero extensa trayectoria poética, como si el acto de contemplación viviera en el sigilo de su alma. Esta expresión puede ser avalada por la respuesta dada en 2010 a la gaceta de haiku Hojas en la acera, donde expresó: «Bajo la mirada del haiku, todos los seres tienen igual dignidad».
Ciertamente, el poeta Rafael García Bidó es un ser avistado continuamente por el haiku; en él, la fugacidad se viste de eternidad. No se siente un ser trascendente, es tan solo uno más en construcción. Inspirado por los «fenómenos atmosféricos o estacionales que me predisponen o crean una atmósfera propicia para escribir. Me refiero, por ejemplo, a la lluvia, la niebla, los campos primaverales… También hay temas que son parte de la tradición, y el deseo de pertenecer a esa tradición invita a abordar esos temas: campanas, mariposas, noche estrellada», tal como indicó a la citada gaceta.
Sus haikus están como semillas regadas por todo el globo terráqueo, tanto en libros y antologías físicas como virtuales. Tiene en su haber los poemarios: Huellas de unicornio (2010), Verdor claro y oscuro (2011), En el farol del frente (2015), Díganselo al ruiseñor y Luna de la tarde.
Reconocimientos y premios:
Premio a la mejor colección de haikus del Segundo Concurso Internacional de Haiku, auspiciado por la Facultad de Derecho de la Universidad de Castilla-La Mancha en Albacete (2007).
Mención de honor en el Autumn Moon Haiku Journal (2020).
Antología Iberoamérica Lee Haiku (2023).
Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña de Henríquez (2022) por Cuaderno de todos los días.
Después de esta breve semblanza sobre el poeta, es momento de que hable el haiku, porque es el haiku el que ha escrito en el poeta, para que este siembre esperanza en una humanidad ciega, aunque con ojos. En su fértil sembrar, el poeta —o mejor digamos haijin— se acerca al peregrinar de Rafael García Bidó por los caminos del haiku en Quisqueya, tal como lo hiciera Matsuo Bashō (1644-1694) en su Senda de Oku.
Dice el escritor y maestro Vicente Haya en su libro Aware que, si un haiku puede ser pintado por un niño, ese haiku está resuelto:
Sobre los hombres
y sobre las montañas
cae la lluvia
Y es así, porque este haiku es casi una pieza que emana de un pincel. Es heredero del haiga, estilo de uno de los cinco grandes maestros del haiku, Yosa Buson (1716–1783), el cual consiste en la creación simultánea desde el lienzo y la palabra. Es una pieza de carácter universal, pues la lluvia siempre caerá aun cuando los hombres no habiten la tierra; en este haiku palpita una profunda reflexión desde la mirada de la filosofía zen. Es un texto que invita a caminar después de su lectura, a hurgar desde la brevedad en la impronta de la universalidad.
El haiku do, el acto como camino, la raíz del purismo, se enmarca en la tradición zen del no ser, sino estar. Aquel verso de Antonio Machado —«Caminante, son tus huellas el camino y nada más»— nos abre el horizonte para palpar este otro texto de Rafael García Bidó:
Cubierto de hojas
no sabe si es camino
o si es otoño.
La disyuntiva, lo sugerente y la envoltura exquisita de este haiku radican en la duda: ¿son las hojas el camino en sí, o es el otoño el portador transitorio que logra tejerlo? Lo sensorial aflora con el sutil viento que roza las hojas; y la duda se instala al preguntarnos: ¿dónde habita el kigo? Tal vez en una estación que aún no llega del todo, pero se acerca. El poeta García Bidó, en su continuo peregrinar, demuestra ser un auténtico alquimista en el arte de escribir haiku.
Los grandes maestros del haiku siempre tuvieron como norte las locaciones para generar la identidad del haiku en Japón. El poeta García Bidó también deja fluir sus versos sobre las aguas del río Isabela, dándole una identidad dominicana a esta creación:
La primavera
encuentra al río Isabela
lleno de lilas.
Tal vez el poeta pasó innumerables veces por este lugar, pero el haiku no había hecho asomo en él, hasta que, un día, el río no era río, era un campo de flores moradas, un jardín que sorprendió a la primavera y también al poeta. Lo simplemente profundo: el acto de la contemplación, lo que nos arrastra al ensimismamiento sobre la grandeza de lo fugaz.
En el haiku siempre se hace referencia a la contemplación, no a la observación; y en ese tenor abordaré el próximo haiku, dotado de una profunda carga emocional, y parte de la antología Iberoamérica Lee (2023):
volviendo a casa –
el olor de la cena
de los vecinos
Para iniciar esta reflexión sobre la creación del poeta, voy a escudriñar primero en su tendencia compositiva; para ello debemos hacer referencia al gran maestro Kobayashi Issa (1763–1828), porque fue uno de los primeros en romper con el haiku purista y elevarlo a la categoría de humanismo (por ejemplo: Encierro de invierno — / llevo gachas calientes / al vecino). Volviendo al texto del poeta quisqueyano Rafael García Bidó, vemos que hay una mezcla de humanismo y existencialismo. Tal vez, después de una jornada de trabajo, de vuelta a su casa, lo asaltan los olores de la cena de los vecinos de la comunidad, y entonces surge la duda: en su hogar, ¿habrá alimento para cuando llegue?, ¿alcanzará el dinero dejado para también preparar la cena?
Mientras en el haiku de Issa se vislumbra la compasión, en el de nuestro poeta se percibe la angustia ante la carestía. Es posible que este texto esté permeado por el wabi-sabi, la belleza de lo efímero, de lo desgastado, de lo imperfecto, de lo que se acaba, de la carencia. Entonces nos preguntaríamos: ¿dónde radica lo bello de este haiku? En la actitud del poeta, quien, aunque no tiene la certeza de encontrar alimento en su hogar, siente cierto grado de felicidad porque en las casas de los vecinos no hay carencia de alimentos y las familias disfrutan de una rica cena. Es un haiku conmovedor, lleno de silencios y reflexiones, con haimi, con esencia, con sabor a sí, que, sin decir, dice.
Quien entra a merodear las sendas del haiku puede asomarse y enrumbar su vista hacia otro horizonte, pero también asumirlo como camino, tal como lo ha decidido García Bidó por décadas. En la lectura de sus creaciones vemos a un ser humano que habita en el mundo del asombro, un alma que ha adoptado este arte como un estilo de vida:
agua de lluvia
aposada en la roca –
su claridad
Lo cierto es que no bastaría un artículo para desmenuzar el andar del poeta García Bidó por las veredas del haiku, pues en su infinita mirada habita la voz del artesano, del peregrino, del ermitaño, que pulula por los senderos del asombro en Quisqueya.
Compartir esta nota