La apertura de salas, el auge de determinados formatos de exhibición y el cierre de emblemáticos teatros responden a cambios en la población, en las ciudades y en las formas de entretenimiento. La historia de los cines dominicanos durante el siglo XX es, en gran medida, un reflejo de la evolución social y urbana del país.

Antes de la expansión de la industria audiovisual moderna, de la cuarta revolución industrial e incluso de los viajes espaciales que marcaron las últimas décadas, República Dominicana ya contaba con una actividad cinematográfica en desarrollo.

Sin embargo, mucho antes de la Ley de Cine 108-10, el país ya había construido una extensa tradición de exhibición cinematográfica. Según datos de la Dirección General de Cine (Dgcine), los dominicanos tuvieron acceso al séptimo arte desde 1900, cuando en el teatro Curiel se presentaron los avances cinematográficos de los hermanos Lumière.

Aunque las primeras proyecciones llegaron por Puerto Plata, el interés empresarial por este nuevo entretenimiento se expandió por el territorio nacional. Con el paso de las décadas, el país llegó a contabilizar 235 salas de cine. Santo Domingo se convirtió en el principal centro cinematográfico del siglo XX, con 115 salas, mientras que la región Este registró 132 cines (incluyendo la capital dominicana) y el Cibao 79. La región Sur, en tanto, contó con 32 establecimientos, equivalentes al 13.6 % del total.

La capital concentró algunos de los teatros más emblemáticos del país y los autocinemas que ofrecían una experiencia distinta para los espectadores.

  • Lido
  • Apolo
  • Élite
  • Duarte
  • Naco
  • Capitolio

Los años dorados de los autocines

La llegada de los autocines introdujo una nueva forma de disfrutar el cine en el país. Estos espacios permitían observar las películas desde la comodidad y privacidad del automóvil, frente a una gran pantalla instalada al aire libre.

Durante el siglo XX, el Gran Santo Domingo contó con tres autocinemas: Iris, Naco y Jacqueline, según el estudio Las salas de cine de República Dominicana.

El primero fue el autocine Iris, inaugurado en 1959 en la calle Héroes de Luperón, en el Centro de los Héroes. Tres años después abrió el autocine Naco, ubicado en la avenida Fantino Falco, en el Distrito Nacional. La entrada tenía un costo de 1.50 pesos por vehículo y 50 centavos para peatones.

El recinto disponía de capacidad para 300 automóviles. Si cada vehículo transportaba una pareja, podía recibir hasta 600 personas por función. Su primera proyección fue Alias Jesse James (1959), en el mismo espacio donde hoy se levanta Plaza Naco.

La modalidad continuó expandiéndose con la apertura del autocine Jacqueline en 1976. El empresario Juan Manuel Taveras lo estableció en la avenida Independencia, kilómetro 11, dentro del complejo Divertilandia. Décadas después, el terreno que ocupaba sería transformado en un complejo residencial.

Teatros que definieron una época

Entre las salas más recordadas figura el cine Lido, inaugurado en 1963. Durante sus primeros años ofreció una cartelera variada, aunque posteriormente orientó su programación hacia contenidos eróticos y pornográficos.

En la antigua calle Capotillo, hoy avenida Mella, operaban también los cines Apolo y Lido. Ambos comenzaron exhibiendo películas convencionales, pero con el tiempo fueron identificados como salas exclusivas para adultos.

La historia del Apolo se remonta a 1908, cuando el empresario puertorriqueño Fundador Vargas abrió el teatro Vargas. En 1936 pasó a llamarse Apolo y, durante la década de 1970, fue destinado a la exhibición de películas para adultos. Su cartelera iniciaba a las cinco de la tarde. La instalación requirió una inversión de US$ 5,000 y tenía capacidad para 800 espectadores.

La distribución cinematográfica estuvo a cargo de Gometco Dominicana, de la familia Turull-Mayol, que también abastecía a los cines Olimpia y Diana.

Otra de las salas fue el cine Élite, inaugurado el 6 de marzo de 1948 por Joaquín Ginebra a través del Circuito Rialto. Ubicado en la calle Pasteur casi esquina Santiago, ofrecía butacas acolchadas y era considerado el salón más aristocrático de su tiempo. El establecimiento contaba con aire acondicionado y otros adelantos tecnológicos que lo distinguían dentro del panorama cinematográfico nacional.

Ginebra también era propietario del cine Rialto, abierto en 1923 en la calle Duarte. Allí se proyectaban películas mudas acompañadas por un pianista en vivo. Tanto el Rialto como el Élite cerraron sus puertas en 1980.

El auge de las grandes salas

La expansión del cine en República Dominicana también estuvo marcada por la construcción de teatros cada vez más modernos y amplios.

En 1913 abrió el teatro Independencia, considerado el primer cine que abandonó el concepto de sala al aire libre para apostar por espacios cerrados dotados de mayores comodidades. Disponía de 56 palcos, 565 butacas y 80 lunetas.

Años después, en el verano de 1925, el arquitecto Juan Bautista del Toro construyó el teatro Capitolio frente a la Catedral de Santo Domingo. Allí se exhibían películas mudas y en blanco y negro.

La década de 1940 vio surgir nuevas salas. Marcos Gómez inauguró el teatro Olimpia en 1941, en la Zona Colonial, mientras que Federico Geraldino abrió el teatro Julia en 1942, equipado con 1,050 butacas en platea y 300 palcos.

En 1945 se sumó el teatro Max, propiedad de la familia García Recio. Situado en la avenida Duarte, era frecuentado por residentes de los sectores céntricos y acomodados de la capital.

Una de sus principales estrategias comerciales consistía en ofrecer dos películas por el precio de una. Tras cerrar en 1990, el edificio fue destinado a actividades religiosas.

El teatro San Carlos, inaugurado en 1958 por Río Motors, representó la culminación de esa etapa de grandes cines. Con 1,500 butacas, fue considerado el más grande de su época. Sus funciones concluyeron en 1987 para dar paso a la construcción de la avenida México.

Del cine clásico a los complejos modernos

La historia de estas salas también estuvo vinculada a la producción cinematográfica nacional. En febrero de 1963 se estrenó La Silla, de Franklin Domínguez, exhibida en los cines Santomé, Leonor y Colón, en Santiago.

La película, de 78 minutos, fue realizada por Domínguez junto a Camilo Carrau y Clark Johnson, y denunció los horrores del régimen de Rafael Leónidas Trujillo.

Con el cierre progresivo de los grandes teatros, el modelo tradicional de exhibición comenzó a transformarse. Según la Dgcine, a partir de entonces proliferaron los complejos cinematográficos modernos impulsados por distribuidoras extranjeras, marcando una nueva etapa para el entretenimiento audiovisual en República Dominicana.

Karla Alcántara

Abanderada por los viajes, postres y animales. Ha cursado diplomados sobre periodismo económico impartido por el Banco Central, periodismo de investigación por el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, finanzas por el Ministerio de Hacienda y turismo gastronómico por la Organización Internacional Italo-Dominicano.

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