Con el anuncio del Festival Presidente, realizado por el presidente Luis Abinader durante LA Semanal (el ocho de diciembre de 2025, República Dominicana vuelve a apostar por los grandes espectáculos como parte de su oferta de entretenimiento.

La cartelera incluye a Katy Perry, Don Omar y Juan Luis Guerra, tres nombres capaces de movilizar seguidores dentro y fuera del país. La pregunta, sin embargo, va más allá de cuántas personas llenarán un estadio: ¿Cuánto puede gastar un fanático que llega a República Dominicana por un concierto y cuánto de ese dinero termina en otros sectores?

República Dominicana dispone de estadios, anfiteatros y teatros con capacidad para recibir simultáneamente a 10,000 personas. Son espacios donde el público no solo compra una boleta, sino que puede consumir transporte, alojamiento, alimentos, bebidas, entretenimiento y otros servicios.

Un concierto puede vender una experiencia y también un destino

Oxford Economics ofrece una referencia sobre ese efecto multiplicador: por cada US$ 100 gastados por un consumidor en una boleta, se generan unos US$ 335 indirectos. Esto significa que el valor económico de un espectáculo no necesariamente termina en la taquilla.

Para Magaly Toribio, experta en marketing turístico, este cambio responde a una transformación en la forma de competir por los viajeros.

“Los destinos turísticos más competitivos ya no son necesariamente los que cuentan con playas ideales o grandes hoteles, sino aquellos que pueden ofrecer experiencias inolvidables, únicas y reales”.

Toribio considera que los eventos culturales, deportivos, gastronómicos y de entretenimiento pueden convertirse en herramientas para estimular la demanda turística, aumentar la duración de las estancias y diversificar los mercados emisores.

El Caribe ya entendió que un festival puede durar más que el escenario

Durante décadas, el Caribe ha vendido principalmente su fórmula de sol, playa y hoteles. Pero la competencia internacional obliga a los destinos a buscar nuevas razones para que un viajero elija una isla y no otra.

Según el análisis citado por Toribio, los eventos pueden generar no solo un aumento temporal de las llegadas, sino también estimular el flujo intracaribeño, incrementar el gasto y contribuir al posicionamiento internacional de los destinos.

El desafío está en que el evento no sea una actividad aislada, sino una puerta de entrada para que el visitante conozca y consuma el resto de la oferta.

El informe “Caribbean Travel Trends 2026”, elaborado por la Asociación de Hoteles y Turismo del Caribe, coloca a los eventos como una herramienta para configurar la demanda turística regional.

El documento señala que los eventos pueden influir en los perfiles de los viajeros, diferenciar destinos y generar efectos económicos que van más allá de los días específicos del espectáculo.

Uno de los ejemplos es CARIFESTA XV, donde muchos viajeros llegaron antes y combinaron el evento con actividades de ocio, durante cuatro a siete noches,

Durante ese período predominaron las estancias de cuatro a siete noches, mientras que las estadías más largas tuvieron una mayor presencia en los días previos al evento que después.

La Asociación de Hoteles y Turismo del Caribe destaca que los eventos bien posicionados pueden prolongar las estancias, fortalecer los viajes intrarregionales y generar un impacto económico más amplio.

Para República Dominicana, esto abre una discusión que va más allá del Festival Presidente.

La apuesta debería conectar los eventos con:

  • Marketing turístico.
  • Conectividad aérea.
  • Promoción internacional.
  • Oferta hotelera.
  • Gastronomía.
  • Actividades culturales.

Huáscar Jiménez: el Carnaval de Barranquilla muestra hasta dónde puede llegar un festival

El economista Huáscar Jiménez pone sobre la mesa un caso latinoamericano que permite dimensionar el potencial de los grandes eventos.

El Carnaval de Barranquilla, en Colombia, es presentado como uno de los casos de éxito de la región. Según los datos citados por Jiménez, en su edición de 2020 la inversión de US$ 4.6 millones se tradujo en US$ 108 millones de ganancias.

Para Jiménez, República Dominicana parte de una posición favorable por su propia industria musical y cultural.

Santo Domingo fue reconocida por la Unesco en 2019 como Ciudad Creativa de la Música, mientras que el merengue y la bachata fueron declarados Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

A esto se suma la expansión de la oferta de alojamiento, tanto hotelera como mediante plataformas como Airbnb.

Santo Domingo ya tiene parte de la fórmula

La combinación de música dominicana, artistas internacionales, infraestructura, patrimonio cultural y conectividad turística coloca a Santo Domingo en una posición que puede ser aprovechada para atraer visitantes por motivos distintos al descanso tradicional.

Hay dinero en la economía naranja, pero no todo ocurre en la taquilla

La economía naranja también encuentra en los conciertos una fuente de movimiento económico.

Entre enero y octubre de 2023, 11,383 extranjeros llegaron a República Dominicana para asistir a conciertos, equivalentes al 0.17 % de los turistas arribados durante ese período.

Según el Ministerio de Turismo, el 83 % eran extranjeros y 17 % dominicanos residentes en el exterior. El 54 % correspondió a hombres y el 46 % a mujeres, con una estadía promedio de cinco días.

Los principales mercados de procedencia fueron:

  • Estados Unidos: 82 %
  • Puerto Rico: 6 %
  • Canadá: 4 %

Aunque la cifra es pequeña frente al volumen de visitantes que llega por ocio, el dato muestra que existen viajeros que eligen República Dominicana específicamente para asistir a espectáculos.

Una industria que mueve miles de millones

De acuerdo con Fortune Business Insights, el mercado mundial del turismo musical alcanzó los US$ 106,900 millones en 2025.

La proyección apunta a un crecimiento hasta US$ 124,980 millones en 2026 y unos US$ 436,170 millones en 2034, con una tasa de crecimiento anual compuesta de 16.91 %.

La culturóloga Sandra Mustelier Ayala advierte que todo depende de cómo se entienda la categoría de cultura desde las políticas públicas.

“La cultura no debe concebirse como un valor añadido al turismo, no como un simple espectáculo”.

Su planteamiento apunta a que la cultura debe formar parte de una estrategia turística más amplia, vinculada con la identidad, el patrimonio, la creatividad y los valores culturales del país.

Desde esa perspectiva, un concierto internacional puede atraer visitantes, pero el verdadero desafío es conseguir que esos visitantes tengan razones para conocer, consumir y experimentar el país más allá del escenario.

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