Atardecer madrileño a mitad de abril. En la Puerta del Sol, Carlos Baute, cantante venezolano-español, acababa de actuar ante miles de compatriotas reunidos para recibir a María Corina Machado. La Premio Nobel de la Paz 2025 estaba a punto de aparecer en el balcón de la Real Casa de Correos junto a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. La emoción era palpable. Y entonces Baute, micrófono en mano, secundó desde la tarima un cántico que la multitud había empezado a corear: "¡Fuera la mona!" —en referencia a Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro por las fuerzas estadounidenses.

En menos de cuatro segundos, la jornada simbólica más importante del año para la oposición venezolana se convirtió en titular incómodo. Una líder con Premio Nobel de la Paz, recibiendo la Medalla de Oro de Madrid, forzada a distanciarse de cánticos racistas dirigidos a una mujer mestiza. La Embajada de Venezuela en España fue la primera en pedir disculpas —al pueblo español, no al venezolano—. La paradoja estaba completa: el régimen autoritario al que MCM combate salió, ese fin de semana, mejor parado que ella en términos de estrategia y de comunicación.

Esa escena condensa todo lo que cabe analizar de la visita: una brecha sostenida e instructiva entre un capital simbólico inmenso y una eficacia estratégica menor.

Lo que se jugaba en Europa

Madrid no era una escala más. Tras Oslo y tras meses de gira europea —Macron en París, Jetten en La Haya, instituciones comunitarias en Bruselas—, España era el eslabón más delicado de la cadena.

Por tres razones. La primera, la diáspora: España alberga la mayor concentración de exiliados venezolanos de Europa, especialmente en Madrid. Es la audiencia más emocionalmente cargada y políticamente activa que MCM iba a encontrar fuera de Caracas. La segunda, las gratitudes pendientes: Edmundo González —reconocido por la oposición como presidente electo en 2024— vive exiliado en Madrid tras ser sacado del país en un avión militar español. Decenas de miles de venezolanos han recibido nacionalidad o regularización gracias a la política humanitaria del gobierno español. La tercera, la asimetría política con Estados Unidos: la Casa Blanca de Donald Trump ya estaba flexibilizando sanciones contra el gobierno interino de Delcy Rodríguez, mientras Sánchez mantenía una posición más cautelosa.

España, en otras palabras, podía haber sido el contrapeso europeo. La salvaguarda institucional. La póliza de seguro frente a un eventual viraje impredecible en Washington. En lugar de eso, Madrid se convirtió en el escenario donde más cosas se rompieron al mismo tiempo.

El catálogo de errores

El primero, y probablemente el más grave: el rechazo a reunirse con el presidente del Gobierno. Si el episodio del cántico fue falla de gestión y previsión —errores reparables en cualquier organización joven—, este fue otra cosa: error de juicio político. Decisión personal, deliberada, defendida con razones cambiantes y con un tono de autoridad personal. Y el juicio político es exactamente lo que se examina cuando una líder transita de ser figura de la resistencia a aspirar a estadista. Pedro Sánchez ofreció la cita pública y reiteradamente. MCM la declinó alegando primero que "no era oportuna"; cuando esa razón quedó corta, adujo que la cumbre de líderes progresistas celebrada simultáneamente en Barcelona —con Lula, Sheinbaum, Petro— "demostraba por qué no convenía" la reunión. Dos justificaciones sucesivas y desconectadas para una misma decisión. Y cuando fue interpelada en entrevista con El Español, lo zanjó así: "con quién me reúno y con quién no me reúno, lo decido yo". En boca de cualquier líder, es un derecho; en boca de una jefa opositora que aspira a presidir una transición ordenada, es un error de juicio político y diplomático, defendido con razones inestables. Lo apuntó Marc López Plana, director de Agenda Pública: para MCM, puentear a Sánchez no fue solo perder una fotografía —fue cerrarse las puertas de la Zarzuela, porque en el protocolo español esos accesos transitan por el Ejecutivo, y convertir su causa en munición de la política doméstica española. Sánchez podría haber sido la mejor póliza de seguro de MCM frente a un Trump impredecible.

El segundo error: la injerencia. En el Foro Nueva Economía, MCM dijo desear que España celebrase pronto "elecciones impecables". El recado, dirigido implícitamente al gobierno actual, fue captado al instante. José Manuel Albares, ministro de Asuntos Exteriores, la acusó de "falta de respeto" a las instituciones españolas y de actuar como "líder de una facción ideológica". Para una visita que aspiraba a sumar respaldos europeos, regalar al ministro de Exteriores del país anfitrión un argumento de injerencia es un autogol difícil de explicar.

El tercero: las sanciones. Machado calificó de "gran error" el respaldo del gobierno español al levantamiento de las sanciones internacionales contra el régimen de Delcy Rodríguez. Coherente con su discurso histórico de presión máxima. Pero estratégicamente incoherente —y la palabra pesa especialmente en su caso, porque la coherencia ha sido el activo central de la "Dama de Hierro" durante dos décadas—, porque Trump —el hombre que ordenó la captura de Maduro— es precisamente quien más activamente está flexibilizando esas sanciones. En Truth Social escribió textualmente que Delcy Rodríguez está haciendo "un gran trabajo" y trabajando "muy bien" con los representantes estadounidenses. MCM atacó a Sánchez por la misma política que su "socio" en Washington está liderando, y elogiando con entusiasmo. Es la asimetría que más debilita su argumento: se muestra intransigente con Madrid y silenciosa con Mar-a-Lago sobre el mismo asunto.

Anatomía de un episodio incómodo

Pocos episodios condensan mejor las carencias estratégicas de la visita que los cánticos de la Puerta del Sol.

Si el entorno de Machado hubiese entendido que Madrid no es Caracas, habría anticipado que un cántico de ese tipo, jaleado por un artista popular como Baute, sería detonante mediático. Boris Izaguirre —escritor y presentador venezolano afincado en España desde los noventa, conocedor tanto de la diáspora como del público español— ofreció la mejor pista de todas: él, dijo a Europa Press, decidió no asistir al acto del sábado precisamente porque "era muy posible que entre la emoción se te escapara algo que no necesariamente era una buena idea". Quien conoce el código emocional de la base, lo previó. La organización de MCM, no.

La respuesta del entorno, cuando el incendio ya ardía, fue dispersa. MCM se distanció en entrevista con EFE: "Jamás se escuchará en mi boca una palabra o una expresión que juzgue o descalifique a una persona por su religión, por su género o por su raza". Carlos Baute publicó un mea culpa que en sí mismo era un ejercicio de equilibrismo: pidió disculpas "por las formas" pero aclaró que no lo hacía "por sus valores ni por lo que representa", y mucho menos —añadió— "por lo que pienso". O sea, lo siento pero no lo siento, en un mismo gesto.

La Embajada de Venezuela, en cambio, emitió un comunicado muy bien calculado: la propia diplomacia chavista pidiendo perdón al pueblo español por los hechos —no al venezolano, no a Delcy Rodríguez—, calificándolos de "crímenes de odio" y leyendo con precisión un código cultural que MCM y su entorno parecen no haber registrado: la sensibilidad europea ante las cuestiones raciales, donde el bullying racial no se tolera como chiste —como ocurre con frecuencia en Latinoamérica— sino que erosiona reputaciones de inmediato. Una jugada de lectura cultural precisa, ejecutada en menos de 48 horas. Y los hermanos Rodríguez sellaron la operación con una respuesta coordinada y retóricamente sofisticada. Jorge —presidente de la Asamblea Nacional— encabezó una peregrinación nacional en la que desactivó el insulto con humor antropológico ("todos somos monos, somos Homo sapiens, una especie de primates"), lo devolvió como invitación a la diáspora ("¿Nos llamaste monos? Vente para Venezuela, aquí vas a estar mejor") y remató con la línea más demoledora: que si Vox llegara al poder en España, expulsaría primero a los mismos venezolanos que coreaban con él. Delcy, en paralelo, publicaba en sus redes un video de campaña apareciendo en los Médanos de Coro con una camiseta que decía "Llegaron los monos". Convirtieron el insulto en bandera. En 72 horas, el régimen había transformado un improperio racista en una victoria narrativa.

Cuando un adversario autoritario gana el pulso comunicacional en un episodio que tú propiciaste, la responsabilidad no es del adversario.

El error estructural de audiencias

Aquí está el corazón del problema. MCM habló todo el fin de semana para su base, no para Europa.

La diáspora venezolana en Madrid quería catarsis. Quería gritar, abrazarse, llorar, pedir libertad y prometer regreso. Y MCM les dio exactamente eso: la frase movilizadora "a levantar la voz y a hacer las maletas porque vamos de vuelta", la imagen del balcón, la fotografía con Ayuso en lo que la presidenta madrileña llamó "la capital del mundo libre". Un éxito emotivo indiscutible. Pequeño síntoma revelador en la cobertura del día siguiente: ABC presentó esa frase movilizadora traducida al vosotros peninsular —"Levantad la voz y haced las maletas; volvemos a Venezuela"—, como si la causa venezolana, ya en Madrid, hubiera dejado de enunciarse en venezolano.

El problema es que cualquier gira internacional tiene siempre, como mínimo, dos audiencias principales: la base y los interlocutores. Lo que electriza a la primera puede destruir a la segunda. Y MCM, sistemáticamente, optó por la primera. La fotografía con Abascal, las declaraciones contra Sánchez, los desaires a la Moncloa: todo medible en aplausos en los cafés de Salamanca, todo costoso en las cancillerías europeas. Andrea Ropero lo demostró bien en su entrevista a Leopoldo López en El Intermedio (La Sexta): no se conformó con la respuesta de manual y volvió varias veces sobre el mismo tema. Cuando le preguntó quién había hecho más por Venezuela, si Ayuso y Feijóo o el gobierno español actual, López intentó escapar por varias vías —el rodeo histórico, la equivalencia falsa, el "depende"— pero Ropero no soltó la pregunta. Tras varios reintentos, López terminó admitiendo que el gobierno español había regularizado a decenas de miles de venezolanos, le había dado a él la nacionalidad, había sacado a Edmundo González en un avión del Ejército. El video se viralizó como recordatorio incómodo.

La confusión ideológica: dos socialismos

Subyace a estos errores una confusión categorial extendida en buena parte de la diáspora venezolana, y vale la pena desactivarla con calma —no con polémica, sino con historia—. El reflejo opositor venezolano tiende a tratar al socialismo democrático europeo como si fuera la misma cosa que el socialismo autoritario chavista o castrista. La confusión es comprensible: veintisiete años escuchando a un régimen autodefinirse como socialista enseñan a desconfiar de la palabra. Pero analíticamente es errónea, y políticamente sale cara.

El mecanismo tiene incluso nombre en la teoría política: la generalización del marco traumático. Quien sufrió bajo un símbolo extiende el rechazo de ese símbolo a todo lo que lo comparte, independientemente del contenido real. La emoción es legítima; el problema es elevarla a categoría analítica.

Las dos tradiciones se separaron formalmente hace mucho —y, de hecho, lo hicieron dos veces—. La Internacional Socialista, recién refundada tras la Segunda Guerra Mundial, adoptó en Frankfurt en julio de 1951 la Declaración de Objetivos y Tareas del Socialismo Democrático, un documento explícitamente concebido como deslinde frente al modelo soviético: afirmaba que el socialismo sin libertad no es socialismo, sino tiranía. Ocho años después, en noviembre de 1959, el SPD alemán ratificó ese giro en su congreso de Bad Godesberg: abandonó la lucha de clases, aceptó la economía social de mercado, identificó el socialismo con la democracia y abrazó el pluralismo competitivo. Ambas rupturas influyeron en todos los partidos socialistas del continente —el PSOE español, los socialistas franceses, los laboristas británicos, los socialdemócratas nórdicos— y produjeron, en las décadas siguientes, a figuras como Willy Brandt, Olof Palme y, en lo que toca directamente a esta visita, a Felipe González: el mismo expresidente del gobierno español que se sentó al lado de María Corina Machado en el Foro Nueva Economía y al que ella misma trata como referente democrático.

El "socialismo del siglo XXI" venezolano y el modelo cubano comparten esa palabra, sí, pero su práctica pertenece a otra familia: captura del aparato electoral, persecución sistemática de la disidencia, control discrecional de la economía, eliminación de los contrapesos institucionales. Académicamente se les clasifica más cerca del populismo autoritario o del autoritarismo competitivo (en la terminología de Levitsky y Way) que del socialismo en cualquier acepción europea contemporánea. La etiqueta es la misma; el contenido, no.

Dimensión Socialismo democrático europeo (PSOE, SPD) Socialismo autoritario (chavismo, castrismo)
Origen del poder Elecciones libres y competitivas Toma o retención del poder, control del aparato electoral
Pluralismo Coexistencia con oposición y prensa libre Persecución sistemática de la disidencia
Alternancia Aceptada como norma Inexistente o simulada
Estado de derecho Tribunales independientes, separación de poderes Justicia subordinada al Ejecutivo
Modelo económico Economía mixta, mercado regulado, estado de bienestar Estatismo discrecional, captura de rentas
Posición frente a Caracas Crítica del régimen, apoyo humanitario a la diáspora Solidaridad ideológica caso por caso

Que esta diferencia importa en la práctica lo demuestra el comportamiento de la socialdemocracia europea frente al chavismo: Felipe González ha sido durante dos décadas uno de sus críticos más duros, llamando a Maduro "dictador" en términos inequívocos; los socialdemócratas alemanes, portugueses, holandeses y nórdicos votaron a favor de las sanciones europeas; el grupo socialista en el Parlamento Europeo respaldó las resoluciones de condena. La socialdemocracia europea no es aliada de Caracas; es, en gran medida, su crítica desde dentro de la propia familia ideológica que el régimen invoca. Confundir las dos cosas convierte a aliados naturales en enemigos imaginarios.

Hay además un cálculo aritmético sencillo que conviene tener presente. En el Parlamento Europeo de la legislatura 2024-2029, las fuerzas progresistas y de centro —que el reflejo opositor venezolano tiende a tratar como ideológicamente sospechosas por proximidad léxica con el chavismo— controlan más de un tercio de los escaños y son socio indispensable de cualquier mayoría que sostenga sanciones o resoluciones contra el régimen. Lo mismo ocurre fuera de Europa: el expresidente chileno Gabriel Boric, socialista democrático sin ambigüedades, ha sido uno de los críticos latinoamericanos más inequívocos del chavismo. Una estrategia que aliene a esa familia política no es coherencia: es renunciar a la mitad del tablero.

Sánchez no es Maduro. El PSOE no es el PSUV. Tratarlos como equivalentes —aunque sea para movilizar emoción interna— es un error analítico que paga caro en Bruselas, donde quienes deben sostener la presión sobre Caracas son, en buena parte, socialdemócratas. Es también un error táctico, porque el voto de España en la Unión Europea pesa, y Sánchez lo controla.

Vale el matiz, en justicia: MCM no fabricó las sospechas. El PSOE ha cultivado durante años una relación ambigua con el chavismo —desde el papel opaco de Zapatero como mediador sin mandato oficial hasta su voto contra el reconocimiento de Edmundo González en el Congreso— que da pie a desconfianza legítima. Pero distinguir entre el partido y los gestos personales de un expresidente, por un lado, y el gobierno, por otro, es parte del oficio que aquí faltó. Una cosa es desconfiar; otra es desairar públicamente. La diplomacia no exige amar a tu interlocutor; exige reconocer que existe.

Causa grande, estrategia pequeña

Visto en conjunto, lo que el episodio madrileño revela es una propensión recurrente: confundir la fuerza moral con la estrategia y la táctica, la pureza ideológica con la eficacia política, la base entusiasta con la mayoría posible. La pregunta que la visita deja abierta es la que la define mejor: ¿puede una líder con causa legítima, coraje personal indiscutible y capital simbólico máximo destruir su eficacia estratégica por no entender que las audiencias importan tanto como los principios?

La respuesta de Madrid parece ser que sí. Y no es un problema de carácter, sino de oficio. María Corina Machado tiene la grandeza de haber sostenido una causa imposible durante dos décadas. Tiene el aura de un Premio Nobel ganado con riesgo personal real. Tiene el respaldo emocional de millones de venezolanos dentro y fuera del país. Lo que no tiene —todavía— es el reflejo del estadista: la capacidad de tratar a interlocutores incómodos como activos, no como impurezas; de leer cada audiencia en su lenguaje sin traicionar el mensaje central; de entender que la transición venezolana se decidirá en Caracas y en Washington, sí, pero que el camino para llegar hasta allí puede ser impulsado por capitales como Madrid, Berlín o Bruselas, y que cada error diplomático es un escalón que se pierde.

Madrid no era Caracas. La intransigencia que la mantuvo viva ante un régimen autoritario puede ser una desventaja en los pasillos diplomáticos, y el capital simbólico, sin gestión estratégica, se gasta más rápido de lo que se acumula. Si MCM aprende esa lección —y aún tiene tiempo de hacerlo—, podrá reescribir el capítulo de Madrid como un tropiezo de aprendizaje en su tránsito de líder de la resistencia a estadista. Si no, quedará como el caso de estudio que ya es.

Melvin Peña

Estratega de comunicación

Melvin Peña es un consultor de negocios en comunicación y marketing. Periodista, mercadólogo. @melvinpenaj

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