El voluntariado en República Dominicana está en todas partes, pero rara vez aparece donde se toman las decisiones.

Si intento identificar algunos de los momentos que más han marcado mi formación, no encuentro instituciones ni estructuras formales. Encuentro personas. Voluntarios.

Pienso en las catequesis de mi comunidad, en Moca, con la profesora Justina. Pienso también en Jonet y Richard Bown, la familia que me recibió en el Reino Unido durante mi experiencia intercultural con AFS. Mi historia, como la de tantos otros dominicanos, está atravesada por personas que decidieron dedicar tiempo, energía y afecto a otros sin esperar recompensa económica. Personas que, quizá sin proponérselo, ayudaron a moldear quién soy.

Y, sin embargo, ninguna de esas horas aparece en una estadística nacional. Ninguno de esos gestos que formaron carácter, ampliaron horizontes y sostuvieron trayectorias figura en el Producto Interno Bruto ni en los principales indicadores con que solemos describir el país. Ahí está una de las grandes paradojas del voluntariado dominicano: está en todas partes, pero rara vez aparece donde se toman las decisiones.

Cada día, miles de personas acompañan niños y adolescentes, sostienen organizaciones sociales, impulsan jornadas ambientales, apoyan procesos educativos, asisten a personas enfermas, promueven cultura, deporte o convivencia comunitaria. Lo hacen en barrios, escuelas, iglesias, fundaciones, clubes, hospitales y comunidades rurales. Es una fuerza real, extensa y decisiva. Pero sigue siendo, en gran medida, una fuerza invisible.

No porque falte. Porque no la estamos midiendo.

Y en política pública hay una verdad incómoda: lo que no se mide bien, no pesa. Lo que no pesa, no entra en la conversación seria sobre prioridades nacionales, presupuestos, incentivos y reformas. El voluntariado termina entonces reducido a algo que se aplaude, pero no se integra; que se celebra, pero no se estructura.

Ese es el riesgo.

Una fuerza social sin traducción estadística

En República Dominicana, el voluntariado existe en la práctica mucho más de lo que existe en la evidencia. Sabemos que mueve comunidades, fortalece organizaciones y, en muchos casos, cubre vacíos que ni el mercado ni el Estado logran atender plenamente. Pero no contamos todavía con una medición suficientemente robusta y visible de su aporte.

No disponemos de una cuenta satélite, ese instrumento estadístico que permite medir sectores no plenamente integrados en las cuentas nacionales, que estime con claridad la contribución del trabajo voluntario. Tampoco contamos, con la frecuencia y profundidad necesarias, con encuestas que capten cómo, cuánto y dónde sirven los dominicanos. No hemos construido aún una narrativa nacional respaldada por datos que traduzca esa energía cívica en valor social, económico e institucional.

El resultado es serio. Sin cifras, el voluntariado queda a merced de percepciones vagas. Se le considera valioso, sí, pero secundario. Noble, pero no estratégico. Inspirador, pero no central.

Y eso distorsiona la realidad.

Porque el voluntariado no es un adorno del desarrollo. Es parte de su infraestructura humana. Es capital social en acción. Es confianza organizada. Es tiempo, talento, experiencia y vínculos puestos al servicio del bien común.

Si ese aporte desapareciera de golpe, el país lo sentiría de inmediato.

2026 no puede quedarse en protocolo

Este 2026 ha sido declarado Año Internacional de los Voluntarios para el Desarrollo Sostenible. En la República Dominicana ya se ha puesto en marcha un comité nacional para impulsar esta agenda, del cual formo parte.

Eso abre una oportunidad que no deberíamos desperdiciar.

Pero la pregunta clave no es cuántos actos conmemorativos haremos. Tampoco cuántas placas entregaremos ni cuántos mensajes institucionales produciremos. La pregunta de fondo es otra: ¿vamos a usar esta coyuntura para fortalecer de verdad la arquitectura del voluntariado en el país?

Porque el mayor peligro no es la falta de entusiasmo. Es la superficialidad. Es salir de 2026 con muchas fotos y muy poca capacidad nueva. Con mucho reconocimiento simbólico, pero sin un salto real en medición, articulación y política pública.

Si este año termina sin avances concretos en evidencia, seguiremos exactamente donde estamos hoy: con un voluntariado generoso, activo y extendido, pero todavía débilmente incorporado a la visión estratégica del país.

Lo que perdemos cuando no contamos

No medir el voluntariado no es una omisión técnica menor. Tiene consecuencias reales.

Primero, produce invisibilidad presupuestaria. Si el Estado no logra estimar cuánto valor genera el voluntariado en salud, educación, ambiente o gestión comunitaria, difícilmente diseñará incentivos, programas o marcos de apoyo acordes con ese aporte.

Segundo, nos impide ver con claridad una parte importante de nuestra capacidad instalada. Cada voluntario que enseña, organiza, orienta o acompaña está transfiriendo conocimiento, tiempo útil y energía social. No registrar eso es subestimar al país.

Tercero, debilita la cohesión social. El voluntariado no solo resuelve problemas puntuales. También produce confianza, sentido de pertenencia y cultura de corresponsabilidad.

Cuando no contamos el voluntariado, no solo dejamos fuera a quienes sirven. También empobrecemos la comprensión que tenemos de nosotros mismos como sociedad.

Del reconocimiento moral a la inteligencia pública

No se trata de burocratizar la solidaridad. Se trata de darle al voluntariado el peso que merece en una democracia moderna.

Eso exige pasos concretos.

Exige avanzar hacia mecanismos que permitan registrar y certificar horas de servicio, especialmente para jóvenes, de modo que el voluntariado también sea reconocido como experiencia formativa.

Exige una Encuesta Nacional de Voluntariado que nos permita saber quiénes participan, en qué territorios, en qué causas y con qué motivaciones.

Exige mejores metodologías para estimar el valor económico y social del tiempo voluntario, no para mercantilizarlo, sino para entender con seriedad cuánto aporta.

Y exige incorporar el tema en una conversación más amplia sobre desarrollo, ciudadanía y fortalecimiento institucional.

Solo entonces podremos decir, con evidencia en mano, que el voluntariado no es un actor periférico, sino una de las bases silenciosas sobre las que descansa buena parte del país.

Una tarea de país

Desde aquellas catequesis en Moca hasta mi experiencia en el extranjero, he aprendido que el voluntariado cambia vidas de forma profunda. Lo hace sin estridencia, pero su huella permanece.

Ahora bien, en un mundo que se mueve por datos, la buena voluntad por sí sola ya no basta. El voluntariado dominicano necesita reconocimiento, pero también necesita evidencia. Necesita ser comprendido como una fuerza social medible, defendible y fortalecible.

El reto de 2026 debería ser ese: sacar al voluntariado de la anécdota y llevarlo al terreno de la estadística, de la política pública y de la planificación nacional.

Porque un país que no mide una de sus mayores reservas de solidaridad corre el riesgo de minimizarla. Y un país que la minimiza termina debilitando una de sus mejores herramientas para construir comunidad, confianza y futuro.

Ya es hora de darle a la solidaridad dominicana no solo reconocimiento moral, sino también peso institucional.

Porque lo que no medimos, al final, tampoco lo defendemos.

Pablo Viñas Guzmán

Educador, gestor cívico

Pablo Viñas Guzmán es director ejecutivo de AFS Intercultura en República Dominicana, gestor cívico y educador. Desde esa posición lidera programas de intercambio educativo, formación de jóvenes líderes, cooperación intersectorial y participación ciudadana. Es líder de GivingTuesday en República Dominicana y forma parte de su red global, además de presidir la Junta Directiva de Alianza ONG y participar activamente en otros espacios de articulación del sector social. Ha sido consultor y conferenciante en diplomacia pública, educación global, voluntariado internacional y fortalecimiento institucional en América Latina, Europa y Asia. Ha diseñado y ejecutado programas con el apoyo de agencias de cooperación y organismos internacionales, y ha colaborado con iniciativas de la Unión Europea, WINGS y otras plataformas en la consolidación de ecosistemas filantrópicos en el Caribe. Cuenta con formación en Derecho, Negocios Internacionales, Liderazgo Cívico y Diplomacia, y es egresado del Programa Executivo en Estrategia de Impacto Social e Innovación de la Universidad de Pensilvania.

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