Hoy jueves 23 de abril escribo estas líneas para ser publicadas el sábado en Acento, periódico virtual que me ha abierto las puertas con mucho cariño.

Tengo la dicha de que detrás de mi casa está la escuela básica Padre Billini, desde mi azotea, en la cual veo despertar el día cada mañana, escucho claramente todo lo que acontece en ella, desde la llegada de los niños, el momento previo al alza de la bandera, hasta la entonación de los himnos patrios y las recomendaciones con mucha solemnidad de las maestras. (Aquí entre nos, muchas veces hasta cursis y ridículas, pero así somos los maestros).

Hoy si no es por ellos ni me recuerdo de que se celebra el «Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor». En la República Dominicana también celebramos el día del Bibliotecario.

En el año 1995 la Unesco proclamó oficialmente este día para rendir homenaje universal a los libros y autores, fomentando el acceso a la lectura y fue escogido porque coincide con el fallecimiento de grandes figuras de la literatura universal: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el inca Garcilaso de la Vega.

Tengo que remontarme a cuando trabajaba en un colegio como bibliotecaria. Por muchos años organicé durante una semana ferias del libro que terminaban en este día. Invitaba a participar a las principales librerías de la ciudad y siempre tuve su apoyo. Enviaban suficiente material y personal que con mucha entrega y entusiasmo trabajaban en ellas.

Otra de las cosas que hacía era que premiaba a los principales lectores, debo recordar a «mi sobrino Carlos», como siempre le he llamado, el hijo de la profesora y amiga Carmen Holguín, era un gran lector, ojalá lo siga siendo, aunque es herencia de su madre, de quien tengo muchas anécdotas contadas por ella desde que era una adolescente y se trancaba a leer para que no la molestaran.

También hacía concursos de poesía, recuerdo una digna de una antología, la escribió Giselle De León, además de escribir era una gran lectora, pero no de cuentos y novelitas, de grandes obras de la literatura universal. Ella con apenas quince años acostumbraba a visitarme en la biblioteca a comentar sobre lo último que estaba leyendo. Recuerdo que con mucho entusiasmo me comentó sobre la novela «El perfume» del escritor alemán Patrick Süskind. Por coincidencias de la vida, a los pocos días de sus comentarios cayó en mis manos un ejemplar y lo devoré con mucha expectativa, aunque en el fondo, no es una novela que despierte una devoción dentro del género suspenso y terror.

Recordando uno de esos concursos, creo que he sido en la vida muy privilegiada. Invité al poeta nacional don Pedro Mir, valiéndome de una persona allegada, para que fuera a entregar un premio y parece que las personas mientras son más grandes y notables, son más humildes. Le dio la importancia como si se tratara de una premiación nacional. Fue una experiencia imborrable en mi vida.

Con relación a la humildad debo recordar dos anécdotas. En una ocasión me encontraba de visita en una casa, la dueña de la casa le pidió a un pariente que le tocara algo en un violín que tenía guardado desde hacía mucho tiempo, el músico le dijo que él no tocaba en violines así. Su arrogancia con el tiempo no lo ha hecho trascender. Es uno más del montón.

Pero contrario a esto, en una oportunidad le pedí a una chinita llamada Penny, del cuarto de bachillerato, brillante, que le cantara en chino a los niños que estaban en ese momento en la clase y ella sin protestar, sin avergonzarse ni hacer una escena, les cantó con mucha gracia. Esa adolescente pintó la evolución de nuestro escudo dominicano que por años estuvo en las galerías del colegio, hasta que un día los mandaron a quitar, los tiraron y fue un valioso material perdido.

¿Qué será de esas chinitas: Penny, Rita, Sunny y Jenny la más pequeña, luego de volverse a su país a quienes recuerdo con tanto cariño?

Hoy celebro este día, sin librerías ni libros, esperando por alguien que se recuerde de que ellos existen.

Elsa Guzmán Rincón

Bibliotecóloga

Maestra y Bibliotecóloga, retirada.

Ver más