El lunes 5 de enero de 2026, mientras las cámaras de Telemicro Canal 5 iluminaban un panel que pretendía ser de análisis y terminó siendo de presagio, recordé en voz alta una analogía que muchos preferían no escuchar.
Dije que la captura de Nicolás Maduro, vivo y no ajusticiado, evocaba de manera inquietante la eliminación de Rafael Trujillo y el largo interregno que siguió a su desaparición, con Joaquín Balaguer administrando el país como quien cuida una casa ajena mientras llegan los verdaderos dueños.
Mostré incluso mi libro Los Estados Unidos en el Derrocamiento de Trujillo, como quien enseña un mapa antiguo para explicar una guerra nueva.
Lo que sigue no es una repetición mecánica de la historia, porque los tiempos no se repiten: se reconocen. Venezuela no es la República Dominicana, ni el Caribe de 1961 es el de 2026, pero la lógica del poder conserva una memoria obstinada.
Como solía decir el profesor Euclides Gutiérrez Félix, con la serenidad de quien ha visto demasiadas traiciones para sorprenderse: en política se hace lo que conviene.
La política internacional rara vez se decide en los salones donde se recitan principios como letanías. Se decide, casi siempre, en habitaciones sin ventanas, con mapas extendidos como pieles de animales derrotados, informes de inteligencia subrayados con lápiz rojo y una pregunta brutal flotando en el aire: ¿qué conviene ahora? Venezuela ha vuelto a ser el escenario donde esa pregunta se formula sin pudor y se responde sin culpa.
La captura de Maduro, a inicios de enero de 2026, fue el golpe seco que hizo añicos todas las ficciones diplomáticas acumuladas durante años.
No hubo negociación, ni mediación, ni transición adornada con palabras nobles. Fue una operación de fuerza ejecutada en la capital del país, con un mensaje tan simple como definitivo: Washington había dejado de esperar. Desde ese momento, el tiempo ya no se discutiría; sería impuesto.
En esa clave debe leerse la visita del director de la CIA, John Ratcliffe, a Caracas. No fue un gesto simbólico ni una cortesía protocolar, sino una confirmación solemne de que la administración de Donald Trump había decidido reconocer, de hecho, a un poder transitorio capaz de garantizar orden, control territorial y cooperación inmediata.
La reunión con Delcy Rodríguez, presentada como presidenta interina, selló una evidencia incómoda: Washington no estaba interesado en debates jurídicos ni en epopeyas democráticas, sino en gobernabilidad.
El mensaje fue tan claro que casi resultó ofensivo en su franqueza. Estados Unidos buscaba un “mejor relacionamiento de trabajo”. Traducido al idioma real de la geopolítica, eso significaba inteligencia compartida, control del narcotráfico, neutralización de enemigos y una estabilidad mínima que permitiera al petróleo volver a fluir bajo reglas previsibles.
Venezuela dejaba de ser un ideal democrático frustrado para convertirse, sin rodeos, en un problema estratégico que debía ser administrado.
Ese realismo explica el malestar que se propagó como fiebre entre sectores de la oposición venezolana.
La reunión casi simultánea de Trump con María Corina Machado, figura moral del antichavismo, contrastó con la decisión práctica de no colocar en el poder a su entorno político inmediato. Para muchos de sus seguidores, aquello fue una traición.
Para Washington, fue apenas una constatación antigua: los símbolos conmueven, pero no gobiernan.
Estados Unidos ya había aprendido esa lección en otros escenarios donde las oposiciones puras, los liderazgos impecables y las revoluciones bien intencionadas naufragaron al primer contacto con el Estado real. Trump, que nunca ha ocultado su desprecio por la diplomacia ornamental, optó por una salida funcional, incluso a costa de enemistarse con aliados circunstanciales y de dinamitar relatos cuidadosamente construidos.
El petróleo, como siempre, volvió a ocupar el centro del tablero. La incautación de buques vinculados al crudo venezolano y la presión sobre la llamada flota sombra revelaron que la política hacia Caracas no era solo política: era económica, energética y estratégica.
Washington quería asegurarse de que el petróleo venezolano no financiara redes criminales ni potencias adversarias, y que el mercado obedeciera a una nueva disciplina. La soberanía, invocada durante años como escudo retórico, cedía ante la lógica de la seguridad y del mercado.
Desde una perspectiva histórica, lo que ocurre en Venezuela no es una anomalía, sino una repetición con nuevos disfraces.
Las grandes potencias no actúan por altruismo, sino por interés, y luego escriben la historia de modo que ese interés parezca virtud. En este caso, el relato combina lucha contra el narcotráfico, estabilización regional y restauración del orden. El método ha sido directo, incluso brutal, pero coherente con la tradición del poder desnudo.
Las críticas no se hicieron esperar. Se habló de derecho internacional, de precedentes peligrosos, de la erosión del multilateralismo.
Todo eso es cierto. Pero también es cierto que el multilateralismo llevaba años incapaz de producir una salida efectiva para Venezuela. La pregunta incómoda es si alguien, fuera de Washington, estaba dispuesto a pagar el precio de una solución real.
Trump ha optado por una diplomacia sin maquillaje. No promete paraísos democráticos ni reconciliaciones nacionales inmediatas. Promete orden, control y resultados medibles. Para algunos, eso es cinismo. Para otros, es realismo sin anestesia. En cualquier caso, es poder ejercido sin complejos.
Venezuela entra así en una nueva fase, no necesariamente más justa ni más libre, pero distinta. Deja de ser un limbo geopolítico para convertirse en un territorio administrado bajo supervisión externa, al menos por ahora.
La oposición deberá reinventarse, la región recalibrar sus silencios y el mundo aceptar, una vez más, que los grandes principios suelen inclinarse ante los grandes intereses.
Al final, como tantas veces en la historia, la pregunta no es si esto es moralmente correcto, sino si es políticamente eficaz. Trump ha apostado a que sí.
El tiempo, ese juez lento y caprichoso, y la siempre imprevisible realidad venezolana, dirán si la apuesta fue un golpe maestro o el inicio de otra larga temporada de inestabilidad en el trópico.
Compartir esta nota