Los que hemos vivido el Alzheimer en seres queridos cercanos sabemos lo devastador que resulta saber que su cuerpo sigue ahí, pero lo que “es” esa persona ha desaparecido. Al perder la memoria, perdemos la narración de quienes somos. Se esfuma el pasado, se borra el lenguaje en sus estadios más avanzados, los rostros no significan vínculo alguno, simplemente desaparece la madre o el padre, o el familiar o amigo que sea. Es decir, lo que nos constituyó al nacer, la formación de quienes somos por el lenguaje y las relaciones a lo largo de décadas, esta horrible enfermedad la anula. Casi como si volviéramos al momento mismo del parto.

Lo que somos proviene del exterior, de la comunidad en que nos desarrollamos. Con el desarrollo de la lectura y luego del cine y la televisión, la mayor parte de los seres humanos llevan integrados en su interior, no solo lo vivido, sino también lo leído y lo visto en pantallas. Como se acostumbra a decir que quien lee vive varias vidas y se comunica con los muertos, lo mismo se puede decir de las películas. Recibimos elementos más allá de lo que hemos existencialmente vivido.

Nuestras identidades, personales y sociales, son narraciones, las ciencias, nuestras creencias, el sentido común, el afecto y también los odios y los prejuicios. Son cuentos que contamos para buscarle sentido a lo que sentimos, pensamos y hacemos. Las narraciones que vamos elaborando o aprendiendo son nuestra manera de articular grados de sentido a nuestra vida. Quizás la verdad sea cuestión de consensos en el mejor de los casos, o sintonía con lo que nos hace sentir integrados a lo narrado. Por eso cultivar la criticidad, ser originales o crear cosas nuevas, ahonda nuestra humanidad, pero nos excluye de la popularidad y roba serenidad a nuestra existencia. La comunicación siempre es contar algo. En la medida que lo que contamos abre nuevas ideas, nuevas realidades, desarrollamos nuevas narraciones que cuestionan lo acostumbrado, se generan tensiones.

Podemos acercarnos a una definición de lo que somos cada uno como la narración que hacemos de quienes somos a los otros y autoreflexivamente, cambiando constantemente a lo largo de nuestra vida.

Estamos constituidos por los otros, fundamentados en la lengua y cultura (o lenguas y culturas) que nos articuló a partir de nuestro nacimiento, en permanente interacción con los otros, narrándonos constantemente en busca de sentido a lo somos. El silencio, con cierto sentido crítico a lo que plantea Pablo D´Ors, nos enfrenta con el vacío de nuestra interioridad. ¿Es posible cesar el flujo de palabras e ideas de nuestra interioridad? Es cierto que acallar el bullicio de nuestra mente es terapéutico, pero nuestra conciencia siempre es lengua, comunicación, aunque se enfoque en intentar escuchar a quien le habla, sea el otro, como el prójimo, o el Otro, como el absoluto, pero el silencio o el olvido total, implican la anulación de quienes somos y que fue constituido por quienes comenzaron a hablarnos al nacer.

Algunas referencias a la disposición del interior para abrirnos al exterior la encontramos por ejemplo en el Evangelio de Mateo: En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Volver al punto de partida. En Platón encontramos el asombro como origen y principio que nos conduce a la sabiduría. La nada del maestro Eckhart, la de un vacío pleno y luminoso, no basada en las palabras. Nuestro poeta Machado que sintetizó la cuestión con el verso: Converso con el hombre que siempre va conmigo —quien habla solo espera hablar a Dios un día.

Del vacío interior buscando el exterior, sea como vuelta a la niñez, asombro que nos seduce, ejercicio de meditación, o el soliloquio interno, la clave siempre es abrirnos a lo exterior, escuchar los otros, o todavía más radical silenciarnos para que hable el Otro.

En las narraciones identitarias fluyen constantemente dos procesos opuestos y complementarios a la vez, por un lado, la afirmación de nuestra pertenencia al grupo, a la cultura, donde nos articulamos, y por otra parte procesos de diferenciación de los otros grupos culturales. Este mecanismo corresponde con nuestra forma de conocer como seres humanos, lo hacemos identificando un ente por la diferencia con los demás entes. Lo que resulta un proceso natural puede devenir en formas patológicas sociales como el racismo, la xenofobia, la homofobia, la aporofobia, despotismo o la misoginia. Quizás en este punto es bueno recordar al maestro Unamuno a quien le adjudican afirmar que: el fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando. Abrirnos a los otros siempre es la manera más íntegra y plena de vivir nuestra humanidad, nuestra interioridad.

Que sepamos quienes somos y qué nos diferencia de los otros, es un ejercicio epistémico, nunca un ejercicio de valoración o desprecio, ya que lo que soy, y lo que somos, es igual de azaroso e insubstancial que lo que son los otros y sus culturas. Ninguna identidad personal, ninguna estructura cultural, es superior a otra, lo que no niega que podamos evaluar en toda cultura aquellos aspectos que niegan la dignidad humana.

Nuestra interioridad, lo que somos, es articulado desde el exterior y nos demanda escuchar y responder. La alteridad, los otros, nos forjan, elaborando constantemente, y de manera crítica, la narración de quienes somos en la tensión permanente entre lo que nos identifica y lo que nos diferencia de los otros, sin degenerar en chovinismo, egocentrismo o actitudes integristas (sobre todo en política o religión). Lo interior es un vacío que se llena, toma forma, se hace palabra y voluntad, por lo que recibe del exterior y las múltiples maneras en que lo recreamos a lo largo de nuestra existencia

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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