Pensar y escribir, como se ha de saber, son actividades distintas, cuya realización, implica, necesariamente, lucidez mental, disciplina, constancia, imaginación creativa, voluntad enérgica y gran capacidad de trabajo.

Algunos escritores, muy a menudo, serían rechazados porque imaginan poco y piensan mal.

Con frecuencias, usan palabras rebuscadas y altisonantes con el propósito de impresionar y seducir.

Pero, contrario a lo deseado,  dejan en la memoria de sus lectores amargas recordaciones y estelas de abundantes frustraciones.

Duramente cuestionados y detestados, estructuran discursos escriturales fundamentados en trivialidades y falta de sentido.

Por eso apelan a lo indecible.

Y lo peor: transmiten mensajes  desprovistos de claridad.

Debido a ello, Schopenhauer lo rechazó y consideró, con razón valedera,  que   deberían tener estilo  explícito;  nunca oscuro, ni complejo.

Con plena seguridad, Aristóteles habría dicho, en la lejana antigüedad griega, que el hábito viene dado por la repetición.

Los escritores auténticos y consciente de sí, son obsesionados con su trabajo; escriben; reescriben y leen sin descanso.

Tachan aquí y corrigen allá.

Y eliminan todo lo superfluo.

Además, procuran que nada falte ni sobre en la obra.

En franca alusión a las correcciones,  Gustave Flaubert diría, con admirable sinceridad: 

“La semana ha sido mala; estoy triste, fúnebre, agobiado, asqueado. Las correcciones que, por fin hice, aunque mal, me fastidian. Para mí no hay nada peor que corregir. Escribo tan lentamente que todo se sostiene, pero cuando altero una palabra, a veces hay que cambiar varias páginas. Las repeticiones son una pesadilla y, además, estoy aterrorizado por todo lo que aún me queda por hacer, ¡cuando pienso que todavía tengo para meses! ¡Es mucho tiempo! (…)”.

Para él, las correcciones fueron verdaderos fastidio.

Vargas Llosa, en cambio, se la gozaba y disfrutaba tanto, que  dijo, en algunas ocasiones, que era lo que más le  gustaba del proceso escritural.

Malvis Gallant, genuina maestra del cuento,  corregía sus escritos hasta dejarlos impecables. De ahí que dijese alguna vez:

(…) Aparco el manuscrito y me pongo a trabajar con otro. Al cabo de un tiempo, cuando vuelvo a mirarlo y pienso que vale la pena conservarlo, empiezo a trabajar con cada página, una tras otra, reescribo, corrijo, página a página, muchas veces, hasta que obtengo una escritura de superficie dura, que no se puede rayar. Entonces sé que no hay nada que cambiar, como los esculturas saben cuándo ha llegado el momento de hacer la colada de bronce. No sé explicarme mejor, pero de repente mi escritura llega a un estado en que me resulta imposible añadir o quitar nada”.

Pensar con claridad y dominar la lógica de corregir, es fundamental para perfeccionar la obra y lograr que sea comprensible.

Resulta que, por razones de intereses, existen escritores  comprometidos con las falacias, el mal, la inmoralidad y la injusticia.

Algo diferente  ocurre  con los que   aman la verdad y respetan la ética del buen decir, ya que escriben para ser entendidos sin esfuerzo teoréticos.

Como cualquier ser humano, se saben parte del mundo, sus dificultades y cosas buenas.

Y no podría ser de otra manera, porque permanecen instalados en el mundo (como diría Ortega y Gasset), mediante la conciencia, construyendo mundos novedosos,  cargados de ficciones.

Por tal razón, no sería aventurado decir que el mundo y máximo grado de conciencia del escritor determinan su cognoscibilidad de las palabras y el dominio apropiado de la práctica escritural.

Fernándo Savater, buen conocedor del mundo,  dice, no sin razón:

Al hombre no le basta con formar parte de la realidad: necesita además saber que está en un mundo y se pregunta inmediatamente cómo será ese mundo en el que no solo habita sino del que también  forma parte. Porque en cierto sentido ese mundo me pertenece (es mi mundo) pero también yo le pertenezco (…)”.

El mundo, como tal, es un todo compuesto de diferentes partes.

Porque se nutren de él, los escritores lo piensa;  imaginan y lo sueñan, quizás, más allá de los relámpagos intuitivos que iluminan la conciencia.

Y ,sin asombro ni pavor, aprehenden los eidos entre dubitaciones y suspensos que pareciesen interminables.

De ello se infiere que su existir, pensar y escribir, sean espejos del mundo, dentro del cual suspiran, viven y se desviven.

Immanuel Kant sostiene que la razón es vital para saber; mientras Savater afirmaría:

(…) la razón no es algo que me cuentan los demás, ni el fruto de mis estudios o de mis experiencias, sino un procedimiento intelectual crítico que utilizo para organizar las noticias que recibo  los estudios que realizo o la experiencias que tengo, aceptando unas cosas (al menos provisionalmente, en espera de mejores argumentos) y descartando otras, intentando siempre vincular mis creencias entre sí con cierta armonía(…)”.

Desde cualquier punto de vista se pudiera colegir, que vivir no basta para comprender el mundo desde el pensar que se piensa y  reflexiona  las cosas mundanas, que pudiesen ocasionar olvidaciones, las cuales, de no ser superadas, los llevarían, probablemente, a pensar lo impensable.

Los escritores que  permiten eso se consumen entre odios, envidias y rencores.

Y cuando crean obras de ninguna calidad estética, sufren  y respiran el aroma fétido de la mala fe, la frustración y la desesperanza.

Por tal motivo,  su existencia pasa con mucha pena y ninguna gloria.

No recuerdan, tal vez por conveniencia, que la mayor felicidad del escritor no depende de la vanidad fugas de premios, reconocimientos y aplausos transitorios (frutos de diligencias truculentas), sino del  deseo ardiente de escribir bien y dejar huellas indelebles en la cultura universal.

Aún así se consideran  mejores; escriben por ego y delirios de grandeza.

Otros escritores, en cambio, no piensan de ese modo.

Por su buen don de gente, siempre ayudarían al prójimo.

Lo hacen por  vocación de servir, sin la menor ínfula de superioridad.

El mejor ejemplo de ello lo constituye la relación establecida entre dos buenos maestro de la escritura: William Faulkner y Sherwood Anderson.

Su amistad  no podía ser mejor.

Faulkner sentiría la necesidad de ser escritor, motivado, esencialmente, por Anderson. Por eso, confesó alguna vez: l

Vivía en Nueva Orleans trabajando en lo que saliera, para ganar un dinero  de vez en cuando. Conocí a Sherwood Anderson. Pasábamos las tardes paseando juntos por la ciudad y hablando con la gente. Luego, por la noche, delante de una o dos botellas, él hablaba y yo escuchaba. Antes del medio día no lo veía nunca. Se quedaba en casa trabajando. Decidí que si esa era la vida del escritor, yo también lo sería. Así empecé a escribir mi primer libro. Y descubrí que escribir era divertido”.

Gracias al gran maestro del relato breve, Faulkner escribiría con intensidad creativa.

Los sabios consejos de Anderson lo escuchó atentamente; los interiorizó y enriqueció con  nuevas prácticas escriturales y  no pocas experiencias de lectura.

Juan Calos Onetti, Gabriel García Márquez y  Mario Vargas Llosa, entre otros escritores, leyeron, con reposada calma, las obras de Faulkner, el cual no se inmutó, ni envaneció  cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 1949.

Aunque la entrega formal se hizo en 1950, no desesperó y mantuvo siempre la paciencia de la espera.

No obstante, nunca olvidaría sus raíces y mantendría, por siempre, el orgullo de escritor.

Joseph Mendoza

Joseph Mendoza. Comunicador social y filósofo con postgrado en Educación Superior, obtenidos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Magister en filosofía en un Mundo Global en la Universidad del País Vasco (UPU) y la UASD. Además, es profesor de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Tiene varios libros, artículos y ensayos publicados y dictados conferencias en la Academia de Ciencias de la República Dominicana.

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