Durante años, muchas decisiones de la vida digital se han tomado lejos de la mirada ciudadana. Los protocolos de una transferencia bancaria, los estándares que conectan un teléfono o las reglas que determinan cómo circulan los datos entre plataformas suelen definirse en espacios técnicos y políticos poco visibles. No siempre sabemos quién participa, qué intereses representa ni cuáles prevalecen. Aun así, sus resultados condicionan la tecnología que usamos todos los días. Con la inteligencia artificial está ocurriendo algo parecido.

Mientras millones seguíamos embelesados con la última semana del Mundial de Fútbol de 2026 y la final entre España y Argentina, en Shanghái se desarrollaba una competencia menos visible, aunque posiblemente más trascendente. Entre el 17 y el 20 de julio, la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial reunió a representantes de 102 países y organizaciones internacionales, además de expertos y empresas. Sin embargo, el movimiento de mayor alcance había ocurrido un día antes.

El 16 de julio, veintinueve países firmaron el acuerdo constitutivo de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial —WAICO—, una organización intergubernamental con sede en Shanghái creada para promover la cooperación y la gobernanza global de esta tecnología. El acuerdo la vincula con la Carta de las Naciones Unidas y con un desarrollo de la IA seguro y equitativo.

Aunque WAICO recibió menos atención que los anuncios tecnológicos de la conferencia, sus efectos podrían ser más duraderos. La competencia ya no consiste únicamente en desarrollar los mejores modelos, sino también en escribir las reglas que determinarán cómo se adquieren, supervisan y utilizan.

Hasta ahora, buena parte de esa conversación se producía en espacios liderados por Occidente. Europa impulsó su Reglamento de Inteligencia Artificial; la OCDE y el G7 marcaron parte de la agenda política, mientras empresas estadounidenses como OpenAI, Google o Anthropic dominaron los modelos más avanzados. Shanghái no desmanteló esa arquitectura. En cambio, colocó otra mesa a su lado.

Los fundadores de WAICO proceden de Asia, África, América Latina y Europa. En ese sentido, resulta revelador quiénes quedaron fuera: ninguna potencia del G7 encabezó la iniciativa y ningún Estado de la Unión Europea figura entre sus fundadores. Más allá de su dimensión técnica, WAICO abre así un espacio alternativo desde el cual China busca ganar peso en las reglas internacionales de la IA.

Eso no significa que el mundo haya quedado dividido en dos bloques. Brasil muestra otra posibilidad. Apenas un mes antes, firmó con la Unión Europea una Asociación Digital sobre inteligencia artificial, datos, infraestructura y servicios públicos digitales. En lugar de escoger una mesa, procura sentarse en ambas.

La oferta china, además, no resulta fácil de ignorar. Xi Jinping anunció cinco mil oportunidades de formación para países en desarrollo y centros de cooperación con distintas organizaciones regionales, incluida la CELAC. Durante la WAIC también se acordaron 32 proyectos de inteligencia artificial en Shanghái por más de 6,000 millones de dólares. Se trata, por tanto, de una propuesta donde convergen reglas, infraestructura, financiamiento, formación y acceso a capacidades tecnológicas que muchos países difícilmente podrían desarrollar por sí solos.

La estrategia tampoco termina en la diplomacia. China ha impulsado modelos abiertos como DeepSeek y Qwen, que pueden descargarse, adaptarse y ejecutarse sobre infraestructura propia. Esa posibilidad reduce barreras de entrada para gobiernos, universidades y empresas con menos recursos, pero también presiona el modelo comercial de compañías estadounidenses que dependen de suscripciones, interfaces de pago y servicios en la nube. La amenaza no consiste solamente en que un modelo chino sea mejor, sino en que resulte suficientemente bueno, más barato y fácil de adoptar. WAICO, visto en ese contexto, puede entenderse menos como una iniciativa aislada que como la dimensión política de una estrategia tecnológica mucho más amplia.

La propuesta puede resumirse en una imagen: China ofrece una casa amueblada. Incluye modelos, infraestructura, formación, financiamiento y cooperación institucional. Muchos países pueden así acceder, en menos tiempo y con menores costos, a capacidades que tardarían años en desarrollar por cuenta propia. Para quienes corren el riesgo de quedar al margen, representa una oportunidad concreta de modernización.

Ahora bien, entrar en una casa diseñada por otros exige conocer sus planos y entender las reglas bajo las cuales fue construida. La cooperación puede producir beneficios reales sin ser neutral ni desinteresada. Por eso, no se trata de rechazar la propuesta china por su procedencia, sino de comprender que junto con la tecnología también viajan prioridades, modelos institucionales y formas de distribuir el poder entre Estados, empresas y ciudadanos.

Ese análisis, por supuesto, no debe aplicarse únicamente a China. Occidente tampoco ofrece tecnologías neutrales. Sus regulaciones, plataformas y estándares también expresan intereses y determinadas formas de entender la privacidad, la innovación y el papel del Estado. La diferencia es que China ha reunido esas piezas dentro de una estrategia diplomática dirigida especialmente hacia los países en desarrollo.

Por esa razón, el debate no debería reducirse a elegir entre Washington, Bruselas o Shanghái. La pregunta de fondo es otra: ¿estamos preparados para relacionarnos con cualquiera de esos ecosistemas sin convertirnos en simples consumidores de decisiones tomadas por otros?

En República Dominicana, esa pregunta tiene una dificultad adicional: nuestra capacidad de escoger no depende únicamente de lo que nos convenga tecnológicamente. Es improbable que tengamos el peso político, económico o científico para influir por nosotros mismos, pero tampoco conviene fingir que podremos movernos entre esas tres capitales con la libertad de quien entra a un colmado y elige entre una Malta Morena y una Malta India.

Por ahora, nuestra prioridad parece ser permanecer en el lado menos incómodo de la tabla de aranceles de Trump. A eso se suman nuestra participación en el Escudo de las Américas y una relación estratégica con Estados Unidos que reduce el margen para acercarnos a iniciativas chinas consideradas sensibles por Washington. Los casos del cable submarino proyectado entre Hong Kong y Chile y de los puertos de Balboa y Cristóbal, situados en los accesos del Canal de Panamá, muestran que la infraestructura crítica ya no se evalúa solo por su rentabilidad. También forma parte de la competencia por la seguridad, el predominio regional y la contención del avance chino.

Tener una capacidad limitada de decisión no significa carecer de intereses. Precisamente porque ese margen es reducido, debemos ampliarlo mediante una agenda propia: formar especialistas capaces de cuestionar los sistemas adquiridos; fortalecer el control sobre nuestros datos; exigir interoperabilidad, portabilidad y auditoría; participar en la definición de estándares; y coordinar posiciones con otros países de la región. La soberanía, para países como el nuestro, quizás no consista en actuar sin presiones, sino en evitar que todas las decisiones lleguen tomadas de antemano.

Durante años aceptamos que las reglas tecnológicas simplemente venían dadas, como si hubieran surgido por generación espontánea. WAICO recuerda que nunca fue así. Detrás de cada estándar, protocolo y plataforma hay países defendiendo intereses, empresas promoviendo negocios y gobiernos procurando ampliar su influencia.

En definitiva, la competencia ya comenzó y no se libra únicamente en laboratorios o centros de datos. También ocurre alrededor de las mesas donde se redactan reglas que terminarán llegando a nuestros aeropuertos, escuelas, hospitales e instituciones públicas. República Dominicana quizás no pueda decidir cómo se organiza esa mesa ni escoger con total libertad en cuál sentarse, pero todavía puede evitar llegar sin agenda y perder la oportunidad de josear un asiento. Porque, en asuntos tecnológicos, conviene participar antes de que se vaya la luz y descubramos que alguien más dejó la casa amueblada, escribió las reglas y hasta pidió la cuenta.

Danny Reyes

Ingeniero civil

Profesional en tecnología y gestión de proyectos | Especialista en Tecnología Electoral, Registro Civil e Identificación | Sistemas de planificación, gestión y monitoreo estratégico | Estudios superiores en Estadística, Innovación y Transformación Digital | Certificado PMP® y COBIT | Miembro del Biometric Institute. https://search.app/TJ2XYsNJq5cLgwHK7

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