1

Comprender que existe una relación estrecha entre historia, cultura y sociedad, que es la base de estudio de la llamada historia cultural. Comprender la enorme influencia de la cultura en la historia, como lo ilustra el gran siglo XVIII. Comprender, como bien lo comprendió Octavio Paz, que la historia social y política del siglo XIX no podría escribirse sin la transformación cultural ocurrida en el siglo anterior y que los grandes cambios políticos y económicos del decimonono no podrían explicarse sin considerar el cambio cultural y espiritual, el cambio de mentalidad que se produjo en el dieciocho, que condujo directamente a acontecimientos como la Ilustración, la Revolución francesa, la Revolución Industrial.

2

Comprender el carácter transversal de la cultura significa comprender que la cultura lo atraviesa todo, lo recorre todo, sin reducir lo atravesado y recorrido, que está presente en todo sin ausentarse de nada, que es una presencia inmanente y no una fuerza reductora, y que, como el arte, es indispensable, no porque esté por encima de todo sino porque no se aparta de nada.

3

Comprender que el modelo de política cultural vigente en el país no puede ser moderno, ni pertinente, ni eficaz para el siglo XXI porque es una copia de nuestro modelo de cultura política, esencialmente clientelar y corrupto, modelo que se reproduce en todas las acciones de políticas públicas del Estado y que solo puede ser cambiado de raíz por una nueva cultura política nacional, lo que supone un nuevo concepto de ciudadanía cultural y un nuevo sujeto cultural.

4

Comprender que ya es hora de dejar de ver la cultura como un elemento accesorio del desarrollo, un añadido, mero apéndice, para empezar a verla como lo que realmente es: eje transversal, tejido mismo de la sociedad, fuerza interna para su desarrollo, totalidad del quehacer humano; que la cultura (y, en particular, eso que hoy se denomina la “cultura creativa”) es motor de desarrollo porque aporta a la construcción de ciudadanía mediante el diálogo, la concertación, la convivencia, la integración, la cohesión; y, a su vez, es factor de desarrollo económico mediante las llamadas industrias culturales y creativas.

5

Comprender que reconocer la cultura como área estratégica es esencial para lograr la cohesión social, fortalecer el sentido de pertenencia y mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos a través de la creación de bienes y servicios que generan empleo e ingresos; que el valor y el impacto de la cultura no se debe medir desde el enfoque estrecho de las finanzas públicas, sino desde la visión amplia de los procesos sociales, por lo que es erróneo considerar la inversión en el sector cultural como gasto improductivo o destinado al beneficio exclusivo de sus agentes culturales (artistas, grupos y entidades) y no como inversión en desarrollo humano.

6

Comprender la doble naturaleza, material y simbólica, de los bienes y servicios culturales generados por una economía creativa significa comprender que estos bienes y servicios son portadores de identidad, de valores y de sentido; comprender sus beneficios concretos respecto a aspectos económicos y sociales: económicos como la productividad y la competitividad; sociales como la cohesión social, la convivencia ciudadana y el sentido de identidad y pertenencia.

7

Comprender que una correcta visión política de la cultura por parte del Estado, si es que puede haberla, debe reconocer su dimensión integral y no reducirla a mero espectáculo o entretenimiento; reconocer que las políticas culturales se deben integrar en las políticas nacionales de desarrollo y, en particular, interactuar con las políticas sociales y económicas; reconocer que el sector cultural debe participar activamente en los espacios en donde se debaten y se toman decisiones sobre políticas de desarrollo y que no se debe marginar ni tampoco automarginarse de esos espacios y procesos.

Calle histórica  de noche en Santo Domingo

8

Comprender que la cultura como acción o praxis es algo que se planifica, se gestiona y se administra desde el presente con visión de futuro y que en esta comprensión se hace necesario discernir entre qué aspectos de la cultura son gestionables y qué aspectos no lo son.

9

Comprender que la cultura de una nación va más allá del manejo oficial por parte de un ministerio de Cultura, que no es cuestión de un ministro de turno, ni de poner a este o a aquel titular, sea o no sea del área, ni de nombrar a este o aquel viceministro, sino más bien de tener una visión clara del papel de la cultura en el desarrollo humano, claridad que supone visión prospectiva.

10

Y, finalmente, comprender que, con harta frecuencia, los mayores enemigos del desarrollo cultural suelen encontrarse en las oficinas de los ministerios de Cultura.

Fidel Munnigh

Filósofo

Filósofo y escritor. Doctor en filosofía por la Universidad Carolina de Praga, República Checa. Profesor adjunto y vicedecano de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Autor de los libros Huellas del errante (2002), La memoria incautada (2007), La condición rebelde (2010) y Pensar la imagen, pensar la mirada (2017).

Ver más