“La tozudez en lo imposible es la madre de la tragedia”. – Albert Einstein.

A pesar de la imposición de aranceles por los Estados Unidos que van del 10% al 49%, alcanzando un 54% en el caso de China, el conflicto entre Rusia y Ucrania no deja de ser centro de atención en los medios occidentales, con las conocidas distorsiones y retorcimientos de los hechos en la narrativa. Washington parece seguir estar apostando por un alto al fuego, bajo la convicción de que podría abrir la puerta a compromisos más amplios que permitan congelar la guerra, aunque los avances son lentos y complicados.

En un primer momento, las negociaciones no lograron detener la guerra de forma real. El acuerdo inicial de salvaguardar las infraestructuras energéticas de ambas partes ha sido violentado varias veces por Ucrania, que continúa atacando zonas estratégicas, afectando al mismo tiempo la infraestructura civil. Mientras tanto, la prensa occidental permanece en silencio sobre las denuncias de ataques contra la población civil rusa, asesinatos de familias enteras en los sótanos de sus hogares y persecución y exterminio de reporteros, atribuyendo esas denuncias del Kremlin a una campaña de desinformación.

La realidad es que el expresidente ucraniano, Zelensky, sigue insistiendo en la prolongación del conflicto, buscando desesperadamente el respaldo de una Unión Europea inmersa en una crisis interna, que ahora también enfrenta una feroz guerra comercial con Estados Unidos. Es de notar, que esta UE que tilda a Rusia de oso agresor y hambriento de nuevos territorios, sigue abasteciéndose significativamente con los energéticos rusos.

El dictador ucraniano ha vinculado su futuro político y el de Ucrania a la inclusión en la OTAN, además de ilusamente pretender la reconquista de las regiones rusoparlantes ocupadas por Rusia. Sin embargo, sus constantes demandas de ayuda y protección a Europa y a la OTAN no solo ponen en riesgo la estabilidad política de su nación, sino que en el fondo pretenden minar los esfuerzos del diálogo entre Rusia y los Estados Unidos.

Zelensky rechaza el acuerdo sobre minerales críticos, que ahora considera oneroso para los intereses de Ucrania, aunque originalmente había ofrecido los activos más valiosos del país a sus aliados. Su postura de no firmar acuerdos y seguir insistiendo en la membresía de Ucrania en la OTAN está dilatando una resolución pacífica del conflicto, al mismo tiempo que las grietas en las relaciones entre sus pretendidos aliados, los que en realidad iniciaron y financiaron esta guerra, se tornan inesperadamente grandes con la agresiva política proteccionista de los Estados Unidos.

En medio de la crisis generada por los aranceles, las negociaciones entre Rusia y Estados Unidos, aunque discretas, muestran indicios de un repunte positivo. No obstante, Zelensky sigue obstaculizando estos acercamientos, temeroso de ser marginado en una resolución que no favorezca completamente sus intereses y que termine enviándole a algún lugar exclusivo de Londres, junto a su familia, a pasar unas “merecidas” vacaciones, siempre añorando su deseo de ver a Ucrania como miembro de la OTAN.

Un acuerdo mutuamente beneficioso con Rusia podría ser la clave para poner fin al conflicto, pero esto solo será posible si Ucrania está dispuesta a reconocer la importancia de la seguridad de ambas partes, además de sus intereses nacionales. En este sentido, la disposición al diálogo y la negociación sería esencial para encontrar una solución sostenible que beneficie de manera equilibrada, dadas las condiciones actuales del conflicto, no solo a Ucrania, sino también a la seguridad de Rusia y estabilidad global.

Un enfoque más flexible por parte de Zelensky podría allanar el camino hacia un alto al fuego efectivo y duradero. Lamentablemente, la realidad actual no parece augurar tal cambio. El expresidente ucraniano, lejos de ser un líder que busca la paz, sigue empeñado en una lucha destructiva que solo beneficia a su círculo cercano de aliados y colaboradores adinerados.

Su enfoque belicista y sus acciones imprudentes, que luego del último compromiso constantemente apuntan a la destrucción de infraestructuras energéticas rusas y a la exacerbación del sufrimiento de la población civil, reflejan un interés claro en perpetuar la guerra, sin importar los costos humanos.

En lugar de buscar una solución pacífica, parece estar más enfocado en mantener un conflicto inhumano, alimentado por la esperanza de derrotar y humillar a Rusia, mientras continúa despreciando a su propia población civil, que ve como un instrumento más de su ambición.

Al igual que el conflicto de Ucrania, el proteccionismo de Trump está minando la capacidad de las naciones para cooperar eficazmente en un mundo cada vez más globalizado. Las políticas unilaterales de aranceles están reconfigurando los acuerdos comerciales internacionales, distorsionando las dinámicas económicas globales y afectando gravemente la competitividad de las economías más pequeñas, que históricamente han dependido del libre comercio y las inversiones extranjeras para su desarrollo.

El proteccionismo está acelerando el proceso de desglobalización, un fenómeno que limita gravemente las oportunidades para los países en desarrollo, que han estado atrapados durante años en las tensiones impuestas por las grandes potencias que, en última instancia, dictan las reglas finales del juego económico global.

Nadie desea esta guerra, y es difícil imaginar que alguien la quiera como una opción de futuro indefinido. Las causas subyacentes de este conflicto han sido puestas en evidencia por voces prominentes del propio Occidente, no por Putin.

Rusia se enfrenta a la amenaza de la OTAN en sus propias fronteras, pero lo que parece ser una confrontación geopolítica no satisface a las potencias occidentales; su objetivo parece ser llevar las tensiones aún más lejos, buscando una confrontación final.

Esa amenaza es comparable a los temores que en su momento agitó Hitler con su visión de dominación mundial, y al igual que entonces, las fuerzas militares occidentales parecen estar empujando el conflicto hacia un desenlace catastrófico.

Ante esta terrible aversión por la historia de los militaristas de Occidente, lo único que podemos hacer es desear que prevalezca la razón y que se logre una convivencia pacífica entre ucranianos y rusos, pueblos unidos no solo por la sangre, sino por una historia compartida, costumbres comunes y tradiciones ancestrales.

Julio Santana

Economista

Economista, especialista en calidad y planificación estratégica. Director de Planificación y Desarrollo del Ministerio de Energía y Minas.

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