A principios de mis estudios en la Universidad Libre de Berlín tuve una novia newyorkina, descendiente de inmigrantes alemanes. Su hermano, que se llamaba Paul Guido, se asombró cuando se enteró de que era dominicano. Al conocerme me dijo: “¿dominicano?, pero no eres negro, así que sospecho que tampoco jugarás baseball”. Tenía razón: ni una cosa ni lo otra.

El hijo de mi amigo Ramón Antonio J. llegó a Santiago de Chile para realizar estudios de postgrado. “Indio” en el lenguaje dominicano, pero casi “negro” en Chile, René tuvo que emplearse para ponerse la camisa de fuerza de “lo dominicano”, por una simple razón: no sabía bailar bachata. Raudo y en un tris, René tomó clases con unos peruanos y en pocos meses debía dominar los pasitos de la bachata aunque a mí me pareció que estaba pimpiado con elementos de los valses peruanos.

En la época gloriosa de David Ortiz, cuando el cómico norteamericano Kenan Thompson parodiaba el inglés masticado de la estrella del baseball y acentuaba cada tres segundos la palabra “mofongo”, la nueva estrella de la gastronomía criolla alcanzó alturas siderales. En aquel 2016 me tocó pasar por los Hights. En el apartamento de Alex Guerrero, el poeta y actor Francis Mateo hizo una olímpica demostración de su sapiencia gastronómica y sus contactos con el bajo mundo, ordenando un “mofongo de mariscos”. Le agradecí profundamente aquellos gestos de cariño a Francis, pero le dije que “el plátano me deprimía”. Y de verdad: cuando tengo que comerme una bola de plátano, sea bajo la modalidad que sea, las horas subsecuentes no me dan para leer a Schopenhauer ni oír las partitas de Bach.

El lunes me encontré con unos estudiantes de un prestigioso colegio secundario. Les pregunté que si dispusieran de una cámara fotográfica y tuvieran que registrar “la patria dominicana”, duraron varios segundos para reaccionar. Luego de aventurar respuestas bien curiosas, los muy pillos me preguntaron que qué yo fotografiara. ¡También duré mis segundos pensando! Mi respuesta: fotografiaría a mis cuatro gatos, que son como uno de los espacios vitales en mis días de Santo Domingo. ¡Los gatos como espacios esenciales de la patria! Sí, de verdad, defendería esa idea… como un gato.

¿Es posible ser dominicano sin interesarle a uno en lo más mínimo la pelota, la bachata, el mangú y el bodrio de la Plaza de la Bandera?

Miguel D. Mena

Urbanista

Editor, docente universitario y urbanista

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