En La derrota de Occidente (2024), el intelectual francés Emmanuel Todd (1951-) no se limita a analizar una guerra ni a disputar una interpretación geopolítica. Su ambición es mayor y más arriesgada: definir qué es Occidente como forma histórica y explicar por qué esa forma ha entrado en una fase de decadencia estructural, entendida no como colapso inmediato o desaparición civilizatoria, sino como pérdida progresiva de centralidad histórica, normativa y cognitiva en el sistema mundial.

Desde las primeras páginas, el enciclopédico Todd advierte que el escándalo de su tesis no reside en anunciar una derrota futura, sino en afirmar que esta ya está en curso, independientemente del desenlace militar inmediato. Tal y como escribe al inicio de La derrota de Occidente: “La derrota de Occidente es una certeza porque Occidente se está destruyendo a sí mismo más que por un ataque de Rusia”. Con ello, Todd no niega la existencia de presiones externas —geopolíticas, económicas o demográficas—, pero las concibe como factores aceleradores de un proceso cuyo origen es interno.

En su argumentación, el actual conflicto ucraniano funciona, no como causa, sino como “prueba de realidad”, es decir, como acontecimiento disruptivo que obliga a contrastar los relatos occidentales con un mundo que ya no responde a ellos, un acontecimiento que obliga a confrontar los discursos occidentales con hechos que ya no confirman su propia imagen del mundo. Por tanto, su afirmación precedente, lejos de ser retórica, condensa el núcleo de su pensamiento: la decadencia de Occidente es endógena, y remite a una crisis de autocomprensión antes que a una derrota infligida desde el exterior, y solo puede comprenderse si se abandona la lectura moralizante del conflicto.

Occidente como construcción histórica y antropológica

Para Todd, Occidente no es una entidad natural ni un bloque eterno de valores universales. Es una configuración histórica específica, resultado de una combinación singular de estructuras religiosas, políticas y sociales. En contra de una visión puramente ilustrada de la modernidad occidental, Todd insiste en el papel decisivo del protestantismo como matriz antropológica profunda, no como causa mecánica del desarrollo moderno, sino como condición histórica de posibilidad de determinadas formas de subjetividad, organización social y relación con el saber:

El protestantismo no fue solo una religión; fue una forma de organización moral de las sociedades occidentales, basada en la alfabetización, la interiorización de la norma y una relación exigente con la verdad”.

Incluso después de la secularización, sostiene Todd, las sociedades occidentales siguieron viviendo de ese capital moral acumulado, una suerte de inercia cultural que prolongó durante generaciones los efectos sociales de una estructura religiosa ya en retroceso. La ética del trabajo, la confianza social, la centralidad de la educación y la relativa cohesión de las clases medias no fueron productos espontáneos del liberalismo, sino herencias transformadas de ese sustrato religioso.

A ello se añadió el Estado-nación moderno, capaz de integrar poblaciones, producir identidad colectiva y ejercer soberanía real. Todd es explícito en ese punto: el Estado-nación no es una superstición ideológica, sino una forma histórica funcional, sin la cual no hay política efectiva ni democracia estable, al menos en el marco de sociedades complejas que requieren mediaciones institucionales duraderas.

Finalmente, Occidente se sostuvo sobre una amplia clase media educada, condición que Todd, siguiendo a Aristóteles, considera indispensable para la estabilidad política. Mientras esa clase media existió y creyó en la movilidad social, Occidente pudo presentarse —no sin hipocresías— como modelo de progreso, en la medida en que esa promesa era socialmente creíble.

La muerte del protestantismo y el advenimiento del nihilismo

La decadencia comienza, según Todd, cuando este equilibrio se rompe. El punto de inflexión no es económico ni militar, sino antropológico: la desaparición del protestantismo como estructura moral efectiva. Todd subraya que la secularización no fue reemplazada por una ética equivalente, sino por un vacío: “La desaparición del protestantismo dejó a las sociedades occidentales sin sistema moral de sustitución. El resultado no fue la neutralidad, sino el nihilismo”.

Dicho nihilismo no debe confundirse con una postura filosófica consciente. Es, más bien, una incapacidad estructural para creer en algo y, sobre todo, para sostener una relación estable con la verdad, lo que implica una transición desde la erosión normativa hacia una crisis cognitiva. Todd formula aquí una de sus tesis más inquietantes: “El nihilismo tiende irresistiblemente a destruir la noción misma de verdad, a prohibir cualquier descripción razonable del mundo”.

Occidente no miente deliberadamente —eso implicaría todavía una relación con la verdad—, sino que ya no puede distinguir entre realidad y discurso. Esto tiene consecuencias directas sobre la deliberación pública, la producción de conocimiento y la responsabilidad política.

Estados Unidos: imperio sin nación

El susodicho proceso alcanza su forma más avanzada en Estados Unidos. Todd sostiene que el país ha dejado de ser un Estado-nación en sentido pleno y se ha transformado en una estructura imperial vacía, sostenida por el poder militar y financiero, pero desprovista de centro cultural: “La implosión por fases de la cultura WASP ha producido un imperio sin centro, dirigido por una élite sin cultura común ni proyecto histórico”.

La desaparición del núcleo protestante no fue compensada por ninguna otra forma de integración, más allá de identidades fragmentarias o antagonismos internos que no producen cohesión duradera. El resultado es una sociedad profundamente polarizada, con desigualdades extremas y una élite incapaz de producir un relato veraz sobre el mundo. La política exterior estadounidense aparece así como errática y agresiva, no por exceso de fuerza, sino por ausencia de límites internos, lo que plantea la cuestión de si esta forma imperial es estructuralmente viable o solo una fase transitoria de descomposición.

Europa: el suicidio asistido

Europa, lejos de ofrecer una alternativa, aparece en el libro como un subsistema subordinado. Todd es particularmente severo al analizar la ruptura europea con Rusia y la aceptación acrítica del liderazgo estadounidense: “Europa no ha sido derrotada; ha renunciado. Ha aceptado sacrificar su economía real y su autonomía estratégica en nombre de una moralización de la política”.

El continente, afirma Todd, ha sustituido la política por el gesto moral, confundiendo alineamiento con virtud. En ese proceso, ha perdido toda capacidad de actuar como sujeto histórico, especialmente en la medida en que se ha producido un desacople creciente entre las élites dirigentes y las sociedades europeas, cuyas prioridades materiales no siempre coinciden con las decisiones estratégicas adoptadas.

La guerra como prueba de realidad

La guerra de Ucrania revela brutalmente esa decadencia. No porque Rusia encarne una superioridad moral, sino porque la realidad material desmiente los discursos occidentales, funcionando la guerra como un evento revelador de inconsistencias previas más que como un criterio último de verdad histórica. Todd lo expresa sin ambages: “La guerra muestra que Occidente ya no controla el mundo, ni la producción, ni la narrativa fuera de sí mismo”.

La sorpresa occidental ante la resistencia rusa y la indiferencia del Sur global no son errores tácticos, sino síntomas de una desconexión profunda con el mundo real.

Contrapuntos necesarios

La fuerza del diagnóstico de Todd obliga, empero, a introducir contrapuntos de calibre intelectual, no como refutaciones externas, sino como límites internos del propio diagnóstico.

Entre los contrapuntos más relevantes se encuentran los siguientes:

Desde la posición de Friedrich Nietzsche (1844-1900), cabe preguntar si el retorno a la nación y a la soberanía no constituye también una forma de nihilismo reactivo, una respuesta defensiva al vacío más que su superación; léase bien: no se trata de una negación del nihilismo que permanece atrapada en su misma lógica.

Raymond Aron (1905-1983) habría advertido contra la tentación de convertir la lucidez en escatología: la historia rara vez confirma los diagnósticos terminales. Todd corre el riesgo de cerrar demasiado pronto un proceso que Aron habría preferido mantener abierto.

Simone Weil (1908-1943), por su parte, habría cuestionado la relativa normalización de Rusia. En La Ilíada o el poema de la fuerza, Weil recuerda que toda estructura de poder participa de la lógica de la fuerza; la estabilidad no es garantía de justicia. Todd describe con razón el nihilismo occidental, pero podría subestimar la ambigüedad moral de la estabilidad soberana.

Hartmut Rosa (1965-) desplazaría el foco desde el colapso hacia la aceleración: más que morir, Occidente habría perdido toda relación de resonancia con el mundo, atrapado en una dinámica temporal que hace imposible la experiencia de sentido, complementando así el diagnóstico toddiano desde una fenomenología del tiempo social.

Siempre fuera de serie, Hannah Arendt (1906-1975) permite afinar la crítica toddiana sobre la verdad. En Verdad y política, nos advierte que la destrucción de la verdad factual no es solo un problema epistemológico, sino la antesala de la irresponsabilidad política. Todd describe ese fenómeno con precisión, aunque quizá sin explorar suficientemente sus mecanismos internos.

Conclusión: una decadencia que no se reconoce

En medio de ese horizonte articulado por tan diversas concepciones, La derrota de Occidente no es un libro confortable porque le niega a Occidente incluso el consuelo de la mala conciencia. No lo acusa de traicionar sus valores, sino de haberlos perdido sin siquiera advertirlo. En ese sentido, la decadencia que describe no es espectacular ni trágica, sino silenciosa y obstinada.

Si Todd se equivoca, será por haber absolutizado su propia claridad. Pero si acierta —y esa es la posibilidad inquietante—, entonces la verdadera derrota de Occidente no será geopolítica, sino intelectual: haber sido incapaz de reconocerse en el espejo de la realidad cuando aún estaba a tiempo, y de comprender que ese reconocimiento no garantiza la regeneración, pero sí constituye la condición mínima de cualquier recomposición histórica posible.

Hay, no obstante, una paradoja que merece ser señalada. Mientras Occidente parece haber perdido la fe en sus propios valores y, sobre todo, en su relación con la verdad, continúa siendo el horizonte imaginario hacia el que se dirigen innumerables trayectorias migratorias, desprovistas de mejor alternativa demostrable.

Esa disonancia no invalida el diagnóstico de Todd, sino que lo profundiza.

Occidente ya no se reconoce como modelo, pero sigue siendo percibido como tal desde fuera, no tanto como realidad viva, sino como promesa heredada y como imagen residual de oportunidades y formas de vida forjadas en una fase histórica anterior. La decadencia, entonces, no consiste en la desaparición de su atractivo, sino en el desfase creciente entre una imagen idealizada de bienestar y libertad que persiste y una realidad interna que ha dejado de sostenerla hoy día.

En ese hiato entre percepción externa y autocomprensión interna se juega, quizá, una de las dimensiones más silenciosas —y más decisivas— de la crisis occidental contemporánea. Es ahí, en su actualidad histórica, donde se manifiesta la distancia entre lo que esa civilización sigue representando y lo que efectivamente es capaz de ser en tanto que Occidental.

Bibliografía de referencia

Arendt, Hannah.
2002. Verdad y política. En Entre el pasado y el futuro. Barcelona: Península.

Aristóteles.
1998. Política. Traducción de Julián Marías y María Araujo. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales.

Aron, Raymond.
1955. El opio de los intelectuales. Madrid: Taurus.
———. 1962. Paz y guerra entre las naciones. Madrid: Alianza.

Galbraith, James K.
2014. The End of Normal: The Great Crisis and the Future of Growth. New York: Simon & Schuster.

Nietzsche, Friedrich.
2000. La voluntad de poder. Madrid: Edaf.
———. 2003. Genealogía de la moral. Madrid: Alianza.

Rosa, Hartmut.
2011. Aceleración social: consecuencias éticas y políticas de una sociedad de alta velocidad. Buenos Aires: Katz.

———. 2019. Resonancia: una sociología de la relación con el mundo. Madrid: Katz.

Stiglitz, Joseph E.
2012. El precio de la desigualdad. Madrid: Taurus.
———. 2020. Capitalismo progresista. Madrid: Taurus.

Todd, Emmanuel.
1976. La chute finale. Essai sur la décomposition de la sphère soviétique. París: Robert Laffont.
———. 2008. Después del imperio: ensayo sobre la descomposición del sistema americano. Madrid: Foca.
———. 2024. La derrota de Occidente. Traducción de José Weissdorn. Madrid: Akal.

Weil, Simone.
2005. La Ilíada o el poema de la fuerza. Madrid: Trotta.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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