Poseo nueve ejemplares originales de la revista francesa Les Temps Modernes, fundada por Jean-Paul Sartre en 1945. Corresponden a los años 1947, 1966, 1967, 1968, 1969 (tres números), 1970 y 1975. No son simples revistas antiguas: son documentos vivos de una época en que la filosofía, la literatura y la política no se pensaban por separado. Cada uno de esos años está marcado por un momento histórico decisivo.

En 1947, Europa intentaba reconstruirse tras la Segunda Guerra Mundial, y Sartre publicaba en la revista los primeros textos de ¿Qué es la literatura?, donde afirmaba que escribir es una forma de actuar sobre el mundo.
En 1966 y 1967, el debate sobre la descolonización y la Guerra Fría atravesaba a los intelectuales franceses.
En 1968, el Mayo francés cuestionó la universidad, la autoridad y la sociedad de consumo.
En 1969, se intensificó el diálogo entre marxismo, existencialismo y psicoanálisis.
En 1970, la izquierda francesa replanteaba su papel tras el fin del gaullismo.
En 1975, la caída de Saigón simbolizaba el cierre de un ciclo revolucionario y obligaba a pensar críticamente los límites de la política.

Estos números contienen textos de figuras centrales del pensamiento contemporáneo, entre ellos Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Merleau-Ponty, Claude Lanzmann, Michel Leiris y otros. La revista fue durante décadas un espacio de combate intelectual: defendió la descolonización, criticó el racismo, cuestionó el conformismo burgués y rechazó la neutralidad del escritor.

Entre mis ejemplares se encuentran dos textos de Sartre particularmente importantes.

El primero es ¿Qué es la literatura?, donde sostiene que la palabra no es un adorno estético, sino un acto responsable: quien escribe interviene en el mundo, lo quiera o no.

El segundo es L’homme au magnétophone (1969), una especie de autobiografía hablada, en la que Sartre reflexiona sobre su infancia, su carácter y su manera de pensar. Allí reafirma una de sus tesis centrales: la vida humana no está gobernada por fuerzas ocultas inevitables, sino por un proyecto que cada sujeto construye en situación. Quienes le responden desde el psicoanálisis reconocen el valor de su análisis biográfico, aunque le reprochan no aceptar la noción clásica de inconsciente. Lo interesante no es la disputa, sino el cruce: Sartre intenta pensar la vida psíquica sin reducirla a fatalidad ni a puro instinto.

Estos textos son fundamentales para comprender mejor la obra de Frantz Fanon, especialmente Los condenados de la tierra. Fanon no fue solo un militante anticolonial: fue también un pensador del sufrimiento psíquico producido por la dominación colonial. La colonización no destruye únicamente economías; hiere identidades. Sartre, al prologar ese libro, entendió la descolonización como una reapropiación de la dignidad humana. En ese sentido, el diálogo entre Sartre, el psicoanálisis y Fanon permite leer la violencia colonial no como simple explosión irracional, sino como resultado de una situación histórica límite.

En los años finales de los sesenta, Sartre y Fanon ya no eran amigos en sentido personal —Fanon había muerto en 1961—, pero seguían siendo aliados teóricos y políticos. Sartre nunca abandonó su defensa de los pueblos colonizados, y Fanon nunca pensó la liberación como un simple cambio administrativo. Ambos entendieron que la opresión también se instala en la mente y en la imagen que un pueblo tiene de sí mismo.

Este contexto es clave para pensar el neocolonialismo, que no se basa ya solo en la ocupación militar, sino en la dependencia económica y cultural. Desde el Caribe, estas reflexiones resultan particularmente actuales: la dominación no siempre se presenta como imposición directa, sino como modelo a imitar.

Estas nueve revistas dan fuerza a mi análisis crítico de la tesis Ontología y ateísmo en Sartre de la filósofa dominicana Rosa Elena Pérez de la Cruz. No porque la contradigan, sino porque la completan. La tesis de Rosa se concentra en la ontología sartreana; estos textos muestran al Sartre político, moral y comprometido. Revelan que su filosofía no conduce al nihilismo, sino a una ética sin trascendencia, basada en la responsabilidad y la situación concreta.

Simone de Beauvoir tuvo en esta historia un papel político decisivo. No fue una figura secundaria: escribió sobre colonialismo, racismo y condición femenina, dirigió la revista tras la muerte de Sartre y defendió públicamente causas impopulares. Su compromiso ético consistió en dar voz a quienes no la tenían: mujeres, colonizados, viejos, cuerpos explotados.

Sartre no visitó la República Dominicana, pero su pensamiento llegó a ella a través de universidades, libros y tesis como la de Rosa. Sí visitó Cuba con Simone de Beauvoir en 1960, apoyó procesos revolucionarios latinoamericanos y dialogó con intelectuales del Caribe como Fanon, originario de Martinica. No vino físicamente, pero su obra cruzó el mar.

Conservar estos nueve ejemplares no es un gesto de nostalgia, sino un acto de memoria crítica. En ellos se ve un pensamiento que no se refugia en la abstracción, sino que se mide con la historia. Leer hoy a Sartre y a Fanon desde estas páginas es una forma de pensar nuestra propia situación neocolonial con herramientas críticas. La filosofía, cuando se toma en serio, no sirve para huir del mundo, sino para comprenderlo y transformarlo.