Emigrar sin una estructura real de apoyo —más allá de tener los papeles en regla— no garantiza la inserción. Nadie llega vacío. Se llega con una mochila cargada de límites, de carencias educativas, de heridas familiares, de traumas antiguos que el desplazamiento no borra, sino que a menudo reactiva.

Dentro de una misma familia pueden convivir trayectorias distintas. La madre, quien nunca logra aprender el idioma y permanece encerrada en un círculo exclusivamente dominicano, reduciendo al mínimo el contacto con la sociedad de acogida.

Ella, que jamás iba al médico en Santo Domingo comienza a acumular diagnósticos y dolencias, como si el cuerpo, desplazado, encontrara por fin un lenguaje para expresar lo que antes callaba.

El joven, que nunca quiso estudiar en su país de origen, encadena empleos precarios y, en algunos casos, acaba rozando el pequeño tráfico como salida rápida a una vida sin horizontes.

Nada de esto es accidental. Emigrar sin apoyo no solo dificulta la inserción laboral; erosiona la autoestima, empobrece los vínculos y expone a formas silenciosas de exclusión. La legalidad administrativa, por sí sola, no protege del aislamiento ni del desgaste social.

Incluso quien parecía mejor preparado puede quedar atrapado. El que “tenía más mundo”, el que había estudiado diseño gráfico en Santo Domingo, fue también el que empezó con mejor pie.

Consiguió trabajo en restaurantes, ascendió, se movía con soltura. Y luego se cruzó con una mujer, curtida en la vida, con una historia familiar fragmentada —con hijos de padres distintos— que terminó ejerciendo sobre él una relación de control y manipulación.

Ella empezó a beber. Cuando quedó embarazada, la convivencia se volvió infernal. Celos, escenas, humillaciones. Hasta que un día la sorprendió con otros y otras. Y una noche, en medio del derrumbe, la golpeó con su guitarra.

La consecuencia fue brutal: cárcel, abogado, dinero que no se tiene y que igual hay que gastar. Y, sobre todo, el niño. El hijo por el que sufre y que lo ata a una mujer de la que no logra separarse sin desaparecer de la vida de su propio hijo. La violencia —ejercida, sufrida, reproducida—  aparece aquí como el desenlace de una acumulación de fragilidades no acompañadas.

La más joven, que hoy tiene dieciocho años, ha vivido la violencia desde muy temprano. Llegó con la violencia de su vida dominicana,  creció en un Bronx marcado por la droga, pasó por la precariedad extrema y por un shelter donde fue víctima de agresiones.

Desde hace años carga también con las enfermedades de su madre y su incapacidad a sostener la familia. Aprendió pronto que el cuerpo debe saber defenderse; por eso practica artes marciales. Y quiere estudiar criminología, no por atracción hacia la violencia, sino porque la ha conocido desde distintas vertientes: la de la calle, la institucional, la doméstica.

Su pareja es un joven dominicano que también lleva su propia carga. Fue expulsado de la casa paterna y se enlistó en el ejército casi como única salida. Dentro de pocos meses será enviado nueve meses a Siria. Quieren casarse antes de su partida. El matrimonio aparece aquí menos como culminación romántica que como intento de asegurar un mínimo de protección mutua frente a una vida siempre al borde de la intemperie.

Nada de esto es anecdótico. En esta familia, la violencia no es un episodio, sino una condición de origen en Santo Domingo y de destino en el Bronx: violencia social en los barrios, violencia institucional en los dispositivos de asistencia, violencia familiar, violencia de pareja, y finalmente la violencia estructural de una sociedad que empuja a algunos al servicio militar como única promesa de estabilidad.

Y, sin embargo, en medio de ese entramado, la joven formula un proyecto. Casarse, estudiar, defenderse, no desaparecer. Ese es su gesto. No es ingenuidad: es supervivencia lúcida.

Es la misma familia. Cuatro vidas.  Mismos documentos, mismas carencias de apoyo, mismos desplazamientos. Trayectorias distintas y un fondo común: la migración vivida sin red, sin acompañamiento, sin contención emocional ni institucional. Lo que se juega es mucho más profundo: la salud mental, los vínculos, la capacidad de proyectarse sin caer,  sin acompañamiento y sin trabajo previo sobre las propias heridas. En estos casos, la migración no salva, expone.

Elisabeth de Puig

Abogada

Soy dominicana por matrimonio, radicada en Santo Domingo desde el año 1972. Realicé estudios de derecho en Pantheon Assas- Paris1 y he trabajado en organismos internacionales y Relaciones Públicas. Desde hace 16 años me dedicó a la Fundación Abriendo Camino, que trabaja a favor de la niñez desfavorecida de Villas Agrícolas.

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