Desde que los conquistadores avistaron las nuevas tierras entramos en una lucha que no cesa. Si las imágenes primeras de un Cristóbal Colón donde la desnudez era principio de inocencia y Arcadia, ya en el segundo viaje eran razones para evangelizar, arroparlos, imponerles “vergüenza” sobre su propio cuerpo, sacar a las poblaciones de los ríos, porque ahí lo hacían casi todo, desde conversar hasta dar a luz. Me imagino esas indígenas embarazadas lanzadas ya a lo que quedaban de los bohíos, porque de otra manera debían ir a un lugar de los que nunca habían tenido noticia, ¡el infierno!
Desde 1492 hasta ahora mismo la lucha sigue: verdades que compartimos, pero que muy pocos nos atrevemos a expresar, confabulación ante el que más tiene o quien te puede dar algo, porque hay que ponerse donde el capitán lo vea, complacencia ante ese “patrón” o “jefe” que te declara la trabajadora de tu casa, el parqueador, el delívery, el empleado, y hasta el policía que te controla el pasaporte en Migración, si es que eres blanco o te haces no entender el castellano.
La historia va mucho más allá de lo que hemos aprendido con Frank Moya Pons y Roberto Cassá, siempre atentos a los grandes esquemas, a los amplios panoramas. Pero también hay otra historia, cotidiana, de usos, símbolos, costumbres, imaginarios, discursos, a los que solo accederás por vía de otros sabedores de “lo dominicano”, como Antonio Zaglul, Fradique Lizardo, Dagoberto Tejeda, y hasta el mismísimo Freddy Beras Goico, sin descuidarnos con Tokisha y el gran mambo violento de Omega.
Cada año hay palabras que van definiendo esferas de estas batallas. Ahora se nos habla de “influencers” que cobran cifras astronómicas para motivación empresarial o para que se paseen por los pasillos de la Feria del Libro, aunque ni a Paulo Coelho llegan. También están las jóvenes esperanzas, que a veces explotan como cohetes chinos, a pesar de la jovialidad y “Juventud, divino tesoro”, como la trulla enganchada a perremeísta y salida de la Plaza de la Bandera y zonas aledañas, como Bartolomé Pujals y el ahora depuesto Rafael Pérez, por cierto, colega de Sociología, el primer sociólogo dominicano en adquirir un penthouse y yipeta incluida, según las demostraciones de la inmarcesible Nuria Piera.
En estas batallas de siglos vivimos entre grietas y ruinas. Ya la actitud de Diego Colón marcó el ADN del buen dominicano: “hijo de”, mostrando sus caballos forrados con guirnaldas de oro sacadas de las minas de Buenaventura y dejándonos, de paso, una ruina durante casi quinientos años: su Alcázar.
Lo dominicano no puede pensar al margen de estas batallas culturales, por esta lucha donde color, tierra, raza, cuerpos, sexos, se van modelando en función de un discurso cada vez más limitante del ser, porque hay que tener, mostrar, enrostrar, “echar vainas”, cuando no robar, destutanar, no importando los miles de envejecientes y sus huesudas manudas ávidas y necesitadas de una aspirina, un tratamiento para la diabetes, la ceguera, cualquier cáncer. ¡Y ahora argumento que todo lo robado era para el Partido Revolucionario Moderno, como si el PRM fuese una Iglesia o una Religión! ¿Es que nos consideran tan imbéciles?
Esta guerra sigue a veces con rumores, como ahora, cuando los medios de comunicación se han ido concentrando en las manos que finalmente dirigirán la cosa pública. En un momento solo nos quedarán los grupos de WhatsApp, las publicaciones para las 43 amistades en Instagram o los 79 en Facebook o para los tres gatos que me compran los libros de Ediciones Cielonaranja, la única entidad en República Dominicana que investiga, publica, comparte, y que todavía no se cansa de nadar a contracorriente, tal vez por la conciencia de estar en una nave de los locos.
A pesar del desprecio habitual hacia estas labores a veces de Sísifo, aunque te sigan remachando que eres “un tipo complicado” por no estar elogiándole el Rolex a la gran figura ante tus ojos, seguimos ahí, oyendo siempre la mejor poesía vía Paco Ibáñez, a Blas de Otero y eso que no se me quita de la cabeza:
“Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra”.
Pues sí: nos queda la palabra.
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