Cuando Donald Trump afirmó, en una entrevista concedida a The New York Times a inicios de enero de 2026, que la propiedad de Groenlandia era algo que él sentía como “psicológicamente necesario para el éxito”, no estaba improvisando una excentricidad ni haciendo una reflexión inocente. Lo dijo al explicar por qué Estados Unidos, a su juicio, debía poseer el territorio ártico y no limitarse a acuerdos de uso militar o fórmulas de arrendamiento. La frase, pronunciada el 7 de enero y publicada días después, condensó en pocas palabras una lógica más profunda y antigua que trasciende al personaje.
Más allá de su literalidad, no se trataba de un argumento jurídico ni de una necesidad económica estricta, sino de una afirmación simbólica de dominio imperial. En ella se expresa una forma de entender el poder donde la posesión directa del territorio no solo cumple una función estratégica, sino que opera como condición subjetiva de seguridad, control y afirmación política, reduciendo a Groenlandia, con su población, su historia y su pertenencia política, a un objeto de apropiación legitimado por una supuesta necesidad psicológica del imperio.
Desde una perspectiva antropológica, la idea de que el ser humano necesita poseer para afirmarse como sujeto no es una racionalización superficial del capitalismo contemporáneo. Es una intuición profundamente arraigada en la experiencia histórica de las sociedades humanas. La posesión ha funcionado como anclaje de seguridad, identidad y reconocimiento. Tener tierra, casa o bienes no solo garantiza la subsistencia, también estructura la relación del individuo con el mundo y con los otros. Reconocer esta dimensión psicológica de la propiedad no equivale a justificar el mercado sin límites, sino a constatar una realidad histórica.
La psicología de la motivación aporta una clave adicional. En la pirámide de Maslow, la seguridad aparece como una necesidad básica una vez cubiertas las condiciones elementales de subsistencia. La propiedad opera ahí como medio para reducir la incertidumbre y generar estabilidad. El problema surge cuando esa función se absolutiza y el tener pasa a definir el éxito y el poder. La afirmación de Trump expresa precisamente esa inversión, al proyectar al plano imperial una necesidad de seguridad que debería estar al servicio de niveles más altos de cooperación, responsabilidad y sentido.
Esta relación entre propiedad, seguridad y subjetividad recorre buena parte del pensamiento moderno. En John Locke, la propiedad surge del trabajo y se presenta como extensión del yo, vinculada directamente a la libertad individual. En Adam Smith, la seguridad de la propiedad genera previsibilidad, autocontrol y disposición al esfuerzo, configurando una antropología moral del orden social. En Max Weber, la acumulación y el control de bienes adquieren un valor simbólico y ético ligado a la disciplina y al sentido de éxito propio del espíritu capitalista. En el siglo XX, Erich Fromm, desde una mirada crítica, mostró cómo las sociedades modernas desplazaron la identidad hacia el tener, convirtiendo la propiedad en sustituto psicológico de la seguridad ontológica o existencial.
La psicología económica ha demostrado empíricamente esta dimensión subjetiva mediante el llamado efecto dotación (endowment effect), que muestra cómo las personas valoran más aquello que poseen simplemente por el hecho de ser suyo.
El problema aparece cuando esta necesidad humana legítima es capturada por sistemas de poder y convertida en justificación del despojo y la dominación. El capitalismo moderno no inventó el deseo de poseer, pero lo radicalizó mediante lo que Marx denominó acumulación originaria, un proceso marcado por expropiaciones forzadas, colonización, esclavitud y destrucción de economías comunitarias. La propiedad privada concentrada nace muchas veces de un acto fundacional de negación del otro. Ya no se trata de poseer para vivir, sino de poseer para dominar.
Pero sería un error reducir esta crítica al capitalismo y omitir los fracasos del socialismo histórico. Uno de sus errores más profundos fue la eliminación forzada de la propiedad individual en nombre de la propiedad colectiva, desconociendo una dimensión básica de la subjetividad humana. La colectivización impuesta desde el Estado produjo alienación, desarraigo y nuevas élites privilegiadas. No es casual que muchos regímenes socialistas hayan debido retroceder e introducir formas híbridas de propiedad, reconociendo espacios de iniciativa individual por necesidad histórica y social.
Desde una perspectiva antropológica más amplia, el problema no es la existencia de la propiedad, sino su absolutización. Tanto el capitalismo depredador como el socialismo autoritario rompen el equilibrio entre tener, ser y convivir. Uno sacraliza la propiedad privada sin límites, el otro intenta abolirla negando su función simbólica. En ambos casos, la tierra y los bienes dejan de ser espacios de relación y se convierten en instrumentos de control.
Las tradiciones éticas antiguas, incluidas las bíblicas, recuerdan que la tierra no es propiedad absoluta, sino préstamo. El ser humano es administrador, no dueño último. Cuando esa frontera simbólica se pierde, la posesión se transforma en idolatría y la violencia aparece como consecuencia. En última instancia, la pregunta no es si el ser humano necesita poseer, sino cómo, cuánto y en qué condiciones. Allí donde la propiedad sirve a la vida, puede ser humanizadora. Allí donde se convierte en fin último, ya sea en nombre del mercado, del Estado o del imperio, se transforma en una fuerza destructiva.
La declaración de Trump no es un exabrupto aislado, sino la expresión descarnada de una racionalidad imperial donde la propiedad territorial refuerza la autoestima del poder y la hegemonía del centro dominante. El territorio deja de concebirse como espacio habitado y se reduce a activo estratégico cuya posesión promete control y seguridad.
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