Acento.com está brindando un gran servicio como espacio de diálogo sobre la educación superior en República Dominicana. Se está dialogando sobre las fortalezas y falencias, posibilidades y riesgos, el presente y futuro, del sector terciario de la educación. Radhamés Mejía ha impulsado el diálogo en el contexto de la consulta nacional sobre dicho tema. Él tiene méritos de sobra para ponderar las cuestiones de este tema, no solo por su producción teórica, sino por una sólida experiencia como gestor universitario exitoso y asesor de varios Ministerios.

Ya he publicado aquí cuestiones vinculadas a la educación superior, específicamente sobre las universidades católicas, a las cuales me debo como bautizado y vocación personal. Quiero aportar algunos aspectos generales que considero deben ser tomados en cuenta, sin desmeritar punto alguno de los que diversos autores ya han planteado. Digamos que mi preocupación es desde el contexto general.

El sistema educativo, desde los niveles inicial hasta el postdoctoral, es un aparato desarrollado por la especie humana para transmitir conocimientos, habilidades y moralidades de una generación a la siguiente. Inicialmente entre las élites de poder, luego, a partir del siglo XVIII, se fue masificando. Existen evidencias de diversos tipos de estructuras educativas en las civilizaciones china, india, egipcia desde hace varios milenios y posteriormente entre los persas, griegos, incas y mayas. Por ejemplo, la academia de Platón, fundada en el siglo IV antes de nuestra, fue un paradigma de universidad y duró un milenio.

Cuando señalo que el sistema educativo es un aparato, me refiero a que es un artilugio inventado por los seres humanos, igual que lo es el Estado, la organización económica, las tecnologías, la escritura o las religiones. Los sistemas educativos formales en todas las civilizaciones antiguas y en los países existentes hoy están en la base de la reproducción de los modelos económicos, sociales, políticos y culturales dominantes.

En aquellos escenarios donde el dominio político y económico es autoritario el control sobre la educación es inflexible, centralizado, uniforme, en cambio en los casos donde existen espacios democráticos la participación de diversos actores, con diferentes intereses, pueden intervenir en el rediseño del currículo. Basta leer a Paulo Freire para entender esta dinámica.

En el caso dominicano el currículo trujillista, con su carga de sometimiento al poder, racismo, misoginia y aporofobia, fue implementado con tal profundidad que la sociedad dominicana actual sigue en el seno de ese espectro ideológico. ¡Por eso es tan importante ocuparnos del currículo educativo! Discutir sobre el modelo educativo es debatir el futuro de la sociedad dominicana, su nivel de desarrollo material y cultural, y su avance hacia una cultura democrática, tolerante y que defienda la dignidad de todos los seres humanos.

La crisis del modelo universitario dominicano, ampliamente diagnosticado por los especialistas que están escribiendo, tiene un foco activo de influencia perniciosa desde hace unas tres décadas y es la expansión del modelo neoliberal. La universidad dominicana, pública o privada, padece el corsé de este modelo económico, social y político. No estamos frente al caos, sino a un proyecto económico y político que va dándole forma a la universidad. ¡Eso hay que enfrentarlo!

El presidente  Abinader en un acto de apoyo a la educación dominicana.

Aunque el neoliberalismo teóricamente fue propuesto desde las primera décadas del siglo XX, claramente en oposición a la propuesta keynesiana, su implementación comenzó en los años 70 del siglo XX. Desde la intervención de los economistas de la Universidad de Chicago en la dictadura criminal de Chile que destruyó la democracia de ese país sudamericano en el 1973, avanzando con el gobierno de Tatcher y Reagan, y expandiéndose a todo el occidente teniendo como punto de inflexión la crisis del 2008.

El neoliberalismo tiene como objetivos concentrar todo el poder económico en las manos de una pequeña élite y disolver la democracia paulatinamente, no tanto en la forma electoral, sino en su contenido de destrucción del bien común (educación y salud pública, vivienda asequible y pensiones) para empobrecer a la mayor parte de la población y alienarla mediante ideologías que justifiquen el modelo de dominación (en la actualidad las pantallas y redes sociales sirven a ese propósito). Por eso la universidad es un objetivo central del neoliberalismo.

A nivel educativo el modelo de competencias, la herramienta que le calza perfectamente a la expansión del neoliberalismo, contribuye a domesticar a las nuevas generaciones para que sean empleados productivos y servidores del gran capital y el mercado. (El origen del modelo de competencias se remonta a los textos de David McClelland en los años 70). Asistimos por tal motivo al desmonte sistemático de las humanidades y las ciencias sociales, a suprimir la formación en las artes y el pensamiento crítico, en la formación universitaria. Todo lo que no contribuya a formar un operario dócil para las empresas y el mercado se suprime.

El otro aspecto grave es la aceleración del proceso. Los plazos de tiempo para la formación profesional se reducen a tal grado que no hay tiempo para pensar, leer diversidad de fuentes, disfrutar de la cultura y vivir experiencias extrauniversitarias. La robotización de los estudiantes es intensa y se focalizan en aprender lo que es útil a sus futuros empleadores. La reducción del tiempo formativo es además impulsada por la competencia laboral temprana y contribuye a ofrecer salarios más bajos precisamente por la juventud de los egresados. Se buscan profesionales más útiles y más baratos.

Vemos graduarse a médicos e ingenieros, abogados y hoteleros, administradores y psicólogos, incapaces de explicar su sociedad y responder críticamente a las explicaciones históricas de raigambre trujillista, nulos en la apreciación de las artes (mucho menos cultivadores de un arte) y sin una experiencia reflexiva sobre su existencia y la realidad natural y social. Son operarios, para producir y no pensar, para seguir órdenes e incapaces de dialogar, indiferentes a impulsar reformas políticas y económicas que amplíen la justicia y equidad. Muchos de estos jóvenes profesionales tienden a defender posiciones de extrema derecha y una perspectiva vital egocéntrica.

Cualquier reforma al sistema educativo terciario dominicano, en todas sus modalidades, debe indudablemente fortalecer el dominio científico y técnico disciplinar, debe recuperar intensamente el cultivo de las humanidades, sobre todo la filosofía, las ciencias sociales, la literatura y la apreciación de las artes. Se deben sistematizar experiencias fuera de las aulas orientadas al contacto con la naturaleza, el conocimiento de la sociedad y experiencias reflexivas intensas.

Los ciclos lectivos deben incluir periodos de vacaciones de no menos tres meses al año y lograr que el currículo tenga la flexibilidad necesaria para que los alumnos puedan explorar disciplinas y cuestiones además de su proyecto profesional. En el modelo norteamericano el major y el minor es una inteligente fórmula para que el joven o adulto pueda formarse sin una visión de túnel.

El cuerpo docente y los investigadores universitarios deben alcanzar dos grandes metas, un nivel formativo doctoral de alto nivel y un nivel de ingresos y condiciones laborales que le permita establecerse en una institución universitaria como proyecto de vida y asegurada una pensión digna al final de su vida activa. El que escoja ser docente y/o investigador universitario debe ser un profesional institucional a tiempo completo y no un chiripero de la enseñanza en dos o tres universidades.

La formación terciaria debe responder, con igual grado de intensidad, a) al desarrollo de una vida personal y social significativa y de servicio, b) formarse en la construcción de una sociedad democrática, tolerante y equitativa, y c) tener las capacidades básicas para su ejercicio profesional. Si no logramos esos objetivos con la reforma, estaremos contribuyendo a la expansión del neoliberalismo, que sería el empobrecimiento de la sociedad, reduciendo a toda la población a ser siervos, prestos a obedecer y sin criterio personal.   

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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