En el 250o aniversario de la independencia de los Estados Unidos de América, resulta cada vez más frecuente escuchar que el llamado "siglo estadounidense" ha llegado a su fin.
Desde distintos ángulos ideológicos se cuestiona su liderazgo internacional, la cohesión de su sociedad, la solidez de sus instituciones e incluso la viabilidad de su democracia.
Es posible que el predominio geopolítico de Estados Unidos ya no sea el mismo que caracterizó buena parte del siglo XX. Al fin y al cabo, toda hegemonía histórica termina siendo relativa.
Pero una cosa es la duración de una hegemonía y otra muy distinta la permanencia simbólica de una experiencia política.
Por tanto, la pregunta verdaderamente importante es:
¿Por qué, a pesar de sus contrariedades, de sus crisis recurrentes y de los anuncios periódicos de su decadencia, Estados Unidos continúa siendo una de las experiencias políticas más observadas, imitadas, criticadas y debatidas del mundo?
Para aproximarnos a la respuesta, sigue siendo difícil encontrar un guía más lúcido que Alexis de Tocqueville.
Su obra Democracy in America (1835–1840) no explica los acontecimientos de 1776 ni reconstruye la historia de la independencia.
Hace algo mucho más profundo: identifica las condiciones morales, sociales y culturales que hicieron posible una democracia moderna sin precedentes, incluso anterior a la consolidación de la tradición democrática inaugurada por la Revolución Francesa.
Tocqueville comprendió que Estados Unidos nunca debía interpretarse como una sociedad armónica. Su originalidad consistía precisamente en haber institucionalizado tensiones permanentes sin destruir el orden democrático.
La democracia no eliminaba los conflictos; los reorganizaba.
Quizá por eso Tocqueville continúa siendo una lectura incómoda. No porque explique lo que la novel nación fue, sino porque ayuda a comprender lo que todavía intenta ser.
Para fines analíticos, dividiré esta reflexión en tres momentos: primero, los elementos que Tocqueville identificó como constitutivos de la idiosincrasia estadounidense. Segundo, aquello que convierte a esa experiencia en una singularidad histórica que, doscientos cincuenta años después de 1776, continúa mereciendo nuestra atención. Y un epílogo de actualidad.
I. La idiosincrasia estadounidense
Tocqueville identifica tres rasgos sobresalientes de la nación norteamericana: igualdad, espíritu de asociación y libertad. No son virtudes en sí mismas. Son estructuras fundamentales de tensión.
1º Igualdad de condiciones
El primer rasgo fundamental es la igualdad de condiciones.
No se refiere a la riqueza ni a la homogeneidad étnica o social de la población.
Se refiere a algo más profundo e inestable: la desaparición de jerarquías fijas y la convicción de que todos los individuos, a pesar de su diversidad, pueden compararse entre sí en términos de relativa igualdad.
De esa transformación surge una de las manifestaciones políticas más características de la modernidad democrática: la igualdad de todos los ciudadanos ante una misma ley.
Ese principio de universalidad jurídica no elimina las diferencias económicas ni otras formas de desigualdad; pero sí reajusta y condiciona esas diversidades. Produce movilidad social y, al mismo tiempo, expectativas crecientes y frustraciones recurrentes.
Justo por eso, la sociedad estadounidense no ha resuelto esa tensión: la ha institucionalizado.
La igualdad no es un logro definitivamente alcanzado de una vez y por todas, ni siquiera en aquel “reino de la libertad” al que alguna vez aludió Carlos Marx. Es una exigencia permanente, una aspiración que nunca termina de satisfacerse.
2º Espíritu de asociación
El segundo rasgo es el extraordinario espíritu de asociación de los estadounidenses.
Tocqueville, el noble conde europeo, observó algo que sigue sorprendiendo incluso hoy: el mismo pueblo que suele presentarse como paradigma del individualismo, bajo la figura del ‘self-made man’, muestra una inclinación constante a organizarse, cooperar y crear asociaciones de toda índole.
No se trata de un detalle anecdótico. Se trata de una auténtica tecnología democrática.
Las asociaciones realizan tareas que el Estado no puede asumir sin volverse excesivamente invasivo. Obligan a cooperar, a negociar e incluso a convivir aceptando el desacuerdo de los demás.
La democracia estadounidense no descansa únicamente sobre sus instituciones formales. Descansa por igual sobre hábitos compartidos de cooperación y sobre acuerdos permanentes de participación.
Cuando esos hábitos se debilitan, las instituciones por sí solas resultan particularmente insuficientes para preservar la cohesión social.
Por eso la asociación protege la libertad.
Tocqueville veía en ella uno de los principales antídotos contra la concentración y el eventual monopolio del poder, así como contra la pasividad política de los ciudadanos.
3º Libertad y horizonte moral
El tercer rasgo idiosincrático es quizá el más incómodo para la sensibilidad contemporánea.
Tocqueville observó que la libertad no se sostiene por sí sola. Necesita apoyarse en un horizonte moral compartido.
En su tiempo, ese horizonte se expresaba a través de la religión.
Por eso escribió una frase célebre: “La religión en América debe considerarse como la primera de sus instituciones políticas”.
No quería decir con ella que la religión gobernara el Estado, sino algo más sutil: que proporcionaba un fundamento moral a la vida pública.
La libertad sin límites interiores corre el riesgo de desgastarse en sus propios excesos y de cavar su propia tumba en el desenfreno.
La religión aparece entonces como una institución política singular, no porque ejerza poder, sino porque contribuye a contenerlo.
He ahí una de las grandes paradojas estadounidenses: un Estado no confesional que, sin embargo, dependió históricamente de un trasfondo moral y constitucional compartido en función de un ser supremo o Dios indefinido en términos confesionales y litúrgicos particulares.
Ese trasfondo puede reconocerse aún hoy día en fórmulas como In God We Trust. No se trata de una entidad personal trascendente y absoluta ajustada a la confesión doctrinal y/o litúrgica de una concepción individual o eclesial en particular. Significa más bien la referencia a una instancia ética situada más allá de cualquier individuo o grupo particular de creyentes y/o no creyentes.
Incluso hoy, expresiones como esa revelan una necesidad persistente: la necesidad de un suelo común que no puede sostenerse únicamente mediante la legislación y la fuerza pública.
Significativamente, ese suelo común ha dejado de ser indiscutido y, por tanto, se ha convertido en una arena de disputas e intereses contrapuestos.
Procede advertir que Tocqueville vislumbró otro riesgo político de cohesión en la sociedad estadounidense.
No por el eventual retorno de la tiranía clásica, sino por la posibilidad de una ciudadanía formalmente libre, aunque cada vez más dependiente de una administración tutelar que termine representándose a sí misma en vez de a los ciudadanos.
A ese fenómeno lo llamó una forma de “despotismo suave”.
En contraposición a ese fenómeno contagioso y adverso, la invocación religiosa ha operado, de la mano del continuo quehacer ciudadano, como soporte de una ciudadanía democrática y fuente de sentido y orientación del conjunto social de la población estadounidense original.
- La singularidad estadounidense y su destino
Los tres elementos estructurales que Tocqueville identificó como constitutivos de la sociedad estadounidense originaria no pertenecen al pasado. Son fuerzas vivas que continúan interactuando en el presente.
La igualdad produce dinamismo y conflicto.
El espíritu de asociación fortalece la participación y limita la concentración del poder.
La libertad impulsa la innovación, pero también genera incertidumbre y riesgo.
Entre esas tres fuerzas no existe una reconciliación definitiva. Su equilibrio nunca ha sido estable. Estados Unidos ha sido, desde sus orígenes, una democracia que vive de la tensión más que de la armonía.
Las trece colonias no proclamaron su independencia para construir una utopía política. Lo hicieron, inicialmente, en defensa de un principio concreto: no aceptar impuestos sin representación. Sin proponérselo, terminaron fundando un orden político capaz de institucionalizar el conflicto sin destruir la convivencia democrática. En ello reside la singularidad de la experiencia estadounidense.
La democracia estadounidense nunca ha vivido exclusivamente de sus instituciones, de sus leyes o de la distribución formal de los poderes del Estado. También ha vivido de convicciones comunes acerca de la dignidad de la persona, la responsabilidad individual, la confianza social y los límites legítimos del poder.
Por eso, la incertidumbre contemporánea no radica en la existencia del conflicto. El conflicto siempre estuvo presente.
La verdadera cuestión consiste en saber si todavía subsiste ese horizonte moral capaz de impedir que la igualdad, el espíritu de asociación y la libertad se conviertan en fuerzas mutuamente destructivas.
Desde 1776, el verdadero experimento estadounidense ha consistido precisamente en eso: preservar el conflicto sin sacrificar la democracia; mantener abiertas las posibilidades de transformación sin romper el marco constitucional que las hace posibles.
Doscientos cincuenta años después, la pregunta sigue siendo la misma: ¿Conservan todavía los Estados Unidos la capacidad de debatir sus ideales, corregir sus errores y reformar sus instituciones sin destruir el fundamento moral y político que sostiene su vida democrática?
Esa es, a mi juicio, la cuestión que merece ser discernida desde nuestra actualidad histórica.
III. Epílogo: el experimento estadounidense
En el fondo, la cuestión debatida no consiste en determinar si el llamado siglo estadounidense está llegando a su fin. Toda hegemonía histórica es limitada. Ninguna nación conserva indefinidamente la primacía económica, militar o política.
La cuestión decisiva consiste en saber si el eventual término del siglo hegemónico estadounidense significará también el agotamiento del experimento democrático inaugurado en 1776 o si ambas realidades pertenecen, en verdad, a planos distintos de la historia.
El siglo estadounidense pertenece a la geopolítica. El experimento estadounidense pertenece a la historia de las ideas políticas.
El primero puede concluir como concluyeron antes otros señoríos.
El segundo solo terminará el día en que los Estados Unidos pierdan la capacidad de hacer aquello que Tocqueville identificó como su rasgo más original: transformar el conflicto en deliberación pública, corregir sus propios errores mediante la libertad y renovar sus instituciones sin renunciar a los principios que les dieron origen.
Quizá, dentro de algunas décadas, los historiadores coincidan en que el siglo estadounidense terminó en las primeras décadas del siglo XXI.
Es una posibilidad que no puede descartarse.
Pero aun si ese juicio llegara a imponerse, permanecería abierta una pregunta mucho más profunda:
¿Ha encontrado la humanidad una forma más convincente de conciliar libertad, igualdad, autogobierno democrático y pluralismo que la ensayada por los Estados Unidos desde 1776?
Hasta hoy, la respuesta sigue siendo abierta.
Y mientras siga abierta, la continuidad que va de 1776 a 2026 seguirá contando.
Porque las hegemonías pasan.
Los experimentos históricos perduran mientras conservan la capacidad de renovarse.
El siglo estadounidense podría terminar. El experimento estadounidense y su significado singular, no necesariamente.
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