Desde el domingo sigo con atención el mensaje del ingeniero Claude Preptit, cuyas palabras volví a escuchar este lunes de forma minuciosa. Sus advertencias despiertan en mí recuerdos casi indescriptibles: lo vivido el 12 de enero de 2010 permanece en mi memoria con una lucidez estremecedora. Aún recuerdo con pavor la ferocidad de las sacudidas de aquel día mientras me encontraba en casa. Acababa de encender el pequeño horno para hervir unas patatas, siguiendo las instrucciones de mi esposa, quien planeaba continuar con la preparación de la comida a su regreso. Los primeros temblores volcaron el aparato de inmediato y, en medio del pánico, olvidé por completo que a escasos centímetros, en la cocina, teníamos un extintor.
Ante un fenómeno de semejante violencia, el ser humano pierde instantáneamente toda lucidez. Antes de tener tiempo para reflexionar o tomar una decisión de supervivencia, el entorno se impone de forma implacable: el balanceo del edificio y el colapso de los objetos dictan brutalmente el destino de cada uno. En mi entorno más cercano, a menos de cien metros, las víctimas mortales comenzaron a acumularse rápidamente desde los primeros minutos.
Frente a esta amenaza permanente, se impone una pregunta crucial: ante la parálisis actual de nuestro Estado, ¿no deberíamos tomar la iniciativa y organizar, a escala local, estructuras comunitarias y sectoriales de rescate verdaderamente robustas?
Al reflexionar sobre ello, resulta imposible no cuestionar el futuro de nuestra gestión de riesgos: ¿quién se acuerda ya de aquellas célebres maquetas y de las pomposas mesas redondas sobre la reconstrucción de Puerto Príncipe a cargo de China, cuyo coste anunciado ascendía a los 5.000 millones de dólares? Al recordar las semanas posteriores al 12 de enero de 2010, y aquella asombrosa proliferación de reuniones, encuentros y declaraciones solemnes escenificadas sobre los cadáveres aún calientes y los escombros, resulta inevitable preguntarse si, en realidad, no se estaba gestando también el golpe de gracia para la nación. La debacle y la degradación institucional que sufre el país hoy en día no pueden ser fruto del azar ni de la mera fatalidad; la caída libre actual no es accidental, sino el resultado de un colapso sistemáticamente inducido.
Hoy, mientras la tierra vuelve a dar señales de aviso en la región, aquellas maquetas no son más que propaganda archivada. La realidad es que Puerto Príncipe sigue tan desprotegida como entonces, y la seguridad de los ciudadanos depende, una vez más, únicamente de su propia suerte.
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