Cuando, hace más de medio siglo, comenzamos a abrir rutas aéreas hacia la República Dominicana, no teníamos manera de saber hasta dónde llegaría aquella aventura. Había que convencer a compañías aéreas, operadores turísticos, hoteleros, inversionistas y funcionarios de que un país todavía poco conocido en los grandes mercados internacionales podía convertirse en un destino atractivo y competitivo.
Cada uno tenía sus propias razones para interesarse. Unos veían oportunidades comerciales; otros imaginaban hoteles, empleos, carreteras, aeropuertos y nuevos mercados. Algunos sencillamente queríamos demostrar que era posible llegar más lejos de lo que permitían imaginar las condiciones de entonces.
No existía un libreto que todos hubiéramos aceptado de antemano. Había iniciativas que se encontraban, experiencias que se compartían, errores que obligaban a corregir el rumbo y personas que, al descubrir una oportunidad, comenzaban a desarrollar otras que nadie había previsto.
Medio siglo después, recibimos millones de visitantes, disponemos de una extensa infraestructura aeroportuaria y hotelera y tenemos una industria cuya importancia alcanza prácticamente todos los rincones de la economía nacional.
Aquello que parecía un sueño quijotesco de unos cuantos terminó convirtiéndose en una obra colectiva. Y quienes hoy participan de ella no necesitan conocer los nombres de todos los que dieron los primeros pasos para seguir haciéndola crecer.
Así se construyen algunas de las transformaciones que cambian un país.
Lo he pensado con frecuencia al observar la proliferación de proyectos que intentan imaginar la República Dominicana de las próximas décadas. Se habla de crecimiento, educación, innovación, infraestructuras, desarrollo territorial, productividad y de los lugares que podríamos ocupar en el mundo.
Es saludable que existan esas ambiciones. Una nación que deja de imaginar su futuro termina conformándose con administrar su presente. Pero entre imaginar un país y conseguir que ese país llegue a existir hay una distancia que no se salva solamente con buenas intenciones, documentos bien concebidos ni presupuestos generosos.
Hace falta que otros se apropien del sueño.
La historia del turismo dominicano tiene mucho que enseñarnos en ese sentido. Su desarrollo no fue obra de un solo individuo, ni de una institución, empresa o gobierno determinados. Fue el resultado de una multitud de iniciativas que encontraron cómo complementarse.
La apertura de una ruta hacía posible un hotel. El hotel justificaba nuevos vuelos. Los operadores descubrían mercados, las comunidades encontraban oportunidades, las autoridades debían responder a nuevas necesidades y los empresarios comenzaban a invertir donde poco antes nadie se habría atrevido.
Cada realización ampliaba el horizonte de lo posible.
Y, sin embargo, nada garantizaba que aquel proceso terminara funcionando. Hubo proyectos que fracasaron, inversiones equivocadas y decisiones que después hubo que rectificar. La experiencia acumulada permitió que otros aprendieran, modificaran lo que habían recibido y encontraran nuevos caminos.
Esa capacidad de aprender y multiplicar me parece más importante que la pretensión de haber concebido desde el comienzo un destino final perfectamente definido.
También aprendí muy joven que, cuando uno tiene una idea suficientemente ambiciosa y necesita que otros aporten los medios para realizarla, no siempre conviene disputar el protagonismo. Un ministro, un empresario o una institución pueden necesitar hacer suya la iniciativa para comprometer recursos y responsabilidades. Si el propósito merece la pena, ¿qué importancia tiene quién recibe el aplauso inmediato?
Las obras que permanecen suelen terminar perteneciendo a mucha más gente que aquella que las imaginó.
Hay algo parecido en la transmisión del conocimiento.
Precisamente cuando Santo Domingo vuelve a celebrar su Feria Internacional del Libro, convendría recordar que un libro no representa necesariamente el término de un esfuerzo intelectual. Puede ser apenas el comienzo de otras conversaciones, investigaciones e iniciativas que sus lectores desarrollarán después.
Algunos encontrarán en él respuestas. Otros descubrirán preguntas que el autor no supo formular. Habrá quienes compartan sus ideas, quienes las cuestionen y quienes, con experiencias distintas, encuentren aplicaciones que ni siquiera estaban previstas cuando fueron escritas.
Un libro adquiere otra dimensión cuando deja de ser solamente un objeto para leer y comienza a servir como instrumento para pensar y actuar.
Nuestra historia nacional, larga y singular, ofrece abundante material para ese ejercicio. No necesitamos inventarnos un pasado que justifique nuestras aspiraciones. Tenemos que aprender a conocer mejor el que realmente vivimos, comprender lo que fuimos acumulando durante siglos y transmitir esa experiencia de manera que nuestros hijos puedan aprovecharla.
Pero transmitir no significa exigir que la siguiente generación repita nuestras conclusiones.
Quien recibe una experiencia necesita libertad para interpretarla y, si encuentra mejores caminos, para apartarse de ella. De otro modo, en vez de entregar una herencia útil, estaríamos imponiendo una carga.
Quizás uno de nuestros mayores desafíos consista en aprender a transmitir capacidades y no solamente conocimientos. La capacidad de escuchar a quien piensa diferente, de examinar una propuesta sin preguntar primero quién la formuló, de reconocer una oportunidad aunque beneficie inicialmente a otro y de sostener un compromiso cuando desaparece el entusiasmo de los primeros días.
Son aprendizajes que rara vez producen titulares, pero sin ellos resulta difícil construir algo que sobreviva al gobierno, al empresario o al intelectual que lo puso en movimiento.
Cuando las personas tienen intereses diferentes, no basta con reunirlas alrededor de una mesa y esperar que aparezca milagrosamente una voluntad común. Hay que dedicar tiempo a entender qué necesita cada una, qué puede aportar, qué está dispuesta a conceder y qué responsabilidad puede asumir.
A veces el resultado será modesto. Otras veces una coincidencia aparentemente menor permitirá iniciar una transformación que nadie habría podido emprender por su cuenta.
Fue así como muchas iniciativas dispersas contribuyeron a construir nuestra industria turística. Y no veo por qué deberíamos renunciar a aprovechar esa experiencia para otros grandes asuntos nacionales.
El desarrollo regional, la educación, la inserción internacional, la transformación productiva y el fortalecimiento institucional necesitan inversiones y políticas públicas, ciertamente. Pero también necesitan ciudadanos, profesionales, empresarios, universidades, comunidades y funcionarios que encuentren razones propias para hacerlas avanzar.
No todos llegarán por el mismo camino. Ni tienen por qué hacerlo.
Una visión de largo plazo debería ser suficientemente clara para orientar esfuerzos diferentes y suficientemente abierta para que nuevas generaciones puedan mejorarla. Incluso cuando cambien sus promotores o quienes disponen de los medios para ejecutarla.
Por eso desconfío un poco de los proyectos que parecen depender demasiado de la permanencia de sus autores. Una nación necesita ideas que puedan circular más allá de las personas que las concibieron, enriquecerse con experiencias ajenas y encontrar nuevos responsables cada vez que las circunstancias lo permitan.
Podemos comenzar escribiendo libros, conversando, enseñando, proponiendo iniciativas o compartiendo lo que hemos aprendido durante una vida profesional. Pero el resultado que verdaderamente importa estará en aquello que otros sean capaces de construir con lo que recibieron.
Los sueños necesitan multiplicadores.
Y quizá la ganancia más grande de quienes contribuimos a imaginar alguno sea descubrir, muchos años después, que ya no hace falta nuestra presencia para que siga haciéndose realidad.
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