Hace unos días escuché a una reconocida jurista utilizar, a propósito del discurso del presidente Luis Abinader ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, una frase de Silvio Rodríguez que inmediatamente se quedó conmigo: “la ciudad se derrumba y yo cantando”.

La utilizó de manera rápida, dentro de una reflexión mucho más amplia, y no pretendo convertir aquella mención en una controversia que probablemente ni siquiera existe. La conozco lo suficiente como para pensar que, fuera de aquel momento y llevada la frase a un plano más profundo, seguramente coincidiríamos en muchas de estas ideas.

El presidente Abinader había intervenido ante la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, presentando ante ese foro internacional distintos aspectos de la realidad dominicana y de su visión sobre los desafíos del país y del entorno internacional.

Pero mi reflexión no es realmente sobre aquel discurso.

Es sobre una canción.

O quizás sobre lo que hacemos cuando parece que alrededor todo se complica.

Las canciones, como los libros, terminan adquiriendo nuevos significados en cada persona que las escucha. Y aquella frase de Silvio me produjo una lectura diferente.

¿Por qué tendríamos que dejar de cantar porque la ciudad se derrumba?

Tal vez sea precisamente cuando la ciudad se derrumba cuando más necesitamos hacerlo.

No para negar lo que ocurre. No para cerrar los ojos ante las dificultades. Mucho menos para convertir el optimismo en una venda que nos impida mirar aquello que necesita ser corregido.

Sino porque el pesimismo tampoco reconstruye ciudades.

Hay, además, una razón profundamente personal por la que aquella frase me toca.

Cuando Silvio escribió La era está pariendo un corazón, yo estaba llegando al mundo.

Nací en un hogar donde, con los años, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y aquellas voces que formarían parte de la Nueva Trova serían también parte de nuestra vida. Y junto a ellos estaban los libros: García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Carlos Fuentes y tantos autores de aquel extraordinario momento de la literatura latinoamericana que conocemos como el boom.

No eran solamente canciones y libros.  Eran una manera de mirar el mundo.

Nos tocó crecer en una época convulsa. Muchos países latinoamericanos atravesaban dictaduras, revoluciones y profundas confrontaciones ideológicas. Los dominicanos teníamos todavía muy cerca la experiencia de la dictadura de Trujillo, la Revolución de Abril de 1965 y los acontecimientos que siguieron. Al mismo tiempo, toda nuestra región observaba el impacto político y cultural que había provocado la Revolución cubana.

Era una época en la que la música, la literatura, la política y la vida cotidiana parecían conversar permanentemente entre sí.

Una canción podía hablar de amor y al mismo tiempo interrogar a su tiempo.

Una novela podía narrar la historia de una familia y terminar contándonos la historia de todo un continente.

Crecimos, quizás sin saberlo, entendiendo que cantar, escribir, leer y pensar el mundo eran distintas formas de una misma necesidad humana.

Cuando escucho “la ciudad se derrumba y yo cantando”, no escucho únicamente a alguien distraído frente al desastre.

También escucho a alguien que se niega a entregarle al derrumbe su última posesión: su capacidad de cantar.

Y tantos años después sigo creyendo que eso importa.  Las razones de nuestras luchas probablemente son distintas.

Ya no vivimos exactamente las mismas dictaduras, las mismas revoluciones ni las mismas confrontaciones ideológicas que marcaron aquella generación. Cambiaron los escenarios, cambiaron los lenguajes y cambiaron también muchas de las formas en que se ejerce el poder y se cuestiona.

Pero, en el fondo, seguimos luchando por muchas de las mismas cosas.

Por la libertad.

Por la dignidad.

Por la justicia.

Por el derecho a disentir.

Por sociedades menos desiguales.

Por instituciones que funcionen.

Por el derecho a construir un futuro mejor.

Cada generación tiene sus propias batallas, pero no necesariamente cambia aquello por lo que vale la pena luchar.

Quizás por eso aquellas canciones continúan acompañándonos.

Porque no pertenecían únicamente a una coyuntura política. Hablaban también de algo mucho más profundo: de nuestra capacidad de resistir sin dejar de amar.

Y ahí aparece la otra gran imagen de Silvio que ha permanecido conmigo durante toda la vida:

“La era está pariendo un corazón.”

Qué extraordinaria manera de describir un tiempo difícil.  Parir nunca ha sido una imagen indolora.  Parir implica esfuerzo, incertidumbre, miedo, transformación.  Pero también significa nacimiento.

Algo termina mientras algo comienza.  Algo duele mientras algo intenta abrirse paso.

Quizás ahí se encuentre la diferencia entre reconocer la adversidad y convertirla en nuestra única manera de mirar el mundo.

Vivimos tiempos en los que, a veces, pareciera que la denuncia tiene más prestigio que la esperanza.

Quien anuncia el desastre puede parecer más lúcido que quien intenta encontrar una salida.

Reconocer algo bueno puede confundirse con ingenuidad.

Hablar de esperanza puede interpretarse como desconocimiento de aquello que falta.

Y pareciera que para demostrar conciencia tenemos que describir permanentemente la realidad desde su lado más oscuro.

Yo no lo creo.  Podemos mirar las grietas y seguir creyendo en la casa.  Podemos exigir más sin destruirlo todo.  Podemos disentir sin odiar.   Podemos denunciar y también proponer.

Y podemos seguir cantando.

Porque cantar no significa necesariamente ignorar el ruido del derrumbe.  A veces significa exactamente lo contrario.

Significa decir: lo escucho, lo veo, sé que está ahí, pero no permitiré que me quite también la esperanza.

El discurso importa.  Las palabras importan.

Importa cómo hablamos de nuestros países, de nuestras instituciones, de nuestros hijos y hasta de quienes piensan distinto a nosotros.

No porque debamos sustituir la verdad por optimismo.  Sino porque la verdad también contiene aquello que funciona, aquello que resiste, aquello que nace y aquello que todavía podemos transformar.

Tal vez por eso aquellas canciones sobrevivieron a la época que las produjo.

Porque hablaban de política, sí.  Pero también hablaban de humanidad.

Y porque detrás de tantas revoluciones, ideologías y consignas había algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: la necesidad de construir un mundo donde fuera posible vivir con dignidad y amar.

Hoy nuestras batallas pueden ser otras.  Pero seguimos necesitando canciones que nos recuerden por qué vale la pena librarlas.

Por eso, si alguna vez siento que la ciudad se derrumba, quiero seguir cantando.

Y quizás, después de tantos años, Silvio nos dejó las dos imágenes que todavía necesitamos.

La ciudad puede estar derrumbándose y nosotros podemos seguir cantando.

Porque, aun en medio del ruido, la era sigue pariendo un corazón.

Rossina Guerrero Heredia

Escritora

Rossina Guerrero Heredia, escritora y analista cultural. Mi trabajo se desarrolla entre la reflexión crítica, la experiencia en la gestión pública y la escritura literaria. He publicado cuentos que exploran la memoria, el dolor, los vínculos y la fragilidad humana, una mirada que atraviesa también mi forma de pensar la política y la vida pública. Escribo desde una perspectiva ensayística que busca ir más allá de la coyuntura inmediata, para comprender cómo el poder, el cansancio colectivo y las emociones configuran nuestra experiencia política en la República Dominicana contemporánea.

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