Vivimos una época extraña. Mientras la técnica alcanza niveles de sofisticación que hace apenas unas décadas pertenecían a la ciencia ficción, la humanidad continúa atrapada en la lógica primitiva del conflicto.

Cambian las armas, las interfaces y los discursos…; pero permanece la violencia ancestral con su rostro de barbaridad.

Sobre ciudades atravesadas por satélites y algoritmos sobrevuelan drones capaces de matar con precisión milimétrica. Bajo esa superficie tecnológica sigue latiendo una verdad antigua: la guerra, como el temor, no es un accidente de la civilización, sino una de sus sombras constitutivas.

La gran ilusión moderna consistió en creer que el progreso técnico conduciría inevitablemente al progreso moral. Europa imaginó que el comercio, la razón ilustrada y las instituciones internacionales terminarían por domesticar la barbarie. Pero el siglo XX demolió esa esperanza con una contundencia brutal, de Austerlitz a Hiroshima, y el XXI parece extender la herida.

Nunca hubo tanta comunicación global y rara vez el planeta estuvo tan densamente armado. Acumulamos conocimiento a una velocidad vertiginosa, pero no necesariamente sabiduría.

La guerra contemporánea expresa esa contradicción.

El campo de batalla ya no está dominado únicamente por grandes ejércitos, aviación pesada o columnas blindadas. Un dron fabricado a bajo costo puede alterar el equilibrio estratégico entre potencias. La fuerza ya no pertenece exclusivamente al más grande, sino también al más adaptable: David todavía puede complicarle la existencia a Goliat.

Pero lo verdaderamente inquietante no es solo el cambio tecnológico, sino la transformación de nuestra experiencia de la violencia.

Durante siglos, el combate implicaba proximidad: ver el rostro del enemigo, escuchar el cuerpo caer, compartir el miedo. Ahora la muerte puede administrarse desde una pantalla, a miles de kilómetros, mediante coordenadas, imágenes térmicas y sistemas automatizados.

El enemigo deja de ser un cuerpo y se convierte en un punto luminoso, una señal digital, una sombra móvil sobre una pantalla. Así, la técnica introduce una distancia moral que vuelve más fácil destruir. La tecnología no elimina la violencia: la abstrae. Y, sin embargo, bajo drones y satélites persisten las mismas pasiones que movían a los imperios antiguos: miedo, ambición, necesidad de seguridad, deseo de dominio y resentimiento.

Ningún algoritmo produce por sí solo el odio; apenas amplifica impulsos mucho más antiguos que él. Cambian las herramientas, pero no el fondo perverso y trágico de la historia. Quizás por eso toda guerra termina revelando algo bochornoso acerca de la condición humana.

En tiempos de paz imaginamos que la civilización es nuestro estado natural y que la violencia constituye una anomalía pasajera. Pero basta un instante para que resurjan barreras y fronteras entre “nosotros” y “ellos”, entre quienes merecen vivir y quienes pueden ser sacrificados.

Ninguna guerra se presenta a sí misma como crimen. Todas necesitan una narrativa de defensa, justicia, liberación, purificación o supervivencia. Los pueblos, como las personas, necesitan relatos capaces de justificar la violencia que ejercen.

La historia universal podría narrarse como una sucesión interminable de guerras: tribus contra tribus, imperios contra imperios, ideologías contra ideologías, naciones contra naciones. ‘Tú’ contra ‘yo’. ‘Yo’ contra ‘tú’. Y, si nos unimos, nosotros contra ellos y ellos contra nosotros.

En el fondo, la historia universal repite en todos los tiempos una escena arcaica, abominable, pero no por ello menos familiar. Dos hermanos nacidos del mismo origen, incapaces de convivir en la misma tierra y bajo el mismo cielo.

Con o sin razón, la violencia nace allí donde el otro deja de ser hermano y comienza a percibirse como rival.

Quizás toda guerra sea la expansión interminable de ese gesto inaugural.

Lo que comenzó entre dos hermanos terminó extendiéndose hacia bandas, tribus, ciudades, pueblos, naciones y civilizaciones enteras. Y, por ende, la humanidad parece haberse convertido en una larga descendencia de Caín. Cambian los nombres, los territorios, las creencias y las armas, pero permanece la misma escena primordial: seres humanos disputándose la tierra, el reconocimiento, la riqueza, la seguridad o el poder.

Y eso es lo que este 24 de septiembre nos pone delante, como un extraño espejo.

En Washington, Donald Trump recibirá a Xi Jinping en la Casa Blanca. Dos grandes potencias, enfrentadas por intereses económicos, tecnológicos y estratégicos, se sentarán frente a frente para hablar.

Ese mismo día, en la República Dominicana, celebraremos el Día de Nuestra Señora de las Mercedes. En el Santo Cerro, la tradición recuerda la aparición de la Virgen durante el enfrentamiento entre españoles y taínos. Historia y leyenda no cuentan exactamente lo mismo, pero ambas remiten a un pasado marcado por la conquista y la violencia.

¡Qué extraño espejo!

En un extremo, dos potencias procuran administrar diplomáticamente su rivalidad en un mundo armado hasta los dientes. En el otro, una tradición religiosa recuerda una antigua batalla ocurrida hace más de cinco siglos. Cinco siglos nos separan de aquella escena, aunque no necesariamente de Caín. En la eternidad del tiempo Caín no ha desaparecido. ¡Aprendió!

Aprendió a fabricar pólvora, construir aviones, lanzar misiles, poner satélites en órbita y, finalmente, mirar desde una pantalla cómo una máquina encuentra a su objetivo y lo elimina a distancia. La piedra de Caín se convirtió en dron.

Lo que no ha aprendido y nosotros tampoco es hasta dónde llevaremos la tecnología. Eso ya lo sabemos: llegará mucho más lejos de lo que imaginamos.

Lo que no acaba de aprender y nosotros tampoco es algo mucho más elemental: que al otro lado siempre hay un Abel.

De modo que, cuando este 24 de septiembre Trump y Xi se sienten frente a frente, mientras aquí volvemos los ojos hacia la Virgen de las Mercedes y hacia la memoria —religiosa, histórica y legendaria— de una antigua batalla, quizá convenga recordar que la distancia entre Washington y el Santo Cerro, entre la diplomacia y la conquista, entre la piedra y el dron, es menor de lo que parece.

Cinco siglos de historia caben en un instante.

Basta una pantalla.

Basta una orden.

Basta olvidar que al otro lado también hay un ser humano.

Porque Caín sigue entre nosotros. Y la cuestión decisiva es si aprenderemos, a partir de hoy mismo, a detener su mano antes de que vuelva a levantarse y golpear.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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