Quiero fotografiar el momento anterior. Me interesa la persona antes de convertirse en personaje. Por eso la discreción del teléfono me resulta fotográficamente fascinante.
Hay algo que he comenzado a comprender después de muchos años haciendo fotografía: algunas veces, para fotografiar mejor, hay que dejar de parecer fotógrafo.
Durante años salí a la calle con cámaras DSLR. Me gustaban. Todavía me gustan. Pero cada vez me cuesta más llevarlas conmigo. Son pesadas, aparatosas y poco discretas. Después de varias horas caminando, el peso comienza a sentirse en el cuerpo; pero hay otro peso, menos evidente: el de anunciarle al mundo que estás mirando.
Una cámara grande establece una relación.
Cuando levanto una DSLR, la persona frente a mí sabe que está siendo observada. Y en ese instante la fotografía cambia.
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La calle deja de ser espontánea y comienza a representarse a sí misma.
Quizás por eso prefiero ahora el iPhone. No solamente porque pesa menos o porque me ofrece mayor seguridad. Lo prefiero porque me permite desaparecer.
Y desaparecer es una condición extraordinariamente poderosa para un fotógrafo.
Cuando era niño y comenzaba a hacer fotografías, parecía que a nadie le importaba demasiado. La gente continuaba con su vida mientras uno miraba a través del visor. Hoy la relación es diferente. La fotografía callejera se ha convertido en una especie de negociación permanente entre el fotógrafo y el fotografiado.
Están quienes se sienten agredidos por la cámara y reaccionan con hostilidad. Y están quienes, en el extremo contrario, descubren el lente y se transforman inmediatamente en modelos: poses, gestos, señas, sonrisas, músculos, teatralidad. Después viene la pregunta inevitable: “¿Me la vas a mandar? ¿Me vas a etiquetar?”.
Ambas reacciones tienen algo en común: destruyen aquello que busco.
Yo no quiero fotografiar al individuo consciente de su representación.
Me interesa la persona antes de convertirse en personaje.
Por eso la discreción del teléfono me resulta fotográficamente fascinante. El iPhone no tiene la solemnidad de una cámara profesional. No produce necesariamente ese pequeño acontecimiento social que ocurre cuando alguien levanta un lente enorme frente a otra persona. Se confunde con la vida cotidiana.
Y esa confusión me interesa.
Hay una fotografía que solamente puede existir cuando el fotógrafo no altera aquello que observa.
No se trata de una defensa ingenua de la invisibilidad. Fotografiar también es intervenir. Toda fotografía implica una elección: dónde me paro, qué incluyo, qué excluyo, cuándo disparo y qué decido conservar. La neutralidad fotográfica no existe.
Pero sí existe una diferencia entre intervenir en una escena y obligarla a representarse.
Yo prefiero lo primero.
Por eso cada vez me interesa más caminar con el teléfono en la mano y mirar como quien no está haciendo nada.
Pequeñas arquitecturas domésticas que sobreviven mientras la ciudad cambia.
Me interesa especialmente fotografiar esas casas, puertas y ventanas de madera que parecen contener una memoria que nadie se ha preocupado por archivar. Quizás ahí esté también mi nostalgia: no solamente fotografiar personas, sino fotografiar los rastros que las personas dejan sobre las ciudades.
La fotografía callejera, para mí, se ha convertido entonces en una práctica de desaparición.
Quiero ser un francotirador visual, pero no uno que dispara contra las personas, sino contra el tiempo.
Soy cineasta, gestor cultural y crítico en formación. Desarrolló mi carrera entre la creación audiovisual y el pensamiento crítico, combinando la práctica artística con estudios universitarios en Historia y Crítica del Arte. Actualmente cursa una maestría en Gestión Cultural, con el firme propósito de contribuir a la vida pública desde la reflexión estética y el análisis sociocultural. En paralelo, colabora activamente en proyectos que buscan descentralizar el acceso a la cultura y revalorizar nuestro patrimonio.