Son veredas que energizan la vida espiritual.
Inundan del gozo del Señor.
Fortalecen la comunión con el Espíritu.
Aportan luces para el discernimiento.
Conducen al bien personal y colectivo.
Son sendas que fortalecen nuestra resiliencia.
Nos enseñan la clave de la oración.
Están libres de malezas para avanzar.
Convierten nuestros sueños en tareas de santificación.
Los caminos de Dios
son encantadores,
robustecen la humildad,
transforman nuestras fragilidades,
nos inyectan sabor de humanidad.
Las rutas de Dios son incansables,
están abiertas para todos,
nos colman de esperanzas,
despiertan la confianza,
tejen lazos de fraternidad,
y fortifican la bondad.
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