En este mes de la No Violencia contra la Mujer, me detengo en una forma de violencia que suele pasar desapercibida y muchas veces queda fuera de nuestro campo de denuncia cuando marchamos, reflexionamos o enseñamos. La razón es evidente: los feminicidios y la violencia intrafamiliar son tan rotundos, comunes y desbordados que las violencias ejercidas durante el noviazgo o en relaciones sexoafectivas —como la manipulación, el engaño, la mentira y la violencia emocional— parecen no ser un tema urgente.

Hoy pongo el foco en el caso de Fabián Villegas, quien ha quedado públicamente expuesto como un depredador emocional, especialmente peligroso porque se presenta —y se nos presenta— como un paladín de la teoría política decolonial, antirracista, un aliado de los movimientos sociales y feministas interseccionales, un educador político que denuncia las desigualdades y lucha contra la violencia, en favor de la justicia. Circula y es validado en espacios desde donde gestamos luchas feministas, ganando así una legitimidad político-discursiva que se convierte en una validación humano-afectiva. Se mueve en territorios sensibles para las feministas negras decoloniales, resonando con causas que nos interpelan de manera profunda.

Pero ¿qué significa que un hombre cis, extranjero y nómada digital utilice la legitimidad que le otorga su discurso antirracista y decolonial para acercarse a mujeres negras —feministas o no— desde lo sexoafectivo para establecer relaciones de dominación emocional y manipulación? Significa un atentado que socava la dignidad, la autoimagen, la confianza y la propia afiliación político-social de esas mujeres. Y eso, como sabemos, repercute en todas nosotras: lo personal es político. Fabián lo sabe bien; su trabajo teórico justamente le permite saberlo con claridad.

Para anticiparse a cualquier conversación entre amigas o conocidas, recurren a la mentira y la difamación

El modus operandi de Fabián Villegas se parece al de otros depredadores de su tipo. En su momento, Ángel Pichardo ofreció también una cátedra dolorosa sobre esta forma de violencia. Villegas utiliza el conocimiento teórico y social que domina para sostener un discurso y simular una práctica política “revolucionaria”, atractiva para algunas mujeres heterosexuales que aún tienen la esperanza de encontrar una masculinidad renovada, alejada del pacto patriarcal. Esa esperanza se convierte en una trampa cuando se topan con hombres como Villegas, quienes ponen en marcha tácticas de manipulación emocional como las siguientes:

1. Engaño y posesión

Desde un discurso crítico del amor romántico, convencen a las mujeres de no nombrar como “noviazgo” la relación, o de mantener ese nombre en la absoluta privacidad. Pero exigen todas las ventajas materiales y de cuidados de una relación sexoafectiva monógama. Monogamia que, por supuesto, ellos no respetan: mantienen múltiples relaciones paralelas bajo los mismos términos. Es posesión porque limitan a las mujeres de tener otras parejas, y es engaño porque las convencen de que están en una relación exclusiva.

2. Manipulación

Utilizan un arsenal político-discursivo para convencer a las mujeres de que la relación que propone es la más adecuada, ética y “políticamente coherente”. A esto suman estrategias clásicas de manipulación emocional como gaslighting, mansplaining, love bombing y otras formas de presión psicológica.

3. Mentiras y difamación

Para anticiparse a cualquier conversación entre amigas o conocidas, recurren a la mentira y la difamación: afirma que tal mujer está obsesionada, que otra fue rechazada o que exagera. Con ello socavan la reputación y la dignidad de las mujeres, protegiendo su imagen a costa de la nuestra.

4. Irresponsabilidad afectiva

Aunque inevitablemente son descubiertos, no se responsabilizan por los daños emocionales. Incluso cuando las víctimas hablan, expresan su dolor o solicitan claridad, evade, minimiza o desaparece.

Estas conductas son depredadoras precisamente por su carácter sistemático y continuado. No se trata de un caso aislado ni de una anécdota. Son decenas de mujeres quienes han testimoniado experiencias similares con el mismo individuo, con consecuencias devastadoras en sus vidas. Una vez más: lo personal es político. Estas mujeres han enfrentado secuelas que atraviesan lo político, lo afectivo y lo social: dudas sobre su criterio, culpa por no haber hablado antes, vergüenza, dolor y desilusión, incluso despolitización y desmovilización de las causas o espacios sociales donde se encontraron con este personaje. Emociones totalmente válidas, pero que requieren tiempo y acompañamiento para procesarse.

Hoy pongo el foco en el caso de Fabián Villegas, quien ha quedado públicamente expuesto como un depredador emocional

Estamos ante una situación extremadamente delicada porque ocurre en el corazón de nuestro movimiento social y político. Sentimos culpa al exponer estas dinámicas, porque tememos debilitar al movimiento; por eso en muchas ocasiones preferimos desmovilizarnos. Pero no es así. Lo que realmente erosiona al movimiento es perpetuar cualquier forma de violencia, guardar silencio y permitir que los depredadores se protejan a sí mismos con nuestras culpas. Lo que corroe nuestra fuerza es la incoherencia de compañeras dentro del movimiento que prefieren mirar hacia otro lado, minimizar, encubrir o restar importancia a este tipo de situaciones porque se ven reflejadas en acciones relativas y las posibles consecuencias.

Nombrar estas violencias no nos debilita: nos fortalece y debilita las posibilidades de este tipo de violencia. Denunciar la violencia emocional, la manipulación y el abuso afectivo en los espacios políticos es una forma de defensa colectiva. Es una práctica feminista. Es también una forma de justicia. Cada una encontrará el momento, forma y medio que le permita romper el cautiverio del silencio, estoy segura.

Lauristely Peña Solano

Escritora

Lauristely Peña Solano (Bohío Viejo, 1989) escritora, gestora cultural y docente.

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