En plena pandemia, abordamos en algunos trabajos la posibilidad de que se produjeran cambios significativos en la conducta de los seres humanos después del período de confinamiento pandémico.
Más aún, planteamos que podría ocurrir que los sujetos sociales fueran más egoístas posteriormente a esta traumática experiencia. Sin embargo, apostábamos por el humanismo y la solidaridad.
En este sentido, diríamos que fuimos demasiado reiterativos sembrando la duda de que las personas cambiaran el odio y el egoísmo como conducta o comportamiento marcado por la avaricia, el individualismo y la indiferencia. La vida nos dio la razón. Ahora estamos más cerca de las guerras y los desequilibrios.
Nunca la muerte había estado tan cerca de los seres humanos como en ese trágico período de la pandemia.
Si partimos, que es realmente nuestra tesis, de que el ser humano es esencialmente cerebro, no una somaticidad pura y simple, la afectación de este órgano del pensar y actuar bajo los mandatos de la racionalidad, el ser humano como sujeto social interactuante, se convierte en un estado de puro y penoso vegetal.
Aunque estábamos planteando, de igual forma, que esa tendencia a la no articulación social y humana ya venía desarrollándose mucho antes de que apareciera el mencionado virus que puso de rodillas a la humanidad.
Nunca la muerte había estado tan cerca de los seres humanos como en ese trágico período de la pandemia.
También expusimos con claridad que caminábamos hacia la comunicación no verbal. Hoy es altamente frecuente el hecho de que miembros de una familia, estando bajo el mismo techo, se comuniquen, vía WhatsApp, sin que intermedie la palabra hablada.
Estamos experimentando, de igual manera, que formar grupos o equipos de trabajo con estudiantes universitarios utilizando la técnica Phillips 66, de dinámica grupal, la cual se basa en el trabajo en equipo para elaborar e intercambiar información mediante una gestión eficaz del tiempo, encuentra dificultades para su aplicación, pues los estudiantes se acercan físicamente, pero trabajan individualmente en silencio y sin la intermediación de palabra alguna.
En todos los escenarios sociales, crece el número de sujetos o personas que se resisten a la interacción entre sí. E incluso a responder un cortés y afectuoso saludo. La comunicación, vía dispositivos tecnológicos, crece mientras la vocación hacia el afecto y a compartir va perdiendo terreno de forma acelerada.
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