La encíclica Magnifica Humanitas, primer gran texto doctrinal del papa León XIV, constituye uno de los intentos más ambiciosos por "desarmar" la inteligencia artificial (IA) y situarla dentro de una comprensión integral de la dignidad humana, la libertad y las transformaciones de nuestra civilización.

Su relevancia no reside únicamente en abordar una tecnología emergente, sino en reconocer que la IA no es un instrumento neutro: es una mediación histórica que reconfigura el modo en que los seres humanos conocen, deciden, trabajan, se relacionan y se comprenden a sí mismos.

Su hilo conductor viene dado por el perdón que pide el Obispo de Roma, por decirlo así, urbi et orbe. En efecto, por alguna razón finaliza pidiendo perdón por haber mancillado la libertad humana con la justificación de la esclavitud.

Defensa significativa de su intencionalidad civilizatoria pues —a pesar de que la encíclica está dedicada a la artificialidad de la inteligencia humana— no pide excusas por el viejo poder inquisitorial de la Iglesia, sino por el nuevo aprisionamiento del ser humano derivado de la expansión institucional de la IA en casi todos los ámbitos de la vida contemporánea.

La IA bajo la perspectiva eclesial

León XIV parte de una intuición decisiva: el problema no es solo lo que las máquinas pueden hacer en beneficio de la humanidad, sino aquello en lo que la humanidad se convierte cuando delega funciones esenciales de juicio, memoria e interpretación en sistemas algorítmicos.

La cuestión ya no es solamente técnica. Es profundamente humana.

La IA contemporánea ya no solo ejecuta órdenes. También clasifica información, anticipa conductas, influye sobre preferencias y organiza aquello a lo que prestamos atención.

En consecuencia, empieza a moldear, a condicionar, la forma misma en que percibimos la realidad.

En ese sentido, la libertad humana entra en una nueva fase histórica. Ya no se enfrenta únicamente a formas clásicas de vigilancia o control institucional, sino a sistemas invisibles que orientan nuestras decisiones y hábitos sin necesidad de imponerse por la fuerza.

Allí donde las sociedades industriales operaban mediante disciplinas visibles, las sociedades algorítmicas ahora funcionan diseñando entornos que orientan decisiones de manera silenciosa.

La libertad parece intacta. Seguimos eligiendo, pero cada vez más dentro de espacios condicionados por algoritmos, plataformas y sistemas de vigilancia digital.

En este punto, la encíclica converge con una intuición fundamental de Hannah Arendt: la amenaza decisiva de la modernidad no es solo la opresión, sino la erosión silenciosa de la capacidad de pensar y juzgar.

Sin juicio no hay responsabilidad, y sin responsabilidad la libertad pierde contenido moral y político.

La IA intensifica ese riesgo de una manera inédita.

Los algoritmos ya deciden qué noticias vemos, qué productos deseamos, qué rutas seguimos e, incluso, qué emociones reciben mayor estímulo en redes sociales o qué candidato convence o no.

A ello se suma la advertencia de Yuval Noah Harari. Desde su perspectiva, la concentración masiva de datos convierte la conducta humana en información procesable y predecible a una escala nunca vista.

El peligro no consiste únicamente en que las máquinas "piensen", sino en que los seres humanos dejen progresivamente de hacerlo por sí mismos.

Cuando los algoritmos conocen hábitos, deseos y vulnerabilidades mejor de lo que los individuos se conocen a sí mismos, las nociones clásicas de autonomía y libre albedrío entran inevitablemente en crisis.

Crisis educativa y fragmentación del saber

Sin embargo, el diagnóstico papal no se limita a la crítica tecnológica. Su núcleo es más profundo: la crisis contemporánea es también educativa, cultural y antropológica.

Durante más de un siglo, las sociedades industriales organizaron el conocimiento bajo una lógica de fragmentación funcional heredera del «fordismo». La misma racionalidad que estructuró la línea de ensamblaje terminó moldeando universidades, profesiones y formas de prestigio social.

La especialización extrema produjo expertos altamente competentes en áreas muy específicas, pero crecientemente incapaces de comprender el conjunto.

Ese modelo generó progreso, aunque también una subjetividad fragmentada. El mundo se volvió más eficiente, pero también más desigual y difícil de comprender como totalidad significativa.

La irrupción de la IA altera ese equilibrio

Cuando el acceso al conocimiento técnico se automatiza, acumular información deja de ser el principal diferencial humano. Lo decisivo pasa a ser otra cosa: la capacidad de interpretar, conectar ideas, juzgar y otorgar sentido.

En ese desplazamiento reaparece una figura históricamente relegada por la modernidad industrial: la del hombre universal o polímata. No como nostalgia romántica del Renacimiento, sino como forma de resistencia frente a la fragmentación contemporánea del conocimiento.

Leonardo da Vinci no representaba simplemente la suma de muchos saberes, sino su integración viva. Comprendía que anatomía, arte, ingeniería y naturaleza no eran compartimentos separados, sino expresiones de un mismo mundo inteligible.

No era un especialista encerrado en la pata 26 izquierda del ciempiés, incapaz de comprender el organismo completo.

Hoy, en la era algorítmica, esa capacidad de síntesis deja de ser ornamental y se vuelve esencial.

Un individuo reducido a una especialización extrema resulta más vulnerable frente a sistemas que organizan desde fuera su atención, percepción y capacidad de decisión.

En cambio, una formación capaz de integrar historia, filosofía, ciencia, arte y técnica fortalece las condiciones interiores de la libertad.

El eterno retorno de las humanidades

Las humanidades y las artes liberales recuperan así una centralidad inesperada.

No porque puedan competir con la IA en velocidad o cálculo, sino porque preservan aquello que no puede automatizarse: la sabiduría, la deliberación prudente, la imaginación moral y la capacidad de reconocer al otro como persona y no simplemente como dato u objeto.

Como recuerda el propio pontífice, "la técnica debe servir a la persona humana y nunca sustituir su dignidad irrepetible".

Técnica, subjetividad y crisis del juicio

El alcance del problema obliga a ir más allá de la economía o de la tecnología. La IA no solo transforma sistemas productivos: transforma la manera misma en que se constituye la experiencia humana.

Desde una perspectiva cercana a Michel Foucault, la IA puede entenderse como una nueva forma de gubernamentalidad: un poder que no prohíbe directamente, sino que estructura de antemano el campo de lo posible.

No elimina la libertad. La canaliza.

No impone decisiones. Condiciona silenciosamente las probabilidades de nuestras elecciones.

La consecuencia es una transformación gradual de la subjetividad.

La técnica ya no está fuera de nosotros. Vivimos dentro de ella.

Gilbert Simondon ya advertía que los sistemas técnicos no son simples objetos, sino procesos que participan en la construcción de lo humano y lo colectivo. La IA no solo modifica lo que hacemos, sino también las condiciones bajo las cuales pensamos.

Martin Heidegger describió la técnica moderna como un modo de comprender el mundo donde todo aparece como recurso disponible para el cálculo y la optimización.

El riesgo no es la máquina en sí misma, sino la reducción de toda realidad —incluido el ser humano— a algo cuantificable y utilizable.

La expansión de sistemas algorítmicos radicaliza esa tendencia.

La atención se convierte en recurso económico; las emociones, en métricas; las relaciones, en datos; la identidad, en perfiles estadísticos.

El mundo se vuelve cada vez más legible para los sistemas de cálculo, pero más difícil de comprender en términos humanos.

El aporte singular de la encíclica

La encíclica puede leerse como una respuesta antropológica a esa deriva: la afirmación de que la persona humana no puede reducirse a información, rendimiento o utilidad.

Ese es el núcleo distintivo de Magnifica Humanitas.

Y, precisamente por ello, la autoridad moral del papa confronta toda visión clasista que pretenda atribuir valor únicamente a quienes dominan las áreas vinculadas con la programación y la arquitectura de la IA, relegando al resto a una condición de prescindibilidad.

Mientras gran parte del pensamiento contemporáneo describe cómo los sistemas digitales condicionan la conducta, el papa introduce una tesis más radical: la dignidad humana es irreductible a cualquier forma de cálculo, predicción u optimización.

La persona no puede reducirse a datos o preferencias de consumo. Es un ser humano concreto: corporal, vulnerable y vinculado a otros.

Desde esa perspectiva, el problema central de la era algorítmica no es la sustitución del ser humano por la máquina, sino la aceptación cultural de una lógica donde solo parece valioso aquello que puede medirse.

Por eso el sucesor de Pedro desplaza el debate desde la tecnología hacia la formación humana.

La libertad no consiste únicamente en elegir entre opciones ofrecidas por sistemas digitales. Requiere juicio, memoria, interioridad y capacidad de resistencia frente a la aceleración permanente del entorno técnico.

La encíclica insiste especialmente en la centralidad del juicio.

Podemos seguir creyendo que elegimos libremente. Pero si un algoritmo decide constantemente qué vemos, qué compramos o qué pensamos primero, nuestra autonomía comienza a estrecharse.

Por ello, reconstruir espacios de silencio, contemplación, educación integral y memoria histórica deja de ser un lujo cultural. Se convierte en una necesidad para preservar la libertad.

En ese sentido, el aporte más decisivo del pontífice aparece en su defensa de la encarnación frente a las utopías tecnológicas que sueñan con una humanidad desligada del cuerpo y de sus límites.

Frente a imaginarios transhumanistas que reducen la conciencia a información transferible y el cuerpo a simple soporte reemplazable, la encíclica reivindica el valor de la finitud, la vulnerabilidad y la corporeidad.

La afirmación cristiana de que "el Verbo se hizo carne" introduce aquí un límite radical: la humanidad no puede entenderse como un sistema indefinidamente optimizable.

La fragilidad no es un defecto del ser humano. Es parte constitutiva de lo que somos.

Desde esa perspectiva, la propuesta papal no representa tecnofobia ni nostalgia premoderna.

Busca algo más difícil: orientar el desarrollo tecnológico sin sacrificar la dignidad humana en nombre de la eficiencia.

La libertad bajo el algoritmo

La libertad bajo el algoritmo no desaparece de golpe. Se erosiona lentamente: allí donde el juicio humano se debilita, la formación se fragmenta y la interioridad es sustituida por cálculo.

La pregunta decisiva que atraviesa Magnifica Humanitas no es qué pueden hacer los sistemas inteligentes, sino qué tipo de humanidad será capaz de habitarlos —debido a sus efectos— sin perderse en ellos.

En una época fascinada por la automatización del pensamiento, la encíclica devuelve al centro una intuición elemental y perturbadora: pensar, juzgar, amar y dar sentido siguen siendo tareas irreductiblemente humanas.

En esa irreductibilidad se juega la posibilidad misma de la libertad en la era de los algoritmos.

En definitiva, estamos ante un papa que intenta ofrecer una orientación ética y humanista frente a la crisis contemporánea como defensa de la libertad humana frente al poder creciente de los sistemas algorítmicos.

Ello implica responder preguntas que ya no pueden ser eludidas: "¿Hacia dónde vamos? ¿Qué meta deseamos alcanzar? ¿Qué dirección debemos elegir como comunidad humana?"

Y también supone intentar encauzar las múltiples formas de poder —financiero, tecnológico, (geo)político y comunicacional— que sostienen la expansión global de la IA.

Todo ello, movido por la convicción y la certeza —quizás quijotescas— de un papa León decidido a desarmar las lógicas tecnológicas que hoy blindan y potencian la actual expansión de la IA, porque esta debe permanecer al servicio de la dignidad humana y, en ninguna hipótesis, al revés.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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