“La oligarquía española —militar, aristocrática y diplomática— veía en Trujillo a un caudillo eficaz contra el comunismo, pero incapaz de integrarse en el círculo de legitimidades históricas que España pretendía reivindicar para sí misma”.
En los años finales de la dictadura trujillista, cuando el régimen comenzaba a sentir el peso del aislamiento internacional y la presión moral de un mundo que cambiaba con rapidez, Rafael Leónidas Trujillo Molina parecía perseguir una idea fija que iba más allá de la mera conservación del poder: la construcción de una dinastía que trascendiera las fronteras dominicanas y se proyectara en el ámbito hispánico, legitimada por España y tolerada por los Estados Unidos.
Aquella aspiración, que mezclaba ambición personal, cálculo político y una profunda ansiedad de reconocimiento histórico, se fue transformando lentamente en obsesión, y de la obsesión brotaron decisiones cada vez más desesperadas.
Trujillo no era un improvisado en materia de legitimación internacional. Había comprendido, desde muy temprano, que la fuerza bruta no bastaba para garantizar la permanencia del régimen en la historia. Necesitaba símbolos, alianzas, ceremonias, relaciones con poderes tradicionales que le confirieran una respetabilidad que su origen humilde y su ascenso violento no podían otorgarle por sí solos.
España, bajo el mando de Francisco Franco, representaba ese espejo posible: un régimen autoritario, anticomunista, con pretensiones de continuidad histórica y con vínculos profundos con la tradición católica y monárquica europea.
El acercamiento a la España franquista no fue un simple gesto diplomático. En la mente de Trujillo, España era algo más que un aliado: era el puente hacia una legitimación aristocrática que aspiraba a envolver a su familia, especialmente a su hijo Ramfis, en una aureola de continuidad histórica. Soñaba con que el apellido Trujillo pudiera adquirir, con el tiempo, una dimensión casi dinástica, inscrita en la gran narrativa de la hispanidad.
Era un proyecto político, pero también psicológico, nacido de la necesidad íntima de trascender el carácter contingente del caudillismo caribeño y convertirse en una figura con estatura histórica equiparable a los grandes dictadores europeos del siglo XX.
Sin embargo, la España de Franco, que había sobrevivido al aislamiento de la posguerra, comprendía perfectamente los límites de sus alianzas.
El año 1953 marcó un punto de inflexión decisivo: los pactos entre España y los Estados Unidos integraron al régimen franquista en el sistema estratégico occidental de la Guerra Fría.
A partir de ese momento, la prioridad absoluta de Madrid fue consolidar su relación con Washington, única garantía de supervivencia política y económica en un mundo polarizado.
En ese nuevo orden atlántico, Trujillo era útil, pero no indispensable; aliado, pero no igual; cercano, pero social y políticamente inferior a los ojos de las élites franquistas.
La oligarquía española —militar, aristocrática y diplomática— veía en Trujillo a un caudillo eficaz contra el comunismo, pero incapaz de integrarse en el círculo de legitimidades históricas que España pretendía reivindicar para sí misma.
Lo toleraban, lo utilizaban como referencia de la hispanidad en el Caribe, pero no estaban dispuestos a comprometer sus recién fortalecidas relaciones con los Estados Unidos por las ambiciones dinásticas de un dictador antillano.
Aquella distancia, apenas perceptible en los gestos protocolarios, resultaba en cambio evidente en los silencios, en las reservas y en la ausencia de un reconocimiento pleno a las pretensiones familiares del trujillismo.
En ese contexto de aspiraciones frustradas surgió el caso de Jesús de Galíndez, un intelectual vasco exiliado que, desde su posición como profesor en la Universidad de Columbia, se había convertido en uno de los críticos más peligrosos del régimen dominicano. Galíndez no era un agitador menor; conocía los mecanismos internos de la dictadura, comprendía su funcionamiento y preparaba una tesis doctoral que, de publicarse, podía convertirse en una denuncia devastadora ante la opinión pública internacional.
Para Trujillo, aquel hombre representaba algo más que un adversario político: era un obstáculo para la legitimación exterior que tanto ansiaba, una amenaza directa a la imagen que pretendía construir ante las élites occidentales y, por extensión, ante la España franquista.
La desaparición de Galíndez en Nueva York en 1956 constituyó uno de los episodios más oscuros de la Guerra Fría caribeña. Su secuestro y posterior asesinato —operación ejecutada con una logística internacional que revelaba el alcance global de la dictadura— provocaron un escándalo diplomático de grandes proporciones.
La indignación en Estados Unidos y en Europa fue inmediata, y el nombre de Trujillo comenzó a asociarse no sólo con el autoritarismo, sino con prácticas clandestinas propias de los regímenes más cuestionados del momento.
Para la España de Franco, ya vinculada estratégicamente a Washington, aquel episodio resultaba profundamente incómodo: la alianza con el dictador dominicano comenzaba a tener un costo político que no estaban dispuestos a pagar.
Pocos años después, el asesinato de José Almoina en México añadió un nuevo elemento a la tragedia. Almoina había sido colaborador del régimen y conocía desde dentro los engranajes del poder trujillista. Convertido luego en crítico, poseía información sensible que podía confirmar, con autoridad testimonial, los abusos del sistema.
Si Galíndez era la denuncia académica y moral, Almoina representaba la memoria interna del régimen, la voz que podía revelar lo que ocurría tras los muros del poder.
Su eliminación reforzó la percepción internacional de que Trujillo actuaba impulsado por un temor creciente a que se derrumbara la imagen que con tanto esfuerzo había tratado de construir.
La concatenación de estos hechos permite comprender el clima psicológico en que se desenvolvían las decisiones finales del dictador. Trujillo se veía a sí mismo no sólo como gobernante de la República Dominicana, sino como figura destinada a ocupar un lugar duradero en la historia de la hispanidad.
La negativa tácita de las élites españolas a reconocer esa pretensión, unida a la presión de los Estados Unidos y a la difusión internacional de denuncias sobre su régimen, alimentó en él una sensación de cerco y de traición.
La idea de una dinastía trujillista con proyección hispano-dominicana comenzaba a desmoronarse, y con ella se debilitaba el fundamento simbólico que había imaginado para perpetuar su legado.
En ese escenario, las decisiones represivas adquirieron un carácter cada vez más personal y desesperado.
La eliminación de Galíndez y de Almoina puede entenderse, entonces, no sólo como actos de control político, sino como reacciones de un poder obsesionado con impedir que se frustrara su aspiración de reconocimiento internacional y de continuidad familiar. El dictador, que había gobernado durante décadas con un dominio casi absoluto, percibía ahora que el mundo exterior —España incluida— no estaba dispuesto a sacrificar sus propios intereses estratégicos por la supervivencia simbólica de su proyecto dinástico.
Así, mientras España consolidaba su relación con los Estados Unidos y se integraba en el sistema occidental, Trujillo quedaba progresivamente aislado, atrapado entre su ambición de trascendencia histórica y la realidad geopolítica de la Guerra Fría.
La oligarquía franquista lo veía cada vez más como un aliado incómodo, un caudillo útil pero prescindible, cuya conducta podía poner en peligro las delicadas relaciones construidas con Washington desde 1953.
Aquella percepción, silenciosa pero firme, contribuyó a debilitar el sueño de una dinastía legitimada en el mundo hispánico.
La tragedia final del trujillismo se gestó en esa tensión entre ambición y realidad.
El dictador que había logrado imponer su voluntad dentro del país descubría que, en el escenario internacional, su poder tenía límites insalvables.
Ni España estaba dispuesta a aceptarlo como miembro de una aristocracia política equiparable a la europea, ni los Estados Unidos tolerarían indefinidamente los escándalos que comprometían su imagen en el hemisferio occidental. Frente a esa frustración, la reacción fue endurecer los métodos y eliminar a quienes simbolizaban la amenaza moral y política contra su proyecto.
De este modo, el asesinato de Jesús de Galíndez y de José Almoina aparece, a la luz de la historia, como parte de la lógica trágica de un régimen que buscaba perpetuarse no sólo en el poder, sino en la memoria histórica de la hispanidad.
La obsesión por una dinastía trujillista española–dominicana, nunca plenamente aceptada por las élites franquistas ni compatible con los equilibrios de la Guerra Fría, terminó convirtiéndose en uno de los factores que precipitaron el aislamiento y el ocaso definitivo de la dictadura. En el fondo, aquella empresa dinástica fue el sueño imposible de un caudillo que quiso ser más que dictador: quiso ser linaje, quiso ser historia, y encontró, en cambio, los límites implacables de la geopolítica y del juicio del mundo.
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