El sol de la mañana acaricia el patio polvoriento de la escuela rural. Los niños se alinean, pecho erguido, y la adolescente más alta da un paso adelante. Su voz, primero tímida, se alza firme: declama “A la Patria” de Salomé Ureña. Cada palabra vibra en el aire: levantarse del polvo, superar la barbarie, alcanzar unidad y gloria. La bandera asciende lentamente; sus movimientos se reflejan en ojos brillantes y manos nerviosas. La maestra observa, silenciosa, con los labios curvados en una sonrisa que nadie necesita aplaudir: la semilla del orgullo y la dignidad patriótica germina en cada corazón.
Al fondo del patio, la madre o la sastre ajusta cuidadosamente el vestido tricolor que cubrirá el asta de la bandera. Cada puntada es un homenaje silencioso a Concepción Bona, María Trinidad Sánchez, Isabel Sosa y María de Jesús Pina, mujeres patriotas que tejieron y cosieron la primera bandera que se izó el 27 de febrero de 1844. Los hilos rojos, azules y blancos vibran con la historia, recordando el esfuerzo de quienes hicieron posible la independencia. Cada corte de tela, cada puntada, es memoria viva, pasado y presente entrelazados en un acto cotidiano de amor a la patria.
En un aula contigua, el profesor de teatro dirige el ensayo del acto del Día de la Independencia. Sus manos dibujan silencios, corrige gestos, propone pausas; invita a los estudiantes a sentir la historia, a vivirla en cada palabra y movimiento. La guitarra del joven profesor de música acompaña los versos patrióticos, mientras el bongó, la güira y la tambora marcan el ritmo del merengue que se filtra por las ventanas abiertas, uniendo melodía y voz en un mismo latido. La instructora de danza imprime pasos heroicos sobre el suelo polvoriento; los niños giran, saltan, se inclinan, respirando el pulso del pasado. Más allá, un taller de pintura improvisado en cajas de cartón muestra manos manchadas de óleo plasmando banderas, flores y versos, mientras el profesor ajusta detalles con delicadeza. No lejos de allí, un artesano pinta máscaras de diablo cojuelo para las comparsas del domingo. Cada pincelada despierta risas y asombro; cada color transmite la alegría de la tradición, el carnaval de nuestra identidad, la inventiva y paciencia que forman parte del legado cultural dominicano.
Este valor, profundo en nuestra idiosincrasia, se manifiesta en la entrega diaria de maestros, instructores de danza, música, teatro y plástica, así como madres, sastres y artesanos: un amor que se ofrece sin aplausos, que permanece incluso cuando nadie lo reconoce. Es precisamente esta persistencia la que los Ministerios de Educación y Cultura deberían cosechar, celebrar e incentivar durante el mes de la patria, para que las nuevas generaciones comprendan que enseñar, crear y transmitir cultura es un acto de responsabilidad social y amor a la patria.
Los profesores y artesanos saben que su trabajo trasciende el momento; cada semilla sembrada crecerá en los corazones que aprenderán, crearán y celebrarán la patria.
Educar y formar sin esperar ser bien remunerado es entregar tiempo, paciencia y pasión; medir la recompensa en la chispa de comprensión en los ojos de un estudiante, en la risa que celebra un logro, en la voz que descubre su propio canto. Es sostener la certeza de que la educación y el arte son fuerzas silenciosas que construyen identidad, ciudadanía y memoria histórica.
La memoria social recuerda los clubes barriales y escuelas rurales donde cada acto patriótico se prepara en la sombra: ensayos, cantos, poemas, murales y máscaras que honran la independencia; banderas que ondean por primera vez en cada escuela, vestidos tricolores confeccionados con paciencia y ternura, máscaras que iluminan las comparsas y risas que llenan los patios. Los educadores y artesanos dominicanos son mentores invisibles que dejan semillas de disciplina, creatividad y esperanza, sosteniendo el corazón del país en cada gesto, en cada palabra, en cada acorde y en cada trazo.
Hoy, el himno a capela se eleva de nuevo entre paredes y árboles, y la adolescente termina su declamación, respirando con orgullo, mientras los niños aplauden tímidamente. Los profesores y artesanos saben que su trabajo trasciende el momento; cada semilla sembrada crecerá en los corazones que aprenderán, crearán y celebrarán la patria.
En voz baja, sin sermones ni consignas, se percibe la ética de quien entrega todo sin aplausos: enseñar y crear es sembrar en la sombra, como lo hicieron nuestros padres de la patria, que soñaron y trabajaron para que una nación libre y digna pudiera levantarse del polvo y la barbarie. Cada gesto, cada verso recitado, cada paso de danza y cada trazo de color son un eco de ese legado; semillas que florecerán hoy y siempre en los corazones que aprenden, crean y celebran la patria, recordando que la independencia no fue un instante, sino un compromiso de amor y entrega que continúa en cada maestro, cada artista y cada ciudadano que honra la memoria de quienes nos dieron patria. Y en cada rincón del mundo donde existe un nacido en esta tierra, resonará con orgullo: “Yo soy dominicano”.
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