A mis noventa años, cuando la vida se mira con más perspectiva, como se observa el camino largo desde lo alto de una loma, uno comprende que todo lo vivido fue preparando el corazón para servir. No siempre se sabe en el momento, pero con el paso del tiempo se descubre que cada decisión que implicó sacrificio, cada amanecer de trabajo y cada lágrima guardada eran semillas que algún día darían fruto para otros.
Desde el campo uno aprende temprano que la vida no se mide solo por lo que uno logra para sí mismo, sino por lo que logra construir junto a los demás. En las comunidades rurales, donde muchas veces el Estado llega tarde o llega poco, la organización de la gente se vuelve la base del bienestar colectivo. Y en ese tejido silencioso de la vida comunitaria, las mujeres han sido, por generaciones, un pilar esencial.
Yo nací y crecí en una familia grande, como solían ser las familias rurales dominicanas a inicios del siglo pasado. Mi madre era una mujer de carácter firme, de esas que enseñan más con el ejemplo que con las palabras. En aquel tiempo mi vida estaba llena de alegrías sencillas: la familia, el cariño, las risas compartidas. Pero todavía no sabía que la vida también me estaba preparando para algo mayor.
En el año 1955 me casé con Antonio. Con él comenzó la verdadera prueba de la vida. No fue una prueba de tristeza, sino de responsabilidad. Decidimos dejar el mundo que conocíamos y, luego de haber procreado nuestros primeros cuatro hijos, empezar de nuevo en unas tierras donde apenas había nada. Cien tareas de tierra nos esperaban para ser trabajadas, y con ellas el sueño de levantar un hogar y una comunidad que con el tiempo llamamos La Cuarenta.
Ese nombre no surgió por casualidad. Las condiciones de aquel lugar eran tan duras que muchas veces parecían una prueba permanente de resistencia. No había caminos, ni servicios básicos, ni instituciones que acompañaran a la gente. Todo estaba por hacerse. Y cuando todo está por hacerse, uno aprende que la comunidad no se levanta solamente con herramientas o con recursos materiales: se levanta con voluntad, con cooperación y con un profundo sentido de responsabilidad hacia los demás.
Yo llegué con cuatro hijos pequeños, dejando atrás la seguridad de lo conocido y las redes de apoyo de la familia. Aquello exigía valentía. Pero también me enseñó una verdad sencilla: cuando las circunstancias obligan, la gente aprende a organizarse y a cuidarse mutuamente. Así, poco a poco, fuimos construyendo no solo un hogar, sino también una comunidad.
La tierra nos dio sustento, pero también nos enseñó humildad. Hubo años en que el viento y la lluvia se llevaron las cosechas enteras. Recuerdo mirar los sembrados destruidos y sentir ese silencio, esa impotencia y ese dolor que deja la pérdida. Pero en el campo uno aprende temprano que lamentarse demasiado no siembra nada.
Por eso repetía una frase que con el tiempo se volvió guía de vida: “No hay otra opción que el trabajo.”
Así, cada vez que lo perdíamos todo, volvíamos a empezar con lo que teníamos: nuestras manos, la fe y la esperanza. En esa perseverancia cotidiana se forja una de las virtudes más profundas del mundo rural: la resiliencia.
Pero una comunidad no vive solamente de lo que produce la tierra. También necesita cultivar el conocimiento. La educación es la semilla que permite que los pueblos miren más lejos que su propia generación.
Como maestra correctora de Radio Santa María, tuve la oportunidad de formar parte de un movimiento educativo que llevó alfabetización a muchas comunidades campesinas del país. Aquella experiencia nos hizo comprender que enseñar a leer y escribir era mucho más que transmitir conocimientos: era abrir caminos de dignidad, autonomía y participación para personas que durante mucho tiempo habían vivido al margen de las oportunidades.
Con gestiones, insistencia y el apoyo de muchas voluntades logramos levantar la primera escuela de nuestra comunidad. Aquella escuela, que luego llevó el nombre de Leopoldo Paulino, asumió la tarea enorme de alfabetizar a cerca de trescientos niños.
Ver a tantos muchachos llegar cada día con su cuaderno bajo el brazo fue una de las mayores alegrías de mi vida. Aquella escuela llegó a ser la más concurrida de la región, no por grandeza, sino por necesidad. Donde antes había aislamiento, comenzó a crecer una generación que podía leer el mundo con otros ojos.
Pero el trabajo comunitario no tiene horarios ni descansos definidos. Como promotora de salud, mientras enseñaba también visitaba las casas. Había que orientar a las familias, llevar medicamentos cuando hacía falta, acompañar a los enfermos y registrar las necesidades de cada hogar. Todo eso sin descuidar lo más importante: la familia que Dios me había regalado y que siguió creciendo con los años.
Las mujeres del campo sabemos que el liderazgo no se aprende solamente en los libros. Se aprende escuchando, acompañando y resolviendo los problemas concretos de la gente. Muchas veces con muy poco. Pero siempre con la convicción de que nadie debe quedar abandonado.
Con el paso del tiempo la vida volvió a movernos de lugar. Ya siendo adulta mayor, cuando la mayoría de mis hijos habían formado sus propios hogares, llegué junto a mi esposo a Villa Tapia. Allí nació un nuevo compromiso: la fundación del Hogar de Ancianos Padre Noel.
No fue una tarea sencilla. Hubo resistencias, incomprensiones y muchas barreras. Pero también hubo personas que comprendieron que una comunidad se mide por la forma en que trata a sus mayores. Cuidar a los ancianos es cuidar la memoria de un pueblo.
Durante diez años tuve la dicha de dirigir aquel hogar con la ayuda de personas humildes y solidarias que entendieron que la dignidad humana no tiene edad.
Y cuando muchos pensaban que la vida debía volverse tranquila, en mis ochenta años sentí que todavía quedaba algo por hacer. Así nació la Fundación Padre Ercilio, desde donde comenzamos a llevar ayudas a los ancianos de la comunidad: desayuno, almuerzo, meriendas, medicamentos y, sobre todo, compañía.
Porque la soledad también es una forma de pobreza.
Hoy, al mirar hacia atrás, no veo una vida extraordinaria. Veo más bien una vida de campo, hecha de trabajo constante, de caídas y de comienzos nuevos. Pero también veo cómo, cuando una mujer decide caminar pensando en el bien de todos, su vida se convierte en un pequeño faro que ilumina a otros.
Por eso, en este Día Internacional de la Mujer, quisiera dirigir unas palabras a las mujeres jóvenes de nuestro país.
El liderazgo no siempre se manifiesta en grandes cargos o en obras visibles. Muchas veces se parece más a una mujer que organiza a sus vecinos para resolver un problema, que enseña a leer a un niño, que acompaña a un enfermo o que anima a su comunidad a trabajar unida.
Ese es el liderazgo que transforma los pueblos.
El liderazgo verdadero nace del bien común.
Las comunidades necesitan mujeres que no tengan miedo de comprometer su vida con los demás. Mujeres que entiendan que el trabajo digno levanta pueblos. Mujeres que no se rindan cuando el viento tumba la cosecha.
Porque siempre habrá tormentas.
Pero también siempre habrá manos dispuestas a sembrar de nuevo.
A mis noventa años puedo decir que el mayor regalo de la vida ha sido servir. Y si algo quisiera dejar como mensaje es esto: cuando una mujer decide trabajar por su comunidad, no solo transforma su propio destino, también abre caminos para los que vienen detrás.
Que las nuevas generaciones de mujeres sigan levantando escuelas, cuidando la salud de sus vecinos, organizando a sus comunidades y defendiendo el bienestar de todos.
El pueblo dominicano necesita de su mirada, de su dulzura y de su valentía.
Porque cuando una mujer se atreve a liderar con espíritu de servicio, todo el pueblo camina un poco más lejos.
—
Biografía de Antigua Melania Martínez Santos
Mujer dominicana.
Maestra correctora de Radio Santa María (1968–1982)
Promotora de salud comunitaria (1977)
Fundadora de la Escuela Leopoldo Paulino, Las Cabuyas, La Vega
Fundadora del Hogar de Ancianos Padre Noel, Villa Tapia, Salcedo (1987)
Fundadora de la Fundación Padre Ercilio (2005)
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