Entre los mares y océanos, el pensamiento es un acto de conciencia. Alude a la capacidad de observar y construir ideas, las cuales nos permiten ver lo estético, la naturaleza o aquellos contenidos que se interpretan con la lógica. También es una emoción que nos permite ver las cosas sencillas, sin grandes estímulos, de manera artesanal, bajo el cumplimiento de las tareas de la cotidianidad.
Hoy escuché y leí de nuevo el poema Lamentaciones de Menón por Diotima, de Friedrich Hölderlin. Es un hermoso poema que escribió a su amada, exaltando ese amor para despedirse de ella. Un poema que contiene un goce que no necesita encontrar más que saberse arrobado en ese estado epocal de transformación que se yergue mudo, inmóvil y bajo un orden estético que se consolida en una poética mesiánica de que algo debía preguntarse a la vida, al alma, a los cielos y al mismo
sentido de la lucidez de la metáfora. Es un calmante en el instante del adiós.
Al sentir el poema, se reveló la sonrisa. Un sueño de la amable lejanía entre el amor y la contemplación de la vida. La dulce vocación política del canto ideal, de lo pragmático, lo estético y los razonables cortes de los sonidos de la narrativa de la felicidad, como belleza trivial, para convertirlo más arriba en luces que puedan subir la escalera desde lo bello corpóreo a otros escalones más altos: la belleza del alma (lo moral). Ambas cosas son muy difíciles de conseguir en la propia vida, por los juegos del lenguaje de los humanos, su nubazón y su continuo apego a lo inmutable. Una materialidad pequeña y mortal.
En cambio, están aquellos que, no bastándoles quedarse radicalizados en la ética, dan otro salto para montarse en las nubes. Un lugar donde se plasman los soles que ofrecen el conocimiento y la ciencia. Estas dos bellezas trascienden la animalidad, y esto me sonroja, ya que la belleza trasciende los límites de la ignorancia. Esto último, tal como lo concebían los griegos, se refiere a aquel que ignora porque cree no necesitar saber.
En ese entusiasmo de crear, se vuelca mi mirada hacia la mujer que fue maestra de Sócrates, llamada Diotima. La describen como un ser creativo, médica y sacerdotisa de Apolo. Fue una mujer que enseñó, según Platón, en su obra El banquete, en la cual se habla de varias mujeres: Fenarete (la que hace nacer la virtud), Aspasia (la agradable, la acogedora y la gran oradora) y Diotima, la mujer que enseñó la esencia del amor.
Es en ella en quien se inspiró Hölderlin para su doloroso poema de desahogo por su trágico amor. Quizás buscaba ritualizar en el verso esa esencia subliminal del acto de sentir y observarse en el campo del amor. Diotima es una lámpara vital para conocer y comprender eso que se llama amor y que Lacan, como todo hombre conocedor de lo que planteó Diotima, localiza en la geografía del «Aún».
La tensión para tratar de entender la conceptuación del amor en el marco de lo psicológico, filosófico y poético ha sido un debate desde hace siglos. Bajo los relatos de la mayéutica, Sócrates planteó esa resbalosa discusión acerca del Eros y el amor. Tal como lo refiere Platón, fue una mujer espartana llamada Diotima quien enseñó al viejo filósofo que lo humano no se atrapa en una gota de rocío. La complejidad viene dada porque los seres humanos no son inmortales, pero tampoco son ignorantes. La gracia es que las noches no se han callado; hay dudas e incertidumbres. En cuestiones del amor, las sombras y las luces abrazan el bosque. Todos y todas, alguna vez, extrañamos los abrazos de alguien bajo las luces de luciérnagas de cualquier estación.
Diotima era una gran sabia. Ella habló frente a los pensadores de su época y logró plantear sus ideas sobre el amor a muchos de ellos. Esto todavía se recuerda, aunque sus relatos terminan siendo tragados por las burbujas de la misoginia, que la ocultó del mundo del pensamiento.
No obstante, las nubes se disipan y la sal se esparce sobre la mesa. Los actos se muestran y ellas nos cuentan su interpretación del mito de Eros. De acuerdo con ella, su nacimiento es una contradicción de los jardineros divinos. Su padre se llama Poro (un hombre rico y fanfarrón) y su madre es Penía, la diosa de la pobreza. Entre ambos existe una gran diferencia de recursos económicos, y están limitados por los espacios donde se movían en el ámbito de los cielos griegos.
Ahora bien, después de una parada en el Olimpo, el dios borracho de néctar se queda dormido en los jardines donde estaba Penía recogiendo lo sobrante. Ella observó a aquel dios y se recostó a su lado. Tal vez para calentar su cuerpo o acercarse por destino y quedar preñada del néctar babeado de Poro.
De ese encuentro nació un ser extraño llamado Eros: el hijo de la pobreza y la riqueza. Un ser cuyo comportamiento se regía por el amor a lo bello, pero al que le gustaba convivir con la penuria y la escasez y que, por tales razones, prefería los cruces de caminos y dormir en los suelos. Tenía los rasgos de los dos padres. El mundo de Eros es la sombra y los caminos sin límites, pero con alas de silencio y belleza. Una locación donde las flores nunca caen, porque los hogares están llenos de amor y ternura en los jardines de los sueños.
Eros estremece la piel mientras va descalzo, cantando sus deseos. Es la encarnación de los ojos tristes y la mirada activa. Ha robado, durante la noche, la sonrisa de la amada cuando le dice:
¡Voy contigo!
En la mañana, las sábanas son playas sin olas.
Volviendo a Diotima, es ella quien aclara la naturaleza de Eros y del amor.
Según la filósofa, el amor no es mortal ni inmortal. Tampoco es generoso o grandioso, ni rico ni pobre. Asimismo, plantea que no es ignorante ni sabio, sino tan solo amante de la sabiduría. Eso es la filosofía: un amor, un anhelo por el saber. Es un tipo de amor erótico hacia una plenitud que nunca se alcanza. Así es la naturaleza de Eros.
Por su naturaleza dual, Eros es un insatisfecho total. No es un dios; ellos no necesitan la sabiduría. Es sabio por sí mismo. Tampoco es humano, dado que no cree que le falte algo. Los ignorantes ni siquiera se preguntan si desean lo que anhelan. La filósofa plantea que la permanencia de la insatisfacción es lo que raya el lenguaje del amor.
Platón relata que la espartana que se crió en el Peloponeso abrumó a Sócrates. Lo que le relató a Sócrates sobre el tema del amor fue una ola que rompe la orilla. Él se sobresaltó. Yo imagino que le dijo:
¡Oye, Diotima, no cierres las alas de los hombres!
Ella le dijo —imagino yo— que Eros no era ni bueno ni malo, ni bello ni feo, ni sabio ni ignorante; estaba situado en el medio, nunca en los extremos. Por tanto, no es un dios ni es humano, sino un daimon, un genio, un ser que se sitúa entre los dos por su naturaleza sabia e ignorante. Se mueve como adulto y adolescente. No busca su media mitad; es un deseo de poseer el bien para siempre, el cual, en pocas palabras, quiere ser inmortal.
Su geografía es una locación entre la conciencia de que se necesita algo. En el caso de la filósofa, se desea un maestro; en el del enamorado, se anhela a la amante. Sin embargo, este es inconsciente, porque no tiene clara la naturaleza de su deseo, ya que quiere cuerpo, ser amado y amar; anhela lo moral, lo bello y la idea misma de lo bello. Muchas veces, cuando encuentra lo que dice necesitar, le llega el vacío de la insatisfacción.
Por tal razón, expresó que, para poder amar, no se necesita que el otro sea bello, rico o sabio. Lo único que se necesita, expresa la filósofa, es mirar o contemplar a tu amado con belleza en tu mirada.
En la teoría psicoanalítica se rescata el pensamiento de Diotima, aunque no se la nombra. Se asume el amor como un factor de cura que se da mediante la transferencia entre analizado y analizante. Es un espacio donde se descubre el inconsciente y, por ende, los deseos salen a la luz para reparar las partes que se tienen que iluminar con la lámpara de la consciencia y hacer que las faltas estructurales afloren a borbotones, pues es el único medio que tenemos para ser.
En el amor solo se puede ofrecer la falta a alguien que tampoco es completo. En el marco del análisis, nadie posee la magia ni la facultad de dar el mejor sexo o mostrar la belleza más sublime para completar al otro. Tan solo podemos ofrecer
nuestra falta a alguien que no es más que nuestra idealización. Por eso Diotima comprendió el amor como esa mirada nuestra sobre lo que pensamos del otro. Esto no es ni uno ni otro.
En lo sexual, tampoco nadie puede llenarte ni completarse, porque la relación sexual de los humanos no existe. Es eso que tratamos de buscar para llenar un goce. Puedo expresarme con la metáfora del barril sin fondo, el cual nunca va a llenarse. Los humanos siempre tratamos de llenar o poner un puente para hacernos creer que, teniendo o poseyendo a muchas personas como amantes, vamos a rellenar ese vacío o suturar la herida de ese gran desencuentro entre dos. El amor es un pedido, una súplica del ser, no del cuerpo. La demanda es psíquica. El «tú me faltas» es un intento de silenciar la falta de incompletud.
El amor es una invención, una posibilidad que tiene un sujeto de crear su propia forma de amar en ese espacio intermedio que se sitúa en el Aún, así como Eros crea lazos con el síntoma del otro, para atreverse a desentrañar, por medio de nuestra imaginación del amor, los lazos que siempre serán un intento de repetición para enlazar dos soledades que se acompañarán.
Diotima pudo comprender que el amor es una metáfora hermosa que se elabora en el aparato interior. Un espacio propio que tiene una mirada sonriente frente al amado. La contemplación propia es el banquete.
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