En República Dominicana se dice: «si quieres conocer a Mundito, dale un carguito». El refrán no precisa el tamaño del carguito. Probablemente porque no hace falta que sea muy grande. Una oficina, una puerta que cerrar y algunas personas a quienes dar instrucciones bastan para descubrir facetas insospechadas de alguien a quien creíamos conocer.

A algunos les da por la verticalidad. De repente, las ideas parecen funcionar mejor cuando bajan que cuando suben. Otros descubren una pasión tardía por el control: delegan, pero permanecen tan pendientes que uno termina preguntándose para qué delegaron.

Los hay también que se van alejando poco a poco del mundo real hasta instalarse en una torre de cristal. Para llegar hasta ellos hay que atravesar al segundo, convertido en cancerbero: decide quién entra, qué problema sube y cuál debe quedarse abajo.

A otros el carguito les despierta ciertas inseguridades. Una discrepancia se convierte en desafío, un colaborador brillante en amenaza y una iniciativa que no partió de ellos en intromisión. No importa que tengan el despacho, el título y la última palabra: necesitan comprobar regularmente que todo el mundo lo sabe.

También puede ocurrir que el jefe sepa menos que aquellos que dirige. Nada grave: una de las virtudes de dirigir debería ser precisamente saber rodearse de personas que saben más que uno. El problema comienza cuando no lo reconoce. Entonces corrige al que sabe, decide sobre lo que desconoce y explica al especialista cómo hacer aquello para lo cual fue contratado. El problema no es que no sepa. Es que tampoco sabe que no sabe.

El ejercicio del poder tiene además sus herramientas. Una de las más antiguas es dividir para reinar. Se administran confidencias, cercanías y pequeños privilegios; aparecen favoritos, aspirantes a favoritos y caídos en desgracia. En poco tiempo construye una pequeña corte. Como en Versalles, pero con WhatsApp.

WhatsApp, por cierto, ha aportado su modernidad al ejercicio de la autoridad. Hay conversaciones que merecen una puerta cerrada, pero algunos han descubierto que una crítica, un conflicto o una decisión delicada pueden despacharse en dos párrafos, sin tener que enfrentarse a la reacción del interlocutor y a una redacción seria.

Ni hablar de los humores. Conocí una organización donde se había desarrollado espontáneamente un verdadero sistema de alerta temprana. Antes de que el jefe llegara, alguien que ya había tenido contacto con él avisaba discretamente: buen tiempo, nubosidad variable o peligro de tormenta. Parece inventado. No lo es. Cuando el estado de ánimo de quien dirige condiciona el trabajo de los demás, el equipo termina desarrollando una competencia que no figura en ningún perfil de puesto: la meteorología emocional.

El poder también modifica curiosamente la gramática. Hay quienes, ante el fracaso, conjugan en plural: «tenemos un problema», «nos equivocamos». Cuando llega el éxito, recuperan la primera persona del singular.

Hasta aquí podemos sonreír. Hay conductas que tienen bastante menos gracia: humillar, acosar, desacreditar, escoger una víctima, tratar con exquisitez a quien está arriba y con desprecio a quien está abajo. Quizás sea precisamente en la relación con quien tiene menos poder donde mejor se revela la manera de ejercerlo.

Por suerte, el carguito no siempre produce estos efectos.

Hay personas suficientemente seguras de su autoridad como para no tener que exhibirla constantemente. Comparten información porque no la consideran una parcela de poder. Escuchan sin sentirse obligadas a estar de acuerdo. Saben decir «no sé». Se rodean de personas competentes y quieren que crezcan, aprendan, asuman responsabilidades y lleguen incluso a saber más que ellas.

Bajan de la torre, trabajan con el equipo y recuerdan que detrás de cada función hay una persona. Pueden exigir, corregir y tomar decisiones difíciles sin humillar. No necesitan ser temidas para ser respetadas.

También conjugan de otra manera: comparten el mérito y asumen su parte de responsabilidad cuando las cosas salen mal. Entienden que hacer crecer a los demás no disminuye su autoridad.

Quizás de eso se trate finalmente: no del cargo que tenemos, sino de lo que hacemos con ese pequeño poder que nos ha tocado ejercer.

Así que la próxima vez que nos divertamos identificando al jefe colérico, inseguro, manipulador o instalado en su torre, podríamos hacer el ejercicio menos cómodo: preguntarnos dónde nos colocaríamos nosotros en su caso.

Aunque, pensándolo bien, quizás sería más prudente preguntárselo a quienes han trabajado con nosotros.

Elisabeth de Puig

Abogada

Soy dominicana por matrimonio, radicada en Santo Domingo desde el año 1972. Realicé estudios de derecho en Pantheon Assas- Paris1 y he trabajado en organismos internacionales y Relaciones Públicas. Desde hace 16 años me dedicó a la Fundación Abriendo Camino, que trabaja a favor de la niñez desfavorecida de Villas Agrícolas.

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